Capítulo final

Fin del viaje. Tras cuatro mil kilómetros en bici, trescientos treinta en camión, doscientos en autobús, cerca de veinte en barco y unos pocos a pie, he llegado al pequeño pueblo de Diannah, junto a Kafountine, en la Casamance. Ahora toca concederle un merecido descanso a Safír, que ya ha hecho bastante en su primer viaje, sin darme el más mínimo problema. Yo, por mi parte, voy a empezar a convivir y a trabajar con Landing y su familia, así que ahora el viaje tiene un carácter totalmente distinto, y la forma en la que voy a llevar el blog probablemente también va a cambiar, ya veremos cómo. De momento, os escribo mi último relato de viajero.

Kaolack es la última ciudad por la que he pasado. Como ya os dije, es una ciudad grande, con un centro bullicioso y muchos comercios. Paseando por la noche, me encuentro un par de restaurantes para turistas, con un par de familias (sospecho que francesas) cenando en su interior. Buscando algo diferente, abandono la avenida principal y me meto por las calles secundarias. Esta zona me recuerda a Louga: nada de asfalto, solo arena, y el alumbrado público se limita a los diez metros de calle que hay ante la mezquita. En la oscuridad, percibo unas sombras aún más oscuras que se deslizan por el cielo nocturno; miro hacia arriba y veo montones de enormes murciélagos sobrevolándome. Su tamaño es tal que podrían tragarse a sus parientes de Madrid de un bocado. Miro hacia un árbol a mi derecha, y veo que está pelado, pero juraría que cada una de sus hojas ha sido sustituida por un murciélago posado. Al final no encuentro ningún fast food en las “calles traseras” y vuelvo a la avenida principal para cenar. Después regreso al hotel y consigo dormirme cuando el sueño es más fuerte que el ruido de la tele de la recepción…

Por la mañana me pongo en marcha hacia Karang, en la frontera con Gambia. Después de Kaolack, entro en la zona que limita con el gran delta del río Saloum. Atravieso zonas cada vez más verdes, humedales con aves acuáticas, incluyendo un pelícano, y por primera vez veo manglares. A media mañana me encuentro con una dificultad con la que no contaba: hay un tramo de carretera de más de treinta kilómetros que ha desaparecido, supongo que por falta de mantenimiento, y en su lugar hay una pista de tierra. Ir por un entorno cada vez más selvático por una pista de tierra aumenta la sensación de aventura africana, y podría ser divertido –de hecho, tiene su punto–, pero son más de treinta kilómetros, y Safír tiene una horquilla sin suspensión, ruedas de carretera y veinte kilos de equipaje. Continúo a buen ritmo un poco a fuerza de una cabezonería alimentada por la cercanía de mi destino. De vuelta al asfalto, cuando me voy acercando a la reserva natural de Fathala, un grupo completo de monos rojos cruza la carretera ante mí, incluyendo una hembra con su cría aferrada al pecho. Es la nota más interesante del día.

Antes de llegar a Karang, hablo un par de veces por teléfono con Suleiman para que avise a su primo, el policía de aduanas, y para que me diga cómo encontrarme con él. Resulta que no es simplemente un policía de aduanas, sino el coronel del puesto fronterizo. Eso me facilita dar con su casa: siguiendo las indicaciones de Suleiman, al llegar al pueblo pregunto a uno de los chavales que llevan las mototaxis por la casa del coronel. Todo el mundo lo conoce, así que el primero al que pregunto me indica cómo llegar. Ya ante la vivienda, llamo a la puerta, y me abre un hombre que viste ropa informal pero lleva una insignia de la policía de aduanas. Me pregunta que qué quiero, y respondo que busco al coronel Suleiman Sané (sí, es tocayo de su primo de Dakar). El hombre me pregunta mi nombre, me dice que espere un momento y vuelve a cerrar la puerta. Al cabo de un instante reaparece con una sonrisa y me invita a pasar. Entro en un gran patio de arena alrededor de una casa de dos pisos; enseguida me doy cuenta de que aquí ser coronel implica una posición privilegiada. En el patio hay varios frutales, un pequeño huerto, un gallinero, un corral con ovejas y carneros y una especie de pérgola con el suelo de piedra y los postes de madera. En este último lugar me recibe el coronel Sané, un hombre alto y delgado, de unos cuarenta años, que lleva un pantalón de chándal y una camiseta del Manchester United. Está echado sobre un colchón y juega con otro hombre al Scrabble. En el patio, sentadas ante la puerta de la casa, hay dos mujeres, una de las cuales el coronel me presenta como su esposa. Ambas están troceando en un recipiente las hojas de uno de los árboles del patio. Me explican que es para la salsa del cuscús que vamos a cenar esa noche. El árbol, conocido aquí como «nebeday» (e internacionalmente como Moringa oleifera), es muy utilizado por sus numerosas propiedades; supuestamente es muy nutritivo y combate todo tipo de enfermedades, malaria incluida.

Antes de cenar, el coronel me propone acompañarle al trabajo para dar un paseo por la zona fronteriza y conocerla antes de cruzar al día siguiente. Suleiman Sané se cambia y se pone un bubú senegalés de estilo tradicional. Nos acompaña el hombre con el que jugaba al Scrabble, que se llama Yin Alí y parece ser algo así como el asistente personal del coronel. Nos montamos en un coche de gama alta, y el hombre que me había abierto la puerta antes (que forma el servicio doméstico junto con la mujer que ayudaba a la esposa del coronel a preparar el nebeday) nos vuelve a abrir para que salgamos. Ya en el puesto fronterizo, entramos en el despacho del coronel, que es muy amplio, con varios sillones y una tele de plasma donde veo un partido de la liga francesa. A lo largo de la tarde, van entrando personas que necesitan arreglar sus papeles para cruzar la frontera con mercancías que quieren exportar o importar. Algunos pagan un buen fajo de billetes, todos muestran mucha deferencia y agradecimiento hacia el oficial. Un hombre joven parece no tener tanta suerte: discute algo con el coronel, medio en wolof, medio en francés, entre lo que entiendo «totalmente prohibido para el azúcar». Sané da por zanjada la discusión y se gira hacia la tele para mirar el partido. Cuando el joven insiste, el coronel abre el periódico y se pone a leer. El otro se da por vencido, se levanta y se marcha, sin perder la sonrisa, pero con algo de triste decepción en los ojos. Durante un rato salgo afuera con Yin Alí, que me enseña la frontera y me presenta a los policías que al día siguiente tendrán que sellar mi pasaporte para salir momentáneamente del país. Después volvemos al despacho, donde me aburro como un león enjaulado hasta que el coronel da por concluida la jornada y nos marchamos. Ya es de noche, y me lleva en su coche al final de una oscura calle. Me explica que esa calle es la frontera: el muro que hay a un lado es senegalés, pero las tiendas que hay enfrente están en Gambia, y al otro extremo de la calle está el puesto fronterizo. Mucha gente intenta comprar productos baratos en las tiendas gambianas para introducirlos de tapadillo en Senegal a través del bosque que hay más allá del final de la «calle-frontera». Estos productos, como azúcar y aceite vegetal, son importados de Asia y pagan muy pocos impuestos en Gambia, donde se pueden comprar por la mitad de lo que luego valen en Senegal, donde compiten con la producción local. Proteger esta producción es una de las principales tareas del departamento de Suleiman Sané, que de vez en cuando registra el bosque a la caza del contrabandista. Tras el paseo y la charla, volvemos a casa para cenar. Lo hacemos en el patio, comiendo todos juntos directamente de una gran fuente de cuscús con salsa de nebeday. Luego me acuesto temprano, mientras el coronel vuelve a jugar al Scrabble con Yin Alí, y otros visitantes, a los que no conozco, toman té y miran la televisión. Por desgracia para mí y mis ganas de descansar, es viernes, así que la reunión se prolonga bastante, junto con el ruido de la tele. Tengo la sensación de apenas haber dormido cuando me despierta la llamada de la oración. De las últimas diez noches solo he dormido realmente bien una, la que pasé en Saly, en casa de Tapha. El resto me encontrado siempre con el mismo problema, gente que hace ruido, sale de noche o ve la tele hasta las tantas, y luego el despertador universal islámico. Estoy un poco harto de televisiones y almuédanos, de que por la noche no me deje dormir el vocero del capitalismo y por la mañana me despierte el vocero del Islam, pero estos pensamientos solo ocupan mi mente los primeros minutos del día, lo que me dura el mal humor hasta que desayuno y monto a Safír. Esa mañana desayuno yo solo, de mis provisiones, mientras espero a que se levante el coronel para agradecerle la hospitalidad y despedirme de él antes de ponerme en marcha.

El cruce de la frontera es bastante sencillo. Las únicas que me atosigan un poco son las cambiadoras de dinero, que de todas formas me ofrecen una buena tasa. En el lado gambiano, un policía anota mis datos en un cuaderno. En «otras observaciones», anota «visto el certificado de vacunación». Es cierto, lo ha visto, pero solo por fuera, no lo ha abierto ni ha leído lo que pone en él. Luego me apunta a la cabeza con una extraña pistolita de plástico, aprieta un botón, suena un pitidito y la pantalla muestra «36,8 grados». Qué curisoso, nunca había visto un termómetro de estos. Tras comprobar que no tengo fiebre, me indica que continóe. Vuelvo a montar en la bici y entro por fin en Gambia, donde lo primero que me recibe es una cantidad inmensa de mangos a ambos lados de la carretera. Atravieso algunos pueblos que no se diferencian gran cosa de los del otro lado de la frontera, salvo por el idioma. Mientras que en Senegal los chavales me gritaban «donne-moi ce vélo», aquí la frase es «give me this bicycle». No mucho rato después de haber entrado en el país, veo agua a mi izquierda. Parece el océano, pero sé que no puede ser, que en la dirección que voy, el océano solo puedo encontrármelo de frente o a mi derecha. Tiene que ser el río Gambia, pero es tan vasto que no veo la otra orilla. Llego a la ciudad de Barra, en la orilla norte del gran río, donde tengo que coger un ferry para continuar. Mientras espero al barco, un hombre se acerca para charlar conmigo. Es empresario de turismo, tiene algunos negocios de comida rápida y un hotel, donde intenta convencerme para que me quede. Me cuenta que con la crisis del Ébola vienen muy pocos turistas, y está bastante desesperado. Añade una historia de que no es buena idea cruzar el río tan tarde, que ya aprieta el calor y hay «ciertas malas personas al otro lado», que es mejor que pase allí la noche y cruce por la mañana, que de todas formas voy a llegar al otro lado con la frontera cerrada. Luego se pone a jugar a la pelota con tres niños que pasaban por allí; «son mis hijos», me dice. Agotado su arsenal para conseguir que pase la noche en su hotel, me despido de él y vuelvo a la cola para subir al ferry. Una vez a bordo, me acomodo en la cubierta, a proa, con Safír a mi lado. Van pasando entre la gente vendedoras de granizados en pequeñas bolsitas de plástico, de naranjas peladas, de bizochos, de agua mineral también en bolsas. Al otro lado del río, ahora sí, se ve la otra orilla, con grandes edificios que denotan la presencia de la capital del país, Banjul. Es un largo trayecto por el que he pagado ochenta céntimos, bici incluida. Me pregunto cuánto vale el billete sencillo, sin bici. La gente va terminando de embarcar, a mi lado se pone un viejo que lleva una cabritilla. El animalejo parece bastante inquieto e incómodo a bordo del barco, hasta que se acaba colocando justo al lado de Safír, donde se queda más tranquilo con el hocico apoyado sobre una alforja. Yo me asomo, y en cuanto compruebo que no se está comiendo la alforja pienso «oh, qué adorable». Me hace gracia ver la pata de cabra de la bici entre las patas de cabra de… bueno, la cabra. Durante el viaje vuelven a pasar las vendedoras, y también un muchacho que pide limosna. Tiene la pierna derecha completamente girada, es decir, que la rodilla se dobla hacia atrás y el pie forma un ángulo de ciento ochenta grados con el otro pie. Varias personas le dan unas monedas. Una vez llegamos al otro lado y desembarcamos, vuelvo a ver al chico, que se me acerca y me pide que le regale la bici. Me sorprende y me pregunto si podría montar, pero le respondo lo mismo que a todos los que me la piden, que no es una bici, sino un amigo, un compañero de viaje al que además necesito para completar mi aventura.

Entrando en Banjul, me asalta al menos media docena de taxistas para ofrecerme sus servicios. No gracias, ya tengo vehículo. Trato de desembarazarme de ellos y de la marabunta de gente que acaba de bajar del barco. Cuando llego a una calle más tranquila, pregunto por la carretera de Brikama, la ciudad más próxima a la frontera sur y donde tengo pensado pasar la noche. Esta carretera sale rápidamente de Banjul, por lo que no veo gran cosa de la ciudad. Lo que más me llama la atención es el edificio de la Asamblea Nacional, de arquitectura algo futurista y que ha debido de costar una burrada de dinero para un país tan pobre y pequeño. La carretera por la que voy es grande, prácticamente una autovía. Une Banjul con la vecina Serrekunda, otra de las principales ciudades del país. Durante mucho rato voy por una zona con pinta de polígono empresarial, con montones de talleres de mecánica y de almacenes dedicados a la importación. El tráfico es muy pesado y me quita las ganas de parar a comer, a pesar de que es algo tarde y hace rato que tengo hambre, hasta haber llegado a un lugar más agradable. Esto se cumple al poco rato, cuando he salido de la zona Banjul-Serrekunda y llego a un pueblo más pequeño, llamado Lamin, y que está junto a una reserva natural. Me paro en el primer restaurante y pido un plato de arroz con pescado. Aquí es aún más barato que en Senegal: veinticinco dalasi, es decir, cincuenta céntimos. Unos hombres que acaban de comer y ahora están sentados fuera, tomando el té, me invitan a sentarme con ellos. Uno de ellos, llamado Hasan, es el que más habla conmigo. Trabaja como guía en la vecina reserva natural. Me habla de un programa que tienen de cooperación con el Parque Nacional de Doñana. Dice que le gustan los españoles porque trabajan mucho y hacen cosas por su país, no como los americanos, que hablan mucho pero no hacen nada. Hay en el pueblo una escuela y un hospital construidos por organizaciones españolas. «El hospital está muy bien», me cuenta, «tiene agua corriente y electricidad las veinticuatro horas.»

