Al-Yazira-t-Tarif en el horizonte

Tras un par de semanas en Dakar con Suleiman y su primo, ya tengo decidido el cómo y el cuándo del viaje de vuelta a España. He pasado este tiempo yendo de aquí para allá por las distintas dependencias del Puerto de Dakar: la Dirección General, la Dirección Comercial, la Marina Mercante, el Muelle 1, el Muelle 2, el Muelle 10… en cada uno de estos sitios me mandaban a otro nuevo o a otro en el que ya había estado antes. Al final en uno de ellos, cuando ya no tenía esperanza de que se pudiese volver a Europa en barco, me mandaron a la sede de Grimaldi, una naviera italiana que opera aquí. Y, para mi sorpresa, mi petición les pareció lo más normal del mundo, y me ofrecieron una plaza de pasajero en uno de sus cargueros. Con un par de pequeños problemas: me exigían tener un seguro de viaje (siendo viernes, con lunes festivo aquí y teniendo que confirmar la reserva el martes), es la hostia de caro y el barco no llega hasta el 11 de junio… a Hamburgo, Alemania, sin hacer antes otra escala.

Mientras tanto, Atab, el primo de Suleiman, consultaba con unos conocidos suyos que viajan regularmente a Marruecos en coche. Y finalmente, tras dudar y meditarlo mucho, me he decantado por esta opción, más barata, sencilla y rápida. Y que me ofrece, a cambio de perderme la experiencia de un viaje en barco que dure más que los cuarenta minutos del ferry de Tánger, vivir de cerca y compartir la experiencia de los senegaleses que desafían las incomodidades, peligros y decepciones de un largo viajo en coche para cruzar el desierto hacia el norte. Aún no es seguro cuándo saldré, pero sí que lo haré entre el jueves y el domingo. Después me esperan, en teoría, unos cuatro días de viaje en coche hasta Marrakech o Rabat, donde descansaré un par de días antes de coger el tren a Tánger, y de ahí, el transbordador a Tarifa. Es decir, que espero estar de vuelta en España dentro de entre nueve días y dos semanas.

Mientras, hago tiempo paseando por la zona de Dakar donde viven Suleiman y Atab, conociendo sus calles y plazas de arena llenas de los cánticos rituales de los Tijaniya, una de las principales cofradías musulmanas de Senegal. Cuando salgo de casa, nada más doblar la esquina, me encuentro con los carpinteros que trabajan en la calle, delante del taller, cepillando una puerta o claveteando la pata de una mesa. Aquí es frecuente ver la acera llena de muebles expuestos ante un taller de ebanistería o una tienda de muebles, ya que el clima es bastante seco y no hay peligro de que la lluvia eche a perder la mercancía.

También exponen su mercadería por la calle los vendedores de zapatos, en algunos casos de forma muy curiosa. En la calle principal del barrio hay un largo tramo de acera flanqueado por una especie de bolardos de piedra; por las tardes, cada uno de ellos está coronado por una solitaria sandalia, deportiva o zapato que un vendedor expone en un larguísimo escaparate al aire libre. Junto a la misma acera se colocan los vendedores ambulantes de café touba con su carrito rojo, los de tarjetas de recarga para móviles y los fruteros con sus carros de madera llenos de mangos, bananas y otras frutas menos exóticas. Mientras, por la calzada algo llena de arena circulan rápidamente innumerables taxis amarillos, motos, alguna bici, autobuses municipales que se parecen a los de la EMT de Madrid y los destartalados y coloridos minibuses (los “car rapides” senegaleses) pintados de azul y amarillo, tatuados como un legionario con un gran “merci maman” sobre el parabrisas, y al menos media docena de invocaciones religiosas (“gracias a Dios”, “si Dios quiere” y los nombres de los guías espirituales por los que el conductor sienta más devoción), acompañadas de más tatuajes tribales. Hay que cruzar con cuidado, a la primera ocasión que haya y por donde se pueda, porque no hay un solo paso peatonal. Al otro lado de la calle me espera el fast food donde Suleiman muchas veces se compra una hamburguesa para cenar, y, un poco más allá, un restaurante algo más caro, donde cocinan carne a la parrilla en plena calle, sobre un enorme tronco al que ya llevo viendo arder varios días (y lo que le queda).

Doblando la siguiente esquina enfilo la calle de la mezquita, donde está el ciber desde el que ahora mismo os escribo. También vengo aquí a informarme de lo que pasa por allí (felicidades, Manuela, espero que esa bellísima persona que es tu oponente no nos líe otro tamayazo… y felicidades también a Compostela). Hacia la una y media suena la llamada del almuédano, y los empleados del ciber me dicen que van a cerrar para rezar, que puedo volver a las tres. Y, los días en que así lo hago, ellos vuelven con una gran fuente de thieu boudian (arroz con pescado, el plato nacional) de la que me invitan a comer. Si no, puedo ir a comer a una tangana (en wolof, literalmente “quema” o “está caliente”), uno de esos restaurantes populares donde uno come por quinientos francos, es decir, menos de un euro. Suleiman bromea conmigo diciéndome que voy a conocer todos los tanganas de la ciudad, que soy duro, que cualquier otro europeo en mi lugar ya habría tenido problemas en las tripas.

Después, por la tarde, algunas veces vuelvo a casa y me siento a leer “Vol de nuit”, de Antoine de Saint-Exupéry. Lo encontré en una especie de rastro y estuve dudando un rato si llevármelo o no. Al verme hojearlo, el vendedor me dijo “¿quieres llevártelo?”, y yo le pregunté cuánto pedía. Me dijo con voz dubitativa, inocente, casi preguntándome, “dos mil quinientos”, y acto seguido añadió “¿está bien?”. Yo pensé, “hijo mío, no se te ocurra ir a Marruecos a ganarte la vida con esto, se te comen vivo”. Al final me lo llevé por mil francos. Y luego, leyéndolo, pensé que qué cagada si llego a dejarlo allí; resulta ser una pequeña novela maravillosa, todo un descubrimiento. Casi me la he terminado en un par de días. En el mismo rastro me compré algo de ropa, pero los otros vendedores con que di eran mejores regateadores que este; con otros ni lo intenté porque de entrada pidieron un precio que me pareció normal para los niveles de aquí. Es un mercadillo curioso, montado en el medio de una ancha avenida, que aparece partida en dos por un largo gusano de toldos de colores que se pierde en la distancia.

Al otro extremo de la calle, tras caminar tres cuartos de hora, se llega al Parque Forestal de Hann. Es un rincón de Dakar que me ha sorprendido, un trocito de bosque en medio de la gran ciudad. Me gusta acercarme a pasear por las mañanas, sentarme frente al lago lleno de aves acuáticas, caminar junto al pantano cuyos manglares albergan miles de nidos de unas aves que me parecen grullas o garzas. Como yo, mucha gente acude al parque, para pasear en bici, visitar el pequeño zoo o, los más, para hacer deporte.

Cuando no voy al parque voy a la tangana de Sokhna Maye, cerquita de la casa de Suleiman, para desayunar. Un buen bocadillo de judías con mayonesa, o de guisantes con patatas, y con huevos cocidos, salsa y ensalada como ingredientes opcionales. Todo regado con un vaso de kinkeliba con leche. Maye se ha empeñado en enseñarme wolof, y siguiendo su ejemplo, los otros habituales de su “petit restau”, con lo que cada mañana salgo con una nueva palabra o frase para practicar: “huevo”, “¿cuánto es?”, “hasta mañana”… Dentro de poquito, al levantarme de la mesa, me dirá “be suba”, y yo le contestaré que no, que hasta mañana no, porque voy a coger un coche para volver a casa. Creo que me pondrá una cara un poquito triste, pero bueno, ya me ha dado su número para que la salude cuando llegue a España. Cosa que va a ocurrir, incha Allah, muy pronto, a principios del mes que viene. Y entonces os contaré de viva voz las cosas que he ido dejando de escribir ahora, en gran parte porque ya estaba un poco cansado del viaje. Queda la última etapa, un descansito, y a seguir pedaleando vestido de Safír por la carretera de la vida…

Un autobús senegalés. O cómo hacer 200 kilómetros en 27 horas

Cada vez hace más calor en Diannah, es el preludio de la esperada estación de lluvias. Y mientras trabajo en el huerto por las mañanas, mi mente se evade continuamente, dejando a mi cuerpo a solas con el clima agotador del trópico. Yo estoy aquí, en Senegal, pero mi pensamiento vuela constantemente de vuelta a España, a las cosas que me apetece hacer allí, a la gente a la que quiero ver. Son ya más de cien días de viaje, me siento cansado, y tengo claro lo que más me apetece hacer. Es hora de emprender el viaje de vuelta. La despedida de Diannah y su gente fue rápida. El martes por la mañana volví a verme en mi forma más acostumbrada, a lomos de Safír, listo para recorrer los noventa y cinco kilómetros que me separan de Ziguinchor, la capital regional, donde tengo pensado coger el barco a Dakar. Después de tres semanas sin tocar la bici, el viaje se me hace algo durillo, sobre todo los últimos veinte kilómetros, en los que se levanta algo de viento en contra. Finalmente llego a la ciudad, la única población de la zona que parece merecer tal nombre. Es grande, con su puerto a orillas del gran río Casamance, su zona industrial, sus turistas franceses… Lo primero que hago es dirigirme al puerto, donde me entero de que no hay billetes para el barco hasta el martes siguiente. No tengo ganas de esperar una semana entera, así que me busco un hotel y me pongo a valorar otras opciones. Un poco más tarde me llama mi hermano y bromeo un poco sobre la posibilidad de continuar viaje hacia el sur, hasta Guinea Bissau, cuya frontera está a solo unos quince kilómetros. Finalmente elijo dormir, descansar bien esa noche y aplazar las decisiones para el día siguiente.

Y a la mañana siguiente, sintiéndome ya descansado y con fuerzas, lo que más me puede son las ganas de continuar mi viaje de regreso, y me dirijo a la estación para coger inmediatamente un autobús a Dakar. Las estaciones aquí son algo caóticas, son algo así como una gran explanada llena de autobuses de todos los tamaños y colores, de sept-places y petit taxis (respectivamente, los taxis grandes, de siete plazas, tipo Peugeot 504, y los pequeños, para trayectos urbanos), todos viejos y destartalados. Según entro con la bici, empiezan los “guardas” de la estación a abalanzarse sobre mí, “¿dónde vas?, ¿dónde vas?”, para ayudarme a encontrar mi autobús, subir mi equipaje y sacarse un par de miles de francos. Finalmente, Safír y yo subimos al autobús de Dakar minutos antes de las once, la hora prevista de salida. Sin embargo, parece que hay algún problema a la hora de abandonar la estación. El bus se detiene a un lado de la carretera, gente que sube y baja, los pasajeros impacientes increpan a gritos al conductor. Pregunto en francés al hombre que viaja a mi lado, pero tampoco sabe explicarme qué ocurre. El caso es que acabamos abandonando Ziguinchor hacia la una de la tarde. Llamo a Suleiman para avisarle de que acabo de salir de la ciudad y responde “¡pero vas a llegar de noche!”. Es muy probable, pero solo hay unos 450 kilómetros hasta Dakar. Espero que no tardemos más de diez o doce horas en llegar.

Según salimos de la ciudad, el calor asfixiante me provoca un sopor que me hace quedarme dormido. Me despierto cerca de las dos, pensando que al menos habremos avanzado un buen trecho. Cuando reconozco los edificios a mi alrededor, me doy cuenta de que aún vamos por Bignona, a menos de treinta kilómetros de Ziguinchor. Parece que esto va para largo. Al poco tiempo de volver a la carretera, se oye un estallido y un objeto metálico golpea con fuerza el lado derecho del bus, dándonos un susto de muerte a los que vamos en ese lado. Se nota que la rueda delantera ha pinchado, así que el conductor detiene el vehículo. Nos bajamos y puedo comprobar que el neumático no está reventado; está desintegrado. El objeto metálico que había golpeado el lateral era una de las láminas de chapa de la carrocería del bus, concretamente la que iba justo sobre la rueda, que se ha desprendido. Ahora nos toca sentarnos a la sombra de los árboles mientras esperamos que sustituyan la rueda. El conductor y los otros responsables del vehículo que van con él no parecen muy expertos en este tipo de reparaciones. Tardan un par de horas en dar con la mejor colocación para los gatos, para poder elevar el mastodonte lo suficiente como para colocar el neumático nuevo. Entre tanto, los pasajeros esperamos pacientemente. Hay una mujer medio desmayada, atendida por otras mujeres que la abanican y le dan crema en las piernas, y por otros hombres que la llevan en volandas para acostarla sobre una estera. Al principio atribuyo su estado al calor y el agobio, pero pronto me parece evidente que está enferma, quizá de malaria. Finalmente se la lleva un coche que se ha detenido para ayudar.

Hacia las cuatro y media podemos volver a ponernos en marcha. Un rato después el autobús se detiende junto al puesto de salud de un pueblo. Aquí me sorprendo al ver de nuevo a la mujer enferma, a la que vuelven a subir en volandas al bus. Yo pensaba que el coche se la habría llevado hasta Dakar para evitarle el viaje en bus en su estado, pero no, resulta que solo la había llevado al pueblo siguiente para ser atendida. Muchos viajeros protestan airadamente, supongo que porque piensan como yo o porque cada pequeño retraso los inquieta más y más. Y su nerviosismo no está injustificado. Cuando llegamos a la frontera gambiana y terminamos los trámites para que comprueben nuestros documentos y nos dejen pasar, son ya más de las seis. El último ferry para cruzar el río sale a las siete, y no nos dará tiempo a cogerlo, por lo que no nos permiten abandonar la frontera. Tendremos que pasar aquí la noche.

