Al-Yazira-t-Tarif en el horizonte

Tras un par de semanas en Dakar con Suleiman y su primo, ya tengo decidido el cómo y el cuándo del viaje de vuelta a España. He pasado este tiempo yendo de aquí para allá por las distintas dependencias del Puerto de Dakar: la Dirección General, la Dirección Comercial, la Marina Mercante, el Muelle 1, el Muelle 2, el Muelle 10… en cada uno de estos sitios me mandaban a otro nuevo o a otro en el que ya había estado antes. Al final en uno de ellos, cuando ya no tenía esperanza de que se pudiese volver a Europa en barco, me mandaron a la sede de Grimaldi, una naviera italiana que opera aquí. Y, para mi sorpresa, mi petición les pareció lo más normal del mundo, y me ofrecieron una plaza de pasajero en uno de sus cargueros. Con un par de pequeños problemas: me exigían tener un seguro de viaje (siendo viernes, con lunes festivo aquí y teniendo que confirmar la reserva el martes), es la hostia de caro y el barco no llega hasta el 11 de junio… a Hamburgo, Alemania, sin hacer antes otra escala.

Mientras tanto, Atab, el primo de Suleiman, consultaba con unos conocidos suyos que viajan regularmente a Marruecos en coche. Y finalmente, tras dudar y meditarlo mucho, me he decantado por esta opción, más barata, sencilla y rápida. Y que me ofrece, a cambio de perderme la experiencia de un viaje en barco que dure más que los cuarenta minutos del ferry de Tánger, vivir de cerca y compartir la experiencia de los senegaleses que desafían las incomodidades, peligros y decepciones de un largo viajo en coche para cruzar el desierto hacia el norte. Aún no es seguro cuándo saldré, pero sí que lo haré entre el jueves y el domingo. Después me esperan, en teoría, unos cuatro días de viaje en coche hasta Marrakech o Rabat, donde descansaré un par de días antes de coger el tren a Tánger, y de ahí, el transbordador a Tarifa. Es decir, que espero estar de vuelta en España dentro de entre nueve días y dos semanas.

Mientras, hago tiempo paseando por la zona de Dakar donde viven Suleiman y Atab, conociendo sus calles y plazas de arena llenas de los cánticos rituales de los Tijaniya, una de las principales cofradías musulmanas de Senegal. Cuando salgo de casa, nada más doblar la esquina, me encuentro con los carpinteros que trabajan en la calle, delante del taller, cepillando una puerta o claveteando la pata de una mesa. Aquí es frecuente ver la acera llena de muebles expuestos ante un taller de ebanistería o una tienda de muebles, ya que el clima es bastante seco y no hay peligro de que la lluvia eche a perder la mercancía.

También exponen su mercadería por la calle los vendedores de zapatos, en algunos casos de forma muy curiosa. En la calle principal del barrio hay un largo tramo de acera flanqueado por una especie de bolardos de piedra; por las tardes, cada uno de ellos está coronado por una solitaria sandalia, deportiva o zapato que un vendedor expone en un larguísimo escaparate al aire libre. Junto a la misma acera se colocan los vendedores ambulantes de café touba con su carrito rojo, los de tarjetas de recarga para móviles y los fruteros con sus carros de madera llenos de mangos, bananas y otras frutas menos exóticas. Mientras, por la calzada algo llena de arena circulan rápidamente innumerables taxis amarillos, motos, alguna bici, autobuses municipales que se parecen a los de la EMT de Madrid y los destartalados y coloridos minibuses (los “car rapides” senegaleses) pintados de azul y amarillo, tatuados como un legionario con un gran “merci maman” sobre el parabrisas, y al menos media docena de invocaciones religiosas (“gracias a Dios”, “si Dios quiere” y los nombres de los guías espirituales por los que el conductor sienta más devoción), acompañadas de más tatuajes tribales. Hay que cruzar con cuidado, a la primera ocasión que haya y por donde se pueda, porque no hay un solo paso peatonal. Al otro lado de la calle me espera el fast food donde Suleiman muchas veces se compra una hamburguesa para cenar, y, un poco más allá, un restaurante algo más caro, donde cocinan carne a la parrilla en plena calle, sobre un enorme tronco al que ya llevo viendo arder varios días (y lo que le queda).

