Capítulo final

Fin del viaje. Tras cuatro mil kilómetros en bici, trescientos treinta en camión, doscientos en autobús, cerca de veinte en barco y unos pocos a pie, he llegado al pequeño pueblo de Diannah, junto a Kafountine, en la Casamance. Ahora toca concederle un merecido descanso a Safír, que ya ha hecho bastante en su primer viaje, sin darme el más mínimo problema. Yo, por mi parte, voy a empezar a convivir y a trabajar con Landing y su familia, así que ahora el viaje tiene un carácter totalmente distinto, y la forma en la que voy a llevar el blog probablemente también va a cambiar, ya veremos cómo. De momento, os escribo mi último relato de viajero.

Kaolack es la última ciudad por la que he pasado. Como ya os dije, es una ciudad grande, con un centro bullicioso y muchos comercios. Paseando por la noche, me encuentro un par de restaurantes para turistas, con un par de familias (sospecho que francesas) cenando en su interior. Buscando algo diferente, abandono la avenida principal y me meto por las calles secundarias. Esta zona me recuerda a Louga: nada de asfalto, solo arena, y el alumbrado público se limita a los diez metros de calle que hay ante la mezquita. En la oscuridad, percibo unas sombras aún más oscuras que se deslizan por el cielo nocturno; miro hacia arriba y veo montones de enormes murciélagos sobrevolándome. Su tamaño es tal que podrían tragarse a sus parientes de Madrid de un bocado. Miro hacia un árbol a mi derecha, y veo que está pelado, pero juraría que cada una de sus hojas ha sido sustituida por un murciélago posado. Al final no encuentro ningún fast food en las “calles traseras” y vuelvo a la avenida principal para cenar. Después regreso al hotel y consigo dormirme cuando el sueño es más fuerte que el ruido de la tele de la recepción…

Por la mañana me pongo en marcha hacia Karang, en la frontera con Gambia. Después de Kaolack, entro en la zona que limita con el gran delta del río Saloum. Atravieso zonas cada vez más verdes, humedales con aves acuáticas, incluyendo un pelícano, y por primera vez veo manglares. A media mañana me encuentro con una dificultad con la que no contaba: hay un tramo de carretera de más de treinta kilómetros que ha desaparecido, supongo que por falta de mantenimiento, y en su lugar hay una pista de tierra. Ir por un entorno cada vez más selvático por una pista de tierra aumenta la sensación de aventura africana, y podría ser divertido –de hecho, tiene su punto–, pero son más de treinta kilómetros, y Safír tiene una horquilla sin suspensión, ruedas de carretera y veinte kilos de equipaje. Continúo a buen ritmo un poco a fuerza de una cabezonería alimentada por la cercanía de mi destino. De vuelta al asfalto, cuando me voy acercando a la reserva natural de Fathala, un grupo completo de monos rojos cruza la carretera ante mí, incluyendo una hembra con su cría aferrada al pecho. Es la nota más interesante del día.

Antes de llegar a Karang, hablo un par de veces por teléfono con Suleiman para que avise a su primo, el policía de aduanas, y para que me diga cómo encontrarme con él. Resulta que no es simplemente un policía de aduanas, sino el coronel del puesto fronterizo. Eso me facilita dar con su casa: siguiendo las indicaciones de Suleiman, al llegar al pueblo pregunto a uno de los chavales que llevan las mototaxis por la casa del coronel. Todo el mundo lo conoce, así que el primero al que pregunto me indica cómo llegar. Ya ante la vivienda, llamo a la puerta, y me abre un hombre que viste ropa informal pero lleva una insignia de la policía de aduanas. Me pregunta que qué quiero, y respondo que busco al coronel Suleiman Sané (sí, es tocayo de su primo de Dakar). El hombre me pregunta mi nombre, me dice que espere un momento y vuelve a cerrar la puerta. Al cabo de un instante reaparece con una sonrisa y me invita a pasar. Entro en un gran patio de arena alrededor de una casa de dos pisos; enseguida me doy cuenta de que aquí ser coronel implica una posición privilegiada. En el patio hay varios frutales, un pequeño huerto, un gallinero, un corral con ovejas y carneros y una especie de pérgola con el suelo de piedra y los postes de madera. En este último lugar me recibe el coronel Sané, un hombre alto y delgado, de unos cuarenta años, que lleva un pantalón de chándal y una camiseta del Manchester United. Está echado sobre un colchón y juega con otro hombre al Scrabble. En el patio, sentadas ante la puerta de la casa, hay dos mujeres, una de las cuales el coronel me presenta como su esposa. Ambas están troceando en un recipiente las hojas de uno de los árboles del patio. Me explican que es para la salsa del cuscús que vamos a cenar esa noche. El árbol, conocido aquí como «nebeday» (e internacionalmente como Moringa oleifera), es muy utilizado por sus numerosas propiedades; supuestamente es muy nutritivo y combate todo tipo de enfermedades, malaria incluida.