Uno de los hombres que llevan el autobús me acompaña a las tiendas del lado senegalés de la frontera para ayudarme a encontrar algo de cenar. Entre él y una de las pasajeras me van ayudando todo el viaje, traduciéndome las cosas importantes que se han dicho en wolof (ahora nos bajamos, ahora hay que pagar el ferry, etc.). Depués de cenar vuelvo al autobús, cojo mi esterilla y la coloco sobre la arena, junto a la carretera, para pasar la noche como pueda. Al menos, el cielo estrellado es precioso, y puedo ver constelaciones como la Cruz del Sur, ocultas para quienes miran desde el norte del Trópico. Al poco tiempo de dormirme, me despierta un hombre dando voces; creo que lo hace por mi bien, me parece que le está gritando al taxista que aparca su taxi junto a mi “dormitorio” para evitar que me pase por encima. Me incorporo y miro un poco a mi alrededor; todo a mi alrededor me parece igual, una superficie de arena junto a la calzada, así que creo que voy a estar igual de expuesto me ponga donde me ponga y decido quedarme donde estoy. Un rato después me despiertan unos pasos a mi lado. Solo es una vaca.

No consigo dormir mucho, pero en cuanto amanece volvemos a subir todos al bus y al cabo de un rato nos ponemos en marcha. Un par de horas más tarde llegamos a la orilla del río Gambia, donde una placa conmemora la colocación de la primera piedra del puente transgambiano en febrero de este mismo año. Me pregunto cuándo estará terminado. De momento, la única forma de pasar al otro lado es mediante el transbordador, que tarda un rato largo en cargar, descargar y cruzar al otro lado. En cada viaje lleva tres vehículos pesados y varios coches. Delante de nuestro autobús, en la cola, debe de haber al menos una veintena larga de buses y camiones. Los pasajeros nos bajamos y tomamos el primer barco, pero nos va a tocar esperar al autobús en la otra orilla, sabe Allah cuánto tiempo.

En el lado norte del río, la carretera está flanqueada de puestos de comida, ropa, accesorios para móvil, juguetes… docenas de personas tratan de ganarse la vida atendiendo y vendiendo cosas a los cientos de pasajeros que esperan para cruzar al otro lado o, como es mi caso, a que su vehículo llegue desde el sur. Desayuno en uno de esos restaurantes baratos, voy al servicio público (de pago) y, cuando salgo, me doy cuenta de que no veo a ninguno de los otros pasajeros del bus. Me pongo un poco nervioso. ¿Y si ha llegado mientras yo estaba desayunando o en el baño? Me parece muy improbable, pero quién sabe, igual el conductor conoce a alguien y ha conseguido colarse, o algo así. No me preocupa el hecho de quedarme tirado, porque llevo todo mi dinero encima y aquí hay más taxis que piedras en el suelo; lo único que me inquieta es que Safír sigue atado a la baca del autobús. Empiezo a caminar a lo largo de la carretera buscando una cara que me suene, hasta que se acaban los puestos. Sigo recorriendo la fila de coches, camiones y autobuses que esperan en este lado, mucho más larga que la que he visto en el otro. Camino, camino, camino… después de varios minutos, veo que la cola se pierde en el horizonte. Es surrealista. Echo unos rápidos cálculos y me doy cuenta de que las personas que están al final van a tardar al menos dos o tres días en poder cruzar al otro lado.

Al final, me doy la vuelta y regreso a los puestos. Y allí, por fin, a la sombra de un tejadillo de madera, veo a una chica joven que lleva una redecilla azul en el pelo y que viaja en mi autobús. Me siento junto a ella, que también me reconoce y me pide un poco de agua de la botella que llevo. Echo un vistazo a mi alrededor y reconozco a varios compañeros de viaje. Me quedo más tranquilo y espero con ellos a la sombra del tejadillo, donde muchas otras personas se apretujan escapando del sol inclemente.

De repente, mis compañeros se mueven, y yo les sigo. Alguien ha visto por fin desembarcar nuestro bus. Han pasado unas cuatro horas. Volvemos a montar todos y continuamos el viaje. Lentamente, por supuesto, primero saliendo de la atascada carretera de acceso al embarcadero, y luego deteniéndonos en los controles fronterizos para volver a entrar en Senegal. No llevamos mucho tiempo de vuelta en este país cuando se oye un ruido horrible más o menos en el eje trasero. El conductor para el bus, y él y los otros hombres responsables del viaje se bajan a mirar qué ocurre. Algo se ha roto. Parece grave. No podemos continuar.

Han pasado veintisiete horas desde que subimos al autobús para salir de Ziguinchor, y desde entonces solo hemos avanzado doscientos kilómetros. Algunos pasajeros, entre ellos yo, decidimos que hemos tenido suficiente. Cuando nos rebasa un minibus que va hacia el norte, lo detenemos y nos cambiamos de vehículo. Una de las pasajeras intenta convencerme para que me quede, con frases como “hemos estado juntos desde el principio”, “esto es una traición”, “te vamos a echar de menos”, “nos gusta mucho tu cara” y finalmente “¿no quieres una mujer senegalesa?”. Las dos últimas van acompañadas de su propia risa y la de las otras mujeres. La verdad es que me parece que tiene razón en que debería seguir con ellos, que esto es un poquito traidor por mi parte, y realmente siento mucha curiosidad por seguir el viaje, compartir la experiencia entera con esa mujer y los otros viajeros, y ver cuánto podemos tardar en llegar a Dakar (450 km desde Ziguinchor). Pero yo lo que quiero es llegar a Dakar, y la verdad es que en este momento no apostaría un franco por que este cacharro vaya a conseguir llegar hasta allí. Así que cambio de bus.

Uno de los viajeros que se cambian junto conmigo habla castellano. Se llama Mahmodou, pero le llamaban Moncho en Vigo, donde estuvo trabajando como carpintero hasta que en el 2011 la falta de trabajo le hizo regresar a Senegal. Por el camino me habla de lo bien que le va a algunos extranjeros comprando campos aquí, porque hay muchos terrenos que nadie quiere trabajar, y contratando a algunos trabajadores para cultivarlos. Me comenta que pagándoles cinco euros al día ya dirán que tienen el mejor jefe del mundo, y que no hay que pagar seguridad social. Parece que me está vendiendo él los campos, invitándome a venir a explotar las tierras y las personas de su país. Me cuenta también que su padre es el alcalde de Thiès, una de las principales ciudades de Senegal. Y me invita a pasar un par de días con él en Thiès, donde podré disfrutar de las mujeres senegalesas.

Cuando llego a Kaolack, fin del trayecto del minibús, aún me faltan unos 200 kilómetros para Dakar, y son las cinco y media de la tarde. Voy directamente a la estación nueva, donde se cogen los sept-places a la capital, y los “guardias” de la estación me embuten en uno que está a punto de salir. Viajo en el asiento central trasero, entre dos mujeres que tienen unas caderas lo bastante anchas como para dar a luz a dos hipopótamos adultos. A la vez. Cada una. Al mismo tiempo, llevo las rodillas clavadas en el asiento de delante y la cabeza incrustada en el techo. Al menos no tengo que preocuparme de no llevar cinturón de seguridad, voy tan encajonado que creo que aunque nos estampáramos contra un baobab a doscientos kilómetros por hora, no me movería del sitio. Las primeras dos horas son bastante pintorescas, con el taxista cogiendo atajos por pistas de tierra en mitad de la nada para evitar los tramos más deteriorados de la carretera. El resto transcurre más normalmente, ya de noche. Tras más de cuatro horas de tortura y con todo el cuerpo dolorido, llegamos a Pikine, una de las ciudades que forman el “Gran Dakar”, y que es el final del trayecto del sept-places. Me bajo y una horda de taxistas me ofrece llevarme hasta mi destino, Grand Yoff, la zona donde vive Suleiman. Pero me niego, he tenido suficientes buses y taxis durante las últimas treinta y cinco horas. Monto a Safír y continúo por mi cuenta. La carretera me resulta vagamente familiar, por la otra vez que vine a Dakar, pero de noche todo parece un poco distinto. Al final, por evitar la autopista, acabo en una zona que no me suena de nada. De pronto me veo pedaleando solo, por una carretera completamente a oscuras, en una zona totalmente desconocida de una gran ciudad africana, y es uno de esos momentos en los que uno se pregunta “¿Qué cojones estoy haciendo?”. En ese momento decido pararme en el primer hotel, albergue o lo que sea que encuentre. Al final, preguntando a varias personas por la calle, consigo llegar al barrio de Suleiman. No he visto ningún alojamiento por el camino. Son las once de la noche y hace treinta y seis horas que monté en el autobús en Ziguinchor para venir hasta aquí. Llamo a Suleiman, pero tiene el teléfono apagado. Pienso que probablemente está acostado, quizá mañana tenga uno de esos clientes tempraneros. Me acerco a la gasolinera que hay al lado de su casa y pregunto si hay un hotel cerca. Y por fin, me sonríe la suerte: hay uno a pocos metros. Me instalo allí, el sitio no está mal, pero es el segundo hotel más caro de los veintiséis que he visitado en todo el viaje, superado solo por el Siki. El detalle no me importa hasta la mañana siguiente, cuando intento ducharme, no funciona el agua caliente y me quedo con el grifo en la mano.

En fin, al menos conseguí contactar con Suleiman, vino a buscarme al hotel mientras sacaba a Safír y los bultos y me dejó las llaves de su casa para que me instalara. Él tenía que irse al centro a arreglar papeles del seguro. Hace poco tuvo un accidente con el coche en Gambia. Algo chungo, él salió con solo una herida leve en la cabeza, pero el Estado gambiano le reclama más de mil euros por los daños… a un tramo de quitamiedos. Un abuso en toda regla, y un buen problemón para Suleiman. A pesar de todo, me sigue ofreciendo su hospitalidad y portándose muy bien conmigo. Anoche fui con él y dos amigos a la casa de uno de ellos. Y luego dormí bien, muy bien, en un colchón en el suelo que Suleiman había colocado junto a su propio colchón en el suelo. “No me pises al acostarte”, bromeo. Él se ríe y contesta: “no te preocupes, eres blanco, seguro que se te ve bien en la oscuridad”.

Ahora mismo sigo aquí, en Dakar, en el barrio de mi amigo. Estoy mirando mis opciones para volver a Madrid. Cuando tenga algo decidido os avisaré. Nos vemos pronto, y entonces podré contar en persona todos los detalles que me he saltado en estas tres semanas de casi silencio en el blog. Abrazos.

 

 

 

Un día cualquiera en Diannah

Son las cuatro y media de la mañana y empieza a sonar el despertador del móvil de Landing. Lo tiene puesto a esa hora para levantarse, coger su coche y utilizarlo como taxi para llevar a las mujeres del pueblo y sus mercancías al mercado de Kafountine. Después regresa y despierta a los chicos para la oración de las cinco y para que empiecen a hacer las tareas de la casa. Esa es su rutina habitual; ahora sigue teniendo el despertador a esa hora por costumbre, ya que el coche lleva semanas en el taller de Kafountine con una buena avería en el motor. De todas formas, el despertador es lo de menos, porque también a esas horas comienza a cantar el gallo en el gallinero, a un par de metros de mi ventana. A las cinco se une al ruido la oración desde la megafonía de la mezquita, que dura unos tres cuartos de hora. Después de todo eso, termina la oración, dejan salir al gallo y yo puedo dormir una hora más.

Los chicos no tienen tanta suerte como yo. Son tres adolescentes que viven aquí y están a cargo de Landing. Los dos mayores, Djiñor, un chico muy alto y callado de dieciocho años, y Yazin, una chica de dieciséis o diecisiete casi siempre muy hosca, son hijos de un amigo y de un hermano de Landing; sus padres los enviaron aquí por “perezosos”, para que Landing los enderezara a base de trabajo duro en el campo. La pequeña, Aida, tiene quince años y se la ve una chica despierta e inteligente. Es hija de Landing, que la tuvo con dieciocho años, y por lo que me ha contado, aunque no ha entrado en detalles, me da la impresión de que fue un “desliz de juventud”. A las cinco y media ya están los tres haciendo las tareas de la casa: fregar todos los cacharros del día anterior, barrer, sacar a los animales (gallinas, patos, ovejas y cabras) y ponerles comida y agua… Al final desayunan una taza de una especie de papilla o gachas y se van a la escuela, la ECM, que es algo así como el paso intermedio entre la primaria y el instituto.

Mientras tanto, yo voy a una de las dos pequeñas tiendecitas que hay en la plaza del pueblo, detrás de la casa, y cojo el pan para mi propio desayuno y el de Landing. Cuando vuelvo a casa, Daba ya ha puesto a hervir hojas de kinkeliba, un arbusto conocido como el “té africano”. Yo cojo un puñado de tomates de los grandes cestos donde los guardamos tras traerlos del huerto, junto con un par de cebollas, los lavo, los corto y los frío, normalmente en la cocina de butano, pero los últimos días en un brasero de carbón en el patio, porque se ha terminado el gas. Desayunamos el pan con tomate y el té de kinkiliba y nos vamos al huerto a trabajar. Antes, cojo mis botellas de agua, donde voy mezclando Kirène, la omnipresente marca de agua mineral de Senegal, con agua del pozo, para irme acostumbrando. Por el camino hacia el campo atravesamos el pueblo, donde la gente llama a Landing por su nombre y se saludan, y los niños gritan “tubaap” al verme. En la penúltima casa, antes de llegar a los campos, hay una niña de unos dos años que siempre deja lo que esté haciendo, viene corriendo con la manita extendida gritando “tubaap”, me da la mano y se vuelve a sus juegos o a su desayuno. Todos los días. Después el camino continúa entre grandes mangos y palmeras y las vallas de algunos huertos.