Doblando la siguiente esquina enfilo la calle de la mezquita, donde está el ciber desde el que ahora mismo os escribo. También vengo aquí a informarme de lo que pasa por allí (felicidades, Manuela, espero que esa bellísima persona que es tu oponente no nos líe otro tamayazo… y felicidades también a Compostela). Hacia la una y media suena la llamada del almuédano, y los empleados del ciber me dicen que van a cerrar para rezar, que puedo volver a las tres. Y, los días en que así lo hago, ellos vuelven con una gran fuente de thieu boudian (arroz con pescado, el plato nacional) de la que me invitan a comer. Si no, puedo ir a comer a una tangana (en wolof, literalmente “quema” o “está caliente”), uno de esos restaurantes populares donde uno come por quinientos francos, es decir, menos de un euro. Suleiman bromea conmigo diciéndome que voy a conocer todos los tanganas de la ciudad, que soy duro, que cualquier otro europeo en mi lugar ya habría tenido problemas en las tripas.

Después, por la tarde, algunas veces vuelvo a casa y me siento a leer “Vol de nuit”, de Antoine de Saint-Exupéry. Lo encontré en una especie de rastro y estuve dudando un rato si llevármelo o no. Al verme hojearlo, el vendedor me dijo “¿quieres llevártelo?”, y yo le pregunté cuánto pedía. Me dijo con voz dubitativa, inocente, casi preguntándome, “dos mil quinientos”, y acto seguido añadió “¿está bien?”. Yo pensé, “hijo mío, no se te ocurra ir a Marruecos a ganarte la vida con esto, se te comen vivo”. Al final me lo llevé por mil francos. Y luego, leyéndolo, pensé que qué cagada si llego a dejarlo allí; resulta ser una pequeña novela maravillosa, todo un descubrimiento. Casi me la he terminado en un par de días. En el mismo rastro me compré algo de ropa, pero los otros vendedores con que di eran mejores regateadores que este; con otros ni lo intenté porque de entrada pidieron un precio que me pareció normal para los niveles de aquí. Es un mercadillo curioso, montado en el medio de una ancha avenida, que aparece partida en dos por un largo gusano de toldos de colores que se pierde en la distancia.

Al otro extremo de la calle, tras caminar tres cuartos de hora, se llega al Parque Forestal de Hann. Es un rincón de Dakar que me ha sorprendido, un trocito de bosque en medio de la gran ciudad. Me gusta acercarme a pasear por las mañanas, sentarme frente al lago lleno de aves acuáticas, caminar junto al pantano cuyos manglares albergan miles de nidos de unas aves que me parecen grullas o garzas. Como yo, mucha gente acude al parque, para pasear en bici, visitar el pequeño zoo o, los más, para hacer deporte.

Cuando no voy al parque voy a la tangana de Sokhna Maye, cerquita de la casa de Suleiman, para desayunar. Un buen bocadillo de judías con mayonesa, o de guisantes con patatas, y con huevos cocidos, salsa y ensalada como ingredientes opcionales. Todo regado con un vaso de kinkeliba con leche. Maye se ha empeñado en enseñarme wolof, y siguiendo su ejemplo, los otros habituales de su “petit restau”, con lo que cada mañana salgo con una nueva palabra o frase para practicar: “huevo”, “¿cuánto es?”, “hasta mañana”… Dentro de poquito, al levantarme de la mesa, me dirá “be suba”, y yo le contestaré que no, que hasta mañana no, porque voy a coger un coche para volver a casa. Creo que me pondrá una cara un poquito triste, pero bueno, ya me ha dado su número para que la salude cuando llegue a España. Cosa que va a ocurrir, incha Allah, muy pronto, a principios del mes que viene. Y entonces os contaré de viva voz las cosas que he ido dejando de escribir ahora, en gran parte porque ya estaba un poco cansado del viaje. Queda la última etapa, un descansito, y a seguir pedaleando vestido de Safír por la carretera de la vida…

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Un autobús senegalés. O cómo hacer 200 kilómetros en 27 horas