Después de comer continuo el viaje. Al poco tiempo vuelvo a llegar a una zona con más tráfico y más comercios y servicios a los lados de la carretera. No es muy acogedor. Al llegar a una bifurcación, paro en una gasolinera a preguntar a la chica que la atiende por la carretera de Brikama. «Esto es Brikama», me contesta. Vaya. No parece un sitio muy interesante, y además he llegado mucho más temprano de lo que esperaba, de modo que abandono la idea de pasar aquí la noche y decido continuar hacia la frontera. Paso entre los últimos pueblos mientras el paisaje se va volviendo cada vez más verde y exuberante, algo que viene sucediendo desde que crucé el río Gambia. Cuando llego al puesto fronterizo, apenas hay gente. Parece un pueblo como otro cualquiera, salvo por la caseta de policía de fronteras con la bandera gambiana. Toman mis datos, sellan mi pasaporte y ya estoy de vuelta en Senegal. El puesto de policía de este país no esta aquí, sino en el siguiente pueblo, a varios kilómetros, lo que hace que parezca bastante fácil entrar sin ningún tipo de control. La única disuasión para abandonar la carretera y colarse por el hermoso bosque es un cartel avisando del peligro de minas (presentes por el conflicto separatista de Casamance) con un dibujo bastante explícito de una pierna siendo arrancada por una explosión. También descarto por tanto pasar la noche por aquí, con mi tienda, y me veo obligado a continuar hasta Diouloulou, el pueblo grande de la zona, para buscar un hotel.

Por suerte, no me queda mucho camino por recorrer. Llego rápidamente al puesto fronterizo de Seleti, donde el policía me recomienda el Kent Motel de Diouloulou. Antes de seguir, cambio nuevamente mis dalasis sobrantes por francos CFA; el cambista de turno me hace una triquiñuela con la calculadora, que no me pasa desapercibida, pero que dejo pasar porque no tengo tiempo de discutir (ya está atardeciendo) y porque ha conseguido timarme la friolera de… setenta francos (once céntimos de euro). Después regreso a la carretera y entro por fin de lleno en la Casamance. Palmeras altísimas, innumerables mangos, vegetación exuberante, una explosión de vida que me hace preguntarme cómo será este lugar dentro de unos meses, si estando al final de la estación seca mantiene esta vitalidad.

Diouloulou es mi siguiente parada. Es un cruce de caminos, entre la carretera que viene de Gambia; la que continúa hacia Kafountine, el principal centro rural y turístico de esta zona costera, y la que va hacia el interior, hasta Bignona y Ziguinchor, las capitales de la provincia y de la región, respectivamente. Esto hace de Diouloulou un lugar de paso, el pueblo más grande de la zona, con bastantes servicios y comercio (aunque para muchas cosas hay que ir hasta Kafountine o Bignona). Pregunto en la encrucijada por el Kent Motel, y un chaval “mototaxista” me conduce al lugar. Por el camino dice que le gustaría ir a Europa, porque ahí tenemos de todo, y aquí no hay nada, “solo frutas”. Podría haberle respondido “también motos” en referencia a la suya, pero no le digo nada. Al dejarme ante la puerta del motel, me pide mi número de teléfono.

El Kent Motel me sorprende agradablemente. Es un recinto ajardinado, lleno de flores y árboles muy bien cuidados. Tiene un bar con terraza donde se está muy a gusto, y al borde del terreno hay una playa junto a una especie de río salado, donde veo crecer algunos manglares. Caminando por un sendero donde vas rodeado de flores llegas hasta la cabaña donde está la habitación, con una bonita cama de madera. El lugar perfecto para descansar tras el largo viaje. Y además algo aislado, lejos de teles y mezquitas…

Tras una larga noche de descanso, llamo por teléfono a Landing, que me indica el camino para llegar hasta su casa, en Diannah, a algo menos de veinte kilómetros de Diouloulou. El recorrido me va encantando, entre bosques, pequeñas aldeas, huertos, cercados con cabras y vacas… Apenas hay tráfico en esta zona, y mi último día de viaje es un agradable paseo en bici. A mitad de camino, se me une otro hombre en bici, un vasco de Iruña, con una abundante melena de pelo rizado y canoso, que me cuenta que ha hecho siete veces el mismo viaje que yo ahora (pero él, en coche), y que hace seis años se quedó a vivir en Abene, el pueblo vecino de Diannah. Vive de alquilar un apartamento que tiene en Banjul, y ahora está casado con una mujer de aquí con la que tiene dos hijos. Me cuenta que está pendiente de las noticias porque no tiene visado, y yo le cuento que lo último que he oído es que a partir del uno de mayo no será necesario, lo que le tranquiliza bastante. Charlando llegamos con nuestras bicis a Diannah, al cruce que Landing me ha indicado por teléfono, y allí veo su casa. Me despido del vasco, que continúa su camino, y me dirijo al que va a ser mi hogar las próximas semanas. Es una casa grande, de una sola planta, con el consabido patio de arena, pero también un pequeño puerto y un pozo de donde sacamos el agua para todo… Me recibe Daba, la esposa de Landing, hablando en buen inglés y con mucha amabilidad, mientras sostiene en sus brazos a su pequeño hijo Mamina, que tiene solo un año y medio. Daba es una mujer joven a la que noto inteligente y activa, fuerte de cuerpo y de carácter, pero amable, abierta y comprensiva. Me enseña mi habitación, pequeña y sencilla, orientada al sur, con el suelo de cemento, el techo de chapa y las paredes pintadas de blanco. Una cama con mosquitero y una alfombrilla son todo el mobiliario, pero es todo lo que necesito y no deseo otra cosa que unas semanas de vida sencilla y sedentaria. Daba me dice que Landing no está, que probablemente se encuentre en el campo y que puedo ir a buscarlo allí. Me indica el camino, y atravieso el pueblo, una pequeña aldea donde todo el mundo se conoce, con su mezquita, sus cuatro tiendas de todo un poco, su taller de carpintería metálica junto al que también reparan bicis, su taller de ebanistería donde veo que están dando los últimos retoques a una preciosa cama de matrimonio… Salgo del pueblo por el sendero que va entre los campos de cultivo, donde las palmeras, los mangos y el resto de la vegetación me impiden ver más allá de unos metros, lo que hace que me asalte de nuevo la sensación de asombro ante lo vivo que está este lugar tras varios meses sin lluvia…

Cuando llego al campo de Landing, este no está allí, sino que me encuentro con un joven alemán, Nick, que lleva aquí varios meses de voluntario y que está ya en su última semana de estancia, que va a coincidir con mis primeros días. Lo encuentro sentado ante una hoguera donde prepara un té. Me cuenta que Landing ha ido a Kafountine porque tiene allí el coche, en el mecánico. Utiliza su coche como taxi para sacar un dinero extra, y en la última carrera le dejó tirado. Así que mientras espero a que vuelva, me quedo un rato charlando con Nick, que me habla un poco de la vida en este lugar, de cómo es el sitio tal y como él lo ha experimentado… Ahora me toca a mí descubrirlo por mí mismo.

Y eso va a ser toda otra historia, todo otro viaje. Ese viaje creo que lo contaré cuando regrese a España. Por aquí me resulta más complicado encontrar una buena conexión a Internet, y es algo más estresante y problemático dedicarle tantas horas a escribir el blog. Así que creo que esta colección de relatos, esta forma de contar el viaje, termina aquí, al mismo tiempo que termina una forma de viajar. Voy a dedicar mi tiempo a vivir este lugar, que tiene otras formas, otros ritmos, y necesito mi energía para adaptarme a esos ritmos y aprender de la gente que voy a ir conociendo aquí. Pero esto no es un punto final, sino un punto y aparte. El próximo párrafo vendrá un poco más tarde, pero vendrá. Quizá escriba alguna entrada corta de vez en cuando para contaros qué tal estoy o alguna cosa interesante que me apetezca compartir.

Ha sido un placer compartir con todos vosotras este largo viaje, estas aventuras, experiencias, paisajes y gentes. Volvemos a vernos pronto. Os mando un gran abrazo desde la verde Casamance. Y también os manda un cariñoso saludo Safír, que duerme apaciblemente en un pasillo de la casa de Landing y Daba…

 