Cuando llegamos al nuestro, vamos a la cabaña que hay en medio, el lugar de descanso y de almacenar cosas. Yo dejo mis botellas de agua y me cambio las deportivas por las botas de trabajo, mientras Landing enchufa la radio a la batería de coche que la alimenta y se lía su porro de marihuana mañanero. Luego enciende ambas cosas y empezamos con el trabajo. Quitar hierbas y airear la tierra con una curiosa herramienta que no es más que una varilla de hierro con la punta aplastada y girada para hacer una especie de miniazadillo, que va muy bien para trabajar entre las plantas. Preparar la tierra para sembrar gombo (ocra) y ñebe (judías). O bien recolectar hojas de hibisco para preparar el bissap, un producto muy usado como bebida o como salsa. Hacia las doce el sol aprieta demasiado para seguir trabajando, y nos retiramos a la sombra de la cabaña para descansar. Durante todo el tiempo nos acompaña el sonido de la radio, con música senegalesa, con música estadounidense, con noticias de Radio France International o de Radio Sud, la emisora local de Casamance… Mientras descansamos, hacemos una pequeña hoguera para preparar más té o bien nos hacemos un poco de limonada. Hay un limonero en el huerto, pero los limones me resultan muy extraños. Por fuera parecen naranjas aún verdes, y por dentro son algo a medio camino entre lo que en España llamamos “limón” y una naranja amarga. Hacia las dos, los chicos llegan directamente de la escuela, aún con sus uniformes, pantalón o falda de color crema y camisa azul de manga corta. Apenas han entrado por la puerta empiezan a recibir órdenes bruscas de Landing, que se toma demasiado en serio lo de enderezarlos y los trata con bastante dureza. Se cambian rápidamente de ropa y se ponen a trabajar, sobre todo regando, que es su principal responsabilidad en el huerto. Regar aquí no es una tarea ligera. El agua viene de varios pozos, desde los que dos bombas de gasolina la llevan hasta unos grandes aljibes de cerca de diez mil litros. En estos, Djiñor va llenando regaderas de once litros y llevándoselas a las chicas, que van regando el sector de huerto que les toque y devolviendo los recipientes vacíos al muchacho. Seis regaderas van y vienen sin descanso, y me impresiona ver a Aida,  con sus quince años, llevando los veintidós kilos de agua en sus delgados brazos. Pasadas las tres, Djiñor coge la vieja bici de Landing, que no lleva frenos, tiene una holgura tremenda en los ejes y chirría como si fuera a deshacerse a cada pedalada, y regresa a la casa para traer la comida que Daba ha preparado. Siempre es una gran fuente de arroz con pescado y alguna salsa o verduras, de la que comemos juntos Landing, los chicos y yo. Después de comer, hacia las cuatro, el sol ha bajado lo suficiente para que Landing y yo sigamos trabajando, mientras los muchachos regresan a la escuela para las clases de la tarde.

A eso de las siete, el sol ya se ha ocultado tras las altas palmeras que rodean el huerto y doy por terminada mi jornada. Recojo mis cosas y vuelvo a casa. Landing se queda, porque no le gusta dejar el campo solo mientras aún hay luz, por miedo a que vengan los monos y arrasen con todo, especialmente los tomates. Por la noche no hay este problema porque son animales diurnos. Al salir del huerto me cruzo con Djiñor, Yazin y Aida, que ya vuelven de la escuela y van a seguir trabajando con Landing hasta que la oscuridad haga imposible seguir. Por mi parte, deshago el camino de la mañana, saludando por el camino a los habitantes del pueblo, casi siempre en francés, aunque alguna vez intento usar el “¿qué tal? Bien” que sé decir en wolof. De todas formas, aquí el wolof ya no es la primera lengua, y se usan más el mandinga y el diola, de los que no sé nada (salvo decir gracias, “abaraka” en mandinga). De vuelta en casa, saludo a Daba, al pequeño Mamina y a la madre y la tía de Landing, que también viven aquí. Luego me preparo la ducha, es decir, que lleno un gran cubo de agua en el pozo y me lo llevo al baño para lavarme. Después de la ducha escribo un poco en mi diario, a veces tumbado en la hamaca que hay tendida fuera, entre un mandarino y un mango. Las mandarinas también son iguales por fuera que los limones y las naranjas, pero por dentro sí que se parecen más a las que conocemos en España. A veces echo una mano a Daba para preparar la cena en el patio, y troceo las verduras para la salsa mientras ella fríe pescados con aceite de soja sobre unos carbones encendidos.

Después de cenar la consabida fuente de arroz, Daba intenta dormir a Mamina. Landing y los chicos van al salón; él, para ver las noticias en la tele, y ellos, para estudiar. Cuando me acuesto, entre las nueve y media y las diez, siguen estudiando, con menos de ocho horas por delante para dormir antes de tener que levantarse a aguantar a Landing y a ocuparse de las tareas domésticas…

Capítulo final

Fin del viaje. Tras cuatro mil kilómetros en bici, trescientos treinta en camión, doscientos en autobús, cerca de veinte en barco y unos pocos a pie, he llegado al pequeño pueblo de Diannah, junto a Kafountine, en la Casamance. Ahora toca concederle un merecido descanso a Safír, que ya ha hecho bastante en su primer viaje, sin darme el más mínimo problema. Yo, por mi parte, voy a empezar a convivir y a trabajar con Landing y su familia, así que ahora el viaje tiene un carácter totalmente distinto, y la forma en la que voy a llevar el blog probablemente también va a cambiar, ya veremos cómo. De momento, os escribo mi último relato de viajero.

Kaolack es la última ciudad por la que he pasado. Como ya os dije, es una ciudad grande, con un centro bullicioso y muchos comercios. Paseando por la noche, me encuentro un par de restaurantes para turistas, con un par de familias (sospecho que francesas) cenando en su interior. Buscando algo diferente, abandono la avenida principal y me meto por las calles secundarias. Esta zona me recuerda a Louga: nada de asfalto, solo arena, y el alumbrado público se limita a los diez metros de calle que hay ante la mezquita. En la oscuridad, percibo unas sombras aún más oscuras que se deslizan por el cielo nocturno; miro hacia arriba y veo montones de enormes murciélagos sobrevolándome. Su tamaño es tal que podrían tragarse a sus parientes de Madrid de un bocado. Miro hacia un árbol a mi derecha, y veo que está pelado, pero juraría que cada una de sus hojas ha sido sustituida por un murciélago posado. Al final no encuentro ningún fast food en las “calles traseras” y vuelvo a la avenida principal para cenar. Después regreso al hotel y consigo dormirme cuando el sueño es más fuerte que el ruido de la tele de la recepción…

Por la mañana me pongo en marcha hacia Karang, en la frontera con Gambia. Después de Kaolack, entro en la zona que limita con el gran delta del río Saloum. Atravieso zonas cada vez más verdes, humedales con aves acuáticas, incluyendo un pelícano, y por primera vez veo manglares. A media mañana me encuentro con una dificultad con la que no contaba: hay un tramo de carretera de más de treinta kilómetros que ha desaparecido, supongo que por falta de mantenimiento, y en su lugar hay una pista de tierra. Ir por un entorno cada vez más selvático por una pista de tierra aumenta la sensación de aventura africana, y podría ser divertido –de hecho, tiene su punto–, pero son más de treinta kilómetros, y Safír tiene una horquilla sin suspensión, ruedas de carretera y veinte kilos de equipaje. Continúo a buen ritmo un poco a fuerza de una cabezonería alimentada por la cercanía de mi destino. De vuelta al asfalto, cuando me voy acercando a la reserva natural de Fathala, un grupo completo de monos rojos cruza la carretera ante mí, incluyendo una hembra con su cría aferrada al pecho. Es la nota más interesante del día.

Antes de llegar a Karang, hablo un par de veces por teléfono con Suleiman para que avise a su primo, el policía de aduanas, y para que me diga cómo encontrarme con él. Resulta que no es simplemente un policía de aduanas, sino el coronel del puesto fronterizo. Eso me facilita dar con su casa: siguiendo las indicaciones de Suleiman, al llegar al pueblo pregunto a uno de los chavales que llevan las mototaxis por la casa del coronel. Todo el mundo lo conoce, así que el primero al que pregunto me indica cómo llegar. Ya ante la vivienda, llamo a la puerta, y me abre un hombre que viste ropa informal pero lleva una insignia de la policía de aduanas. Me pregunta que qué quiero, y respondo que busco al coronel Suleiman Sané (sí, es tocayo de su primo de Dakar). El hombre me pregunta mi nombre, me dice que espere un momento y vuelve a cerrar la puerta. Al cabo de un instante reaparece con una sonrisa y me invita a pasar. Entro en un gran patio de arena alrededor de una casa de dos pisos; enseguida me doy cuenta de que aquí ser coronel implica una posición privilegiada. En el patio hay varios frutales, un pequeño huerto, un gallinero, un corral con ovejas y carneros y una especie de pérgola con el suelo de piedra y los postes de madera. En este último lugar me recibe el coronel Sané, un hombre alto y delgado, de unos cuarenta años, que lleva un pantalón de chándal y una camiseta del Manchester United. Está echado sobre un colchón y juega con otro hombre al Scrabble. En el patio, sentadas ante la puerta de la casa, hay dos mujeres, una de las cuales el coronel me presenta como su esposa. Ambas están troceando en un recipiente las hojas de uno de los árboles del patio. Me explican que es para la salsa del cuscús que vamos a cenar esa noche. El árbol, conocido aquí como «nebeday» (e internacionalmente como Moringa oleifera), es muy utilizado por sus numerosas propiedades; supuestamente es muy nutritivo y combate todo tipo de enfermedades, malaria incluida.

Antes de cenar, el coronel me propone acompañarle al trabajo para dar un paseo por la zona fronteriza y conocerla antes de cruzar al día siguiente. Suleiman Sané se cambia y se pone un bubú senegalés de estilo tradicional. Nos acompaña el hombre con el que jugaba al Scrabble, que se llama Yin Alí y parece ser algo así como el asistente personal del coronel. Nos montamos en un coche de gama alta, y el hombre que me había abierto la puerta antes (que forma el servicio doméstico junto con la mujer que ayudaba a la esposa del coronel a preparar el nebeday) nos vuelve a abrir para que salgamos. Ya en el puesto fronterizo, entramos en el despacho del coronel, que es muy amplio, con varios sillones y una tele de plasma donde veo un partido de la liga francesa. A lo largo de la tarde, van entrando personas que necesitan arreglar sus papeles para cruzar la frontera con mercancías que quieren exportar o importar. Algunos pagan un buen fajo de billetes, todos muestran mucha deferencia y agradecimiento hacia el oficial. Un hombre joven parece no tener tanta suerte: discute algo con el coronel, medio en wolof, medio en francés, entre lo que entiendo «totalmente prohibido para el azúcar». Sané da por zanjada la discusión y se gira hacia la tele para mirar el partido. Cuando el joven insiste, el coronel abre el periódico y se pone a leer. El otro se da por vencido, se levanta y se marcha, sin perder la sonrisa, pero con algo de triste decepción en los ojos. Durante un rato salgo afuera con Yin Alí, que me enseña la frontera y me presenta a los policías que al día siguiente tendrán que sellar mi pasaporte para salir momentáneamente del país. Después volvemos al despacho, donde me aburro como un león enjaulado hasta que el coronel da por concluida la jornada y nos marchamos. Ya es de noche, y me lleva en su coche al final de una oscura calle. Me explica que esa calle es la frontera: el muro que hay a un lado es senegalés, pero las tiendas que hay enfrente están en Gambia, y al otro extremo de la calle está el puesto fronterizo. Mucha gente intenta comprar productos baratos en las tiendas gambianas para introducirlos de tapadillo en Senegal a través del bosque que hay más allá del final de la «calle-frontera». Estos productos, como azúcar y aceite vegetal, son importados de Asia y pagan muy pocos impuestos en Gambia, donde se pueden comprar por la mitad de lo que luego valen en Senegal, donde compiten con la producción local. Proteger esta producción es una de las principales tareas del departamento de Suleiman Sané, que de vez en cuando registra el bosque a la caza del contrabandista. Tras el paseo y la charla, volvemos a casa para cenar. Lo hacemos en el patio, comiendo todos juntos directamente de una gran fuente de cuscús con salsa de nebeday. Luego me acuesto temprano, mientras el coronel vuelve a jugar al Scrabble con Yin Alí, y otros visitantes, a los que no conozco, toman té y miran la televisión. Por desgracia para mí y mis ganas de descansar, es viernes, así que la reunión se prolonga bastante, junto con el ruido de la tele. Tengo la sensación de apenas haber dormido cuando me despierta la llamada de la oración. De las últimas diez noches solo he dormido realmente bien una, la que pasé en Saly, en casa de Tapha. El resto me encontrado siempre con el mismo problema, gente que hace ruido, sale de noche o ve la tele hasta las tantas, y luego el despertador universal islámico. Estoy un poco harto de televisiones y almuédanos, de que por la noche no me deje dormir el vocero del capitalismo y por la mañana me despierte el vocero del Islam, pero estos pensamientos solo ocupan mi mente los primeros minutos del día, lo que me dura el mal humor hasta que desayuno y monto a Safír. Esa mañana desayuno yo solo, de mis provisiones, mientras espero a que se levante el coronel para agradecerle la hospitalidad y despedirme de él antes de ponerme en marcha.

El cruce de la frontera es bastante sencillo. Las únicas que me atosigan un poco son las cambiadoras de dinero, que de todas formas me ofrecen una buena tasa. En el lado gambiano, un policía anota mis datos en un cuaderno. En «otras observaciones», anota «visto el certificado de vacunación». Es cierto, lo ha visto, pero solo por fuera, no lo ha abierto ni ha leído lo que pone en él. Luego me apunta a la cabeza con una extraña pistolita de plástico, aprieta un botón, suena un pitidito y la pantalla muestra «36,8 grados». Qué curisoso, nunca había visto un termómetro de estos. Tras comprobar que no tengo fiebre, me indica que continóe. Vuelvo a montar en la bici y entro por fin en Gambia, donde lo primero que me recibe es una cantidad inmensa de mangos a ambos lados de la carretera. Atravieso algunos pueblos que no se diferencian gran cosa de los del otro lado de la frontera, salvo por el idioma. Mientras que en Senegal los chavales me gritaban «donne-moi ce vélo», aquí la frase es «give me this bicycle». No mucho rato después de haber entrado en el país, veo agua a mi izquierda. Parece el océano, pero sé que no puede ser, que en la dirección que voy, el océano solo puedo encontrármelo de frente o a mi derecha. Tiene que ser el río Gambia, pero es tan vasto que no veo la otra orilla. Llego a la ciudad de Barra, en la orilla norte del gran río, donde tengo que coger un ferry para continuar. Mientras espero al barco, un hombre se acerca para charlar conmigo. Es empresario de turismo, tiene algunos negocios de comida rápida y un hotel, donde intenta convencerme para que me quede. Me cuenta que con la crisis del Ébola vienen muy pocos turistas, y está bastante desesperado. Añade una historia de que no es buena idea cruzar el río tan tarde, que ya aprieta el calor y hay «ciertas malas personas al otro lado», que es mejor que pase allí la noche y cruce por la mañana, que de todas formas voy a llegar al otro lado con la frontera cerrada. Luego se pone a jugar a la pelota con tres niños que pasaban por allí; «son mis hijos», me dice. Agotado su arsenal para conseguir que pase la noche en su hotel, me despido de él y vuelvo a la cola para subir al ferry. Una vez a bordo, me acomodo en la cubierta, a proa, con Safír a mi lado. Van pasando entre la gente vendedoras de granizados en pequeñas bolsitas de plástico, de naranjas peladas, de bizochos, de agua mineral también en bolsas. Al otro lado del río, ahora sí, se ve la otra orilla, con grandes edificios que denotan la presencia de la capital del país, Banjul. Es un largo trayecto por el que he pagado ochenta céntimos, bici incluida. Me pregunto cuánto vale el billete sencillo, sin bici. La gente va terminando de embarcar, a mi lado se pone un viejo que lleva una cabritilla. El animalejo parece bastante inquieto e incómodo a bordo del barco, hasta que se acaba colocando justo al lado de Safír, donde se queda más tranquilo con el hocico apoyado sobre una alforja. Yo me asomo, y en cuanto compruebo que no se está comiendo la alforja pienso «oh, qué adorable». Me hace gracia ver la pata de cabra de la bici entre las patas de cabra de… bueno, la cabra. Durante el viaje vuelven a pasar las vendedoras, y también un muchacho que pide limosna. Tiene la pierna derecha completamente girada, es decir, que la rodilla se dobla hacia atrás y el pie forma un ángulo de ciento ochenta grados con el otro pie. Varias personas le dan unas monedas. Una vez llegamos al otro lado y desembarcamos, vuelvo a ver al chico, que se me acerca y me pide que le regale la bici. Me sorprende y me pregunto si podría montar, pero le respondo lo mismo que a todos los que me la piden, que no es una bici, sino un amigo, un compañero de viaje al que además necesito para completar mi aventura.