Cada vez hace más calor en Diannah, es el preludio de la esperada estación de lluvias. Y mientras trabajo en el huerto por las mañanas, mi mente se evade continuamente, dejando a mi cuerpo a solas con el clima agotador del trópico. Yo estoy aquí, en Senegal, pero mi pensamiento vuela constantemente de vuelta a España, a las cosas que me apetece hacer allí, a la gente a la que quiero ver. Son ya más de cien días de viaje, me siento cansado, y tengo claro lo que más me apetece hacer. Es hora de emprender el viaje de vuelta. La despedida de Diannah y su gente fue rápida. El martes por la mañana volví a verme en mi forma más acostumbrada, a lomos de Safír, listo para recorrer los noventa y cinco kilómetros que me separan de Ziguinchor, la capital regional, donde tengo pensado coger el barco a Dakar. Después de tres semanas sin tocar la bici, el viaje se me hace algo durillo, sobre todo los últimos veinte kilómetros, en los que se levanta algo de viento en contra. Finalmente llego a la ciudad, la única población de la zona que parece merecer tal nombre. Es grande, con su puerto a orillas del gran río Casamance, su zona industrial, sus turistas franceses… Lo primero que hago es dirigirme al puerto, donde me entero de que no hay billetes para el barco hasta el martes siguiente. No tengo ganas de esperar una semana entera, así que me busco un hotel y me pongo a valorar otras opciones. Un poco más tarde me llama mi hermano y bromeo un poco sobre la posibilidad de continuar viaje hacia el sur, hasta Guinea Bissau, cuya frontera está a solo unos quince kilómetros. Finalmente elijo dormir, descansar bien esa noche y aplazar las decisiones para el día siguiente.

Y a la mañana siguiente, sintiéndome ya descansado y con fuerzas, lo que más me puede son las ganas de continuar mi viaje de regreso, y me dirijo a la estación para coger inmediatamente un autobús a Dakar. Las estaciones aquí son algo caóticas, son algo así como una gran explanada llena de autobuses de todos los tamaños y colores, de sept-places y petit taxis (respectivamente, los taxis grandes, de siete plazas, tipo Peugeot 504, y los pequeños, para trayectos urbanos), todos viejos y destartalados. Según entro con la bici, empiezan los “guardas” de la estación a abalanzarse sobre mí, “¿dónde vas?, ¿dónde vas?”, para ayudarme a encontrar mi autobús, subir mi equipaje y sacarse un par de miles de francos. Finalmente, Safír y yo subimos al autobús de Dakar minutos antes de las once, la hora prevista de salida. Sin embargo, parece que hay algún problema a la hora de abandonar la estación. El bus se detiene a un lado de la carretera, gente que sube y baja, los pasajeros impacientes increpan a gritos al conductor. Pregunto en francés al hombre que viaja a mi lado, pero tampoco sabe explicarme qué ocurre. El caso es que acabamos abandonando Ziguinchor hacia la una de la tarde. Llamo a Suleiman para avisarle de que acabo de salir de la ciudad y responde “¡pero vas a llegar de noche!”. Es muy probable, pero solo hay unos 450 kilómetros hasta Dakar. Espero que no tardemos más de diez o doce horas en llegar.

Según salimos de la ciudad, el calor asfixiante me provoca un sopor que me hace quedarme dormido. Me despierto cerca de las dos, pensando que al menos habremos avanzado un buen trecho. Cuando reconozco los edificios a mi alrededor, me doy cuenta de que aún vamos por Bignona, a menos de treinta kilómetros de Ziguinchor. Parece que esto va para largo. Al poco tiempo de volver a la carretera, se oye un estallido y un objeto metálico golpea con fuerza el lado derecho del bus, dándonos un susto de muerte a los que vamos en ese lado. Se nota que la rueda delantera ha pinchado, así que el conductor detiene el vehículo. Nos bajamos y puedo comprobar que el neumático no está reventado; está desintegrado. El objeto metálico que había golpeado el lateral era una de las láminas de chapa de la carrocería del bus, concretamente la que iba justo sobre la rueda, que se ha desprendido. Ahora nos toca sentarnos a la sombra de los árboles mientras esperamos que sustituyan la rueda. El conductor y los otros responsables del vehículo que van con él no parecen muy expertos en este tipo de reparaciones. Tardan un par de horas en dar con la mejor colocación para los gatos, para poder elevar el mastodonte lo suficiente como para colocar el neumático nuevo. Entre tanto, los pasajeros esperamos pacientemente. Hay una mujer medio desmayada, atendida por otras mujeres que la abanican y le dan crema en las piernas, y por otros hombres que la llevan en volandas para acostarla sobre una estera. Al principio atribuyo su estado al calor y el agobio, pero pronto me parece evidente que está enferma, quizá de malaria. Finalmente se la lleva un coche que se ha detenido para ayudar.