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El país de la teranga

Salí hace tres días de Dakar, y ahora estoy en Kaolack, mucho más hacia el interior del país. Y se nota, no había pasado tanto calor desde que salí de Mauritania. Entre medias, han pasado dos noches en las que he disfrutado de la hospitalidad, que aquí se llama “teranga”, de los amigos de Suleiman. Mi última noche en Dakar me acerqué a cenar a un restaurante llamado “La Calabasse d’Or”. Ya había estado un par de días antes, cuando había dudado si entrar o no porque había visto salir a un europeo y luego el dueño se me había acercado en plan demasiado amistoso, lo que me hacía sospechar que era un sitio carero para turistas. Pero luego vi que los precios no estaban mal, y, sobre todo, que las cajas de cartón que usaban para las pizzas para llevar eran las mismas que utilizaba yo cuando vendía pizzas en Compostela, así que me acabé quedando. El dueño, Abdou Diouf; siguió siendo muy simpático y cercano toda la noche, incluso me invitó a cenar con él y su cocinero después de cerrar (y después de que yo hubiera cenado, así que tampoco pude comer mucho más). Luego me acompañó un trecho por el camino de vuelta a casa de Suleiman. Así que, después de tanta amabilidad, volví a cenar allí. Una pizza acompañada por otra cosa mucho más exótica: un bouye o zumo de “pan de mono”, el fruto del baobab. Tiene un color blanquecino rosado y un sabor dulzón y muy suave. Después de cenar, Abdou Diouf se sienta a conversar conmigo. En un momento dado, sale el tema de si creo en Dios. Le respondo que no (es la primera vez que se lo digo abiertamente a un musulmán en lo que va de viaje), y se pasa la media hora siguiente tratando de convencerme de que reflexione sobre la divinidad, diciéndome que él antes no era religioso pero que Dios cambió su vida a mejor, que como ve que soy buena persona me va a confiar algunas cosas (me cuenta historias que me suenan a la Cábala), que él no cree en las casualidades y que yo he entrado en su restaurante y le he conocido por alguna razón. Pasada la medianoche a mí se me cierran los ojos, me cuesta seguirle y estoy convencido, tras varios días de llamadas a la oración antes del amanecer, de que hay una confabulación islámica para no dejarme dormir. Le digo que estoy muy cansado y ya me dice nuevamente que reflexione sobre lo que me ha dicho y que espera volver a verme cuando haga mi viaje de vuelta. Cuando salgo a la calle, esta está oscura y desierta. Viene caminando una mujer mayor y harapienta, con pasos algo espasmódicos, los ojos muy abiertos y la mirada perdida. Continuamente suelta frases quebradas, dispersas, en wolof; cada vez que habla se cubre la boca con una mano, que deja caer cuando calla. Su voz me recuerda a la del emperador de Star Wars. Me pasa de largo y continúa su camino hacia la oscuridad del otro lado de la calle. Cuando vuelvo a casa, Suleiman duerme. Tiene que levantarse a las tres y media para llevar a un cliente (imagino que al aeropuerto, no sé para qué otra cosa iba a pedir alguien un taxi a esas horas). A la mañana siguiente me levanto bastante tarde, tanto para aprovechar y descansar algo como para esperar a que Suleiman, que ha vuelto de su encargo y está durmiendo otra vez, se levante y así poder despedirme de él. Cuando voy a hacerlo, nos tendemos la mano derecha, pero súbitamente él la retira y me da la otra, diciendo: “No, la izquierda, para que nos volvamos a ver”. Al final acabo saliendo tarde de Dakar, y me como todo el atasco de la hora punta. Con la bici no es un problema, hay suficientes huecos para colarme y avanzar rápidamente, pero no es muy agradable. Entre los cuarenta kilómetros de entrada a Dakar y los cuarenta de salida, he tragado más humo que en los dos mil kilómetros anteriores de viaje. Cuando salgo de esta zona, enfilo la carretera hacia Mbour, la siguiente ciudad, cerca de la que vive Tapha (de Moustapha), el hermano de Elhadj. El tráfico es bastante asqueroso, ya no tan denso, pero en general muy desagradable. Echo de menos a los camioneros del Sahara Occidental, que cuando no tenían espacio para adelantarme esperaban pacientemente detrás de mí hasta que podían hacerlo con seguridad. Y cuando un taxista o un autobusero quiere parar a un lado para recoger o dejar viajeros, es como si los ciclistas solo reflejáramos los rayos infrarrojos o los ultravioletas de la luz del sol: estamos fuera de su espectro visible, sencillamente, no existimos. Además, todo el mundo abusa del claxon, asustándome y haciéndome aguzar los sentidos sin necesidad. Todo esto me obliga a aumentar constantemente mi atención, a frenar y acelerar muchas veces, a salirme al lateral de la calzada en un par de ocasiones, haciéndome cansarme mucho más. Al menos, consigo llegar a donde vive Tapha sin contratiempos, ni para mí ni para Safír. Tapha me recibe en su lavadero de coches, donde veo que tiene a tres o cuatro chavales trabajando. Es alto, y lo primero en lo que me fijo son sus nueve colgantes, cada uno con una cadena de oro, que van desde las dos que son delgadas como un hilo hasta la que tiene eslabones de tres o cuatro milímetros de ancho. Penden de las cadenas un símbolo con forma de “B”, unos aros de oro entrelazados, una pareja de delfines, una piedra blanca, una llave, una cruz, una especie de ídolo… En su muñeca derecha hay tres pulseras de plata; en la izquierda, un gran reloj de correa metálica, y en los dedos, cuatro anillos. Él no es de esta zona, pero vive aquí desde hace diecinueve años. Muy cerca está la ciudad de Saly, un lugar muy turístico y lleno de europeos, gracias a lo que prosperan numerosos negocios, como el de Tapha. Le pregunto si está casao, y me dice que no, que quiere ser libre, que con una mujer todo son problemas. “Ahora puedo hacer lo que quiero, si me voy este fin de semana a Dakar y quiero dormir allí, lo hago, sin dar explicaciones”. Mientras estoy con él, se acerca y nos saluda una mujer joven, vestida a la europea, con el pelo corto y gafas de montura gruesa, de pasta. Mi anfitrión me dice que es la tercera esposa de su papá francés, que está casado con cuatro mujeres. Minutos más tarde, cuando voy caminando a solas con él hacia su casa, le pregunto por “su papá francés”. –Entonces, ¿tu padre es francés? –No, mi padre es senegalés, pero murió. Mi papá francés es adoptivo. –Ah, ¿ocurrió cuando eras pequeño? –¡No, cuando era así! –dice señalándose a sí mismo–, ¡yo aún soy pequeño! Los dos nos reímos, y me explica que es un amigo francés mayor que él (tiene setenta y siete años) al que conoció al poco tiempo de venir a vivir a Saly, y que le ayudó mucho, así que es como si fuera su padre. Llegamos a su casa, un edificio grande, con una especie de patio-garage, la vivienda en el primer piso y una terraza más arriba. Al entrar en el piso hay una puerta cerrada a mi derecha, y después un pasillo con una puerta grande a un lado y dos pequeñas al otro. La primera puerta pequeña es la habitación de Tapha, y la segunda, la que ocuparé yo esta noche; el cuarto tiene su propio lavabo. Cuando me he instalado, Tapha me conduce a la puerta grande del otro lado, llama, y desde el otro lado una voz femenina responde “entra”. Al otro lado está el salón-comedor, amueblado a la europea, con una gran tele de plasma; a mi derecha, una puerta da a la cocina, y a mi izquierda, un pequeño pasillo parece dar a otra habitación grande y a un baño. En uno de los sofás están sentadas dos mujeres, de treinta y tantos. Amina es delgada y guapa, pero tiene un poco de cara de mala leche, se le adivina un carácter fuerte que intimida un poco. La otra, Tako (se llama Aisha, pero la llaman por su apellido), tiene unos grandes ojos algo rasgados, habla poco y suavemente y sonríe con afecto. Tapha me dice que son otras dos de las esposas de su papá francés; las dos chicas se ríen, y le contagian la risa a él, lo que me hace empezar a pensar que todo esto de las cuatro esposas de “su papá francés” no es más que una broma. Tapha me dice que si quiero comer o beber cualquier cosa, que venga, llame a la puerta, se lo diga a Amina y ella me prepará algo. Él se va a descansar a su habitación, y yo hago lo mismo, pues estoy más cansado y necesitado de cambiarme la ropa llena de polvo del viaje que hambriento. Al rato vuelvo al salón, llamo a la puerta antes de entrar (parece que la puerta grande que separa el salón del pasillo marca la zona de la casa reservada a las mujeres) y me encuentro con que tienen un invitado a la mesa, comiendo arroz con pollo. Amina prepara otro plato para mí; yo me siento bastante incómodo esperando la comida sentado en el sofá, me resulta una escena muy machista, pero aquí es lo normal y no estoy seguro de si puedo ofrecerle ayuda en la cocina. Mientras ceno, entra en la casa otra mujer, que me saluda en wolof; yo contesto en francés, pero ella continúa con fórmulas de cortesía en wolof. Por suerte, son frases básicas, que me habían enseñado Abdou y Victor en Saint Louis y Baye Fall y su hijo en Louga. Consigo contestar y presentarme. Ella se llama Boundao (como en el caso de Aisha, la llaman por su apellido; el nombre de pila es Awa). Es la esposa que me faltaba por conocer. Después de cenar, me siento a ver la tele; echan el Atleti-Real Madrid. Normalmente no me interesaría demasiado, pero aquí es como asomarme un momento a un pedacito de casa. Además, las chicas parecen bastante aficionadas: Boundao grita y palmotea, y critica a la defensa de su equipo, el Madrid (solo se libra Marcelo). Después del partido Boundao cambia de canal y pone un programa en el que hablan de una familia que ha tenido quintillizos. Yo aprovecho para hablarle de mi familia y contarle que mi madre no tuvo cinco hijos de golpe, pero sí seis en siete años. Y diez años después, yo. “Vaya, debía de estar muy cansada criando a seis hijos todos a la vez”, me comenta, “normal que luego descansara diez años”. Un rato después les pregunto por Tapha, porque no he vuelto a verlo en toda la tarde, me gustaría acostarme y salir temprano y quiero agradecerle la hospitalidad (aunque en verdad tengo más que agradecerle a las mujeres, por más que él sea el dueño de la casa y la persona que ha contactado conmigo para acogerme). Amina va a buscarlo a su habitación, y cuando vuelve, me encuentro reunido en el salón con él y las cuatro mujeres. Tapha me dice que la primera que he conocido, la del pelo corto y gafas de pasta (no recuerdo el nombre de esta) es la que pasará esta noche con su papá francés, que se van turnando todas las noches. Vuelven a reírse todas como de una broma, y él me dice: –¡Y hace esto con setenta y siete años! –Vaya, creo que la aventura de “tu papá francés” es más peligrosa que la mía. Se siguen riendo y dan continuidad a mi broma, diciendo que cuando se muera el hombre, Tapha se casará con ellas. Parece que ha desaparecido esa amistad respetuosa hacia su mentor. Boundao cuenta lo que dije antes de mi familia, y se asombran con razón ante una familia tan grande en Europa. Amina dice que quiere tener dos hijos, y Boundao contesta que ella tres. Tapha mira al infinito y dice “yo voy a tener nueve hijos”. “Sí, nueve, tu empieza por dos y después me cuentas”, le espeta Amina. La atmósfera es muy relajada. Tapha está sentado entre Tako y Amina, cada una de las cuales le pasa una mano por los hombros en actitud cariñosa. Pienso “¿realmente existe tu papá francés, o eres tú el que está con ellas y lo otro es una historia para echar unas risas? ¿O es que el viejo pone el dinero y tú lo demás?”. No sé que pensar de toda la historia; la verdad es que, si no pienso en lo que me han contado (y en lo que no me han contado), lo que veo ante mis ojos es casi hermoso, y para serlo solo hace falta quitarle el machismo y que cada una de las mujeres también pueda tener varios hombres si así lo desea. A lo largo del rato que estoy allí sentado, en un par de ocasiones Tako me mira con sus ojos sonrientes y susurra “Iván” sin añadir nada más, como si saboreara el nombre exótico de un animal extraño venido de una tierra lejana. Al final, una de ellas se levanta para preparar la cena, y yo me excuso diciendo que aún estoy muy lleno del arroz de antes y que estoy muy cansado, y me voy a la cama. A la mañana siguiente, cuando me levanto y voy al “lado femenino” de la casa, solo están allí Boundao y Amina. La primera se está preparando para salir; le pregunto si va a trabajar y me responde que sí, que trabaja en la metalurgia, en la zona industrial por la que yo había salido de Dakar el día anterior. Cuando está a punto de irse, discute por algo con Amina; la disputa ocurre en wolof, pero al final, Boundao la zanja con un “c’est ma vie, it’s my life” antes de salir por la puerta. Me quedo a solas con la mujer de armas tomar, pero en cuanto entablo conversación con ella y le pregunto un poco por su vida, resulta ser mucho más amable de lo que aparentaba. Trabaja en una agencia de viajes, organizando la llegada de los turistas, sirviéndoles de guía y solucionándoles sus problemas y emergencias. Empezó en esto hace muchos años, precisamente en Casamance, pero su madre le pidió que lo dejara, porque vivían en Dakar, a cuatrocientos kilómetros, y veía que desplazarse continuamente entre los dos lugares era agotador para su hija. Ella le hizo caso, retomó sus estudios y los volvió a dejar porque lo que quería era trabajar, y se vino aquí, a Saly. Ahora también trabaja en el barco que hace el crucero por el río Senegal, el que ví en Saint Louis cuando Dou y yo nos detuvimos a escuchar su música; quién sabe, quizá Amina estaba a bordo en ese preciso instante. Le gusta mi forma de viajar porque me permite conocer los lugares y sus gentes, y a ella también le gusta viajar de ese modo, aunque lo hace en el coche que le facilita la agencia para la que trabaja. Ha estado de este modo un poco por todo Senegal. Tras la charla me despido de ella y le digo que no despierte a Tapha, que se despida de él de mi parte. Según voy saliendo, oigo al otro lado de la primera puerta cerrada que vi a mi llegada dos voces, una de mujer y otra de hombre algo mayor; igual la historia es cierta después de todo. Tras salir de Saly cojo la carretera que se aleja de la costa hacia el este. Ahora hay cada vez menos tráfico, pero a cambio, la carretera es cada vez peor. Al menos, el paisaje va cambiando, haciéndose más verde cada vez. Empieza a haber menos arena y más hierba, aunque casi toda seca. Las acacias crecen más densas y frondosas, sigo viendo baobabs, y empiezan a aparecer mangos y otros árboles que no conozco. Ahora sí que me siento en plena sabana africana. Veo de vez en cuando pequeñas aldeas de chozas redondas de cañas rodeadas por empalizadas del mismo material, que conviven con casas más modernas hechas de bloques de hormigón. Por lo que me han contado, construir sale muy barato en Senegal, gracias a la presencia de una enorme fábrica de cemento a las afueras de Dakar. Me detengo en un pueblo para comprar agua y para comer. Mientras estoy en la tienda, dos niños se detienen ante la puerta y me saludan. Cada uno lleva una paloma viva en las manos. El mayor de los niños le está arrancando las plumas de las alas. “¡Por qué le haces eso?”, le digo, pero los niños se alejan riéndose. Me ha dejado muy mal cuerpo. Es cierto que llevaba todo el camino echando de menos el cariño hacia los animales (en todo mi trayecto por África no he visto a nadie acariciar a un perro o a un gato), pero nunca los había visto tratarlos con esta crueldad gratuita. Después del pueblo continúo mi camino hasta Fatick, una pequeña capital regional de menos de treinta mil habitantes. Allí me espera Dada, una amiga de Suleiman que trabaja en una agencia local del Ministerio de Hacienda. Ella y un compañero suyo de trabajo alquilan sendas habitaciones en la casa de un hombre del lugar. Me conducen allí y me dicen que puedo plantar mi tienda en el patio de arena, protegido por un muro. Después de instalarme, bebo un vaso de té con ellos y con el dueño de la casa, a la sombra de un gran mango. Me preguntan por mi viaje, les hablo del voluntariado en la finca ecológica, y entonces el propietario me pide consejo para poner un huertecito en el patio. Yo le explico lo poco que sé y le digo que en este terreno soy un aprendiz, no un experto, y que he venido más para aprender que para enseñar. Poco después, el hombre se marcha a casa de un amigo para ver el París-Barcelona de la Liga de Campeones. Yo me quedo con Dada y su compañero, que no son muy habladores y le hacen más caso a sus teléfonos móviles que a mí. Yo me entretengo leyendo el periódico, que habla de las preocupantes cifras de la violencia sexual contra las mujeres en Senegal. Tengo más oportunidad de hablar con Dada cuando saca al patio una fuente de ternera guisada con patatas de la que cenamos los dos. El plato me recuerda al que prepara mi madre, solo que mucho más picante, como corresponde a la cocina senegalesa. Mientras cenamos, me cuenta que es de Dakar, donde vive su marido, pero que a ella el ministerio la trasladó aquí el verano pasado. Es algo duro, pero por suerte Dakar no está muy lejos y pueden verse a menudo; además, tener un buen trabajo es dificilísimo en Senegal, y ella, siendo funcionaria, no quiere perder el suyo. Le pregunto por el trabajo de su marido, y me dice que es agente de puertos. Le comento una idea que ha ido tomando forma en mi mente: tratar de regresar de Dakar a Europa en barco (mercante, porque los de pasajeros no hacen ese trayecto, que yo sepa), pagando algo o trabajando para pagarme el pasaje. No sé siquiera si se puede hacer, pero Dada me ha respondido que cuando vuelva a Dakar hable con su marido, que él podrá ayudarme. Pero para eso queda mucho tiempo. Ya hablaré con Dada, que me ha dicho que ya volveremos a vernos cuando yo vuelva a Dakar, donde ella va a menudo. Todo esto fue ayer, y hoy ha sido un día cortito de bici. En algún tramo bastante largo la carretera era tan mala que era yo quien adelantaba a los camiones, que debían avanzar con cuidado para no destrozarse una rueda en alguno de los innumerables boquetes. Las finas ruedas de Safír, en cambio, navegaban con agilidad por los estrechos trozos de firme que aún quedaba en buen estado. He pasado por una pequeña ciudad, donde he visto que en esta zona los mangos monopolizan los puestos de fruta, en contraste con el día de ayer, cuando eran los melones los que ocupaban los laterales de la carretera en la zona de Fatick. Ahora estoy en la siguiente región, Kaolack, en cuya capital he encontrado un albergue por un buen precio. Parece una ciudad grande y próspera, con edificios más grandes y un poco más nuevos, y calles mejor asfaltadas que las que he visto en otras ciudades. Veo mucha gente por la calle pese al asfixiante calor, y no me ha costado encontrar rápidamente restaurantes para comer y un ciber para escribiros esto. Aparte de esto, no parece ser un lugar especialmente interesante ni especialmente turístico, pero me resulta muy útil como parada para descansar y encontrar las tiendas y servicios que necesito. Mañana trataré de llegar a Karang, en la frontera con Gambia, donde vive el primo de Suleiman que es policía de aduanas. Al día siguiente pasaré al país vecino, donde estaré uno o dos días, y al otro lado entraré de nuevo en Senegal, esta vez en Casamance. La casa de Landing, el hermano de Suleiman con quien tengo la intención de trabajar las próximas semanas, está a solo treinta y tres kilómetros de la frontera sur gambiana…

Un buen anfitrión en Dakar

Mañana emprendo la última etapa, seis días de viaje tras los que Safír tendrá por fin un merecidísimo descanso. Suleiman ha sido un buen anfitrión estos días, en los que he pasado la mayor parte del tiempo en la zona periférica de Dakar donde él vive. Del centro, he visto poco.