Entrando en Banjul, me asalta al menos media docena de taxistas para ofrecerme sus servicios. No gracias, ya tengo vehículo. Trato de desembarazarme de ellos y de la marabunta de gente que acaba de bajar del barco. Cuando llego a una calle más tranquila, pregunto por la carretera de Brikama, la ciudad más próxima a la frontera sur y donde tengo pensado pasar la noche. Esta carretera sale rápidamente de Banjul, por lo que no veo gran cosa de la ciudad. Lo que más me llama la atención es el edificio de la Asamblea Nacional, de arquitectura algo futurista y que ha debido de costar una burrada de dinero para un país tan pobre y pequeño. La carretera por la que voy es grande, prácticamente una autovía. Une Banjul con la vecina Serrekunda, otra de las principales ciudades del país. Durante mucho rato voy por una zona con pinta de polígono empresarial, con montones de talleres de mecánica y de almacenes dedicados a la importación. El tráfico es muy pesado y me quita las ganas de parar a comer, a pesar de que es algo tarde y hace rato que tengo hambre, hasta haber llegado a un lugar más agradable. Esto se cumple al poco rato, cuando he salido de la zona Banjul-Serrekunda y llego a un pueblo más pequeño, llamado Lamin, y que está junto a una reserva natural. Me paro en el primer restaurante y pido un plato de arroz con pescado. Aquí es aún más barato que en Senegal: veinticinco dalasi, es decir, cincuenta céntimos. Unos hombres que acaban de comer y ahora están sentados fuera, tomando el té, me invitan a sentarme con ellos. Uno de ellos, llamado Hasan, es el que más habla conmigo. Trabaja como guía en la vecina reserva natural. Me habla de un programa que tienen de cooperación con el Parque Nacional de Doñana. Dice que le gustan los españoles porque trabajan mucho y hacen cosas por su país, no como los americanos, que hablan mucho pero no hacen nada. Hay en el pueblo una escuela y un hospital construidos por organizaciones españolas. «El hospital está muy bien», me cuenta, «tiene agua corriente y electricidad las veinticuatro horas.»

Después de comer continuo el viaje. Al poco tiempo vuelvo a llegar a una zona con más tráfico y más comercios y servicios a los lados de la carretera. No es muy acogedor. Al llegar a una bifurcación, paro en una gasolinera a preguntar a la chica que la atiende por la carretera de Brikama. «Esto es Brikama», me contesta. Vaya. No parece un sitio muy interesante, y además he llegado mucho más temprano de lo que esperaba, de modo que abandono la idea de pasar aquí la noche y decido continuar hacia la frontera. Paso entre los últimos pueblos mientras el paisaje se va volviendo cada vez más verde y exuberante, algo que viene sucediendo desde que crucé el río Gambia. Cuando llego al puesto fronterizo, apenas hay gente. Parece un pueblo como otro cualquiera, salvo por la caseta de policía de fronteras con la bandera gambiana. Toman mis datos, sellan mi pasaporte y ya estoy de vuelta en Senegal. El puesto de policía de este país no esta aquí, sino en el siguiente pueblo, a varios kilómetros, lo que hace que parezca bastante fácil entrar sin ningún tipo de control. La única disuasión para abandonar la carretera y colarse por el hermoso bosque es un cartel avisando del peligro de minas (presentes por el conflicto separatista de Casamance) con un dibujo bastante explícito de una pierna siendo arrancada por una explosión. También descarto por tanto pasar la noche por aquí, con mi tienda, y me veo obligado a continuar hasta Diouloulou, el pueblo grande de la zona, para buscar un hotel.

Por suerte, no me queda mucho camino por recorrer. Llego rápidamente al puesto fronterizo de Seleti, donde el policía me recomienda el Kent Motel de Diouloulou. Antes de seguir, cambio nuevamente mis dalasis sobrantes por francos CFA; el cambista de turno me hace una triquiñuela con la calculadora, que no me pasa desapercibida, pero que dejo pasar porque no tengo tiempo de discutir (ya está atardeciendo) y porque ha conseguido timarme la friolera de… setenta francos (once céntimos de euro). Después regreso a la carretera y entro por fin de lleno en la Casamance. Palmeras altísimas, innumerables mangos, vegetación exuberante, una explosión de vida que me hace preguntarme cómo será este lugar dentro de unos meses, si estando al final de la estación seca mantiene esta vitalidad.

Diouloulou es mi siguiente parada. Es un cruce de caminos, entre la carretera que viene de Gambia; la que continúa hacia Kafountine, el principal centro rural y turístico de esta zona costera, y la que va hacia el interior, hasta Bignona y Ziguinchor, las capitales de la provincia y de la región, respectivamente. Esto hace de Diouloulou un lugar de paso, el pueblo más grande de la zona, con bastantes servicios y comercio (aunque para muchas cosas hay que ir hasta Kafountine o Bignona). Pregunto en la encrucijada por el Kent Motel, y un chaval “mototaxista” me conduce al lugar. Por el camino dice que le gustaría ir a Europa, porque ahí tenemos de todo, y aquí no hay nada, “solo frutas”. Podría haberle respondido “también motos” en referencia a la suya, pero no le digo nada. Al dejarme ante la puerta del motel, me pide mi número de teléfono.

El Kent Motel me sorprende agradablemente. Es un recinto ajardinado, lleno de flores y árboles muy bien cuidados. Tiene un bar con terraza donde se está muy a gusto, y al borde del terreno hay una playa junto a una especie de río salado, donde veo crecer algunos manglares. Caminando por un sendero donde vas rodeado de flores llegas hasta la cabaña donde está la habitación, con una bonita cama de madera. El lugar perfecto para descansar tras el largo viaje. Y además algo aislado, lejos de teles y mezquitas…

Tras una larga noche de descanso, llamo por teléfono a Landing, que me indica el camino para llegar hasta su casa, en Diannah, a algo menos de veinte kilómetros de Diouloulou. El recorrido me va encantando, entre bosques, pequeñas aldeas, huertos, cercados con cabras y vacas… Apenas hay tráfico en esta zona, y mi último día de viaje es un agradable paseo en bici. A mitad de camino, se me une otro hombre en bici, un vasco de Iruña, con una abundante melena de pelo rizado y canoso, que me cuenta que ha hecho siete veces el mismo viaje que yo ahora (pero él, en coche), y que hace seis años se quedó a vivir en Abene, el pueblo vecino de Diannah. Vive de alquilar un apartamento que tiene en Banjul, y ahora está casado con una mujer de aquí con la que tiene dos hijos. Me cuenta que está pendiente de las noticias porque no tiene visado, y yo le cuento que lo último que he oído es que a partir del uno de mayo no será necesario, lo que le tranquiliza bastante. Charlando llegamos con nuestras bicis a Diannah, al cruce que Landing me ha indicado por teléfono, y allí veo su casa. Me despido del vasco, que continúa su camino, y me dirijo al que va a ser mi hogar las próximas semanas. Es una casa grande, de una sola planta, con el consabido patio de arena, pero también un pequeño puerto y un pozo de donde sacamos el agua para todo… Me recibe Daba, la esposa de Landing, hablando en buen inglés y con mucha amabilidad, mientras sostiene en sus brazos a su pequeño hijo Mamina, que tiene solo un año y medio. Daba es una mujer joven a la que noto inteligente y activa, fuerte de cuerpo y de carácter, pero amable, abierta y comprensiva. Me enseña mi habitación, pequeña y sencilla, orientada al sur, con el suelo de cemento, el techo de chapa y las paredes pintadas de blanco. Una cama con mosquitero y una alfombrilla son todo el mobiliario, pero es todo lo que necesito y no deseo otra cosa que unas semanas de vida sencilla y sedentaria. Daba me dice que Landing no está, que probablemente se encuentre en el campo y que puedo ir a buscarlo allí. Me indica el camino, y atravieso el pueblo, una pequeña aldea donde todo el mundo se conoce, con su mezquita, sus cuatro tiendas de todo un poco, su taller de carpintería metálica junto al que también reparan bicis, su taller de ebanistería donde veo que están dando los últimos retoques a una preciosa cama de matrimonio… Salgo del pueblo por el sendero que va entre los campos de cultivo, donde las palmeras, los mangos y el resto de la vegetación me impiden ver más allá de unos metros, lo que hace que me asalte de nuevo la sensación de asombro ante lo vivo que está este lugar tras varios meses sin lluvia…

Cuando llego al campo de Landing, este no está allí, sino que me encuentro con un joven alemán, Nick, que lleva aquí varios meses de voluntario y que está ya en su última semana de estancia, que va a coincidir con mis primeros días. Lo encuentro sentado ante una hoguera donde prepara un té. Me cuenta que Landing ha ido a Kafountine porque tiene allí el coche, en el mecánico. Utiliza su coche como taxi para sacar un dinero extra, y en la última carrera le dejó tirado. Así que mientras espero a que vuelva, me quedo un rato charlando con Nick, que me habla un poco de la vida en este lugar, de cómo es el sitio tal y como él lo ha experimentado… Ahora me toca a mí descubrirlo por mí mismo.

Y eso va a ser toda otra historia, todo otro viaje. Ese viaje creo que lo contaré cuando regrese a España. Por aquí me resulta más complicado encontrar una buena conexión a Internet, y es algo más estresante y problemático dedicarle tantas horas a escribir el blog. Así que creo que esta colección de relatos, esta forma de contar el viaje, termina aquí, al mismo tiempo que termina una forma de viajar. Voy a dedicar mi tiempo a vivir este lugar, que tiene otras formas, otros ritmos, y necesito mi energía para adaptarme a esos ritmos y aprender de la gente que voy a ir conociendo aquí. Pero esto no es un punto final, sino un punto y aparte. El próximo párrafo vendrá un poco más tarde, pero vendrá. Quizá escriba alguna entrada corta de vez en cuando para contaros qué tal estoy o alguna cosa interesante que me apetezca compartir.

Ha sido un placer compartir con todos vosotras este largo viaje, estas aventuras, experiencias, paisajes y gentes. Volvemos a vernos pronto. Os mando un gran abrazo desde la verde Casamance. Y también os manda un cariñoso saludo Safír, que duerme apaciblemente en un pasillo de la casa de Landing y Daba…

 