Antes de cenar, el coronel me propone acompañarle al trabajo para dar un paseo por la zona fronteriza y conocerla antes de cruzar al día siguiente. Suleiman Sané se cambia y se pone un bubú senegalés de estilo tradicional. Nos acompaña el hombre con el que jugaba al Scrabble, que se llama Yin Alí y parece ser algo así como el asistente personal del coronel. Nos montamos en un coche de gama alta, y el hombre que me había abierto la puerta antes (que forma el servicio doméstico junto con la mujer que ayudaba a la esposa del coronel a preparar el nebeday) nos vuelve a abrir para que salgamos. Ya en el puesto fronterizo, entramos en el despacho del coronel, que es muy amplio, con varios sillones y una tele de plasma donde veo un partido de la liga francesa. A lo largo de la tarde, van entrando personas que necesitan arreglar sus papeles para cruzar la frontera con mercancías que quieren exportar o importar. Algunos pagan un buen fajo de billetes, todos muestran mucha deferencia y agradecimiento hacia el oficial. Un hombre joven parece no tener tanta suerte: discute algo con el coronel, medio en wolof, medio en francés, entre lo que entiendo «totalmente prohibido para el azúcar». Sané da por zanjada la discusión y se gira hacia la tele para mirar el partido. Cuando el joven insiste, el coronel abre el periódico y se pone a leer. El otro se da por vencido, se levanta y se marcha, sin perder la sonrisa, pero con algo de triste decepción en los ojos. Durante un rato salgo afuera con Yin Alí, que me enseña la frontera y me presenta a los policías que al día siguiente tendrán que sellar mi pasaporte para salir momentáneamente del país. Después volvemos al despacho, donde me aburro como un león enjaulado hasta que el coronel da por concluida la jornada y nos marchamos. Ya es de noche, y me lleva en su coche al final de una oscura calle. Me explica que esa calle es la frontera: el muro que hay a un lado es senegalés, pero las tiendas que hay enfrente están en Gambia, y al otro extremo de la calle está el puesto fronterizo. Mucha gente intenta comprar productos baratos en las tiendas gambianas para introducirlos de tapadillo en Senegal a través del bosque que hay más allá del final de la «calle-frontera». Estos productos, como azúcar y aceite vegetal, son importados de Asia y pagan muy pocos impuestos en Gambia, donde se pueden comprar por la mitad de lo que luego valen en Senegal, donde compiten con la producción local. Proteger esta producción es una de las principales tareas del departamento de Suleiman Sané, que de vez en cuando registra el bosque a la caza del contrabandista. Tras el paseo y la charla, volvemos a casa para cenar. Lo hacemos en el patio, comiendo todos juntos directamente de una gran fuente de cuscús con salsa de nebeday. Luego me acuesto temprano, mientras el coronel vuelve a jugar al Scrabble con Yin Alí, y otros visitantes, a los que no conozco, toman té y miran la televisión. Por desgracia para mí y mis ganas de descansar, es viernes, así que la reunión se prolonga bastante, junto con el ruido de la tele. Tengo la sensación de apenas haber dormido cuando me despierta la llamada de la oración. De las últimas diez noches solo he dormido realmente bien una, la que pasé en Saly, en casa de Tapha. El resto me encontrado siempre con el mismo problema, gente que hace ruido, sale de noche o ve la tele hasta las tantas, y luego el despertador universal islámico. Estoy un poco harto de televisiones y almuédanos, de que por la noche no me deje dormir el vocero del capitalismo y por la mañana me despierte el vocero del Islam, pero estos pensamientos solo ocupan mi mente los primeros minutos del día, lo que me dura el mal humor hasta que desayuno y monto a Safír. Esa mañana desayuno yo solo, de mis provisiones, mientras espero a que se levante el coronel para agradecerle la hospitalidad y despedirme de él antes de ponerme en marcha.