Me ha gustado estar en un barrio cualquiera, lejos del barullo del centro y las zonas más turísticas. Paseando por las calles tengo siempre la impresión de ser el único extranjero que hay en este lugar, y eso me da una cierta sensación de pionero en una tierra exótica por explorar, por más que lo que veo a mi alrededor no deja de ser un barrio normal, con sus calles (de arena, salvo las principales), sus tiendas, sus coches, sus bloques de pisos, su gente hablando por el smartphone… No puedo decir que haya conocido mucho de Dakar, pero he tenido la ventaja de haber ido acompañado por alguien de aquí.

Cuando Suleiman me llevó a la embajada de Gambia, llegamos demasiado temprano, así que fuimos a desayunar mientras esperábamos a que abrieran. Mi compañero me condujo a uno de los muchos “petit restaurants” que son muy populares para desayunar. Son pequeñas carpas rectangulares que te encuentras en cualquier parte, a un lado de la calle. Cuando llegas, apartas la cortina, y, si ves que hay sitio, te sientas en un banco ante una mesa apoyada en unos caballetes, junto a un montón de hombres que están desayunando. Una mujer va atendiéndolos por orden de llegada, sacando barras de pan de un saco de papel, abriéndolas y rellenándolas con una mezcla de ingredientes que puede incluir mayonesa, judías pintas, huevos cocidos, espaguetis, salsa picante… Mientras tanto, otra mujer más joven les va sirviendo vasos de café o de té con leche (en polvo). Cuando uno termina de comer, paga (alrededor de cincuenta céntimos de euro por media barra de pan rellena de judías y un té con leche) y se marcha, dejando su sitio al siguiente. Metido en estas pequeñas carpas, nunca he visto a otro blanco, ni he oído otra lengua que el wolof, ni he dejado de disfrutar de los bocadillos, que están muy buenos, ni de la leche caliente con té de menta, todo un descubrimiento.

También he ido con Suleiman a casa de un amigo que le había invitado a comer. Por el camino, paramos a comprar algo de fruta para aportar a la comida y corresponder a la invitación. Cuando llegamos, entramos en un piso que me hace ver que esta familia no vive mal, en cualquier caso bastante mejor que mi anfitrión, aunque en España no pasaría de ser una casa normal. Paredes bien pintadas, muebles en buen estado –salvo por las rajas en el tapizado de cuero de los sofás–, una tele plana y grandecita que es probablemente la mejor que he visto desde que salí de Tarifa… Suleiman me presenta a su amigo, Bacari, y a la familia de este, sus padres, su mujer y su hijo, un bebé de cuatro meses. En un momento me quedo a solas con el padre, un hombre de pelo y barba blancos, de aspecto respetable, bien vestido con un traje tradicional. Habla muy buen francés y demuestra bastante cultura. Hablamos de mi viaje, y comenta un detalle curioso: cómo los españoles hemos sido siempre grandes exploradores, y yo, que no había pensado en ello, le respondo que es verdad, que a lo mejor sigo un poco esa tradición. Miramos la televisión, donde ponen uno de esos documentales del Discovery Channel que te cuentan cómo se fabrican y se construyen las cosas. Hoy iba de las cajas de cartón, y comenzaba con una máquina monstruosa que derribaba árboles de treinta metros como si fueran palillos de dientes. El hombre comenta las imágenes entre indignado y compungido, evocando los peligros de la deforestación, como la desertificación que viene después. Acabamos hablando del despilfarro de recursos, del consumismo inconsciente de Occidente, del mundo saqueado que heredarán nuestros nietos, de la necesidad de moderarnos y consumir con más cabeza, y estamos de acuerdo en todo.

Poco después llegan más invitados, entre los que me sorprende ver a una mujer blanca. Después de saludarme, me pregunta:
–C’est toi qui fait le vélo?
–Oui, c’est moi.
–Ah, alors tu es espagnol?
–Oui.
–¡Yo también! Suleiman nos ha hablado de ti ¿De dónde de España vienes?
–De Madrid, ¿y tú?
–También de Madrid, pero hace mucho tiempo que no paso por ahí.
La chica se llama Carlota y vive desde hace unos cuantos meses en Dakar, trabajando para una ONG médica francesa. Hace unos cuantos años vino aquí para estudiar cuatro meses, como parte de un programa de intercambio, y Senegal la enganchó tanto que volvió varias veces, para finalmente quedarse. Ahora vive con su novio, Elhadj, un chico de aquí.

Al cabo de un rato, las mujeres de la casa traen al salón una inmensa fuente de arroz con carne y salsa, de la que comemos todos directamente. Acabada la comida, nos subimos a la terraza Bacari, Carlota, Elhadj, Suleiman y yo. Mientras ellos se sirven una copa y “puro”, charlamos, les cuento mi viaje y disfruto de las vistas sobre los alrededores de Dakar. Luego Elhadj se levanta, dibuja en el suelo de la terraza una “muñeca” o rayuela y Bacari y él se ponen a hacer el tonto, saltando a la pata coja sobre las casillas. Ya había visto a los niños jugar a esto en la calle, y me había sorprendido lo internacional de este juego.

Ya por la tarde, Carlota y su novio se despiden. Antes de irse, Elhadj me da el teléfono de su hermano, que vive cerca de Mbour, la próxima ciudad por la que tengo que pasar, para que me quede en su casa. Suleiman también me ha prometido darme los contactos de varios primos que tiene en dos ciudades por las que voy a pasar, uno de ellos policía de aduanas, que me podrá ayudar a pasar la frontera sin problemas. Luego Suleiman, Bacari y yo salimos a tomar algo. Me llevan a un bar junto a la playa. Tiene muy buena pinta, y a pesar de que la mayoría de los clientes son franceses, también hay un par de mesas de gente de aquí. Desde la mesa donde estamos sentados en la terraza, me asomo a la pequeña cala pedregosa que hay debajo, donde dos niñas francesas juegan en el agua, aparentemente insensibles al fresco que empieza a levantarse mientras el sol se pone sobre el Atlántico. Después del chiringuito playero, vamos a casa de Elhadj y Carlota, donde nos invitan a cenar arroz con gombo, una curiosa salsa preparada a base de erizos de mar, ostras y ocra. Después vemos en un canal de tele francesa el resumen de la jornada de las grandes ligas de fútbol europeas: Francia, Inglaterra, Italia y Alemania. ¿Y la liga española? Ni una palabra. Malditos gabachos envidiosos…

A la mañana siguiente, a Suleiman le tocaba madrugón: tenía que recoger a un cliente a las siete. Para mí también había madrugón, como todos los días, en mi caso porque no estoy acostumbrado a las llamadas matutinas a la oración, y no me dejan dormir. Aquí está siendo especialmente doloroso; por un lado, siempre me duermo tarde, bien porque he salido con Suleiman, bien porque ha salido él y me ha tocado abrirle al llegar (porque siempre me deja la llave de casa para que pueda moverme a mis anchas); y por otro lado, como dije en un comentario, aquí los almuédanos son verdaderos torturadores especializados en privación del sueño. No sé si el sonido viene de la misma mezquita o de varias diferentes, pero el caso es que la primera llamada me despierta poco después de las cinco.  Cuando estoy a punto de volver a conciliar el sueño, un rato después, suena una segunda oración. Para rematar la faena, a las seis y cuarto comienza una larga oración cantada que dura más de media hora y que termina de desvelarme por completo. En ese momento tengo un humor de perros y desearía la desaparición de todas las mezquitas y oraciones del mundo, dándole la razón al escritor Arthur Bloch cuando escribió que “un hombre sin religión es como un pez sin bicicleta”.

Me voy a uno de esos “petit restaurants” para curarme el humor con un buen desayuno, y después Suleiman vuelve de su primer recado del día para seguir trabajando, esta vez conmigo como cliente. Me lleva a las embajadas de España y de Gambia para rematar mis asuntos allí, y a la oficina de correos para enviar a casa un paquete con cosas que ya no necesito aquí. Por el camino va hablando por el móvil: “tú tráeme el dinero y yo te llevo la tele… ah, bien, quieres verla primero… pero tienes que decirme qué tipo de tele quieres para buscártela”. En ese momento le suena otro teléfono que tiene, y cuelga el primero para coger este: “sí, no me he olvidado de ti, estoy llevando a un amigo al centro, estamos en un atasco, ahora en quince minutos voy a buscarte”. Lo del atasco es verdad. Parece una mañana bastante estresante para Suleiman. Me cuenta que el centro de Dakar siempre es así, algo que yo pude comprobar días atrás cuando llegué con Safir.

Después de mis recados y de comer algo, Suleiman vuelve a traerme al barrio. Yo me dedico a centrar el freno delantero de Safír y a contaros un poco que tal. Tarde relajada y noche tempranera para salir mañana por la mañana con rumbo a Casamance. Nos vemos pronto, ya más cerca del final del viaje.

Madrid-Dakar

Guardo con un cariño especial un recuerdo de cuando era pequeño. En enero, por las noches, cuando estaba helando en la calle y yo estaba calentito en casa, disfrutando del final de las vacaciones de Navidad, me gustaba ver por la tele el rally París-Dakar. Lo echaban por La 2, entonces una cadena de noches intimistas, en la que Lorenzo Milá te contaba las noticias que no daban en los otros informativos como te las contaría un invitado sentado a tu mesa después de cenar ante la chimenea. Yo acentuaba esa sensación metiéndome solo en la habitación de mis hermanas Susana y Mónica, donde tenían una pequeña tele de esas que hace años que no existen; su habitación estaba al final del pasillo, al otro extremo de la casa con respecto al salón, donde quizá estaban mis padres y mi abuela jugando a las cartas, o mis hermanas mirando la tele grande. Yo me recluía en mi pedacito de intimidad, mirando embobado las imágenes de las ágiles motos, los potentes coches y los poderosos y espectaculares camiones saltando sobre las dunas del Sáhara. Y luego veía el campamento, por la noche, bajo el cielo estrellado del desierto, donde periodistas y pilotos hacían el resumen de la jornada reunidos alrededor de una hoguera, que los iluminaba con la misma calidez con la que la pantalla del pequeño televisor alumbraba mi rostro embelesado en la oscuridad. Y yo soñaba con vivir algún día aventuras parecidas, atravesando el desierto, compartiendo el descanso bajo las jaimas con mis compañeros de viaje, disfrutando de la competición a lomos de aquellas veloces máquinas. Poco me podía imaginar en aquellos momentos que un día, veinte años después, yo también atravesaría el Sáhara, no sobre las dunas, sino por una larguísima carretera de asfalto, y no pilotando una moto o un camión, sino una bellísima bicicleta. Sobre todo no me imaginaría que lo haría en bici, porque, también por aquellas fechas, me habían regalado una bici, y la había dejado de usar tras mi primera caída. No volví a tener una bici hasta que hace cinco años me compré a mi querida Gau, que hoy espera pacientemente en Madrid, esa ciudad que tan bien conocen sus ruedas, a que mis manos vuelvan a acariciar su manillar. Y hoy se junta todo, sueños infantiles, hambre de aventura y tardío amor por las bicicletas en este viaje, este particular Madrid-Dakar cuya penúltima etapa concluí ayer al llegar a la capital de África del Oeste.

Mi última noche en Saint Louis, después de escribir el post anterior a este, fui a despedirme de Victor y Abdou. Les di un par de colgantes que había comprado a un artesano, aunque aquí probablemente no valgan mucho, pero era por tener un detalle, y lo agradecieron. Al final, antes de volverme al hotel para prepararme, Abdou me dice “queríamos pedirte algo”. Me cuentan que están organizando un torneo de fútbol para niños esta semana y que les faltan quince euros. Al final, estos también.