Hacia las cuatro y media podemos volver a ponernos en marcha. Un rato después el autobús se detiende junto al puesto de salud de un pueblo. Aquí me sorprendo al ver de nuevo a la mujer enferma, a la que vuelven a subir en volandas al bus. Yo pensaba que el coche se la habría llevado hasta Dakar para evitarle el viaje en bus en su estado, pero no, resulta que solo la había llevado al pueblo siguiente para ser atendida. Muchos viajeros protestan airadamente, supongo que porque piensan como yo o porque cada pequeño retraso los inquieta más y más. Y su nerviosismo no está injustificado. Cuando llegamos a la frontera gambiana y terminamos los trámites para que comprueben nuestros documentos y nos dejen pasar, son ya más de las seis. El último ferry para cruzar el río sale a las siete, y no nos dará tiempo a cogerlo, por lo que no nos permiten abandonar la frontera. Tendremos que pasar aquí la noche.

Uno de los hombres que llevan el autobús me acompaña a las tiendas del lado senegalés de la frontera para ayudarme a encontrar algo de cenar. Entre él y una de las pasajeras me van ayudando todo el viaje, traduciéndome las cosas importantes que se han dicho en wolof (ahora nos bajamos, ahora hay que pagar el ferry, etc.). Depués de cenar vuelvo al autobús, cojo mi esterilla y la coloco sobre la arena, junto a la carretera, para pasar la noche como pueda. Al menos, el cielo estrellado es precioso, y puedo ver constelaciones como la Cruz del Sur, ocultas para quienes miran desde el norte del Trópico. Al poco tiempo de dormirme, me despierta un hombre dando voces; creo que lo hace por mi bien, me parece que le está gritando al taxista que aparca su taxi junto a mi “dormitorio” para evitar que me pase por encima. Me incorporo y miro un poco a mi alrededor; todo a mi alrededor me parece igual, una superficie de arena junto a la calzada, así que creo que voy a estar igual de expuesto me ponga donde me ponga y decido quedarme donde estoy. Un rato después me despiertan unos pasos a mi lado. Solo es una vaca.

No consigo dormir mucho, pero en cuanto amanece volvemos a subir todos al bus y al cabo de un rato nos ponemos en marcha. Un par de horas más tarde llegamos a la orilla del río Gambia, donde una placa conmemora la colocación de la primera piedra del puente transgambiano en febrero de este mismo año. Me pregunto cuándo estará terminado. De momento, la única forma de pasar al otro lado es mediante el transbordador, que tarda un rato largo en cargar, descargar y cruzar al otro lado. En cada viaje lleva tres vehículos pesados y varios coches. Delante de nuestro autobús, en la cola, debe de haber al menos una veintena larga de buses y camiones. Los pasajeros nos bajamos y tomamos el primer barco, pero nos va a tocar esperar al autobús en la otra orilla, sabe Allah cuánto tiempo.