El cruce de la frontera es bastante sencillo. Las únicas que me atosigan un poco son las cambiadoras de dinero, que de todas formas me ofrecen una buena tasa. En el lado gambiano, un policía anota mis datos en un cuaderno. En «otras observaciones», anota «visto el certificado de vacunación». Es cierto, lo ha visto, pero solo por fuera, no lo ha abierto ni ha leído lo que pone en él. Luego me apunta a la cabeza con una extraña pistolita de plástico, aprieta un botón, suena un pitidito y la pantalla muestra «36,8 grados». Qué curisoso, nunca había visto un termómetro de estos. Tras comprobar que no tengo fiebre, me indica que continóe. Vuelvo a montar en la bici y entro por fin en Gambia, donde lo primero que me recibe es una cantidad inmensa de mangos a ambos lados de la carretera. Atravieso algunos pueblos que no se diferencian gran cosa de los del otro lado de la frontera, salvo por el idioma. Mientras que en Senegal los chavales me gritaban «donne-moi ce vélo», aquí la frase es «give me this bicycle». No mucho rato después de haber entrado en el país, veo agua a mi izquierda. Parece el océano, pero sé que no puede ser, que en la dirección que voy, el océano solo puedo encontrármelo de frente o a mi derecha. Tiene que ser el río Gambia, pero es tan vasto que no veo la otra orilla. Llego a la ciudad de Barra, en la orilla norte del gran río, donde tengo que coger un ferry para continuar. Mientras espero al barco, un hombre se acerca para charlar conmigo. Es empresario de turismo, tiene algunos negocios de comida rápida y un hotel, donde intenta convencerme para que me quede. Me cuenta que con la crisis del Ébola vienen muy pocos turistas, y está bastante desesperado. Añade una historia de que no es buena idea cruzar el río tan tarde, que ya aprieta el calor y hay «ciertas malas personas al otro lado», que es mejor que pase allí la noche y cruce por la mañana, que de todas formas voy a llegar al otro lado con la frontera cerrada. Luego se pone a jugar a la pelota con tres niños que pasaban por allí; «son mis hijos», me dice. Agotado su arsenal para conseguir que pase la noche en su hotel, me despido de él y vuelvo a la cola para subir al ferry. Una vez a bordo, me acomodo en la cubierta, a proa, con Safír a mi lado. Van pasando entre la gente vendedoras de granizados en pequeñas bolsitas de plástico, de naranjas peladas, de bizochos, de agua mineral también en bolsas. Al otro lado del río, ahora sí, se ve la otra orilla, con grandes edificios que denotan la presencia de la capital del país, Banjul. Es un largo trayecto por el que he pagado ochenta céntimos, bici incluida. Me pregunto cuánto vale el billete sencillo, sin bici. La gente va terminando de embarcar, a mi lado se pone un viejo que lleva una cabritilla. El animalejo parece bastante inquieto e incómodo a bordo del barco, hasta que se acaba colocando justo al lado de Safír, donde se queda más tranquilo con el hocico apoyado sobre una alforja. Yo me asomo, y en cuanto compruebo que no se está comiendo la alforja pienso «oh, qué adorable». Me hace gracia ver la pata de cabra de la bici entre las patas de cabra de… bueno, la cabra. Durante el viaje vuelven a pasar las vendedoras, y también un muchacho que pide limosna. Tiene la pierna derecha completamente girada, es decir, que la rodilla se dobla hacia atrás y el pie forma un ángulo de ciento ochenta grados con el otro pie. Varias personas le dan unas monedas. Una vez llegamos al otro lado y desembarcamos, vuelvo a ver al chico, que se me acerca y me pide que le regale la bici. Me sorprende y me pregunto si podría montar, pero le respondo lo mismo que a todos los que me la piden, que no es una bici, sino un amigo, un compañero de viaje al que además necesito para completar mi aventura.

Entrando en Banjul, me asalta al menos media docena de taxistas para ofrecerme sus servicios. No gracias, ya tengo vehículo. Trato de desembarazarme de ellos y de la marabunta de gente que acaba de bajar del barco. Cuando llego a una calle más tranquila, pregunto por la carretera de Brikama, la ciudad más próxima a la frontera sur y donde tengo pensado pasar la noche. Esta carretera sale rápidamente de Banjul, por lo que no veo gran cosa de la ciudad. Lo que más me llama la atención es el edificio de la Asamblea Nacional, de arquitectura algo futurista y que ha debido de costar una burrada de dinero para un país tan pobre y pequeño. La carretera por la que voy es grande, prácticamente una autovía. Une Banjul con la vecina Serrekunda, otra de las principales ciudades del país. Durante mucho rato voy por una zona con pinta de polígono empresarial, con montones de talleres de mecánica y de almacenes dedicados a la importación. El tráfico es muy pesado y me quita las ganas de parar a comer, a pesar de que es algo tarde y hace rato que tengo hambre, hasta haber llegado a un lugar más agradable. Esto se cumple al poco rato, cuando he salido de la zona Banjul-Serrekunda y llego a un pueblo más pequeño, llamado Lamin, y que está junto a una reserva natural. Me paro en el primer restaurante y pido un plato de arroz con pescado. Aquí es aún más barato que en Senegal: veinticinco dalasi, es decir, cincuenta céntimos. Unos hombres que acaban de comer y ahora están sentados fuera, tomando el té, me invitan a sentarme con ellos. Uno de ellos, llamado Hasan, es el que más habla conmigo. Trabaja como guía en la vecina reserva natural. Me habla de un programa que tienen de cooperación con el Parque Nacional de Doñana. Dice que le gustan los españoles porque trabajan mucho y hacen cosas por su país, no como los americanos, que hablan mucho pero no hacen nada. Hay en el pueblo una escuela y un hospital construidos por organizaciones españolas. «El hospital está muy bien», me cuenta, «tiene agua corriente y electricidad las veinticuatro horas.»