A la mañana siguiente me despedí de Jay, que me había tratado muy bien –todo lo bien que pudo con los jaleos que tuvo el fin de semana– y me puse en marcha. Cogí la carretera de Dakar y salí pronto de la ciudad. El paisaje pronto me recordó al del sur de Mauritania, con el suelo de arena y las acacias dominando la vegetación, solo que aquí los árboles son más abundantes. De pronto, veo algo de pasada sentado bajo un árbol; doy media vuelta y me acerco para verlo mejor. Es un mono, no estoy seguro de qué especie, quizá un babuino o un mono rojo. No lo termino de ver bien por la distancia y la sombra del árbol, pero no me acerco más por prudencia; no sé cómo reaccionará ante un humano y desde donde estoy puedo ver que tiene suficiente tamaño para darme problemas si se pone agresivo. No es lo único interesante que he visto en cuanto animales. Lo mejor son las aves. Hay un par de especies que veo frecuentemente, cuyas alas tienen un fuerte brillo metálico; una es de un azul precioso, y la otra tiene el vientre de cobre y las alas de mar bajo el sol tropical al aterdecer. He visto un pájaro de alas blancas con un reborde azul índigo, el mismo color que el resto de su cuerpo, y otro muy curioso y muy común aquí, de plumas blancas y negras, cola larga y un hermoso pico naranja, largo y muy curvado. Y águilas, en cantidades que me resultan absurdas, acostumbrado como estoy a ver en las carreteras españolas una aquí, un busardo ratonero algunos kilómetros más allá… Aquí hay lugares donde se cuentan por decenas en el cielo. Una de ellas baja en picado junto a la carretera mientras estoy parado, descansando, y la veo alzar el vuelo con una rata revolviéndose entre sus garras. Menos bonitos son los buitres, que se amontonan en torno a un burro o una cabra muertos junto a la carretera, y que me hacen cambiar de carril para esquivarlos; impresiona bastante pasar junto un grupo grande de bichos carnívoros de ese tamaño, con esos picos y garras, por más que sepas que son carroñeros y no es probable que te hagan nada (al menos mientras sigas en pie y moviéndote).

El primer día de pedaleo me lleva hasta Louga, la capital de la región vecina a Saint Louis. Cuando pregunto por algún albergue, me mandan a uno a las afueras de la ciudad. Descubro así un recinto construido en el 2007 con ayuda internacional, especialmente de la provincia belga de Namur. Es un espacio muy agradable, con cinco grandes chozas de piedra techadas con paja, que albergan bonitas habitaciones, y también un museo de percusión. Hay un pequeño huerto de lechugas, muy bien cuidado, y muchas plantas etiquetadas con su nombre en francés y en científico. Todo esto forma parte de las acciones que se realizan en torno al Fesfop, un festival de música que articula la estrategia de Louga para implantar un turismo responsable que ayude a su desarrollo. Al verlo tan bien cuidado no he podido evitar acordarme del museo de los parques naturales de Saint Louis. Este se montó con ayuda alemana, de Düsseldorf, y ahora está en un estado de bastante abandono, con sus paneles cubiertos de polvo, algunos rotos e ilegibles, las fotos con los colores desvaídos… El contraste me hace pensar en la forma de ayudar en los países en desarrollo, lo importante que es pararse a pensar “esto que quiero montar aquí, ¿es relevante para la población local, van a mantenerlo, hay recursos para mantenerlo? ¿O lo quiero montar porque me parece bonito, a mis ojos de occidental, pero en cuanto no esté yo se va a desmoronar o lo van a vender a piezas para comer?”. No digo que sea eso lo que pasa con el museo que ayudaron a montar los alemanes, que no tengo ni idea de su historia; solo que me recuerda a una conversación que tuve con una wwoofer francesa en La Prada. Ella estudiaba el concepto de tecnología intermedia, que, según me explicó, consiste en buscar soluciones a los problemas de desarrollo basadas en tecnologías que se puedan construir, operar y mantener con recursos locales, en lugar de traer soluciones occidentales que exigen importar continuamente técnicos y materiales del mundo desarrollado, lo que perpetúa la dependencia. Y después de soltaros mi tostón ideológico sobre cómo ayudar a África, sigo con el viaje, que es lo que habíais venido a leer aquí.

En el albergue me recibe un hombre de barba y pelo blancos que dice llamarse Baye Fall (cosa que me sorprende, pues es el nombre de una secta sufí). Tras instalarme, me invita a sentarme con él a la sombra a descansar, bajo un toldo de tela sujeto por postes de madera. Con nosotros está su hijo, un chico de veintipocos, que me dicen que es mecánico. Por lo que veo, también ejerce de podólogo, porque mientras hablamos le arregla a su padre las uñas de los pies con una cuchilla parecida a las de afeitar antiguas, de esas de maquinilla de una sola hoja. Me enseñan algo de wolof básico, hablamos de nuestros respectivos países. “España está muy bien, allí tenéis de todo”, dice el viejo. “En Senegal también se está bien”, apunta el hijo, y su padre le responde gruñón “¿qué dices? Si aquí no hay nada”. Poco después me voy a buscar el centro de la ciudad, y dejo al hombre sentado a la sombra, rezando con su rosario.

Tras andar un tramo por la carretera, enfilo una larguísima avenida que parece dirigirse al centro. Es muy ancha y está flanqueada de casas y chalets, y de vez en cuando un hotel con su restaurante o algún instituto privado. Me parece que entrado por la zona rica de la ciudad. Aun así, sigo caminando sobre arena la mayor parte del tiempo. Entro en un ciber para leer y responder a vuestros mensajes, y cuando salgo, ya ha anochecido. Pregunto por algún sitio para cenar, y me envían a un fast food. Mientras callejeo siguiendo las indicaciones, compruebo que el alumbrado público parece limitado casi exclusivamente a la avenida principal. Por un lado, esto me deja ver un cielo con más estrellas que en cualquier ciudad española de este tamaño, pero por otro, apenas puedo ver el suelo que piso. Me sorprende esto y el no ver ni un solo edificio de más de dos pisos, en una ciudad que es capital regional. También es cierto que lo que veo (o intuyo en la oscuridad) es solo una pequeña parte de una ciudad bastante extensa. Encuentro pocas tiendas y locales, la mayoría cerrados, lo que me haría pensar que es un lugar bastante muerto tras la puesta del sol si no fuera porque me cruzo con mucha gente que charla animadamente en la calle. A diferencia de Saint Louis, aquí nadie me hace mucho caso (más allá de alguna mirada sorprendida o extrañada) ni me abordan por la calle, salvo un par de los numerosos chavales que trabajan como “mototaxistas”, que te llevan en su moto por trescientos francos. Encuentro el fast food y pido una fataya, una especie de empanadilla gorda y rellena de carne, ensalada, huevo y queso. La pido con patatas fritas, y me la sirven con patatas fritas… dentro de la empanadilla. Después de cenar vuelvo al albergue. Por el camino, me asombra ver un enorme edificio, con un frontón triangular sostenido por columnas de diez metros. Desentona con la modestia del resto de construcciones, pero no puedo ver lo que es hasta que estoy justo delante; el letrero reza “Palais de Justice de la Région de Louga”.

Al día siguiente, sigo atravesando pueblos donde los niños me gritan “¡Tubaap! ¡Tubaap!” o “donne-moi un cadeau” o directamente “l’argent” (“dinero”). Alguno se enfada cuando no me detengo, y de uno me llevo una pedrada de recuerdo, que por suerte se estrelló inofensiva contra una alforja, aunque la sentí rozar mi tobillo y partes más delicadas de Safír. Lo más curioso es que precisamente ese niño lanzó la piedra antes de pedir el “cadeau”.

De vez en cuando paso por una pequeña ciudad que se alarga siguiendo el trazado de la carretera. Son lugares bulliciosos y llenos de color, un estímulo y una alegría para mis sentidos tras el desierto de Mauritania. Los mercados, los pequeños restaurantes, los puestos repletos de fruta me hacen decidirme a dejar de llevar tantas provisiones encima, una costumbre que todavía no me había quitado tras encontrarla tan útil en el Sáhara. Después de una de estas ciudades, Mékhé, entro en el bosque de Pir Gourey. Pese a que la densidad de árboles no para de aumentar, a mí no me parece un verdadero bosque, con su suelo arenoso y desprovisto de vegetación, aunque supongo que eso también se debe a que estamos al final de la estación seca y aquí probablemente lleva seis meses sin llover. Empiezo a ver baobabs, al principio pequeños y dispersos, pero según voy avanzando hacia el sur son más numerosos e imponentes. Estos árboles no llegan a ser muy altos, pero desarrollan unos troncos enormes que dejan pequeños a robles y tejos milenarios que he visto en España. Me detengo a admirar uno que tiene un tronco especialmente intersante, en forma de prisma triangular. Cada uno de sus tres lados mide más de dos metros de ancho, y ponerse delante es como plantarse ante una pared. Me recuerdan inevitablemente a El Principito de Sain-Exupéry y sus dibujos.

En el centro del bosque está el pueblo de Pir, que le da nombre. Allí pregunto a una chica por un lugar para comer, esperando que me diga “sí, al final de esa calle tienes el restaurante”, pero en lugar de eso me hace pasar a su casa. Entro por una pequeña puerta en un muro que da a un patio de arena, rodeado por varias casas. En el patio hay dos áreas de sombra, una bajo la enorme copa de un árbol, otra bajo un tejado de lona y hojas de palmera sujeto por postes de hierro y vigas de madera. Me invitan a sentarme en este último espacio, donde una mujer grande y con pinta de matriarca descansa sobre una gran estera mientras una mujer joven la peina, repartiendo su pelo en finas trencitas pegadas a la cabeza. Con ellas hay otras tres chicas y un puñado de niños. Dos de las mujeres jóvenes son las únicas que hablan un poquito de francés y hablan conmigo y me traducen lo que dice la mujer mayor, que parece ser la autoridad aquí. No hay ningún hombre, supongo que estarán trabajando en el campo. Una de las chicas me trae una olla llena de arroz, un pescado entero y varias verduras, y me da una cuchara para comer directamente de la olla. Tras saciarme, me relajo sobre la curiosa silla de madera, que tiene un asiento pequeño y un respaldo grande perpendiculares entre sí… y formando cada uno un ángulo de cuarenta y cinco grados con el suelo. No es fácil encontrar una postura cómoda, pero me quedo un rato. Al otro lado del patio, en la sombra del árbol, hay un muchacho tumbado a la sombra. Una mujer, que parece ser otra de las mayores, de las “matriarcas” de la familia, lo está abroncando por algo mientras lo amenaza con un palo. El chico se levanta y se aleja unos metros. Poco después llegan al lugar otro chico joven, que parece amigo del primero, y un hombre muy mayor con vestido tradicional; no sé muy bien que está pasando, pero tras intercambiar saludos y unas palabras con las mujeres, el anciano se une visiblemente indignado a la bronca contra los muchachos. La mujer vuelve a la carga, tras cambiar el palo por una fusta de las que usan para azuzar a los burros y caballos que tiran de sus carros. Finalmente, los dos chicos se marchan con una sonrisa burlona, la típica mueca condescendiente del joven que cree saberlo todo y desprecia la autoridad de los mayores. Mientras, en mi lado del patio, la mujer al mando ya está peinada y desaparece en el interior de una vivienda, dejándome con las mujeres jóvenes. Yo pienso que ya es hora de continuar, pero dudo si ofrecerles algo de dinero; yo iba buscando un restaurante y podría pagarles lo que iba a gastarme, pero me pregunto si será un insulto a su hospitalidad. Finalmente les doy un billete y me miran extrañadas: “no hace falta, no pasa nada”. Yo me quedo un poco pillado y digo “bueno, es para decir ‘gracias'”. Su cara de extrañeza desaparece y aceptan el intercambio, antes de despedirme.

Tras seguir rodando unas horas por las agradables y llanas carreteras senegalesas, llego a una zona con más trafico, que me hace rodar menos a gusto. Estoy entrando en el triángulo formado por Dakar, Thiès y Mbour, tres grandes ciudades que forman la “cabeza de puente” del desarrollo económico del país, a decir de algunos carteles institucionales que he visto. La primera de esas ciudades a la que llego es Thiès. Entro por una amplia avenida llena de árboles, pero pronto me meto por las calles llenas de arena para buscar un hotel. Acabo en una zona de mercado, navegando con Safír entre tiendas y puestos, esquivando taxis, carretas y caballos. Tras preguntar, me mandan a un albergue al final de una calle que sale de la ciudad. Por el camino, unas chicas a las que pregunto me dicen “sí, allí al final hay un albergue, pero en esa otra calle también alquilan habitaciones”. Cuando llego al albergue, encuentro un muro con un cartel que dice “su oasis de paz, verdor y tranquilidad”. Llamo a la puerta cerrada, y la entreabre un hombre.
–Hola, ¿hay habitaciones?
–Sí.
–¿Cuánto cuesta pasar la noche?
–Ocho mil francos.
–Bien, de acuerdo…
No se aparta de la puerta. Hago ademán de entrar y no me deja:
–Para pasar la noche, es a partir de las once.
–¿No puedo entrar ahora?
–No, ahora está completo.
–Pero, ¿no había habitaciones libres?
–Ahora no. Vuelva a las once.
Y me cierra la puerta en las narices. Vaya un sitio raro. No voy a estar deambulando con Safír cargado hasta arriba por la ciudad hasta las once, cuando a esa hora suelo estar ya acostado, así que pruebo suerte por la callejuela que me habían dicho las chicas. Pregunto al primer hombre que pasa, pero parece extrañado; no le suena que ahí alquilen habitaciones; sin embargo, un enjambre de niños curiosos que se ha formado a mi alrededor pían “¡sí, sí, ven por aquí!” y me llevan hasta una casa. Hacen salir a una mujer a la que pregunto, y por su respuesta entiendo que ahí no alquilan nada, que ahí vive ella con su familia y punto. Le pregunto si conoce algún albergue o un hotel que no sea caro, y, tras mirarme y pensar un momento, me hace pasar y me dice que debemos esperar a su hermano, que es el hombre de la casa. Cuando este llega, habla un momento con la mujer y me dice que puedo dormir en su habitación; él se pasará a otra más pequeña. La mujer, que se presenta como Marie Mbou, me ofrece prepararme unos espaguetis con tortilla para cenar, que acepto agradecido. La casa familiar, como otras que he visto, parece estructurada en torno a un patio de arena con un árbol en medio. A su alrededor hay varias habitaciones independientes, con una puerta que da al patio y ninguna otra conexión con el resto de la casa; una de ellas, bastante grande, es la que nos dejan a Safír y a mí esta noche. En un extremo del patio está la letrina, y al contrario, la parte más grande de la casa, con la cocina, una pequeña sala donde apenas caben tres sillas y una tele, y lo que intuyo son las habitaciones de Marie Mbou; su hermana, que vive con ellos, y su hijo Philippe, ya un hombre joven. De este último, que mira un rato la tele conmigo (un trozo del Rayo Vallecano-Real Madrid), me dice algo que me llama mucho la atención: es católico, mientras que el resto de la familia es musulmana. Otro detalle, más tonto: en un momento de la tarde, cuando voy a entrar en la casa, me cruzo con la hermana de Marie, que está a medio cambiarse; yo me lo tomo con naturalidad, pero lo que me choca, estando en casa de una familia musulmana en un país de mayoría musulmana, es que ellas también, aunque supongo que esto no es más que un accidente poco habitual. Ninguna hace ningún comentario ni aspaviento, y yo me digo “igualito que en los países árabes, me pregunto qué habría pasado allí, suponiendo que un descuido así fuese siquiera posible”. Poco después, tras dar buena cuenta de la cena, Marie me pregunta por el día siguiente. Me dice que ella se irá a trabajar al hospital a las siete; le digo que me parece bien, que saldré a la vez que ella. Por la mañana, me da un vaso de leche para desayunar (“no hay pan hasta las nueve”, se excusa). Al despedirme, vuelvo a tener la misma duda que el día anterior con el dinero: como he entrado en la casa preguntando por alquiler de habitaciones, no sé si me han invitado o he alquilado la habitación. La conversación la noche anterior tampoco fue clara al respecto, así que le pregunto directamente si debo pagarla. “No hace falta”, me dice, “como quieras”. Sí que quiero, y saco cuatro mil francos (seis euros) de la cartera. “¡No, no, eso es mucho! Dame solo un billete de mil”. “Esto no lo hacemos por dinero”, continúa Marie, “lo hacemos por Dios. Hoy estás tu aquí, pero mañana puedo ser yo la que necesite ayuda”. Vuelvo a agradecerle efusivamente su hospitalidad, y salgo hacia Dakar.