El país de la teranga

Salí hace tres días de Dakar, y ahora estoy en Kaolack, mucho más hacia el interior del país. Y se nota, no había pasado tanto calor desde que salí de Mauritania. Entre medias, han pasado dos noches en las que he disfrutado de la hospitalidad, que aquí se llama “teranga”, de los amigos de Suleiman. Mi última noche en Dakar me acerqué a cenar a un restaurante llamado “La Calabasse d’Or”. Ya había estado un par de días antes, cuando había dudado si entrar o no porque había visto salir a un europeo y luego el dueño se me había acercado en plan demasiado amistoso, lo que me hacía sospechar que era un sitio carero para turistas. Pero luego vi que los precios no estaban mal, y, sobre todo, que las cajas de cartón que usaban para las pizzas para llevar eran las mismas que utilizaba yo cuando vendía pizzas en Compostela, así que me acabé quedando. El dueño, Abdou Diouf; siguió siendo muy simpático y cercano toda la noche, incluso me invitó a cenar con él y su cocinero después de cerrar (y después de que yo hubiera cenado, así que tampoco pude comer mucho más). Luego me acompañó un trecho por el camino de vuelta a casa de Suleiman. Así que, después de tanta amabilidad, volví a cenar allí. Una pizza acompañada por otra cosa mucho más exótica: un bouye o zumo de “pan de mono”, el fruto del baobab. Tiene un color blanquecino rosado y un sabor dulzón y muy suave. Después de cenar, Abdou Diouf se sienta a conversar conmigo. En un momento dado, sale el tema de si creo en Dios. Le respondo que no (es la primera vez que se lo digo abiertamente a un musulmán en lo que va de viaje), y se pasa la media hora siguiente tratando de convencerme de que reflexione sobre la divinidad, diciéndome que él antes no era religioso pero que Dios cambió su vida a mejor, que como ve que soy buena persona me va a confiar algunas cosas (me cuenta historias que me suenan a la Cábala), que él no cree en las casualidades y que yo he entrado en su restaurante y le he conocido por alguna razón. Pasada la medianoche a mí se me cierran los ojos, me cuesta seguirle y estoy convencido, tras varios días de llamadas a la oración antes del amanecer, de que hay una confabulación islámica para no dejarme dormir. Le digo que estoy muy cansado y ya me dice nuevamente que reflexione sobre lo que me ha dicho y que espera volver a verme cuando haga mi viaje de vuelta. Cuando salgo a la calle, esta está oscura y desierta. Viene caminando una mujer mayor y harapienta, con pasos algo espasmódicos, los ojos muy abiertos y la mirada perdida. Continuamente suelta frases quebradas, dispersas, en wolof; cada vez que habla se cubre la boca con una mano, que deja caer cuando calla. Su voz me recuerda a la del emperador de Star Wars. Me pasa de largo y continúa su camino hacia la oscuridad del otro lado de la calle. Cuando vuelvo a casa, Suleiman duerme. Tiene que levantarse a las tres y media para llevar a un cliente (imagino que al aeropuerto, no sé para qué otra cosa iba a pedir alguien un taxi a esas horas). A la mañana siguiente me levanto bastante tarde, tanto para aprovechar y descansar algo como para esperar a que Suleiman, que ha vuelto de su encargo y está durmiendo otra vez, se levante y así poder despedirme de él. Cuando voy a hacerlo, nos tendemos la mano derecha, pero súbitamente él la retira y me da la otra, diciendo: “No, la izquierda, para que nos volvamos a ver”. Al final acabo saliendo tarde de Dakar, y me como todo el atasco de la hora punta. Con la bici no es un problema, hay suficientes huecos para colarme y avanzar rápidamente, pero no es muy agradable. Entre los cuarenta kilómetros de entrada a Dakar y los cuarenta de salida, he tragado más humo que en los dos mil kilómetros anteriores de viaje. Cuando salgo de esta zona, enfilo la carretera hacia Mbour, la siguiente ciudad, cerca de la que vive Tapha (de Moustapha), el hermano de Elhadj. El tráfico es bastante asqueroso, ya no tan denso, pero en general muy desagradable. Echo de menos a los camioneros del Sahara Occidental, que cuando no tenían espacio para adelantarme esperaban pacientemente detrás de mí hasta que podían hacerlo con seguridad. Y cuando un taxista o un autobusero quiere parar a un lado para recoger o dejar viajeros, es como si los ciclistas solo reflejáramos los rayos infrarrojos o los ultravioletas de la luz del sol: estamos fuera de su espectro visible, sencillamente, no existimos. Además, todo el mundo abusa del claxon, asustándome y haciéndome aguzar los sentidos sin necesidad. Todo esto me obliga a aumentar constantemente mi atención, a frenar y acelerar muchas veces, a salirme al lateral de la calzada en un par de ocasiones, haciéndome cansarme mucho más. Al menos, consigo llegar a donde vive Tapha sin contratiempos, ni para mí ni para Safír. Tapha me recibe en su lavadero de coches, donde veo que tiene a tres o cuatro chavales trabajando. Es alto, y lo primero en lo que me fijo son sus nueve colgantes, cada uno con una cadena de oro, que van desde las dos que son delgadas como un hilo hasta la que tiene eslabones de tres o cuatro milímetros de ancho. Penden de las cadenas un símbolo con forma de “B”, unos aros de oro entrelazados, una pareja de delfines, una piedra blanca, una llave, una cruz, una especie de ídolo… En su muñeca derecha hay tres pulseras de plata; en la izquierda, un gran reloj de correa metálica, y en los dedos, cuatro anillos. Él no es de esta zona, pero vive aquí desde hace diecinueve años. Muy cerca está la ciudad de Saly, un lugar muy turístico y lleno de europeos, gracias a lo que prosperan numerosos negocios, como el de Tapha. Le pregunto si está casao, y me dice que no, que quiere ser libre, que con una mujer todo son problemas. “Ahora puedo hacer lo que quiero, si me voy este fin de semana a Dakar y quiero dormir allí, lo hago, sin dar explicaciones”. Mientras estoy con él, se acerca y nos saluda una mujer joven, vestida a la europea, con el pelo corto y gafas de montura gruesa, de pasta. Mi anfitrión me dice que es la tercera esposa de su papá francés, que está casado con cuatro mujeres. Minutos más tarde, cuando voy caminando a solas con él hacia su casa, le pregunto por “su papá francés”. –Entonces, ¿tu padre es francés? –No, mi padre es senegalés, pero murió. Mi papá francés es adoptivo. –Ah, ¿ocurrió cuando eras pequeño? –¡No, cuando era así! –dice señalándose a sí mismo–, ¡yo aún soy pequeño! Los dos nos reímos, y me explica que es un amigo francés mayor que él (tiene setenta y siete años) al que conoció al poco tiempo de venir a vivir a Saly, y que le ayudó mucho, así que es como si fuera su padre. Llegamos a su casa, un edificio grande, con una especie de patio-garage, la vivienda en el primer piso y una terraza más arriba. Al entrar en el piso hay una puerta cerrada a mi derecha, y después un pasillo con una puerta grande a un lado y dos pequeñas al otro. La primera puerta pequeña es la habitación de Tapha, y la segunda, la que ocuparé yo esta noche; el cuarto tiene su propio lavabo. Cuando me he instalado, Tapha me conduce a la puerta grande del otro lado, llama, y desde el otro lado una voz femenina responde “entra”. Al otro lado está el salón-comedor, amueblado a la europea, con una gran tele de plasma; a mi derecha, una puerta da a la cocina, y a mi izquierda, un pequeño pasillo parece dar a otra habitación grande y a un baño. En uno de los sofás están sentadas dos mujeres, de treinta y tantos. Amina es delgada y guapa, pero tiene un poco de cara de mala leche, se le adivina un carácter fuerte que intimida un poco. La otra, Tako (se llama Aisha, pero la llaman por su apellido), tiene unos grandes ojos algo rasgados, habla poco y suavemente y sonríe con afecto. Tapha me dice que son otras dos de las esposas de su papá francés; las dos chicas se ríen, y le contagian la risa a él, lo que me hace empezar a pensar que todo esto de las cuatro esposas de “su papá francés” no es más que una broma. Tapha me dice que si quiero comer o beber cualquier cosa, que venga, llame a la puerta, se lo diga a Amina y ella me prepará algo. Él se va a descansar a su habitación, y yo hago lo mismo, pues estoy más cansado y necesitado de cambiarme la ropa llena de polvo del viaje que hambriento. Al rato vuelvo al salón, llamo a la puerta antes de entrar (parece que la puerta grande que separa el salón del pasillo marca la zona de la casa reservada a las mujeres) y me encuentro con que tienen un invitado a la mesa, comiendo arroz con pollo. Amina prepara otro plato para mí; yo me siento bastante incómodo esperando la comida sentado en el sofá, me resulta una escena muy machista, pero aquí es lo normal y no estoy seguro de si puedo ofrecerle ayuda en la cocina. Mientras ceno, entra en la casa otra mujer, que me saluda en wolof; yo contesto en francés, pero ella continúa con fórmulas de cortesía en wolof. Por suerte, son frases básicas, que me habían enseñado Abdou y Victor en Saint Louis y Baye Fall y su hijo en Louga. Consigo contestar y presentarme. Ella se llama Boundao (como en el caso de Aisha, la llaman por su apellido; el nombre de pila es Awa). Es la esposa que me faltaba por conocer. Después de cenar, me siento a ver la tele; echan el Atleti-Real Madrid. Normalmente no me interesaría demasiado, pero aquí es como asomarme un momento a un pedacito de casa. Además, las chicas parecen bastante aficionadas: Boundao grita y palmotea, y critica a la defensa de su equipo, el Madrid (solo se libra Marcelo). Después del partido Boundao cambia de canal y pone un programa en el que hablan de una familia que ha tenido quintillizos. Yo aprovecho para hablarle de mi familia y contarle que mi madre no tuvo cinco hijos de golpe, pero sí seis en siete años. Y diez años después, yo. “Vaya, debía de estar muy cansada criando a seis hijos todos a la vez”, me comenta, “normal que luego descansara diez años”. Un rato después les pregunto por Tapha, porque no he vuelto a verlo en toda la tarde, me gustaría acostarme y salir temprano y quiero agradecerle la hospitalidad (aunque en verdad tengo más que agradecerle a las mujeres, por más que él sea el dueño de la casa y la persona que ha contactado conmigo para acogerme). Amina va a buscarlo a su habitación, y cuando vuelve, me encuentro reunido en el salón con él y las cuatro mujeres. Tapha me dice que la primera que he conocido, la del pelo corto y gafas de pasta (no recuerdo el nombre de esta) es la que pasará esta noche con su papá francés, que se van turnando todas las noches. Vuelven a reírse todas como de una broma, y él me dice: –¡Y hace esto con setenta y siete años! –Vaya, creo que la aventura de “tu papá francés” es más peligrosa que la mía. Se siguen riendo y dan continuidad a mi broma, diciendo que cuando se muera el hombre, Tapha se casará con ellas. Parece que ha desaparecido esa amistad respetuosa hacia su mentor. Boundao cuenta lo que dije antes de mi familia, y se asombran con razón ante una familia tan grande en Europa. Amina dice que quiere tener dos hijos, y Boundao contesta que ella tres. Tapha mira al infinito y dice “yo voy a tener nueve hijos”. “Sí, nueve, tu empieza por dos y después me cuentas”, le espeta Amina. La atmósfera es muy relajada. Tapha está sentado entre Tako y Amina, cada una de las cuales le pasa una mano por los hombros en actitud cariñosa. Pienso “¿realmente existe tu papá francés, o eres tú el que está con ellas y lo otro es una historia para echar unas risas? ¿O es que el viejo pone el dinero y tú lo demás?”. No sé que pensar de toda la historia; la verdad es que, si no pienso en lo que me han contado (y en lo que no me han contado), lo que veo ante mis ojos es casi hermoso, y para serlo solo hace falta quitarle el machismo y que cada una de las mujeres también pueda tener varios hombres si así lo desea. A lo largo del rato que estoy allí sentado, en un par de ocasiones Tako me mira con sus ojos sonrientes y susurra “Iván” sin añadir nada más, como si saboreara el nombre exótico de un animal extraño venido de una tierra lejana. Al final, una de ellas se levanta para preparar la cena, y yo me excuso diciendo que aún estoy muy lleno del arroz de antes y que estoy muy cansado, y me voy a la cama. A la mañana siguiente, cuando me levanto y voy al “lado femenino” de la casa, solo están allí Boundao y Amina. La primera se está preparando para salir; le pregunto si va a trabajar y me responde que sí, que trabaja en la metalurgia, en la zona industrial por la que yo había salido de Dakar el día anterior. Cuando está a punto de irse, discute por algo con Amina; la disputa ocurre en wolof, pero al final, Boundao la zanja con un “c’est ma vie, it’s my life” antes de salir por la puerta. Me quedo a solas con la mujer de armas tomar, pero en cuanto entablo conversación con ella y le pregunto un poco por su vida, resulta ser mucho más amable de lo que aparentaba. Trabaja en una agencia de viajes, organizando la llegada de los turistas, sirviéndoles de guía y solucionándoles sus problemas y emergencias. Empezó en esto hace muchos años, precisamente en Casamance, pero su madre le pidió que lo dejara, porque vivían en Dakar, a cuatrocientos kilómetros, y veía que desplazarse continuamente entre los dos lugares era agotador para su hija. Ella le hizo caso, retomó sus estudios y los volvió a dejar porque lo que quería era trabajar, y se vino aquí, a Saly. Ahora también trabaja en el barco que hace el crucero por el río Senegal, el que ví en Saint Louis cuando Dou y yo nos detuvimos a escuchar su música; quién sabe, quizá Amina estaba a bordo en ese preciso instante. Le gusta mi forma de viajar porque me permite conocer los lugares y sus gentes, y a ella también le gusta viajar de ese modo, aunque lo hace en el coche que le facilita la agencia para la que trabaja. Ha estado de este modo un poco por todo Senegal. Tras la charla me despido de ella y le digo que no despierte a Tapha, que se despida de él de mi parte. Según voy saliendo, oigo al otro lado de la primera puerta cerrada que vi a mi llegada dos voces, una de mujer y otra de hombre algo mayor; igual la historia es cierta después de todo. Tras salir de Saly cojo la carretera que se aleja de la costa hacia el este. Ahora hay cada vez menos tráfico, pero a cambio, la carretera es cada vez peor. Al menos, el paisaje va cambiando, haciéndose más verde cada vez. Empieza a haber menos arena y más hierba, aunque casi toda seca. Las acacias crecen más densas y frondosas, sigo viendo baobabs, y empiezan a aparecer mangos y otros árboles que no conozco. Ahora sí que me siento en plena sabana africana. Veo de vez en cuando pequeñas aldeas de chozas redondas de cañas rodeadas por empalizadas del mismo material, que conviven con casas más modernas hechas de bloques de hormigón. Por lo que me han contado, construir sale muy barato en Senegal, gracias a la presencia de una enorme fábrica de cemento a las afueras de Dakar. Me detengo en un pueblo para comprar agua y para comer. Mientras estoy en la tienda, dos niños se detienen ante la puerta y me saludan. Cada uno lleva una paloma viva en las manos. El mayor de los niños le está arrancando las plumas de las alas. “¡Por qué le haces eso?”, le digo, pero los niños se alejan riéndose. Me ha dejado muy mal cuerpo. Es cierto que llevaba todo el camino echando de menos el cariño hacia los animales (en todo mi trayecto por África no he visto a nadie acariciar a un perro o a un gato), pero nunca los había visto tratarlos con esta crueldad gratuita. Después del pueblo continúo mi camino hasta Fatick, una pequeña capital regional de menos de treinta mil habitantes. Allí me espera Dada, una amiga de Suleiman que trabaja en una agencia local del Ministerio de Hacienda. Ella y un compañero suyo de trabajo alquilan sendas habitaciones en la casa de un hombre del lugar. Me conducen allí y me dicen que puedo plantar mi tienda en el patio de arena, protegido por un muro. Después de instalarme, bebo un vaso de té con ellos y con el dueño de la casa, a la sombra de un gran mango. Me preguntan por mi viaje, les hablo del voluntariado en la finca ecológica, y entonces el propietario me pide consejo para poner un huertecito en el patio. Yo le explico lo poco que sé y le digo que en este terreno soy un aprendiz, no un experto, y que he venido más para aprender que para enseñar. Poco después, el hombre se marcha a casa de un amigo para ver el París-Barcelona de la Liga de Campeones. Yo me quedo con Dada y su compañero, que no son muy habladores y le hacen más caso a sus teléfonos móviles que a mí. Yo me entretengo leyendo el periódico, que habla de las preocupantes cifras de la violencia sexual contra las mujeres en Senegal. Tengo más oportunidad de hablar con Dada cuando saca al patio una fuente de ternera guisada con patatas de la que cenamos los dos. El plato me recuerda al que prepara mi madre, solo que mucho más picante, como corresponde a la cocina senegalesa. Mientras cenamos, me cuenta que es de Dakar, donde vive su marido, pero que a ella el ministerio la trasladó aquí el verano pasado. Es algo duro, pero por suerte Dakar no está muy lejos y pueden verse a menudo; además, tener un buen trabajo es dificilísimo en Senegal, y ella, siendo funcionaria, no quiere perder el suyo. Le pregunto por el trabajo de su marido, y me dice que es agente de puertos. Le comento una idea que ha ido tomando forma en mi mente: tratar de regresar de Dakar a Europa en barco (mercante, porque los de pasajeros no hacen ese trayecto, que yo sepa), pagando algo o trabajando para pagarme el pasaje. No sé siquiera si se puede hacer, pero Dada me ha respondido que cuando vuelva a Dakar hable con su marido, que él podrá ayudarme. Pero para eso queda mucho tiempo. Ya hablaré con Dada, que me ha dicho que ya volveremos a vernos cuando yo vuelva a Dakar, donde ella va a menudo. Todo esto fue ayer, y hoy ha sido un día cortito de bici. En algún tramo bastante largo la carretera era tan mala que era yo quien adelantaba a los camiones, que debían avanzar con cuidado para no destrozarse una rueda en alguno de los innumerables boquetes. Las finas ruedas de Safír, en cambio, navegaban con agilidad por los estrechos trozos de firme que aún quedaba en buen estado. He pasado por una pequeña ciudad, donde he visto que en esta zona los mangos monopolizan los puestos de fruta, en contraste con el día de ayer, cuando eran los melones los que ocupaban los laterales de la carretera en la zona de Fatick. Ahora estoy en la siguiente región, Kaolack, en cuya capital he encontrado un albergue por un buen precio. Parece una ciudad grande y próspera, con edificios más grandes y un poco más nuevos, y calles mejor asfaltadas que las que he visto en otras ciudades. Veo mucha gente por la calle pese al asfixiante calor, y no me ha costado encontrar rápidamente restaurantes para comer y un ciber para escribiros esto. Aparte de esto, no parece ser un lugar especialmente interesante ni especialmente turístico, pero me resulta muy útil como parada para descansar y encontrar las tiendas y servicios que necesito. Mañana trataré de llegar a Karang, en la frontera con Gambia, donde vive el primo de Suleiman que es policía de aduanas. Al día siguiente pasaré al país vecino, donde estaré uno o dos días, y al otro lado entraré de nuevo en Senegal, esta vez en Casamance. La casa de Landing, el hermano de Suleiman con quien tengo la intención de trabajar las próximas semanas, está a solo treinta y tres kilómetros de la frontera sur gambiana…