Después de comer continuo el viaje. Al poco tiempo vuelvo a llegar a una zona con más tráfico y más comercios y servicios a los lados de la carretera. No es muy acogedor. Al llegar a una bifurcación, paro en una gasolinera a preguntar a la chica que la atiende por la carretera de Brikama. «Esto es Brikama», me contesta. Vaya. No parece un sitio muy interesante, y además he llegado mucho más temprano de lo que esperaba, de modo que abandono la idea de pasar aquí la noche y decido continuar hacia la frontera. Paso entre los últimos pueblos mientras el paisaje se va volviendo cada vez más verde y exuberante, algo que viene sucediendo desde que crucé el río Gambia. Cuando llego al puesto fronterizo, apenas hay gente. Parece un pueblo como otro cualquiera, salvo por la caseta de policía de fronteras con la bandera gambiana. Toman mis datos, sellan mi pasaporte y ya estoy de vuelta en Senegal. El puesto de policía de este país no esta aquí, sino en el siguiente pueblo, a varios kilómetros, lo que hace que parezca bastante fácil entrar sin ningún tipo de control. La única disuasión para abandonar la carretera y colarse por el hermoso bosque es un cartel avisando del peligro de minas (presentes por el conflicto separatista de Casamance) con un dibujo bastante explícito de una pierna siendo arrancada por una explosión. También descarto por tanto pasar la noche por aquí, con mi tienda, y me veo obligado a continuar hasta Diouloulou, el pueblo grande de la zona, para buscar un hotel.

Por suerte, no me queda mucho camino por recorrer. Llego rápidamente al puesto fronterizo de Seleti, donde el policía me recomienda el Kent Motel de Diouloulou. Antes de seguir, cambio nuevamente mis dalasis sobrantes por francos CFA; el cambista de turno me hace una triquiñuela con la calculadora, que no me pasa desapercibida, pero que dejo pasar porque no tengo tiempo de discutir (ya está atardeciendo) y porque ha conseguido timarme la friolera de… setenta francos (once céntimos de euro). Después regreso a la carretera y entro por fin de lleno en la Casamance. Palmeras altísimas, innumerables mangos, vegetación exuberante, una explosión de vida que me hace preguntarme cómo será este lugar dentro de unos meses, si estando al final de la estación seca mantiene esta vitalidad.

Diouloulou es mi siguiente parada. Es un cruce de caminos, entre la carretera que viene de Gambia; la que continúa hacia Kafountine, el principal centro rural y turístico de esta zona costera, y la que va hacia el interior, hasta Bignona y Ziguinchor, las capitales de la provincia y de la región, respectivamente. Esto hace de Diouloulou un lugar de paso, el pueblo más grande de la zona, con bastantes servicios y comercio (aunque para muchas cosas hay que ir hasta Kafountine o Bignona). Pregunto en la encrucijada por el Kent Motel, y un chaval “mototaxista” me conduce al lugar. Por el camino dice que le gustaría ir a Europa, porque ahí tenemos de todo, y aquí no hay nada, “solo frutas”. Podría haberle respondido “también motos” en referencia a la suya, pero no le digo nada. Al dejarme ante la puerta del motel, me pide mi número de teléfono.

El Kent Motel me sorprende agradablemente. Es un recinto ajardinado, lleno de flores y árboles muy bien cuidados. Tiene un bar con terraza donde se está muy a gusto, y al borde del terreno hay una playa junto a una especie de río salado, donde veo crecer algunos manglares. Caminando por un sendero donde vas rodeado de flores llegas hasta la cabaña donde está la habitación, con una bonita cama de madera. El lugar perfecto para descansar tras el largo viaje. Y además algo aislado, lejos de teles y mezquitas…

Tras una larga noche de descanso, llamo por teléfono a Landing, que me indica el camino para llegar hasta su casa, en Diannah, a algo menos de veinte kilómetros de Diouloulou. El recorrido me va encantando, entre bosques, pequeñas aldeas, huertos, cercados con cabras y vacas… Apenas hay tráfico en esta zona, y mi último día de viaje es un agradable paseo en bici. A mitad de camino, se me une otro hombre en bici, un vasco de Iruña, con una abundante melena de pelo rizado y canoso, que me cuenta que ha hecho siete veces el mismo viaje que yo ahora (pero él, en coche), y que hace seis años se quedó a vivir en Abene, el pueblo vecino de Diannah. Vive de alquilar un apartamento que tiene en Banjul, y ahora está casado con una mujer de aquí con la que tiene dos hijos. Me cuenta que está pendiente de las noticias porque no tiene visado, y yo le cuento que lo último que he oído es que a partir del uno de mayo no será necesario, lo que le tranquiliza bastante. Charlando llegamos con nuestras bicis a Diannah, al cruce que Landing me ha indicado por teléfono, y allí veo su casa. Me despido del vasco, que continúa su camino, y me dirijo al que va a ser mi hogar las próximas semanas. Es una casa grande, de una sola planta, con el consabido patio de arena, pero también un pequeño puerto y un pozo de donde sacamos el agua para todo… Me recibe Daba, la esposa de Landing, hablando en buen inglés y con mucha amabilidad, mientras sostiene en sus brazos a su pequeño hijo Mamina, que tiene solo un año y medio. Daba es una mujer joven a la que noto inteligente y activa, fuerte de cuerpo y de carácter, pero amable, abierta y comprensiva. Me enseña mi habitación, pequeña y sencilla, orientada al sur, con el suelo de cemento, el techo de chapa y las paredes pintadas de blanco. Una cama con mosquitero y una alfombrilla son todo el mobiliario, pero es todo lo que necesito y no deseo otra cosa que unas semanas de vida sencilla y sedentaria. Daba me dice que Landing no está, que probablemente se encuentre en el campo y que puedo ir a buscarlo allí. Me indica el camino, y atravieso el pueblo, una pequeña aldea donde todo el mundo se conoce, con su mezquita, sus cuatro tiendas de todo un poco, su taller de carpintería metálica junto al que también reparan bicis, su taller de ebanistería donde veo que están dando los últimos retoques a una preciosa cama de matrimonio… Salgo del pueblo por el sendero que va entre los campos de cultivo, donde las palmeras, los mangos y el resto de la vegetación me impiden ver más allá de unos metros, lo que hace que me asalte de nuevo la sensación de asombro ante lo vivo que está este lugar tras varios meses sin lluvia…