La etapa Thiès-Dakar es, en principio, una jornada corta, de menos de setenta kilómetros. Pero la entrada a la gran ciudad se me hace eternamente larga. Paso por zonas industriales, feas y polvorientas, donde el viento llena el aire de arena y me reseca la boca. La carretera tiene ahora dos carriles para cada sentido, y, por suerte y por primera vez desde hace muchísimo tiempo, un arcén transitable (aunque deja de serlo a ratos). Hay mucho tráfico, y empiezo a cogerle manía a los conductores de los pequeños autobuses, que me parecen poco respetuosos, y no solo conmigo: en un par de ocasiones algún camionero tiene que meter un frenazo y una buena pitada para no arrollarlos al incorporarse a la circulación. En una zona atascada se cambian las tornas, y ahora soy yo quien va adelantando a todo el mundo, hasta que, de pronto, justo delante de mí, se abre la puerta de un taxi y salen dos hombres que pelean rabiosos, a brazo partido, sobre la calzada. Nadie interviene, y de pronto, sin saber por qué, los dos hombres se ríen a carcajada limpia, como si hubiesen agotado toda la rabia y la tensión y la pelea solo fuera una broma; pero la cara que tenían antes no era de pelear en broma. No os puedo contar como acaba la historia porque en ese momento sonó mi teléfono, yo salí de la carretera para hablar, y cuando terminé y volví a mirar, no había ni rastro de los dos hombres.

Yo continué avanzando por una carretera que parecía no acabar nunca. Cada poco iba preguntando por el centro de Dakar, para ir en busca de las embajadas y solucionar los asuntos de papeleo cuanto antes. Pero las indicaciones que me daban me hicieron dar una inmensa vuelta. Para que os hagáis una idea: imaginad que el centro de Dakar es Madrid, y que estáis en Segovia. Preguntáis por Madrid, y os mandan por una carretera hasta Ávila. Allí volvéis a preguntar, y os envían a Toledo. Y de ahí a Cuenca, a Guadalajara, y, finalmente, Madrid. Cuando por fin llego al centro, las embajadas están cerradas, y yo, hambriento. La nota positiva es que la gran vuelta me ha hecho pasar por toda la costa de Dakar, donde he podido admirar la gigantesca estatua “El Renacimiento africano”, una obra faraónica de más de cincuenta metros de altura, que representa a un hombre, una mujer y un niño mirando hacia el cielo. La escultura se alza sobre uno de los dos promontorios volcánicos conocidos como “les Mamelles” (las mamas, en francés) que ocupan el extremo de la península sobre la que está construida Dakar; sobre el otro monte hay un gran faro que anuncia a los barcos que vienen del oeste su llegada a África.

Tras el largo paseo, decido buscar donde pasar la noche. El dueño de la finca de Casamance donde voy a hacer el voluntariado me ha dado el teléfono de su hermano Suleiman, que vive aquí, y decido llamarle. En la carretera donde estoy es imposible, por el ruido, así que me meto por una calle lateral. Acierto con el barrio de los carpinteros, que trabajan en plena calle: sierras, cepillos, martillos… todos los ruidos que quieras. Me asomo por otra calle, y veo que da a una avenida llena de tráfico. Continúo por otro lado y me encuentro con niños que juegan, con música a todo trapo… mi primera impresión de Dakar es que es una ciudad que ha desterrado el silencio. Cuando por fin encuentro un rincón relativamente tranquilo, me siento en la acera para llamar a Suleiman. Mientras lo hago se me acerca un niño de cuatro o cinco años, con una camiseta roja, la nariz llena de mocos y los ojos abiertos de par en par; me da la mano y se va por donde ha venido. Suleiman me coge el teléfono y me dice que vaya a su barrio. “Tienes que preguntar por la rotonda de” BEEEEEEEEEEE. “Perdona, no te he entendido, es que hay una cabra balándome en la oreja”. Sí, la cabra estaba atada al otro lado del árbol junto al que me he sentado, y al llegar no la he visto porque me la ocultaba el tronco. “Que preguntes” BEEEEEEEEEEE “Libertad Seis”. “¿Que pregunte por la rotonda de Libertad Seis?”. “Sí, yo te voy a buscar allí”. Libertad 6 es el nombre de un distrito a las afueras de Dakar, junto a la carretera por la que he entrado yo. Por suerte, esta vez me dan mejores indicaciones, y cojo el camino directo de Madrid hacia Segovia, por seguir con el símil de antes.

La rotonda es un lugar lleno de gente. He quedado con Suleiman junto a una gasolinera de Total. Frente a mí hay vendedores callejeros; a un lado, una vendedora de grandes morteros de madera, y a su lado, otro vendedor ha convertido un rectángulo de sesenta o setenta metros cuadrados en un verdadero campo de zapatillas deportivas. *tono irónico* Vaya, he quedado con un tipo que no conozco en un sitio a reventar de gente y no le he dicho cómo reconocerme *fin del tono irónico*

Suleiman llega conduciendo un taxi pequeñito, de un pálido color amarillo limón. Tiene veintinueve años, se rapa el pelo, como es frecuente aquí, tiene los rasgos suaves, con la punta de la nariz algo aguileña, lleva un poco de perilla y tiene unas pequeñas cicatrices en la mejilla derecha. Va con gafas de sol, una camisa negra de manga corta, vaqueros y deportivas chillonas que hacen juego con su taxi. Me saluda amablemente, con una simpatía tranquila pero sin mucha efusividad. Me explica que tiene que ir a casa de un amigo a dejar el taxi, que yo puedo seguirle y luego vamos a su casa. Cuando deja el coche en casa de su amigo, este le presta su bici para que nos vayamos juntos a su casa. Esta se encuentra en una plaza, un cuadrado de arena al que llegamos empujando con dificultad las bicis sobre calles de arena. Entramos en el edificio a través de un patio oscuro. BEEEEEEEEEE. En un rincón del patio hay un redil con varias ovejas dentro. Son del propetario del edificio, que alquila una habitación a Suleiman y a su primo. Y la habitación está justo enfrente del corral de las ovejas. Mi anfitrión saca una llave del bolsillo y abre una puerta metálica. Al otro lado, una habitación con dos camas, un armario, una mesa con una silla, un par de cajoneras pequeñas y un pequeño caos ordenado de objetos. Me da la impresión de un desorden controlado, donde el espacio necesario se mantiene libre para moverse con comodidad y donde los habitantes saben encontrar fácilmente lo que buscan. Además parece que la mantienen bastante limpia. Una bombona de gas, una escoba, una máquina de hacer palomitas, un artilugio de esos de hacer flexiones (un ejercicio para el que en realidad solo hace falta tener brazos), libros y revistas… Desde una fotografía en blanco y negro nos mira una mujer joven, con el pelo muy corto, adornada con dos sencillos aros en las orejas, una cara que habla de dulzura y una mirada que transmite fuerza. Le pregunto a Suleiman quién es. “Es mi madre, cuando era más joven. Cuando vayas a Casamance con mi hermano la verás, ella aún vive allí”. “Era muy guapa”. “Gracias”.

Suleiman me ofrece una de las camas para dormir. “¿Y tu primo y tú?”, me dice que no importa, que no me preocupe, pero yo me niego a dormir a mis anchas mientras ellos se apretujan en la otra cama, y monto mi catre con el colchón hinchable y la estera en el suelo. Suleiman me dice que si me calienta agua para ducharme. No hay agua corriente en el edificio, así que coge agua de unos grandes bidones que almacenan en el patio y me la calienta en el hornillo de gas. Pero se termina el gas, y parece que mi primera “ducha africana” va a ser con agua fría. Mi amigo me da un cubo grande lleno de agua, un cubo pequeño y me indica dónde está la letrina. Después de ducharme y lavar mi ropa, nos vamos a devolverle la bici a su amigo. Por el camino charlamos un rato. Trabaja diez horas al día con el taxi, y a parte “vende cosas” para sacarse un dinero extra. Estudió Logística y Transportes, pero ahora está bien así y no se plantea dejar el taxi si no aparece un buen trabajo. Come siempre fuera de casa (“la vida del soltero”), donde solo para para dormir, porque allí no tiene nada que hacer. Su tiempo libre lo pasa en casa del amigo al que vamos a ver ahora. Ahora le toca a él preguntar:
–¿Estás casado?
–No.
–¿Y por qué no?
–Porque no… tengo una novia…
–¿Y a qué esperas para casarte con ella?
–No pensamos casarnos.
–¿Por qué no?
–¿Y por qué sí?
–¡Pues para tener hijos!–exclama como si fuera lo más obvio del mundo. Yo no le digo lo que es lo único realmente necesario para tener hijos, pero tras un rato de silencio le devuelvo las preguntas:
–¿Y tú a qué esperas para casarte?
–A tener una buena situación financiera.
–¿Y conoces a la mujer con la que te gustaría casarte?
–No, todavía no. Tengo una novia, pero no voy a casarme con ella.
–¿Por qué no?
–Es complicado. Ella es algo mayor que yo, y es católica, y yo, musulmán. Además, es muy próxima a mi familia, es algo así como mi tía…
–¿Como tu tía?
–Sí, yo tengo un hermano solo de padre. Pues bien, su madre tiene una hermana, y esa hermana es la mujer con la que salgo.
Vale, le concedo que es algo complicado, aunque el embrollo familiar me recuerda no sé a qué…

Cuando llegamos a casa de su amigo, guarda la bici que ha venido a devolverle, una buena bici de montaña que quiere vender por cien mil francos, es decir, ciento cincuenta euros. Entramos en la habitación, donde suena reaggae. Tras un rato de charla de la que me veo excluido, porque tiene lugar en wolof, subimos a la terraza, donde los dos amigos se fuman un par de porros de marihuana. Después se despiden, Suleiman y yo recogemos su taxi y volvemos a su casa, con una parada para cenar un par de hamburgesas. Cuando llegamos a su hogar, su primo está en la cama, estudiando. Yo estoy muy cansado para más conversación, así que pronto estoy acostado. Suleiman se duerme escuchando la radio, que se queda encendida en su regazo hasta que se despierta en mitad de la noche y la apaga…

Esta mañana nos hemos levantado temprano. He contratado a Suleiman como taxista particular (bueno, en realidad se ha ofrecido él y yo he aceptado) para que me lleve a las embajadas a solucionar mis papeleos. Entre eso, escribir el blog y pasear por un mercado de calles estrechísimas y resguardadas del sol por tejadillos de cañas que me ha recordado a una versión pequeñita de los zocos de Marrakesh, se me ha ido el día de hoy. Estaré aquí hasta el lunes, cuando tengo que recoger mi visado para Gambia, y después emprenderé el último tramo, la carretera hasta Casamance, que me han presentado como un paraíso de verdor con un calor infernal. Y voy a poder asistir al inicio de la estación de lluvias, que a veces consiste en fuertes chaparrones todos y cada uno de los días de esa estación. Pero esa es otra historia que iré contando a lo largo de las próximas semanas.

Saint Louis, mi primera ciudad senegalesa

Creo que ya he descansado lo suficiente y estoy listo para salir mañana hacia Dakar, adonde llegaré, si todo va bien, en tres o cuatro días. He disfrutado del animado fin de semana de Saint Louis, he conocido a algunas personas, tanto senegaleses como europeos que viven aquí (nada de mujeres que me hacen perder la cabeza como avisabais algunos) y Safír y yo hemos recargado nuestra energía para continuar.