Un buen anfitrión en Dakar

Mañana emprendo la última etapa, seis días de viaje tras los que Safír tendrá por fin un merecidísimo descanso. Suleiman ha sido un buen anfitrión estos días, en los que he pasado la mayor parte del tiempo en la zona periférica de Dakar donde él vive. Del centro, he visto poco.

Me ha gustado estar en un barrio cualquiera, lejos del barullo del centro y las zonas más turísticas. Paseando por las calles tengo siempre la impresión de ser el único extranjero que hay en este lugar, y eso me da una cierta sensación de pionero en una tierra exótica por explorar, por más que lo que veo a mi alrededor no deja de ser un barrio normal, con sus calles (de arena, salvo las principales), sus tiendas, sus coches, sus bloques de pisos, su gente hablando por el smartphone… No puedo decir que haya conocido mucho de Dakar, pero he tenido la ventaja de haber ido acompañado por alguien de aquí.

Cuando Suleiman me llevó a la embajada de Gambia, llegamos demasiado temprano, así que fuimos a desayunar mientras esperábamos a que abrieran. Mi compañero me condujo a uno de los muchos “petit restaurants” que son muy populares para desayunar. Son pequeñas carpas rectangulares que te encuentras en cualquier parte, a un lado de la calle. Cuando llegas, apartas la cortina, y, si ves que hay sitio, te sientas en un banco ante una mesa apoyada en unos caballetes, junto a un montón de hombres que están desayunando. Una mujer va atendiéndolos por orden de llegada, sacando barras de pan de un saco de papel, abriéndolas y rellenándolas con una mezcla de ingredientes que puede incluir mayonesa, judías pintas, huevos cocidos, espaguetis, salsa picante… Mientras tanto, otra mujer más joven les va sirviendo vasos de café o de té con leche (en polvo). Cuando uno termina de comer, paga (alrededor de cincuenta céntimos de euro por media barra de pan rellena de judías y un té con leche) y se marcha, dejando su sitio al siguiente. Metido en estas pequeñas carpas, nunca he visto a otro blanco, ni he oído otra lengua que el wolof, ni he dejado de disfrutar de los bocadillos, que están muy buenos, ni de la leche caliente con té de menta, todo un descubrimiento.

También he ido con Suleiman a casa de un amigo que le había invitado a comer. Por el camino, paramos a comprar algo de fruta para aportar a la comida y corresponder a la invitación. Cuando llegamos, entramos en un piso que me hace ver que esta familia no vive mal, en cualquier caso bastante mejor que mi anfitrión, aunque en España no pasaría de ser una casa normal. Paredes bien pintadas, muebles en buen estado –salvo por las rajas en el tapizado de cuero de los sofás–, una tele plana y grandecita que es probablemente la mejor que he visto desde que salí de Tarifa… Suleiman me presenta a su amigo, Bacari, y a la familia de este, sus padres, su mujer y su hijo, un bebé de cuatro meses. En un momento me quedo a solas con el padre, un hombre de pelo y barba blancos, de aspecto respetable, bien vestido con un traje tradicional. Habla muy buen francés y demuestra bastante cultura. Hablamos de mi viaje, y comenta un detalle curioso: cómo los españoles hemos sido siempre grandes exploradores, y yo, que no había pensado en ello, le respondo que es verdad, que a lo mejor sigo un poco esa tradición. Miramos la televisión, donde ponen uno de esos documentales del Discovery Channel que te cuentan cómo se fabrican y se construyen las cosas. Hoy iba de las cajas de cartón, y comenzaba con una máquina monstruosa que derribaba árboles de treinta metros como si fueran palillos de dientes. El hombre comenta las imágenes entre indignado y compungido, evocando los peligros de la deforestación, como la desertificación que viene después. Acabamos hablando del despilfarro de recursos, del consumismo inconsciente de Occidente, del mundo saqueado que heredarán nuestros nietos, de la necesidad de moderarnos y consumir con más cabeza, y estamos de acuerdo en todo.

Poco después llegan más invitados, entre los que me sorprende ver a una mujer blanca. Después de saludarme, me pregunta:
–C’est toi qui fait le vélo?
–Oui, c’est moi.
–Ah, alors tu es espagnol?
–Oui.
–¡Yo también! Suleiman nos ha hablado de ti ¿De dónde de España vienes?
–De Madrid, ¿y tú?
–También de Madrid, pero hace mucho tiempo que no paso por ahí.
La chica se llama Carlota y vive desde hace unos cuantos meses en Dakar, trabajando para una ONG médica francesa. Hace unos cuantos años vino aquí para estudiar cuatro meses, como parte de un programa de intercambio, y Senegal la enganchó tanto que volvió varias veces, para finalmente quedarse. Ahora vive con su novio, Elhadj, un chico de aquí.

Al cabo de un rato, las mujeres de la casa traen al salón una inmensa fuente de arroz con carne y salsa, de la que comemos todos directamente. Acabada la comida, nos subimos a la terraza Bacari, Carlota, Elhadj, Suleiman y yo. Mientras ellos se sirven una copa y “puro”, charlamos, les cuento mi viaje y disfruto de las vistas sobre los alrededores de Dakar. Luego Elhadj se levanta, dibuja en el suelo de la terraza una “muñeca” o rayuela y Bacari y él se ponen a hacer el tonto, saltando a la pata coja sobre las casillas. Ya había visto a los niños jugar a esto en la calle, y me había sorprendido lo internacional de este juego.

Ya por la tarde, Carlota y su novio se despiden. Antes de irse, Elhadj me da el teléfono de su hermano, que vive cerca de Mbour, la próxima ciudad por la que tengo que pasar, para que me quede en su casa. Suleiman también me ha prometido darme los contactos de varios primos que tiene en dos ciudades por las que voy a pasar, uno de ellos policía de aduanas, que me podrá ayudar a pasar la frontera sin problemas. Luego Suleiman, Bacari y yo salimos a tomar algo. Me llevan a un bar junto a la playa. Tiene muy buena pinta, y a pesar de que la mayoría de los clientes son franceses, también hay un par de mesas de gente de aquí. Desde la mesa donde estamos sentados en la terraza, me asomo a la pequeña cala pedregosa que hay debajo, donde dos niñas francesas juegan en el agua, aparentemente insensibles al fresco que empieza a levantarse mientras el sol se pone sobre el Atlántico. Después del chiringuito playero, vamos a casa de Elhadj y Carlota, donde nos invitan a cenar arroz con gombo, una curiosa salsa preparada a base de erizos de mar, ostras y ocra. Después vemos en un canal de tele francesa el resumen de la jornada de las grandes ligas de fútbol europeas: Francia, Inglaterra, Italia y Alemania. ¿Y la liga española? Ni una palabra. Malditos gabachos envidiosos…

A la mañana siguiente, a Suleiman le tocaba madrugón: tenía que recoger a un cliente a las siete. Para mí también había madrugón, como todos los días, en mi caso porque no estoy acostumbrado a las llamadas matutinas a la oración, y no me dejan dormir. Aquí está siendo especialmente doloroso; por un lado, siempre me duermo tarde, bien porque he salido con Suleiman, bien porque ha salido él y me ha tocado abrirle al llegar (porque siempre me deja la llave de casa para que pueda moverme a mis anchas); y por otro lado, como dije en un comentario, aquí los almuédanos son verdaderos torturadores especializados en privación del sueño. No sé si el sonido viene de la misma mezquita o de varias diferentes, pero el caso es que la primera llamada me despierta poco después de las cinco.  Cuando estoy a punto de volver a conciliar el sueño, un rato después, suena una segunda oración. Para rematar la faena, a las seis y cuarto comienza una larga oración cantada que dura más de media hora y que termina de desvelarme por completo. En ese momento tengo un humor de perros y desearía la desaparición de todas las mezquitas y oraciones del mundo, dándole la razón al escritor Arthur Bloch cuando escribió que “un hombre sin religión es como un pez sin bicicleta”.

Me voy a uno de esos “petit restaurants” para curarme el humor con un buen desayuno, y después Suleiman vuelve de su primer recado del día para seguir trabajando, esta vez conmigo como cliente. Me lleva a las embajadas de España y de Gambia para rematar mis asuntos allí, y a la oficina de correos para enviar a casa un paquete con cosas que ya no necesito aquí. Por el camino va hablando por el móvil: “tú tráeme el dinero y yo te llevo la tele… ah, bien, quieres verla primero… pero tienes que decirme qué tipo de tele quieres para buscártela”. En ese momento le suena otro teléfono que tiene, y cuelga el primero para coger este: “sí, no me he olvidado de ti, estoy llevando a un amigo al centro, estamos en un atasco, ahora en quince minutos voy a buscarte”. Lo del atasco es verdad. Parece una mañana bastante estresante para Suleiman. Me cuenta que el centro de Dakar siempre es así, algo que yo pude comprobar días atrás cuando llegué con Safir.

Después de mis recados y de comer algo, Suleiman vuelve a traerme al barrio. Yo me dedico a centrar el freno delantero de Safír y a contaros un poco que tal. Tarde relajada y noche tempranera para salir mañana por la mañana con rumbo a Casamance. Nos vemos pronto, ya más cerca del final del viaje.

Madrid-Dakar

Guardo con un cariño especial un recuerdo de cuando era pequeño. En enero, por las noches, cuando estaba helando en la calle y yo estaba calentito en casa, disfrutando del final de las vacaciones de Navidad, me gustaba ver por la tele el rally París-Dakar. Lo echaban por La 2, entonces una cadena de noches intimistas, en la que Lorenzo Milá te contaba las noticias que no daban en los otros informativos como te las contaría un invitado sentado a tu mesa después de cenar ante la chimenea. Yo acentuaba esa sensación metiéndome solo en la habitación de mis hermanas Susana y Mónica, donde tenían una pequeña tele de esas que hace años que no existen; su habitación estaba al final del pasillo, al otro extremo de la casa con respecto al salón, donde quizá estaban mis padres y mi abuela jugando a las cartas, o mis hermanas mirando la tele grande. Yo me recluía en mi pedacito de intimidad, mirando embobado las imágenes de las ágiles motos, los potentes coches y los poderosos y espectaculares camiones saltando sobre las dunas del Sáhara. Y luego veía el campamento, por la noche, bajo el cielo estrellado del desierto, donde periodistas y pilotos hacían el resumen de la jornada reunidos alrededor de una hoguera, que los iluminaba con la misma calidez con la que la pantalla del pequeño televisor alumbraba mi rostro embelesado en la oscuridad. Y yo soñaba con vivir algún día aventuras parecidas, atravesando el desierto, compartiendo el descanso bajo las jaimas con mis compañeros de viaje, disfrutando de la competición a lomos de aquellas veloces máquinas. Poco me podía imaginar en aquellos momentos que un día, veinte años después, yo también atravesaría el Sáhara, no sobre las dunas, sino por una larguísima carretera de asfalto, y no pilotando una moto o un camión, sino una bellísima bicicleta. Sobre todo no me imaginaría que lo haría en bici, porque, también por aquellas fechas, me habían regalado una bici, y la había dejado de usar tras mi primera caída. No volví a tener una bici hasta que hace cinco años me compré a mi querida Gau, que hoy espera pacientemente en Madrid, esa ciudad que tan bien conocen sus ruedas, a que mis manos vuelvan a acariciar su manillar. Y hoy se junta todo, sueños infantiles, hambre de aventura y tardío amor por las bicicletas en este viaje, este particular Madrid-Dakar cuya penúltima etapa concluí ayer al llegar a la capital de África del Oeste.