Cuando llego al campo de Landing, este no está allí, sino que me encuentro con un joven alemán, Nick, que lleva aquí varios meses de voluntario y que está ya en su última semana de estancia, que va a coincidir con mis primeros días. Lo encuentro sentado ante una hoguera donde prepara un té. Me cuenta que Landing ha ido a Kafountine porque tiene allí el coche, en el mecánico. Utiliza su coche como taxi para sacar un dinero extra, y en la última carrera le dejó tirado. Así que mientras espero a que vuelva, me quedo un rato charlando con Nick, que me habla un poco de la vida en este lugar, de cómo es el sitio tal y como él lo ha experimentado… Ahora me toca a mí descubrirlo por mí mismo.

Y eso va a ser toda otra historia, todo otro viaje. Ese viaje creo que lo contaré cuando regrese a España. Por aquí me resulta más complicado encontrar una buena conexión a Internet, y es algo más estresante y problemático dedicarle tantas horas a escribir el blog. Así que creo que esta colección de relatos, esta forma de contar el viaje, termina aquí, al mismo tiempo que termina una forma de viajar. Voy a dedicar mi tiempo a vivir este lugar, que tiene otras formas, otros ritmos, y necesito mi energía para adaptarme a esos ritmos y aprender de la gente que voy a ir conociendo aquí. Pero esto no es un punto final, sino un punto y aparte. El próximo párrafo vendrá un poco más tarde, pero vendrá. Quizá escriba alguna entrada corta de vez en cuando para contaros qué tal estoy o alguna cosa interesante que me apetezca compartir.

Ha sido un placer compartir con todos vosotras este largo viaje, estas aventuras, experiencias, paisajes y gentes. Volvemos a vernos pronto. Os mando un gran abrazo desde la verde Casamance. Y también os manda un cariñoso saludo Safír, que duerme apaciblemente en un pasillo de la casa de Landing y Daba…

 

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26 comentarios en “Capítulo final

  1. charo dijo:

    No me gusta nada ese tono de despedida, prefiero pensar que te va a apetecer de vez en cuando contarnos algo, aunque sea con menos frecuencia.
    Ahora estarás haciendo más cosas, que espero las disfrutes, y conociendo más gente, que espero que también, pero eso no quita para que nos mandes al menos un relatito corto, please!.
    Que punto lo de los monos!. Nosotros vimos delfines en un río, algo que no había visto nunca y te quedas un poco alucinado.
    Lo que te cuentas de que “tenían luz 24 horas al día”, no pasa en todos los sitios. En uno de los que estuvimos nosotros, que es donde estaba la clínica de partos la daban a partir de las 7 de la tarde y la producían generadores , así es que imaginate. Si el parto se producía antes o después de ese horario, pues nada, a apañarselas, además de que la que asistía los partos era una mujer que había aprendido de su madre y esa era su formación.
    También vimos muchas advertencias en los colegios bastante explícitas que advertía a los niños sobre la conveniencia de no coger nada que se encontraran, especialmente juguetes, por el tema de las minas, la forma barata de combatir en países de este tipo. Es una putada, porque nunca sabes si algunas zonas estarán completamente limpias o no.
    Eso que dices de que a partir del 1 de mayo no hará falta visado afectará a tu vuelta?. Aunque supongo que todavía es pronto para saberlo.
    Bueno, sigue cuidándote mucho y disfruta cada minuto que pase.
    Un abrazo muy fuerte