Saint Louis es una ciudad marcadamente dividida en varias zonas. Cuando uno viene desde el este, primero llega a la parte continental, la más grande, una zona conocida como Sor. Después cruza el brazo grande del río Senegal por un gran puerte de siete arcos de hierro, y llega a la Isla, la antigua zona colonial, hoy centro turístico de la ciudad. Si continuamos, cruzamos otro puente, este sobre el brazo pequeño del río, y llegamos al barrio de pescadores de Guet Ndar, situado sobre una estrecha franja de arena que separa el río Senegal del océano Atlántico.

Yo he pasado la mayor parte de mi tiempo en la Isla, donde está el Siki, el hotel de Jay. Es una red de calles perpendiculares, como los ensanches modernos de muchas ciudades europeas. Aquí aún se puede ver la arquitectura colonial en muchas casas con bonitos balcones sostenidos por finas columnas, ventanas con grandes arcos… aunque la mayor parte bastante deteriorada y necesitada de reparaciones en los tejados y una buena mano de pintura. Lo que destaca por encima de todo lo demás es la enorme mansión del governador, en el centro de la isla, y rodeada por un exuberante jardín con enormes árboles que me parecen magnolios. Es aquí donde están casi todos los hoteles y restaurantes, bares y discotecas, bancos y casas de cambio, y talleres de artesanos llenos de cuadros coloridos que representan estilizadas figuras de africanos, máscaras y animales de madera, colgantes de grandes abalorios de colores, anchos pantalones y bubús senegaleses… todos ellos esperando a que lleguen los turistas para comprarse algún recuerdo. También están aquí, justo delante del puente, la oficina de correos y los museos, y un puñado de guías que te ofrecen recorridos guiados, paseos en calesas tiradas por caballos y visitas a los cercanos parques naturales de Djoudj y de la Langue de Barbarie (la estrecha franja de tierra que separa el río del océano), hogar de una miríada de aves y de curiosos fenómenos naturales debidos al juego de las mareas y las crecidas y bajadas estacionales del Senegal, lo que les vale la inclusión en el Patrimonio de la Humanidad de la Unesco. Yo ahora no he sacado tiempo para estas visitas, pero tomo nota para, quizá, el viaje de vuelta. No lejos de los guías uno se encuentra con niños vestidos con ropa vieja y tan llena de polvo y arena como sus caras, que mendigan al extranjero una moneda o que les compre algo de comer en la tienda de alimentación, y que pese a todo lo hacen a veces alegremente y te saludan con una sonrisa cuando te reconocen por la calle. Jóvenes que pasean por la calle o juegan al fútbol, engatusadores que le cuentan cualquier historia al hombre blanco para pedirle algo de dinero, supuestos ascetas musulmanes que mendigan, cuidan de los niños de la calle y los dirigen por la noche en sus cánticos rituales, europeos que trabajan aquí para alguna ONG de desarrollo o que pasan unos días de vacaciones y vendedoras callejeras de fruta y de cacahuetes completan la fauna humana de esta zona de la ciudad.

En varias ocasiones he cruzado el gran puente de hierro para ir al mercado de Sor. Allí nunca he visto a ningún blanco, excepto una vez que me encontré con Jose, uno de los españoles que conocí el primer día en la exposición de pintura, que volvía de trabajar. Nada más cruzar el puente aparecen los primeros puestos ambulantes, con más cacahuetes, porciones de coco, hileras de camisetas de fútbol de mil colores tendidas sobre una barandilla y tenderetes que venden tabaco, tarjetas de recarga para móviles y paquetes de galletas. Un poco más allá aparece el mercado propiamente dicho. Tiendas de ropa, de alimentación, de accesorios y recargas para el móvil, de un poco de todo. Luego vienen los puestos de pescado, con grandes cubos llenos de cangrejos, bandejas donde se amontonan gambas crudas y gambas cocidas, pescado fresco y curiosas mezclas de artrópodos, con decápodos muertos cubiertos de dípteros vivos (esta última es para las biólogas). Esto siempre está lleno de gente, al menos durante el día, que es cuando he estado yo, y circulan con dificultad los taxis, los pequeños autobuses y las carretas tiradas por caballos. He visto desde personas vestidas con harapos hasta una pareja que parecía acabar de casarse. En una calleja lateral encontré un restaurante donde he comido un par de veces. Es un local estrecho, con una barra de madera pegada a la pared y cubierta con un viejo hule, donde los clientes comemos sentados en un banco que cojea un poco. La comida la preparan afuera, en la calle, sobre hornillos de gas, en un pequeño espacio cubierto por un toldo sujeto sobre postes de madera. Siempre es arroz con salsa de cacahuete, bien con carne o bien con pescado, servido en raciones más que generosas a precios irrisorios para un europeo. Para beber, agua, que cada cual coge de un contenedor de plástico sirviéndose de los vasos, cubos y jarras también de plástico que hay en la barra. Pasada la calleja del restaurante, hay vendedores de cebollas, que se apilan en grandes sacos sobre la acera; luego están las vendedoras de jabón, sentadas en el suelo, con su mercancía expuesta en forma de perlas doradas y empaquetadas, pequeñas bolsitas de jabón líquido y barreños de jabón en polvo que venden a granel; algunas de ellas ofrecen también huevos cocidos. Después vienen los puestos de fruta, que es hasta donde he llegado yo esta mañana en busca de provisiones para el camino, antes de dar media vuelta y volver a la Isla.

Cruzando nuevamente el puente he podido admirar el vuelo de los pelícanos, a los que nunca había visto más que en zoológicos y sitios similares. Son enormes, con una gran envergadura al desplegar sus alas blancas y negras, y aprovechan el viento para deslizárse inmóviles por el aire. Me han sorprendido porque nunca había visto volar un ave tan grande. En el puente suele haber mendigos pidiendo. Les he dado unas monedas, y un hombre que caminaba en la misma dirección que yo se ha detenido para esperarme y cruzar hablando conmigo. Tras encomiar mi acción, me ha prevenido contra gente que puede pedirme dinero y merecer menos mi confianza, especialmente los locos víctimas del “maraboutage”, la brujería africana. Un marabout o marabú, en principio, es un musulmán santo, un místico de gran sabiduría, pero el término aquí se aplica también a brujos y adivinos. El problema es que la supuesta santidad del marabú le granjea la confianza ciega de sus seguidores, lo que deja la puerta abierta a aprovechados sin escrúpulos que utilizan el Corán y la superstición de la gente para enriquecerse. A mí me suena a una mezcla de secta religiosa, magia negra africana y mafia de estafadores, pero está todo envuelto con la historia y las tradiciones de unos pueblos primero animistas y después islamizados, así que estoy bien lejos de llegar a entenderlo por completo.

Si después de cruzar el puente seguimos hacia el oeste, llegamos al puente pequeño, que lleva a Nguet Dar, el barrio de los pescadores. Aquí las casas son más pequeñas y humildes que en la Isla. Hay también un mercado, como en Sor, casi tan bullicioso. Metiéndome por una calle lateral me he visto de pronto en un laberinto de pequeños callejones por donde no podrían cruzarse dos personas sin estorbarse, que me ha recordado a las medinas de las ciudades marroquíes. En estas callejuelas se reparten los oficios por zonas; aquí, los sastres, y un poco más allá, herreros y mecánicos. Cuando consigo salir, regreso a la calle principal y me dirijo nuevamente al oeste, hasta llegar al fin de todo, la orilla del Atlántico. Las olas rompen sobre la arena, donde una veintena de niños juegan y se bañan; no parece importarles el frío que trae la brisa marina.

Esta es la ciudad en la que he pasado estos días, la mayor parte del tiempo en compañía de un puñado de personas que he conocido aquí. Jose, al que conocí el primer día, que es de Alava (tiene algo de cara de vasco, él dice que yo mucho acento de Madrid) trabaja en el desarrollo de proyectos de ONG. He pasado un par de noches con él en el Embuscade, donde me he aficionado a su Lumière Rouge (un cóctel) y las partidas de billar con el sistema de rey de la mesa, donde el que gana se queda y el que entra paga. Anoche tuve una buena racha, aunque después de ganar a un francés y tres senegaleses le tocó el turno a otro senegalés, este de unos sesenta años, con gafas, elegante, que se presentó como “le professeur”; tras una partida bonita e igualada que suscitó la expectación de los otros jugadores, me sustituyó como rey de la mesa.

En el Embuscade conocí a otro Mahmadou, abreviado como Dou, un tipo con rastas; cuando alguien me vio con él me dijo “ah, estás con el hombre tranquilo”. Sí que es un poco tranquilo, don’t worry, como buen rasta. Al día siguiente me lo encontré por la calle y me ofreció enseñarme algún rincón de la ciudad. En seguida empecé a desconfiar, porque la noche anterior apenas habíamos hablado, y él hacía lo típico que hace quien va a pedirte dinero. De todas formas me fui con él por la orilla del río, junto a una zona verde con juegos y columpios para los niños. Nos detuvimos frente a un barco, un pequeño crucero que recorre la costa cargado de turistas europeos y que ahora estaba anclado en Saint Louis. En la cubierta superior, una banda tocaba, y Dou y yo nos quedamos escuchando. Por el camino, me había contado que es músico, canta reaggae, hip hop… pero la vida no es fácil aquí, le cuesta mucho encontrar algo de trabajo, algún sitio donde tocar, y siempre está sin blanca, aunque no es ambicioso. No es como Cheikh, el de Nouakchott, que soñaba con abrir una pequeña tienda para ganar dinero y marcharse de Mauritania, o como Eva… Dou no mira mucho el futuro, vive al día, le basta con un poco de dinero para comer y para beber cerveza por las noches, me canta las alabanzas de la vida sencilla y despreocupada. Y ahora estamos los dos ahí, sin más, escuchando la música que nos llega del crucero con los ojos cerrados. Y yo me relajo y empiezo a deshacerme del agobio de los timadores, de los “pescablancos”, de la gente que siempre acaba pidiéndote dinero, simplemente disfruto del rato de música frente al río dejándome llevar… Un rato después estamos de vuelta en el centro de la isla. Dou me pregunta si iré esa noche al Embuscade a tomar algo y jugar al billar; le digo que sí, y me dice que si le puedo dar mil francos para comprarse una cerveza en la tienda e ir después al Embuscade a echar una partida conmigo, porque allí el botellín cuesta mil quinientos. Quedamos en vernos aquella noche.

Luego está Lamp, un tipo que habla buen inglés y del que no sé bien qué pensar. Trabaja en el ciber donde vengo siempre a comunicarme con vosotros. Desde que vine aquí me ha estado recomendando restaurantes, llevándome a casa de un amigo suyo artista para venderme algún cuadro, ofreciéndome una excursión al parque natural… sin conseguir colocarme nada de todo eso. Aquella noche me lo encontré en el bar. Me invitó a una segunda copa, y me dijo que si quería ir después a otro sitio donde había música en vivo. Aquello sí que me atraía más, así que accedí. Mientras hablaba con él, entró en el bar Dou. Creo que se había bebido más –bastante más– que la cerveza que le había comprado antes. Me saludó para poco después enzarzarse en una discusión con otro borracho. Al final, el camarero los echó a ambos a la calle.

Después del Embuscade, me fui con Lamb al Tennis Club, un bar con una terraza cubierta por un gran tejado cuadrangular de cañas o de paja, no estoy seguro. Frente a la terraza hay un escenario sencillo, donde cantaba Mama Sadio, una artista de afro-rock que canta en mandinga con su voz grave y sugerente. La música tenía fuerza, y esa fuerza encontraba su expresión visual en una bailarina de brazos y piernas fuertes y una tupida cabellera rizada, que danzaba con energía y estallaba en un frenesí de baile senegalés cuando el percusionista aceleraba el ritmo sobre los djembés. Correspondí a Lamb a su invitación anterior pagándole una cerveza, y nos sentamos en una mesa cerca del escenario. Me dejo envolver por la música. De vez en cuando, algún verso o alguna frase (en mandinga o en wolof) que pronuncia Mama Sadio entre canción y canción arranca gestos, silbidos y voces de aprobación, caras de emoción y casi lágrimas de alguno de los presentes; los tres o cuatro europeos que estamos presentes estamos excluidos de esa comunión. Pero no importa; es el rato en el que mejor me lo estoy pasando en Saint Louis. En un momento dado, Lamb se marcha al baño y me quedo solo en la mesa. Entonces, la bailarina se acerca danzando y me saca a bailar con ella (en medio de la mucha gente que ya se había levantado para bailar); yo hago lo que puedo para seguirle el ritmo, moviéndome torpemente, imitándola, inventándome movimientos ondulandes de mis brazos (ya os imagino a todos descojonándoos, panda cabrones), hasta que los djembés aceleran el ritmo y la bailarina me pone en la disyuntiva de dejar de seguirle el suyo o descoyuntarme no menos de nueve articulaciones; elijo lo primero y me retiro a mi mesa mientras la canción ya termina. Lamb me recibe de vuelta entre risas. Después damos por concluida la velada y volvemos hacia mi hotel. Por el camino, llega el momento que siempre me disgusta; me pide dinero prestado para resolver un asunto el fin de semana, me dice que me lo devolverá el martes, cuando abra el banco (hoy es fiesta) y pueda sacar algo. Este me tiene algo intrigado. Con gente como Alassane lo tengo clarísimo, me puedo fiar y punto, sin el menor asomo de duda; con otros también lo tengo claro, si llevo más de quince céntimos en el bolsillo ni me arrimo a ellos. Pero Lamb está en la zona gris entre medias. La intuición me dice que si le presto el dinero me lo devolverá; veo sinceridad en la mirada, en la risa, en su actitud conmigo. La razón me dice que ni de coña, que las formas que usa, las cosas que dice, son de estafador persistente. Al final me decido a gastarme el dinero, que tampoco es mucho, en un pequeño experimento que me ayudará a calibrar mi confiómetro en estas zonas grises. Es gracioso, lo tengo aquí cerca ahora mismo, en el ciber, pero no sabe castellano (creo).