Mi última noche en Saint Louis, después de escribir el post anterior a este, fui a despedirme de Victor y Abdou. Les di un par de colgantes que había comprado a un artesano, aunque aquí probablemente no valgan mucho, pero era por tener un detalle, y lo agradecieron. Al final, antes de volverme al hotel para prepararme, Abdou me dice “queríamos pedirte algo”. Me cuentan que están organizando un torneo de fútbol para niños esta semana y que les faltan quince euros. Al final, estos también.

A la mañana siguiente me despedí de Jay, que me había tratado muy bien –todo lo bien que pudo con los jaleos que tuvo el fin de semana– y me puse en marcha. Cogí la carretera de Dakar y salí pronto de la ciudad. El paisaje pronto me recordó al del sur de Mauritania, con el suelo de arena y las acacias dominando la vegetación, solo que aquí los árboles son más abundantes. De pronto, veo algo de pasada sentado bajo un árbol; doy media vuelta y me acerco para verlo mejor. Es un mono, no estoy seguro de qué especie, quizá un babuino o un mono rojo. No lo termino de ver bien por la distancia y la sombra del árbol, pero no me acerco más por prudencia; no sé cómo reaccionará ante un humano y desde donde estoy puedo ver que tiene suficiente tamaño para darme problemas si se pone agresivo. No es lo único interesante que he visto en cuanto animales. Lo mejor son las aves. Hay un par de especies que veo frecuentemente, cuyas alas tienen un fuerte brillo metálico; una es de un azul precioso, y la otra tiene el vientre de cobre y las alas de mar bajo el sol tropical al aterdecer. He visto un pájaro de alas blancas con un reborde azul índigo, el mismo color que el resto de su cuerpo, y otro muy curioso y muy común aquí, de plumas blancas y negras, cola larga y un hermoso pico naranja, largo y muy curvado. Y águilas, en cantidades que me resultan absurdas, acostumbrado como estoy a ver en las carreteras españolas una aquí, un busardo ratonero algunos kilómetros más allá… Aquí hay lugares donde se cuentan por decenas en el cielo. Una de ellas baja en picado junto a la carretera mientras estoy parado, descansando, y la veo alzar el vuelo con una rata revolviéndose entre sus garras. Menos bonitos son los buitres, que se amontonan en torno a un burro o una cabra muertos junto a la carretera, y que me hacen cambiar de carril para esquivarlos; impresiona bastante pasar junto un grupo grande de bichos carnívoros de ese tamaño, con esos picos y garras, por más que sepas que son carroñeros y no es probable que te hagan nada (al menos mientras sigas en pie y moviéndote).

El primer día de pedaleo me lleva hasta Louga, la capital de la región vecina a Saint Louis. Cuando pregunto por algún albergue, me mandan a uno a las afueras de la ciudad. Descubro así un recinto construido en el 2007 con ayuda internacional, especialmente de la provincia belga de Namur. Es un espacio muy agradable, con cinco grandes chozas de piedra techadas con paja, que albergan bonitas habitaciones, y también un museo de percusión. Hay un pequeño huerto de lechugas, muy bien cuidado, y muchas plantas etiquetadas con su nombre en francés y en científico. Todo esto forma parte de las acciones que se realizan en torno al Fesfop, un festival de música que articula la estrategia de Louga para implantar un turismo responsable que ayude a su desarrollo. Al verlo tan bien cuidado no he podido evitar acordarme del museo de los parques naturales de Saint Louis. Este se montó con ayuda alemana, de Düsseldorf, y ahora está en un estado de bastante abandono, con sus paneles cubiertos de polvo, algunos rotos e ilegibles, las fotos con los colores desvaídos… El contraste me hace pensar en la forma de ayudar en los países en desarrollo, lo importante que es pararse a pensar “esto que quiero montar aquí, ¿es relevante para la población local, van a mantenerlo, hay recursos para mantenerlo? ¿O lo quiero montar porque me parece bonito, a mis ojos de occidental, pero en cuanto no esté yo se va a desmoronar o lo van a vender a piezas para comer?”. No digo que sea eso lo que pasa con el museo que ayudaron a montar los alemanes, que no tengo ni idea de su historia; solo que me recuerda a una conversación que tuve con una wwoofer francesa en La Prada. Ella estudiaba el concepto de tecnología intermedia, que, según me explicó, consiste en buscar soluciones a los problemas de desarrollo basadas en tecnologías que se puedan construir, operar y mantener con recursos locales, en lugar de traer soluciones occidentales que exigen importar continuamente técnicos y materiales del mundo desarrollado, lo que perpetúa la dependencia. Y después de soltaros mi tostón ideológico sobre cómo ayudar a África, sigo con el viaje, que es lo que habíais venido a leer aquí.

En el albergue me recibe un hombre de barba y pelo blancos que dice llamarse Baye Fall (cosa que me sorprende, pues es el nombre de una secta sufí). Tras instalarme, me invita a sentarme con él a la sombra a descansar, bajo un toldo de tela sujeto por postes de madera. Con nosotros está su hijo, un chico de veintipocos, que me dicen que es mecánico. Por lo que veo, también ejerce de podólogo, porque mientras hablamos le arregla a su padre las uñas de los pies con una cuchilla parecida a las de afeitar antiguas, de esas de maquinilla de una sola hoja. Me enseñan algo de wolof básico, hablamos de nuestros respectivos países. “España está muy bien, allí tenéis de todo”, dice el viejo. “En Senegal también se está bien”, apunta el hijo, y su padre le responde gruñón “¿qué dices? Si aquí no hay nada”. Poco después me voy a buscar el centro de la ciudad, y dejo al hombre sentado a la sombra, rezando con su rosario.

Tras andar un tramo por la carretera, enfilo una larguísima avenida que parece dirigirse al centro. Es muy ancha y está flanqueada de casas y chalets, y de vez en cuando un hotel con su restaurante o algún instituto privado. Me parece que entrado por la zona rica de la ciudad. Aun así, sigo caminando sobre arena la mayor parte del tiempo. Entro en un ciber para leer y responder a vuestros mensajes, y cuando salgo, ya ha anochecido. Pregunto por algún sitio para cenar, y me envían a un fast food. Mientras callejeo siguiendo las indicaciones, compruebo que el alumbrado público parece limitado casi exclusivamente a la avenida principal. Por un lado, esto me deja ver un cielo con más estrellas que en cualquier ciudad española de este tamaño, pero por otro, apenas puedo ver el suelo que piso. Me sorprende esto y el no ver ni un solo edificio de más de dos pisos, en una ciudad que es capital regional. También es cierto que lo que veo (o intuyo en la oscuridad) es solo una pequeña parte de una ciudad bastante extensa. Encuentro pocas tiendas y locales, la mayoría cerrados, lo que me haría pensar que es un lugar bastante muerto tras la puesta del sol si no fuera porque me cruzo con mucha gente que charla animadamente en la calle. A diferencia de Saint Louis, aquí nadie me hace mucho caso (más allá de alguna mirada sorprendida o extrañada) ni me abordan por la calle, salvo un par de los numerosos chavales que trabajan como “mototaxistas”, que te llevan en su moto por trescientos francos. Encuentro el fast food y pido una fataya, una especie de empanadilla gorda y rellena de carne, ensalada, huevo y queso. La pido con patatas fritas, y me la sirven con patatas fritas… dentro de la empanadilla. Después de cenar vuelvo al albergue. Por el camino, me asombra ver un enorme edificio, con un frontón triangular sostenido por columnas de diez metros. Desentona con la modestia del resto de construcciones, pero no puedo ver lo que es hasta que estoy justo delante; el letrero reza “Palais de Justice de la Région de Louga”.

Al día siguiente, sigo atravesando pueblos donde los niños me gritan “¡Tubaap! ¡Tubaap!” o “donne-moi un cadeau” o directamente “l’argent” (“dinero”). Alguno se enfada cuando no me detengo, y de uno me llevo una pedrada de recuerdo, que por suerte se estrelló inofensiva contra una alforja, aunque la sentí rozar mi tobillo y partes más delicadas de Safír. Lo más curioso es que precisamente ese niño lanzó la piedra antes de pedir el “cadeau”.

De vez en cuando paso por una pequeña ciudad que se alarga siguiendo el trazado de la carretera. Son lugares bulliciosos y llenos de color, un estímulo y una alegría para mis sentidos tras el desierto de Mauritania. Los mercados, los pequeños restaurantes, los puestos repletos de fruta me hacen decidirme a dejar de llevar tantas provisiones encima, una costumbre que todavía no me había quitado tras encontrarla tan útil en el Sáhara. Después de una de estas ciudades, Mékhé, entro en el bosque de Pir Gourey. Pese a que la densidad de árboles no para de aumentar, a mí no me parece un verdadero bosque, con su suelo arenoso y desprovisto de vegetación, aunque supongo que eso también se debe a que estamos al final de la estación seca y aquí probablemente lleva seis meses sin llover. Empiezo a ver baobabs, al principio pequeños y dispersos, pero según voy avanzando hacia el sur son más numerosos e imponentes. Estos árboles no llegan a ser muy altos, pero desarrollan unos troncos enormes que dejan pequeños a robles y tejos milenarios que he visto en España. Me detengo a admirar uno que tiene un tronco especialmente intersante, en forma de prisma triangular. Cada uno de sus tres lados mide más de dos metros de ancho, y ponerse delante es como plantarse ante una pared. Me recuerdan inevitablemente a El Principito de Sain-Exupéry y sus dibujos.

En el centro del bosque está el pueblo de Pir, que le da nombre. Allí pregunto a una chica por un lugar para comer, esperando que me diga “sí, al final de esa calle tienes el restaurante”, pero en lugar de eso me hace pasar a su casa. Entro por una pequeña puerta en un muro que da a un patio de arena, rodeado por varias casas. En el patio hay dos áreas de sombra, una bajo la enorme copa de un árbol, otra bajo un tejado de lona y hojas de palmera sujeto por postes de hierro y vigas de madera. Me invitan a sentarme en este último espacio, donde una mujer grande y con pinta de matriarca descansa sobre una gran estera mientras una mujer joven la peina, repartiendo su pelo en finas trencitas pegadas a la cabeza. Con ellas hay otras tres chicas y un puñado de niños. Dos de las mujeres jóvenes son las únicas que hablan un poquito de francés y hablan conmigo y me traducen lo que dice la mujer mayor, que parece ser la autoridad aquí. No hay ningún hombre, supongo que estarán trabajando en el campo. Una de las chicas me trae una olla llena de arroz, un pescado entero y varias verduras, y me da una cuchara para comer directamente de la olla. Tras saciarme, me relajo sobre la curiosa silla de madera, que tiene un asiento pequeño y un respaldo grande perpendiculares entre sí… y formando cada uno un ángulo de cuarenta y cinco grados con el suelo. No es fácil encontrar una postura cómoda, pero me quedo un rato. Al otro lado del patio, en la sombra del árbol, hay un muchacho tumbado a la sombra. Una mujer, que parece ser otra de las mayores, de las “matriarcas” de la familia, lo está abroncando por algo mientras lo amenaza con un palo. El chico se levanta y se aleja unos metros. Poco después llegan al lugar otro chico joven, que parece amigo del primero, y un hombre muy mayor con vestido tradicional; no sé muy bien que está pasando, pero tras intercambiar saludos y unas palabras con las mujeres, el anciano se une visiblemente indignado a la bronca contra los muchachos. La mujer vuelve a la carga, tras cambiar el palo por una fusta de las que usan para azuzar a los burros y caballos que tiran de sus carros. Finalmente, los dos chicos se marchan con una sonrisa burlona, la típica mueca condescendiente del joven que cree saberlo todo y desprecia la autoridad de los mayores. Mientras, en mi lado del patio, la mujer al mando ya está peinada y desaparece en el interior de una vivienda, dejándome con las mujeres jóvenes. Yo pienso que ya es hora de continuar, pero dudo si ofrecerles algo de dinero; yo iba buscando un restaurante y podría pagarles lo que iba a gastarme, pero me pregunto si será un insulto a su hospitalidad. Finalmente les doy un billete y me miran extrañadas: “no hace falta, no pasa nada”. Yo me quedo un poco pillado y digo “bueno, es para decir ‘gracias'”. Su cara de extrañeza desaparece y aceptan el intercambio, antes de despedirme.