En el lado norte del río, la carretera está flanqueada de puestos de comida, ropa, accesorios para móvil, juguetes… docenas de personas tratan de ganarse la vida atendiendo y vendiendo cosas a los cientos de pasajeros que esperan para cruzar al otro lado o, como es mi caso, a que su vehículo llegue desde el sur. Desayuno en uno de esos restaurantes baratos, voy al servicio público (de pago) y, cuando salgo, me doy cuenta de que no veo a ninguno de los otros pasajeros del bus. Me pongo un poco nervioso. ¿Y si ha llegado mientras yo estaba desayunando o en el baño? Me parece muy improbable, pero quién sabe, igual el conductor conoce a alguien y ha conseguido colarse, o algo así. No me preocupa el hecho de quedarme tirado, porque llevo todo mi dinero encima y aquí hay más taxis que piedras en el suelo; lo único que me inquieta es que Safír sigue atado a la baca del autobús. Empiezo a caminar a lo largo de la carretera buscando una cara que me suene, hasta que se acaban los puestos. Sigo recorriendo la fila de coches, camiones y autobuses que esperan en este lado, mucho más larga que la que he visto en el otro. Camino, camino, camino… después de varios minutos, veo que la cola se pierde en el horizonte. Es surrealista. Echo unos rápidos cálculos y me doy cuenta de que las personas que están al final van a tardar al menos dos o tres días en poder cruzar al otro lado.

Al final, me doy la vuelta y regreso a los puestos. Y allí, por fin, a la sombra de un tejadillo de madera, veo a una chica joven que lleva una redecilla azul en el pelo y que viaja en mi autobús. Me siento junto a ella, que también me reconoce y me pide un poco de agua de la botella que llevo. Echo un vistazo a mi alrededor y reconozco a varios compañeros de viaje. Me quedo más tranquilo y espero con ellos a la sombra del tejadillo, donde muchas otras personas se apretujan escapando del sol inclemente.

De repente, mis compañeros se mueven, y yo les sigo. Alguien ha visto por fin desembarcar nuestro bus. Han pasado unas cuatro horas. Volvemos a montar todos y continuamos el viaje. Lentamente, por supuesto, primero saliendo de la atascada carretera de acceso al embarcadero, y luego deteniéndonos en los controles fronterizos para volver a entrar en Senegal. No llevamos mucho tiempo de vuelta en este país cuando se oye un ruido horrible más o menos en el eje trasero. El conductor para el bus, y él y los otros hombres responsables del viaje se bajan a mirar qué ocurre. Algo se ha roto. Parece grave. No podemos continuar.

Han pasado veintisiete horas desde que subimos al autobús para salir de Ziguinchor, y desde entonces solo hemos avanzado doscientos kilómetros. Algunos pasajeros, entre ellos yo, decidimos que hemos tenido suficiente. Cuando nos rebasa un minibus que va hacia el norte, lo detenemos y nos cambiamos de vehículo. Una de las pasajeras intenta convencerme para que me quede, con frases como “hemos estado juntos desde el principio”, “esto es una traición”, “te vamos a echar de menos”, “nos gusta mucho tu cara” y finalmente “¿no quieres una mujer senegalesa?”. Las dos últimas van acompañadas de su propia risa y la de las otras mujeres. La verdad es que me parece que tiene razón en que debería seguir con ellos, que esto es un poquito traidor por mi parte, y realmente siento mucha curiosidad por seguir el viaje, compartir la experiencia entera con esa mujer y los otros viajeros, y ver cuánto podemos tardar en llegar a Dakar (450 km desde Ziguinchor). Pero yo lo que quiero es llegar a Dakar, y la verdad es que en este momento no apostaría un franco por que este cacharro vaya a conseguir llegar hasta allí. Así que cambio de bus.

Uno de los viajeros que se cambian junto conmigo habla castellano. Se llama Mahmodou, pero le llamaban Moncho en Vigo, donde estuvo trabajando como carpintero hasta que en el 2011 la falta de trabajo le hizo regresar a Senegal. Por el camino me habla de lo bien que le va a algunos extranjeros comprando campos aquí, porque hay muchos terrenos que nadie quiere trabajar, y contratando a algunos trabajadores para cultivarlos. Me comenta que pagándoles cinco euros al día ya dirán que tienen el mejor jefe del mundo, y que no hay que pagar seguridad social. Parece que me está vendiendo él los campos, invitándome a venir a explotar las tierras y las personas de su país. Me cuenta también que su padre es el alcalde de Thiès, una de las principales ciudades de Senegal. Y me invita a pasar un par de días con él en Thiès, donde podré disfrutar de las mujeres senegalesas.