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    • Hola. No te preocupes por el tono de despedida, que como digo, es un punto y aparte, no un punto final. Y no he dicho que no vaya a escribir nada en absoluto, si que mandaré algún relato cortito.
      Lo de los delfines puede que fuera porque estabais ante un “bolong”, un río salado como el que vi en el motel de Diouloulou. Sí que tuvo que ser alucinante. Por cierto, he vuelto a ver monos, esta vez en el huerto de Landing, de donde tuvimos que espantarlos para que no se comieran la cosecha.
      Y ya imagino que lo del hospital con luz todo el día es algo excepcional, precisamente eso es lo que quería transmitir al contar cómo a Hasan le parecía algo tan especial. Con las minas espero no tener problemas, esta es una zona muy habitada, con mucho huerto, y muy turística; debe de estar bastante limpia, pero yo, por si acaso, no me salgo de las carreteras y caminos.
      Por último, es verdad que aún es pronto para saber nada de mi vuelta, pero seguro que dependerá más de mis ganas y del dinero que me quede en el banco que de las fechas de visados y permisos de estancia.
      Hasta pronto, ¡muchos besos!

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  2. carmen dijo:

    Hola Ivan ,hijo que alegría que ya estes bien y que hayas llegado a tu destino ,por fin aunque es una pena que se vaya tan pronto tu compañero, no te va a dar tiempo de conocerle.Que gracioso lo de los monos y que horroroso lo de los murciélagos veo yo uno de esos y me da un patatus. Madre mia! cuanta gente has conocido y que nombres mas raros y el de las ciudades también no se como te acuerda de todos, bueno según cuentas por lo menos fruta no te faltara para comer¿no? ,bueno cariño cuídate mucho y también las manos ,pásalo bien que vas a hacer lo que te gusta. Un beso enorme y todo mi cariño, ¡ Hasta pronto!

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    • Hola mamá, sí, ya estoy bien y acostumbrándome poco a poco al que va a ser mi hogar durante algunas semanas. No pasa nada porque se vaya uno de los habitantes de la casa, sigue habiendo otros muchos a los que conocer y con los que convivir. Y fruta, bueno, no como tanta como en España, donde estamos malacostumbrados a la sobreabundancia, pero sí que suelo comer lo que tenemos aquí: naranjas, papayas, coco, mandarinas… y dentro de poco plátanos y mangos. Ya os contaré mi día a día, ¡muchos besos!

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  3. Yolanda dijo:

    ¿Capítulo final? ¡NO, NO, NO NOOOOOOOOO!

    Vale que necesites tu energía para otras cosas y que el tema de poder conectarte es complicado… pero ya puedes hacerte con un cuaderno y un boli para ir escribiendo todo y completar tu superhistoria, aunque no haya avances ni capítulos queremos seguir el viaje hasta el final, así que ¡ya estás tardando en ir a una de esas tiendas de “todo un poco” a comprarte herramientas para continuar contando tu aventura y terminar tu libro! No queremos terminar nuestro viaje (pucheros-muchos pucheros).

    La verdad es que hemos descansado tanto o más que tú al ver que llegabas a tu destino (ya te estoy viendo con las cejas subidas y el labio ladeado pensando “sí, claro, seguro, más que yo”), aunque seguro que a partir de ahora tampoco va a ser fácil ni relajado, al menos será diferente, y se que sabrás sacarle partido para disfrutar de todo al máximo. Lástima que no nos puedas hacer partícipes en estas semanas, de todas formas aún mantenemos la esperanza de que te de la ventolera y vuelvas a escribir de vez en cuando aunque solo sea para decirnos que estás de puta madre por allí. Jo, que mal nos has acostumbrado…

    Enhorabuena por tu nuevo relato, como siempre fantástico y, sobre todo, ENHORABUENA POR TU HAZAÑA, has finalizado la más larga y dura etapa de este viaje con un 20 sobre 10. Ojala las próximas semanas sean como mínimo el triple de enriquecedoras, emocionantes, apasionantes y enérgicas que las vividas hasta ahora (y que consigas dormir a gusto por fin)

    Como siempre, te deseo lo mejor del mundo. TE LO MERECES. Eres mi héroe.

    Millones de besos
    Dama la nob

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    • A ver, tranquila… no he dicho que no vaya a escribir más, solo que no será igual que hasta ahora. Y el cuaderno y el boli ya los tenía desde el principio, así que no te preocupes tanto.
      A lo mejor sí que es verdad que habéis descansado más que yo, porque yo he descansado poco… al día siguiente de llegar ya estaba trasplantando plataneras, que no es precisamente una tarea descansadita.
      Gracias por los piropos. Intentaré estar muy bien aquí para luego contaros mi experiencia.
      Muchos besos, yo también te quiero

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  4. amalvinus dijo:

    Enhorabuena! Por fin llegaste!
    Ahora viene la ultima parte del viaje para lo cual espero que primero tengas tus apacibles y merecidas noches para descansar y después desearte buenas veladas para paladear el sabor de todas las intensas experiencias vividas, que no han sido pocas, interesantes todas ellas, y comprobar la huella que sin duda te habrán dejado y por último veladas para disfrutar meditando sobre esta última etapa de la aventura que emprendiste: conocer la vida cotidiana en un lugar tan diferente de nuestro mundo europeo.
    Como siempre te deseo lo mejor, no sin antes despedirme con la misma queja de todos: la esperanza de que puedas aunque sea de tarde en tarde compartir algo más con nosotros, que no nos hagas esperar hasta la vuelta para saber algo más, aunque sean pequeños aperitivos, por favoooooor….. bueno, pero sin quererte agobiar con nuestros ruegos, haz lo que estimes y puedas.
    Gracias por permitirnos compartir, disfrutar, emocionarnos, cabrearnos y gozar contigo, desear intensamente ver en el correo “nueva entrada en Sueño del Sur” (¡bravo!) para saber la continuación de tus experiencias
    Hasta siempre con el mas grande de mis Bezotez Gogdoz

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    • ¡Gracias!
      Por desgracia no se ha cumplido tu deseo de tener noches apacibles para descansar, principalmente porque mi ventana da al gallinero… a partir de las cinco de la mañana ya oigo al gallo como si lo tuviera de peluche abrazadito en la cama. Pero lo otro sí se cumple: la oportunidad de conocer la vida cotidiana en un lugar tan distinto y meditar sobre ello. Ya os lo contaré.
      No te preocupes, que algunos aperitivos sí que dejaré caer por aquí, aunque no tengan la forma de los relatos extensos y detallados del resto del viaje.
      Hasta pronto. Un gran abrazo :)

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  5. Paco dijo:

    Enhorabuena, por tu última etapa de viaje ya culminada, aunque ahora empieza otra que aunque quizás mas tranquila en cuestión pedaleo, no menos ajetreada y cansada en el curro. Aunque si, tienes razón, ahora vive el momento y comparte con las personas que conozcas sus vidas y ellos que participen de la tuya, creo que de las mezclas y las fusiones sale lo mejor y muchas veces lo mas bello. Un abrazo muy fuerte y hasta pronto.

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  6. carlos dijo:

    Amiguete…

    ¿que es eso de que esto se acaba…?

    A ver si no he bajado a meterle dos ostias al de los calzoncillos y voy a tener que bajar a meterte dos ostias a ti…

    A ver si te enteras de que no nos puedes dejar con la miel en los labios.

    Ahora nos perteneces, eres como el Show de Truman, hemos seguido tus pasos cada día y ahora no podemos parar.

    Bromas aparte, me alegro mucho de que hayas llegado sano y salvo y ahora te toca hacer otras cosas, pero ojo con olvidarte de escribir, que entonces si que bajo en serio…

    Un abrazo y cuídate mucho.

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  7. Nacho dijo:

    Qué grande, Iván. Cuando hablo de formas alternativas de vivir con gentes varias, siempre digo que tengo un amigo que se está recorriendo Madrid-Senegal en bici para, una vez en Senegal hacer de voluntario, y se quedan perplejxs :)

    Gracias por ser un paladín que nos inspiras en estas lides de cambios vitales, viajes alternativos, y buena gente por el mundo

    Y enhorabuena por tu viaje, por haberlo conseguido sin mayores contratiempos; hora de añadirlo al currículo de Dios (no te tomes a mal la broma, que hacía tiempo que no la hacía ;P)

    Un abrazo, y sigue disfrutando!

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  8. Emilio dijo:

    el placer ha sido nuestro, estoy seguro de que este viaje te servirá mucho en tu vida, habrás aprendido todo lo que había que aprender, habrás disfrutado todo lo que tenías que disfrutar. Te esperamos con impaciencia.

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    • Aún queda mucho por aprender y disfrutar… pero aún queda también tiempo para echar la vista atrás y saber qué he aprendido al final del viaje. No tendréis que esperar demasiado, yo ya voy teniendo ganas de ver a mi gente. Un abrazo

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  9. Victor dijo:

    Anda Iván, que crees que entendemos por “Por aquí me resulta más complicado encontrar una buena conexión a internet, y es algo más estresante y problemático dedicarle tantas horas a escribir el blog”. Tú no te sientas presionado ni estresado y escribe cuando puedas o quieras. De todas formas te lo decimos con toda la buena intención del mundo. Aunque parte de la culpa es tuya por acostumbrarnos así de mal. JAJAJAJA.
    Tú ahora céntrate a lo que en parte has ido allí y, como dicen Amalvinus y Paco, paladear todas esas experiencias y vivir el momento.
    Tiene que haber sido muy bonito pasar entre toda esa vegetación y esos manglares, y todo eso en época de meses sin lluvia. La verdad es que sí siente uno curiosidad de verlo después de la época de lluvias (pero eso ya en otro viaje ¿eh?).
    También ha sido un placer el que hayas compartido estas vivencias con nosotros, y un lujo el haber leído estos relatos contados tan detalladamente.
    Un abrazo muy fuerte y un saludo también para Safír. Hasta pronto.