Tras seguir rodando unas horas por las agradables y llanas carreteras senegalesas, llego a una zona con más trafico, que me hace rodar menos a gusto. Estoy entrando en el triángulo formado por Dakar, Thiès y Mbour, tres grandes ciudades que forman la “cabeza de puente” del desarrollo económico del país, a decir de algunos carteles institucionales que he visto. La primera de esas ciudades a la que llego es Thiès. Entro por una amplia avenida llena de árboles, pero pronto me meto por las calles llenas de arena para buscar un hotel. Acabo en una zona de mercado, navegando con Safír entre tiendas y puestos, esquivando taxis, carretas y caballos. Tras preguntar, me mandan a un albergue al final de una calle que sale de la ciudad. Por el camino, unas chicas a las que pregunto me dicen “sí, allí al final hay un albergue, pero en esa otra calle también alquilan habitaciones”. Cuando llego al albergue, encuentro un muro con un cartel que dice “su oasis de paz, verdor y tranquilidad”. Llamo a la puerta cerrada, y la entreabre un hombre.
–Hola, ¿hay habitaciones?
–Sí.
–¿Cuánto cuesta pasar la noche?
–Ocho mil francos.
–Bien, de acuerdo…
No se aparta de la puerta. Hago ademán de entrar y no me deja:
–Para pasar la noche, es a partir de las once.
–¿No puedo entrar ahora?
–No, ahora está completo.
–Pero, ¿no había habitaciones libres?
–Ahora no. Vuelva a las once.
Y me cierra la puerta en las narices. Vaya un sitio raro. No voy a estar deambulando con Safír cargado hasta arriba por la ciudad hasta las once, cuando a esa hora suelo estar ya acostado, así que pruebo suerte por la callejuela que me habían dicho las chicas. Pregunto al primer hombre que pasa, pero parece extrañado; no le suena que ahí alquilen habitaciones; sin embargo, un enjambre de niños curiosos que se ha formado a mi alrededor pían “¡sí, sí, ven por aquí!” y me llevan hasta una casa. Hacen salir a una mujer a la que pregunto, y por su respuesta entiendo que ahí no alquilan nada, que ahí vive ella con su familia y punto. Le pregunto si conoce algún albergue o un hotel que no sea caro, y, tras mirarme y pensar un momento, me hace pasar y me dice que debemos esperar a su hermano, que es el hombre de la casa. Cuando este llega, habla un momento con la mujer y me dice que puedo dormir en su habitación; él se pasará a otra más pequeña. La mujer, que se presenta como Marie Mbou, me ofrece prepararme unos espaguetis con tortilla para cenar, que acepto agradecido. La casa familiar, como otras que he visto, parece estructurada en torno a un patio de arena con un árbol en medio. A su alrededor hay varias habitaciones independientes, con una puerta que da al patio y ninguna otra conexión con el resto de la casa; una de ellas, bastante grande, es la que nos dejan a Safír y a mí esta noche. En un extremo del patio está la letrina, y al contrario, la parte más grande de la casa, con la cocina, una pequeña sala donde apenas caben tres sillas y una tele, y lo que intuyo son las habitaciones de Marie Mbou; su hermana, que vive con ellos, y su hijo Philippe, ya un hombre joven. De este último, que mira un rato la tele conmigo (un trozo del Rayo Vallecano-Real Madrid), me dice algo que me llama mucho la atención: es católico, mientras que el resto de la familia es musulmana. Otro detalle, más tonto: en un momento de la tarde, cuando voy a entrar en la casa, me cruzo con la hermana de Marie, que está a medio cambiarse; yo me lo tomo con naturalidad, pero lo que me choca, estando en casa de una familia musulmana en un país de mayoría musulmana, es que ellas también, aunque supongo que esto no es más que un accidente poco habitual. Ninguna hace ningún comentario ni aspaviento, y yo me digo “igualito que en los países árabes, me pregunto qué habría pasado allí, suponiendo que un descuido así fuese siquiera posible”. Poco después, tras dar buena cuenta de la cena, Marie me pregunta por el día siguiente. Me dice que ella se irá a trabajar al hospital a las siete; le digo que me parece bien, que saldré a la vez que ella. Por la mañana, me da un vaso de leche para desayunar (“no hay pan hasta las nueve”, se excusa). Al despedirme, vuelvo a tener la misma duda que el día anterior con el dinero: como he entrado en la casa preguntando por alquiler de habitaciones, no sé si me han invitado o he alquilado la habitación. La conversación la noche anterior tampoco fue clara al respecto, así que le pregunto directamente si debo pagarla. “No hace falta”, me dice, “como quieras”. Sí que quiero, y saco cuatro mil francos (seis euros) de la cartera. “¡No, no, eso es mucho! Dame solo un billete de mil”. “Esto no lo hacemos por dinero”, continúa Marie, “lo hacemos por Dios. Hoy estás tu aquí, pero mañana puedo ser yo la que necesite ayuda”. Vuelvo a agradecerle efusivamente su hospitalidad, y salgo hacia Dakar.

La etapa Thiès-Dakar es, en principio, una jornada corta, de menos de setenta kilómetros. Pero la entrada a la gran ciudad se me hace eternamente larga. Paso por zonas industriales, feas y polvorientas, donde el viento llena el aire de arena y me reseca la boca. La carretera tiene ahora dos carriles para cada sentido, y, por suerte y por primera vez desde hace muchísimo tiempo, un arcén transitable (aunque deja de serlo a ratos). Hay mucho tráfico, y empiezo a cogerle manía a los conductores de los pequeños autobuses, que me parecen poco respetuosos, y no solo conmigo: en un par de ocasiones algún camionero tiene que meter un frenazo y una buena pitada para no arrollarlos al incorporarse a la circulación. En una zona atascada se cambian las tornas, y ahora soy yo quien va adelantando a todo el mundo, hasta que, de pronto, justo delante de mí, se abre la puerta de un taxi y salen dos hombres que pelean rabiosos, a brazo partido, sobre la calzada. Nadie interviene, y de pronto, sin saber por qué, los dos hombres se ríen a carcajada limpia, como si hubiesen agotado toda la rabia y la tensión y la pelea solo fuera una broma; pero la cara que tenían antes no era de pelear en broma. No os puedo contar como acaba la historia porque en ese momento sonó mi teléfono, yo salí de la carretera para hablar, y cuando terminé y volví a mirar, no había ni rastro de los dos hombres.

Yo continué avanzando por una carretera que parecía no acabar nunca. Cada poco iba preguntando por el centro de Dakar, para ir en busca de las embajadas y solucionar los asuntos de papeleo cuanto antes. Pero las indicaciones que me daban me hicieron dar una inmensa vuelta. Para que os hagáis una idea: imaginad que el centro de Dakar es Madrid, y que estáis en Segovia. Preguntáis por Madrid, y os mandan por una carretera hasta Ávila. Allí volvéis a preguntar, y os envían a Toledo. Y de ahí a Cuenca, a Guadalajara, y, finalmente, Madrid. Cuando por fin llego al centro, las embajadas están cerradas, y yo, hambriento. La nota positiva es que la gran vuelta me ha hecho pasar por toda la costa de Dakar, donde he podido admirar la gigantesca estatua “El Renacimiento africano”, una obra faraónica de más de cincuenta metros de altura, que representa a un hombre, una mujer y un niño mirando hacia el cielo. La escultura se alza sobre uno de los dos promontorios volcánicos conocidos como “les Mamelles” (las mamas, en francés) que ocupan el extremo de la península sobre la que está construida Dakar; sobre el otro monte hay un gran faro que anuncia a los barcos que vienen del oeste su llegada a África.

Tras el largo paseo, decido buscar donde pasar la noche. El dueño de la finca de Casamance donde voy a hacer el voluntariado me ha dado el teléfono de su hermano Suleiman, que vive aquí, y decido llamarle. En la carretera donde estoy es imposible, por el ruido, así que me meto por una calle lateral. Acierto con el barrio de los carpinteros, que trabajan en plena calle: sierras, cepillos, martillos… todos los ruidos que quieras. Me asomo por otra calle, y veo que da a una avenida llena de tráfico. Continúo por otro lado y me encuentro con niños que juegan, con música a todo trapo… mi primera impresión de Dakar es que es una ciudad que ha desterrado el silencio. Cuando por fin encuentro un rincón relativamente tranquilo, me siento en la acera para llamar a Suleiman. Mientras lo hago se me acerca un niño de cuatro o cinco años, con una camiseta roja, la nariz llena de mocos y los ojos abiertos de par en par; me da la mano y se va por donde ha venido. Suleiman me coge el teléfono y me dice que vaya a su barrio. “Tienes que preguntar por la rotonda de” BEEEEEEEEEEE. “Perdona, no te he entendido, es que hay una cabra balándome en la oreja”. Sí, la cabra estaba atada al otro lado del árbol junto al que me he sentado, y al llegar no la he visto porque me la ocultaba el tronco. “Que preguntes” BEEEEEEEEEEE “Libertad Seis”. “¿Que pregunte por la rotonda de Libertad Seis?”. “Sí, yo te voy a buscar allí”. Libertad 6 es el nombre de un distrito a las afueras de Dakar, junto a la carretera por la que he entrado yo. Por suerte, esta vez me dan mejores indicaciones, y cojo el camino directo de Madrid hacia Segovia, por seguir con el símil de antes.

La rotonda es un lugar lleno de gente. He quedado con Suleiman junto a una gasolinera de Total. Frente a mí hay vendedores callejeros; a un lado, una vendedora de grandes morteros de madera, y a su lado, otro vendedor ha convertido un rectángulo de sesenta o setenta metros cuadrados en un verdadero campo de zapatillas deportivas. *tono irónico* Vaya, he quedado con un tipo que no conozco en un sitio a reventar de gente y no le he dicho cómo reconocerme *fin del tono irónico*

Suleiman llega conduciendo un taxi pequeñito, de un pálido color amarillo limón. Tiene veintinueve años, se rapa el pelo, como es frecuente aquí, tiene los rasgos suaves, con la punta de la nariz algo aguileña, lleva un poco de perilla y tiene unas pequeñas cicatrices en la mejilla derecha. Va con gafas de sol, una camisa negra de manga corta, vaqueros y deportivas chillonas que hacen juego con su taxi. Me saluda amablemente, con una simpatía tranquila pero sin mucha efusividad. Me explica que tiene que ir a casa de un amigo a dejar el taxi, que yo puedo seguirle y luego vamos a su casa. Cuando deja el coche en casa de su amigo, este le presta su bici para que nos vayamos juntos a su casa. Esta se encuentra en una plaza, un cuadrado de arena al que llegamos empujando con dificultad las bicis sobre calles de arena. Entramos en el edificio a través de un patio oscuro. BEEEEEEEEEE. En un rincón del patio hay un redil con varias ovejas dentro. Son del propetario del edificio, que alquila una habitación a Suleiman y a su primo. Y la habitación está justo enfrente del corral de las ovejas. Mi anfitrión saca una llave del bolsillo y abre una puerta metálica. Al otro lado, una habitación con dos camas, un armario, una mesa con una silla, un par de cajoneras pequeñas y un pequeño caos ordenado de objetos. Me da la impresión de un desorden controlado, donde el espacio necesario se mantiene libre para moverse con comodidad y donde los habitantes saben encontrar fácilmente lo que buscan. Además parece que la mantienen bastante limpia. Una bombona de gas, una escoba, una máquina de hacer palomitas, un artilugio de esos de hacer flexiones (un ejercicio para el que en realidad solo hace falta tener brazos), libros y revistas… Desde una fotografía en blanco y negro nos mira una mujer joven, con el pelo muy corto, adornada con dos sencillos aros en las orejas, una cara que habla de dulzura y una mirada que transmite fuerza. Le pregunto a Suleiman quién es. “Es mi madre, cuando era más joven. Cuando vayas a Casamance con mi hermano la verás, ella aún vive allí”. “Era muy guapa”. “Gracias”.

Suleiman me ofrece una de las camas para dormir. “¿Y tu primo y tú?”, me dice que no importa, que no me preocupe, pero yo me niego a dormir a mis anchas mientras ellos se apretujan en la otra cama, y monto mi catre con el colchón hinchable y la estera en el suelo. Suleiman me dice que si me calienta agua para ducharme. No hay agua corriente en el edificio, así que coge agua de unos grandes bidones que almacenan en el patio y me la calienta en el hornillo de gas. Pero se termina el gas, y parece que mi primera “ducha africana” va a ser con agua fría. Mi amigo me da un cubo grande lleno de agua, un cubo pequeño y me indica dónde está la letrina. Después de ducharme y lavar mi ropa, nos vamos a devolverle la bici a su amigo. Por el camino charlamos un rato. Trabaja diez horas al día con el taxi, y a parte “vende cosas” para sacarse un dinero extra. Estudió Logística y Transportes, pero ahora está bien así y no se plantea dejar el taxi si no aparece un buen trabajo. Come siempre fuera de casa (“la vida del soltero”), donde solo para para dormir, porque allí no tiene nada que hacer. Su tiempo libre lo pasa en casa del amigo al que vamos a ver ahora. Ahora le toca a él preguntar:
–¿Estás casado?
–No.
–¿Y por qué no?
–Porque no… tengo una novia…
–¿Y a qué esperas para casarte con ella?
–No pensamos casarnos.
–¿Por qué no?
–¿Y por qué sí?
–¡Pues para tener hijos!–exclama como si fuera lo más obvio del mundo. Yo no le digo lo que es lo único realmente necesario para tener hijos, pero tras un rato de silencio le devuelvo las preguntas:
–¿Y tú a qué esperas para casarte?
–A tener una buena situación financiera.
–¿Y conoces a la mujer con la que te gustaría casarte?
–No, todavía no. Tengo una novia, pero no voy a casarme con ella.
–¿Por qué no?
–Es complicado. Ella es algo mayor que yo, y es católica, y yo, musulmán. Además, es muy próxima a mi familia, es algo así como mi tía…
–¿Como tu tía?
–Sí, yo tengo un hermano solo de padre. Pues bien, su madre tiene una hermana, y esa hermana es la mujer con la que salgo.
Vale, le concedo que es algo complicado, aunque el embrollo familiar me recuerda no sé a qué…

Cuando llegamos a casa de su amigo, guarda la bici que ha venido a devolverle, una buena bici de montaña que quiere vender por cien mil francos, es decir, ciento cincuenta euros. Entramos en la habitación, donde suena reaggae. Tras un rato de charla de la que me veo excluido, porque tiene lugar en wolof, subimos a la terraza, donde los dos amigos se fuman un par de porros de marihuana. Después se despiden, Suleiman y yo recogemos su taxi y volvemos a su casa, con una parada para cenar un par de hamburgesas. Cuando llegamos a su hogar, su primo está en la cama, estudiando. Yo estoy muy cansado para más conversación, así que pronto estoy acostado. Suleiman se duerme escuchando la radio, que se queda encendida en su regazo hasta que se despierta en mitad de la noche y la apaga…

Esta mañana nos hemos levantado temprano. He contratado a Suleiman como taxista particular (bueno, en realidad se ha ofrecido él y yo he aceptado) para que me lleve a las embajadas a solucionar mis papeleos. Entre eso, escribir el blog y pasear por un mercado de calles estrechísimas y resguardadas del sol por tejadillos de cañas que me ha recordado a una versión pequeñita de los zocos de Marrakesh, se me ha ido el día de hoy. Estaré aquí hasta el lunes, cuando tengo que recoger mi visado para Gambia, y después emprenderé el último tramo, la carretera hasta Casamance, que me han presentado como un paraíso de verdor con un calor infernal. Y voy a poder asistir al inicio de la estación de lluvias, que a veces consiste en fuertes chaparrones todos y cada uno de los días de esa estación. Pero esa es otra historia que iré contando a lo largo de las próximas semanas.