Cuando llego a Kaolack, fin del trayecto del minibús, aún me faltan unos 200 kilómetros para Dakar, y son las cinco y media de la tarde. Voy directamente a la estación nueva, donde se cogen los sept-places a la capital, y los “guardias” de la estación me embuten en uno que está a punto de salir. Viajo en el asiento central trasero, entre dos mujeres que tienen unas caderas lo bastante anchas como para dar a luz a dos hipopótamos adultos. A la vez. Cada una. Al mismo tiempo, llevo las rodillas clavadas en el asiento de delante y la cabeza incrustada en el techo. Al menos no tengo que preocuparme de no llevar cinturón de seguridad, voy tan encajonado que creo que aunque nos estampáramos contra un baobab a doscientos kilómetros por hora, no me movería del sitio. Las primeras dos horas son bastante pintorescas, con el taxista cogiendo atajos por pistas de tierra en mitad de la nada para evitar los tramos más deteriorados de la carretera. El resto transcurre más normalmente, ya de noche. Tras más de cuatro horas de tortura y con todo el cuerpo dolorido, llegamos a Pikine, una de las ciudades que forman el “Gran Dakar”, y que es el final del trayecto del sept-places. Me bajo y una horda de taxistas me ofrece llevarme hasta mi destino, Grand Yoff, la zona donde vive Suleiman. Pero me niego, he tenido suficientes buses y taxis durante las últimas treinta y cinco horas. Monto a Safír y continúo por mi cuenta. La carretera me resulta vagamente familiar, por la otra vez que vine a Dakar, pero de noche todo parece un poco distinto. Al final, por evitar la autopista, acabo en una zona que no me suena de nada. De pronto me veo pedaleando solo, por una carretera completamente a oscuras, en una zona totalmente desconocida de una gran ciudad africana, y es uno de esos momentos en los que uno se pregunta “¿Qué cojones estoy haciendo?”. En ese momento decido pararme en el primer hotel, albergue o lo que sea que encuentre. Al final, preguntando a varias personas por la calle, consigo llegar al barrio de Suleiman. No he visto ningún alojamiento por el camino. Son las once de la noche y hace treinta y seis horas que monté en el autobús en Ziguinchor para venir hasta aquí. Llamo a Suleiman, pero tiene el teléfono apagado. Pienso que probablemente está acostado, quizá mañana tenga uno de esos clientes tempraneros. Me acerco a la gasolinera que hay al lado de su casa y pregunto si hay un hotel cerca. Y por fin, me sonríe la suerte: hay uno a pocos metros. Me instalo allí, el sitio no está mal, pero es el segundo hotel más caro de los veintiséis que he visitado en todo el viaje, superado solo por el Siki. El detalle no me importa hasta la mañana siguiente, cuando intento ducharme, no funciona el agua caliente y me quedo con el grifo en la mano.

En fin, al menos conseguí contactar con Suleiman, vino a buscarme al hotel mientras sacaba a Safír y los bultos y me dejó las llaves de su casa para que me instalara. Él tenía que irse al centro a arreglar papeles del seguro. Hace poco tuvo un accidente con el coche en Gambia. Algo chungo, él salió con solo una herida leve en la cabeza, pero el Estado gambiano le reclama más de mil euros por los daños… a un tramo de quitamiedos. Un abuso en toda regla, y un buen problemón para Suleiman. A pesar de todo, me sigue ofreciendo su hospitalidad y portándose muy bien conmigo. Anoche fui con él y dos amigos a la casa de uno de ellos. Y luego dormí bien, muy bien, en un colchón en el suelo que Suleiman había colocado junto a su propio colchón en el suelo. “No me pises al acostarte”, bromeo. Él se ríe y contesta: “no te preocupes, eres blanco, seguro que se te ve bien en la oscuridad”.

Ahora mismo sigo aquí, en Dakar, en el barrio de mi amigo. Estoy mirando mis opciones para volver a Madrid. Cuando tenga algo decidido os avisaré. Nos vemos pronto, y entonces podré contar en persona todos los detalles que me he saltado en estas tres semanas de casi silencio en el blog. Abrazos.