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    • Ya, ya lo sé, es lo que voy a hacer a partir de ahora. Simplemente me agobió un poco el no poder mantener el estilo de los relatos, porque ya estaba mirando la idea de convertirlo todo al final en un libro. Pero no pasa nada, si cambian las circunstancias hay que adaptarse y encontrar la nueva manera de hacer las cosas.
      Ahora a conocer este lugar y disfrutar de él. Sí que siento curiosidad por ver este paisaje tras la época de lluvias, pero no te preocupes, que también voy teniendo ganas de volver, y además, tampoco tengo tanta curiosidad por ver el número de mosquitos que habrá tras las lluvias…
      Un beso. Nos vemos

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  10. SUSANA dijo:

    Felicidades Ivan por haber completado tu etapa y haber conseguido realizar tu sueño. Ahora empieza una nueva en la que seguro aprenderás muchas cosas ( aunque ya sabes q te queda pendiente el aprender a hacer quesos)y menos mal q ya podrás descansar mejor porque ahí no hay mezquitas q te joroben y te despierten de madrugada. En cuanto a lo de dejar de escribir NO TE LO CONSIENTO . Tus relatos se han convertido en una especie de droga para nosotros y queremos MAS Y MAS , a ver si me voy a tener q bajar yo también con Carlos para darte otras dos ostias . por lo menos escribe para contenía q tal te va. Muchos besos de todos. Te queremos muchísimo.

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    • ¡Gracias! Creo que lo de aprender a hacer quesos será en España, porque quesos, lo que es aquí… Y te digo lo mismo que a los demás, PANDA DE YONQUIS… seguiré escribiendo, aunque no como hasta ahora. Yo también os quiero mucho. Besos y hasta pronto

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  11. Marta dijo:

    Enhorabuena , amor mío :)

    Ya has llegado, y ahora; como dices, será otra etapa.
    Ahora te toca adaptarte a otros ritmos y disfrutar de la vida allí.
    A mí me fastidia mucho siempre tener que estar pendiente de contactar con gente que no está; y ya sabes que mi discurso anti-facebook se articula alrededor de la misma premisa: disfruta de lxs que te rodean, en vez de medio-estar con lxs que están lejos. ¡Y ya era hora de que te convirtieses en una persona “normal” (para mí) y no te pasaras a lo yonki tantas horas escribiendo! :P
    Así que espero que no te fuerces a escribir; que estés muy a gusto allí (y con la cabeza también allí) y te lo pases genial conociendo y compartiendo con ellos. ¡Ya nos contarás!
    Lo único, que nos mantengas medianamente al tanto de que estás bien; eso sí.
    Pero por lo demás ¡A vivir la vida tranquila!

    Lo dicho, mucha suerte, ánimo y amor. Sé feliz.

    PDT: Por acabar yo también mi etapa de comentarios inconexos, uno último:

    ¡¡¡¡Diouloulou-lou-luo HI HU, lou-luo HI HU, lou –luo HI HU!!!

    Jeje

    Te quiero

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    • Gracias :)
      Lo de escribir lo hacía más por mí que por vosotras, lo que pasa es que aquí tengo que adaptarme a otras circunstancias, otros ritmos, y pretender hacer lo mismo que hacía en las circunstancias anteriores solo puede ser una fuente de agobio y estrés. Así que continuaré escribiendo de otra forma, menos abundante y detallada, para que escribir siga siendo lo mismo que antes: una actividad relajante y de descanso.
      Sé feliz tú también, mi cantarina suizo-senegalesa.
      Te amo

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  12. monica dijo:

    Enhorabuena!! Primer reto conseguido.

    Espero q te acostumbres al canto del gallo o te puedas poner unos tapones o algo porque si no vaya coñazo.

    Da igual que a partir de ahora sean relatos cortos tú sabes concentrar muy bien muchiiiiisima información en unas poquitas líneas.

    Te deseo que disfrutes, aprendas y te enriquezcas como persona tanto o más en esta nueva etapa como en el largo camino que ya has recorrido.

    Un besazo muy fuerte. Te quiero.

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    • ¡Gracias! El canto del gallo creo que he empezado a incorporarlo a las cosas que sueño, junto con la llamada a la oración. Os sigo contando como voy, de momento va uno de esos relatos cortitos que os he anunciado.
      Muchos besos, yo también te quiero

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  13. Marina dijo:

    ¡Felicidades por el viajazo Iván!

    Menuda aventura. Ahora a descansar y a adaptarte a tu nuevo hábitat ;) . Yo estoy con Marta, mientras nos mantengas informados de que estás bien es más que suficiente, ahora tienes que concentrarte en tu nueva etapa (aunque tb es verdad que me encanta leer tus aventuras, así que una entradita de vez en cuando se agradecerá (: ).

    ¡Muchos abrazos! ¡Sé feliz!

    Marina

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    • Muchas gracias :) Después de dos semanas aquí creo que ya me voy haciendo con los ritmos y con el lugar, ahora un par de semanitas más para disfrutarlo, y luego la última aventura: ¡el camino de vuelta!
      Un abrazo muy fuerte. Hasta pronto

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