 

 

 

Un día cualquiera en Diannah

Son las cuatro y media de la mañana y empieza a sonar el despertador del móvil de Landing. Lo tiene puesto a esa hora para levantarse, coger su coche y utilizarlo como taxi para llevar a las mujeres del pueblo y sus mercancías al mercado de Kafountine. Después regresa y despierta a los chicos para la oración de las cinco y para que empiecen a hacer las tareas de la casa. Esa es su rutina habitual; ahora sigue teniendo el despertador a esa hora por costumbre, ya que el coche lleva semanas en el taller de Kafountine con una buena avería en el motor. De todas formas, el despertador es lo de menos, porque también a esas horas comienza a cantar el gallo en el gallinero, a un par de metros de mi ventana. A las cinco se une al ruido la oración desde la megafonía de la mezquita, que dura unos tres cuartos de hora. Después de todo eso, termina la oración, dejan salir al gallo y yo puedo dormir una hora más.

Los chicos no tienen tanta suerte como yo. Son tres adolescentes que viven aquí y están a cargo de Landing. Los dos mayores, Djiñor, un chico muy alto y callado de dieciocho años, y Yazin, una chica de dieciséis o diecisiete casi siempre muy hosca, son hijos de un amigo y de un hermano de Landing; sus padres los enviaron aquí por “perezosos”, para que Landing los enderezara a base de trabajo duro en el campo. La pequeña, Aida, tiene quince años y se la ve una chica despierta e inteligente. Es hija de Landing, que la tuvo con dieciocho años, y por lo que me ha contado, aunque no ha entrado en detalles, me da la impresión de que fue un “desliz de juventud”. A las cinco y media ya están los tres haciendo las tareas de la casa: fregar todos los cacharros del día anterior, barrer, sacar a los animales (gallinas, patos, ovejas y cabras) y ponerles comida y agua… Al final desayunan una taza de una especie de papilla o gachas y se van a la escuela, la ECM, que es algo así como el paso intermedio entre la primaria y el instituto.

Mientras tanto, yo voy a una de las dos pequeñas tiendecitas que hay en la plaza del pueblo, detrás de la casa, y cojo el pan para mi propio desayuno y el de Landing. Cuando vuelvo a casa, Daba ya ha puesto a hervir hojas de kinkeliba, un arbusto conocido como el “té africano”. Yo cojo un puñado de tomates de los grandes cestos donde los guardamos tras traerlos del huerto, junto con un par de cebollas, los lavo, los corto y los frío, normalmente en la cocina de butano, pero los últimos días en un brasero de carbón en el patio, porque se ha terminado el gas. Desayunamos el pan con tomate y el té de kinkiliba y nos vamos al huerto a trabajar. Antes, cojo mis botellas de agua, donde voy mezclando Kirène, la omnipresente marca de agua mineral de Senegal, con agua del pozo, para irme acostumbrando. Por el camino hacia el campo atravesamos el pueblo, donde la gente llama a Landing por su nombre y se saludan, y los niños gritan “tubaap” al verme. En la penúltima casa, antes de llegar a los campos, hay una niña de unos dos años que siempre deja lo que esté haciendo, viene corriendo con la manita extendida gritando “tubaap”, me da la mano y se vuelve a sus juegos o a su desayuno. Todos los días. Después el camino continúa entre grandes mangos y palmeras y las vallas de algunos huertos.

Cuando llegamos al nuestro, vamos a la cabaña que hay en medio, el lugar de descanso y de almacenar cosas. Yo dejo mis botellas de agua y me cambio las deportivas por las botas de trabajo, mientras Landing enchufa la radio a la batería de coche que la alimenta y se lía su porro de marihuana mañanero. Luego enciende ambas cosas y empezamos con el trabajo. Quitar hierbas y airear la tierra con una curiosa herramienta que no es más que una varilla de hierro con la punta aplastada y girada para hacer una especie de miniazadillo, que va muy bien para trabajar entre las plantas. Preparar la tierra para sembrar gombo (ocra) y ñebe (judías). O bien recolectar hojas de hibisco para preparar el bissap, un producto muy usado como bebida o como salsa. Hacia las doce el sol aprieta demasiado para seguir trabajando, y nos retiramos a la sombra de la cabaña para descansar. Durante todo el tiempo nos acompaña el sonido de la radio, con música senegalesa, con música estadounidense, con noticias de Radio France International o de Radio Sud, la emisora local de Casamance… Mientras descansamos, hacemos una pequeña hoguera para preparar más té o bien nos hacemos un poco de limonada. Hay un limonero en el huerto, pero los limones me resultan muy extraños. Por fuera parecen naranjas aún verdes, y por dentro son algo a medio camino entre lo que en España llamamos “limón” y una naranja amarga. Hacia las dos, los chicos llegan directamente de la escuela, aún con sus uniformes, pantalón o falda de color crema y camisa azul de manga corta. Apenas han entrado por la puerta empiezan a recibir órdenes bruscas de Landing, que se toma demasiado en serio lo de enderezarlos y los trata con bastante dureza. Se cambian rápidamente de ropa y se ponen a trabajar, sobre todo regando, que es su principal responsabilidad en el huerto. Regar aquí no es una tarea ligera. El agua viene de varios pozos, desde los que dos bombas de gasolina la llevan hasta unos grandes aljibes de cerca de diez mil litros. En estos, Djiñor va llenando regaderas de once litros y llevándoselas a las chicas, que van regando el sector de huerto que les toque y devolviendo los recipientes vacíos al muchacho. Seis regaderas van y vienen sin descanso, y me impresiona ver a Aida,  con sus quince años, llevando los veintidós kilos de agua en sus delgados brazos. Pasadas las tres, Djiñor coge la vieja bici de Landing, que no lleva frenos, tiene una holgura tremenda en los ejes y chirría como si fuera a deshacerse a cada pedalada, y regresa a la casa para traer la comida que Daba ha preparado. Siempre es una gran fuente de arroz con pescado y alguna salsa o verduras, de la que comemos juntos Landing, los chicos y yo. Después de comer, hacia las cuatro, el sol ha bajado lo suficiente para que Landing y yo sigamos trabajando, mientras los muchachos regresan a la escuela para las clases de la tarde.

A eso de las siete, el sol ya se ha ocultado tras las altas palmeras que rodean el huerto y doy por terminada mi jornada. Recojo mis cosas y vuelvo a casa. Landing se queda, porque no le gusta dejar el campo solo mientras aún hay luz, por miedo a que vengan los monos y arrasen con todo, especialmente los tomates. Por la noche no hay este problema porque son animales diurnos. Al salir del huerto me cruzo con Djiñor, Yazin y Aida, que ya vuelven de la escuela y van a seguir trabajando con Landing hasta que la oscuridad haga imposible seguir. Por mi parte, deshago el camino de la mañana, saludando por el camino a los habitantes del pueblo, casi siempre en francés, aunque alguna vez intento usar el “¿qué tal? Bien” que sé decir en wolof. De todas formas, aquí el wolof ya no es la primera lengua, y se usan más el mandinga y el diola, de los que no sé nada (salvo decir gracias, “abaraka” en mandinga). De vuelta en casa, saludo a Daba, al pequeño Mamina y a la madre y la tía de Landing, que también viven aquí. Luego me preparo la ducha, es decir, que lleno un gran cubo de agua en el pozo y me lo llevo al baño para lavarme. Después de la ducha escribo un poco en mi diario, a veces tumbado en la hamaca que hay tendida fuera, entre un mandarino y un mango. Las mandarinas también son iguales por fuera que los limones y las naranjas, pero por dentro sí que se parecen más a las que conocemos en España. A veces echo una mano a Daba para preparar la cena en el patio, y troceo las verduras para la salsa mientras ella fríe pescados con aceite de soja sobre unos carbones encendidos.

Después de cenar la consabida fuente de arroz, Daba intenta dormir a Mamina. Landing y los chicos van al salón; él, para ver las noticias en la tele, y ellos, para estudiar. Cuando me acuesto, entre las nueve y media y las diez, siguen estudiando, con menos de ocho horas por delante para dormir antes de tener que levantarse a aguantar a Landing y a ocuparse de las tareas domésticas…