Me falta por hablar de dos personas que he conocido aquí, que son a quien más aprecio he tomado. Por una razón muy simple. Me han demostrado interés por mí, por mí mismo, por mi compañía, sin pedir nada. Son dos chicos de unos dieciséis años. El otro día estaba dando un paseo por la noche, al azar (bueno, no del todo al azar, yendo por la zona que Jay me había dicho que es más segura por la noche), cuando los vi sentados sobre una moto aparcada. Me saludaron, intercambiamos algunas palabras, nos despedimos y continué mi camino (hasta aquí todo muy corriente, decenas de nativos lo hacen con los viajeros extranjeros). Pero cuando había caminado algunos metros, me dieron alcance y me preguntaron si podían acompañarme. Luego he comprobado que era eso todo lo que querían, la pura y simple compañía. Uno de ellos se llama Abdou, y me parece que tiene un poco de aire de boxeador, robusto, con la frente pequeña, los pómulos muy marcados y la nariz muy ancha. El otro se llama Victor, y es más alto y delgado, con los rasgos más suaves. Estudian en el instituto, están preparando el acceso a lo que equivaldría al bachillerato en España. No hablamos mucho, creo que ninguno de los tres somos muy habladores, pero al despedirnos ante el Siki intercambiamos los teléfonos. Un par de días después quedo con ellos. Me llevan a ver un poco la ciudad, por la orilla del río. Vemos a lo lejos la fábrica de conservas de pescado, donde los pescadores de Guet Ndar llevan sus capturas. Los dos chicos usan una oreja para escucharme cuando hablo y otra para escuchar música con sus teléfonos móviles. Abdou es poco hablador, va algo serio y ensimismado, pero cuando le digo algo responde siempre con amabilidad y una sonrisa. Le pregunto por la música que escucha y me deja un auricular; oigo una mezcla de estilos, africano y occidental, una especie de reaggea senegalés. Me gusta. Cuando le voy a devolver el auricular, me dice que no, y me da su teléfono para que pueda seguir escuchando la música el resto del paseo. Victor es más hablador. A raíz de unas pintadas en un muro hablamos de política senegalesa. Sale el tema de la corrupción, cuya responsabilidad el joven achaca a… los militantes de base de los partidos. Y no es ninguna tontería. Hace poco, el hijo del expresidente fue condenado por apropiación indebida de dinero público, y los seguidores del partido de su padre salieron a la calle a manifestarse contra la condena. Vamos, lo mismo que hacemos en España, solo que en vez de apoyar a los corruptos con manifestaciones, lo hacemos con votos. Mientras hablamos, llegamos al instituto donde estudia Abdou. Es un centro enorme, con varios edificios, más parecido a un campus universitario que a un instituto. Tiene varios aularios, un polideportivo, un campo de fútbol de arena… parece contar con bastantes medios, pero al entrar y verlo por dentro, me encuentro con las puertas y ventanas oxidadas, los desconchones de las paredes, algún boquete en el suelo de cemento… los muros están decorados por pinturas murales hechas por los alumnos. Es una imagen que me sugiere una mezcla de dificultades y esperanza, de ilusión por buscar un futuro mejor en medio de la falta de recursos. Esto encaja con lo que me dicen los dos muchachos. Tras el instituto viene la Universidad, pero es muy difícil llegar a ella, sale muy caro continuar los estudios. A Victor le gustaría ser monitor de natación. Cuando les cuento mis planes de voluntariado en Casamance, el chaval me dice que le gustaría venir conmigo, que nunca ha estado en aquella región y que le gustaría mucho visitarla. Quiere que le llame para ir cuando acaben las clases, a mediados de mayo. Tiene una mente despierta y se interesa por muchas cosas, como demuestra al explicarme detalles de la construcción del gran puente de hierro sobre el brazo mayor del Senegal, o sobre los parques naturales que hay en los alrededores de Saint Louis. Tras llevarme a visitar un museo sobre estos parques, me invitan a casa de Abdou para ver el deporte nacional por televisión. Y no, no es fútbol: es lucha senegalesa. Dos contendientes forzudos se enfrentan, tratando de derribar al otro sobre la arena o de hacerlo salir fuera del recinto de combate. Tiene muchas reglas, así que me cuesta un poco seguir el por qué de ciertos movimientos y situaciones. En casa de Abdou conozco a su madre y a su hermano mayor, que, vaya casualidad, trabaja para Jay en otro hotel que tiene, este en la Langue de Barbarie. Mientras miramos la tele, Abdou prepara el té con movimientos precisos y similares a los de la ceremonia mauritana, que demuestran que lo ha hecho muchas veces desde hace tiempo. Tras disfrutar del té y antes de que termine el espectáculo del combate, les digo que tengo que irme, porque había quedado con Jose para salir a probar un poco a Safír. Ellos nuevamente me acompañan. En cuanto salimos a la calle, de pronto, oigo un griterío que se extiende por todas las calles. Empieza a salir gente, gesticulando entre grandes muestras de alegría. La calle se convierte en una celebración, con niños que recogen arena del suelo y la lanzan al aire. Miro interrogante a Victor, que sonríe y me dice: “esto es que un luchador de Saint Louis ha ganado su combate”. Nosotros seguimos andando hasta la casa de Jose. Llamo, pero él no está; es el problema de quedar sin hora. Victor se ofrece a ayudarme con Safír; al parecer, también entiende algo de mecánica de bicis. De todos modos, no es necesario, porque cuando sacamos mi montura y la probamos, ya no hace ningún ruido extraño; parece que ha bastado con la limpieza y el ajuste del cambio. Victor mira embelesado a Safír, comenta lo guapo que es y me dice que si voy a volver en avión a España y no puedo llevarlo conmigo, podría dejarlo con él. Le digo que me gustaría conservarlo para hacer más viajes, pero no sé, a lo mejor… quién sabe. Ahí ya me quedé en el hotel para descansar con la promesa de acercarme a despedirme de ellos antes de irme.

Y eso es lo que voy a hacer ahora, al salir del ciber. Voy a buscarlos, a despedirme de ellos y a cenar una pizza en el sitio que tiene fama de hacer las mejores de Saint Louis (yo probé el otro día, y aunque no he probado otras aquí, me creo lo de que son las mejores). Mañana, vuelta a la bici y la carretera, a completar la última etapa de mi particular Madrid-Dakar.

 

…y cruzar por fin el río Senegal…

Anteayer crucé la frontera y pasé mi primera noche en Senegal, acampado en mi tienda en un patio de arena de una pequeña aldea, entre casas de adobe y de paja. La hospitalidad que recibí en aquel momento es uno de los recuerdos más gratos que guardo de estos últimos días de viaje. Yo empiezo a acusar bastante el cansancio acumulado, y Safír hace unos ruidos en el pedalier que no me gustan nada, mañana tendré que echarle un vistazo. Mientras, hoy toca día de relax, de escribir mientras escucho música en un ciber. En el albergue Sahara de Nouakchott, me despido de Staci, Rachele, Giobbe y Pawel, y nos damos nuestros correos electrónicos. Por la mañana temprano, me pongo en marcha hacia la carretera de Rosso. Tengo que parar un par de veces para preguntar el camino, porque me he metido por la ruta más complicada, que parecía más corta. Merece la pena, porque paso junto a otra curiosidad de la capital mauritana: un mercado de ganado, una gran explanada de quizá varios miles de metros cuadrados llena de cabras y ovejas, junto con algunas vacas y dromedarios. A partir de ahí consigo enfilar la salida de la ciudad. Regreso al desierto, que a partir de aquí ya no vuelve a ser tan desierto. Sigue siendo arena hasta donde alcanza la vista, y la vegetación sigue siendo la misma, pero ahora ya recorro muy pocos kilómetros sin ver alguna población, o aunque sea algún edificio aislado. Sin llegar a ser como Marruecos, las casas parecen mejores y más grandes que lo que me encontré al norte del país, y muchas están hechas de bloques de hormigón o de adobe. En contraste, la carretera está bastante peor que la que une Nouakchott con Nouadhibou. El viento sigue sin ser favorable, pero ahora no sopla muy fuerte, y yo decido tomármelo con calma, consciente de que estoy cerca del final del desierto y de que ahora no necesito hacer tan grandes cantidades de kilómetros como antes. Sin embargo, pese a los días de descanso que me he tomado, el cansancio acumulado de tres mil kilómetros ya va haciendo mella y me cuesta avanzar a una buena velocidad. Al final acabo llegando a Tiguent, a mitad de camino entre Nouakchott y la frontera, ya por la tarde, no al mediodía como había esperado. Un poco antes del pueblo hay un albergue formado por una tienda de comida y un puñado de casetas, cada una con una habitación y una ducha. Pregunto si puedo comer algo, y la chica que me atiende, una mauritana de etnia wolof que debe de tener aproximadamente mi edad, me dice que ellos ya han comido, pero que me puede preparar algo. Mientras tanto, yo me instalo, termino mis reservas de agua caliente (sí, eso es lo que bebo desde que salí de Nouakchott, nada de lo que tengo para aislar mantiene el agua fría bastante tiempo como para que siga fría cuando me entra sed, lo que sucede bastante rápido) y compro más agua en la tienda. Mientras la chica cocina, una mujer árabe de más edad me invita a sentarme con ella y otro joven árabe, que también trabaja allí. Ninguno de los dos habla francés, solo hassaniya, el dialecto local del árabe. La mujer quiere enseñarme, así que me va diciendo cosas para que yo las repita, como la larga retahíla que intercambian al saludarse. Cuando la chica wolof ha terminado de preparar la comida, me la lleva a mi habitación, y me dice que si después no estoy demasiado cansado, que vuelva a sentarme con ellos para charlar. Yo le acepto la invitación, y tras dar buena cuenta del pollo con patatas y zanahoria, me reúno con ellos a la sombra del toldo bajo el que toman el té. La mujer árabe se llama Lila, y el chico Da, pero con quien más hablo es con Eva, la mujer wolof, que es la única que sabe francés. Ha estudiado un poco de todo. Fue a una escuela técnica para aprender algo de construcción, donde era la única mujer; después de tres años, algo le hizo cambiar de planes y estudió otros tres años de pastelería. Ahora lo mismo te hace un tabique que una tarta. Le gustaría salir de Mauritania, está trabajando para reunir el dinero para ir a Senegal a trabajar y seguir estudiando allí. “Estoy en este albergue para ahorrar algo”, me dice, “pero sé que este no es mi lugar”. Su tono es de sana ambición, su mirada y su forma de hablar son inteligentes, y no me cabe duda de que puede conseguir lo que se propone. Me dice que le gustaría mantener el contacto conmigo, que me dará su teléfono para que la llame cuando esté instalado en Senegal, que quizá aproveche entonces, si ya tiene el dinero, para hacer su viaje al país vecino y venir a visitarme. La verdad es que no me desagrada la idea, me ha caído muy bien con sus ganas de aprender y su forma de ser abierta. Voy a buscar mi cuaderno y apunto su número, y de paso le pido que me enseñe algunas palabras en wolof, que es la lengua mayoritaria de Senegal, para ir aprendiendo algo. En cuanto me ve el cuaderno, Lila, la patrona, intenta robarle mi atención a Eva y se empeña en seguir enseñándome hassaniya. Me dicta una oración para protegerme durante el viaje (“En el nombre de Allah, el señor de los mundos, el misericordioso, etc.”). No es que me entusiasme, y me molesta la grosera interrupción, aunque Eva la acepta, al parecer acatando la autoridad de su jefa. De todas formas, le sigo un poco la corriente, sobre todo porque sin hablar su idioma no tengo forma de rechazarla amablemente, pero también porque me lo tomo como una oportunidad de aprender algo de escritura árabe. En un momento dado le llaman por teléfono y yo aprovecho para volver a mi clase de wolof con Eva. Cuando terminamos, ya se ha hecho algo tarde y digo que me voy a mi habitación a descansar. Ella me recuerda que le llame, y me habla de otro viajero español que pasó por aquí hace unos meses, que le dejó su número y que después no le cogía el teléfono. Yo le digo que no se preocupe, que en cuanto tenga un móvil senegalés le enviaré un mensaje (de hecho lo acabo de hacer mientras escribo esto). Tras pasar mi última noche mauritana en el albergue, me despedí de mis anfitriones y salí temprano hacia Rosso. Lo primero que atravesé fue el pueblo de Tiguent, mucho más vivo y ajetreado que cualquier otro que haya visto en Mauritania. Es uno de esos lugares que crece a lo largo de una carretera que lo atraviesa. Ahora el recorrido ya no es llano, sino constantemente ondulante, y el ligero viento en contra hace las pequeñas cuestas bastante duras para mis piernas cansadas. Además, los omnipresentes baches convierten el recorrido en una tortura para mi trasero. Por suerte, al cabo de un rato, llego un tramo de carretera recién reparado, con el asfalto nuevecito, que me acompañará hasta la frontera. El paisaje va cambiando poco a poco. Cada vez hay más acacias, y a veces palmeras, y cada vez más grandes y frondosas; en algún punto llegan a crecer muy juntas, aunque no puedo llamarlo un bosque, porque el suelo está completamente pelado, sin una brizna de hierba ni un arbusto, y no tiene más que arena. De todas formas, la vista agradece el exuberante verdor. Durante una parada a la sombra de uno de estos árboles, se detiene un todoterreno en la carretera, y desde su interior me saludan dos hombres blancos. Uno de ellos lo hace en castellano, así que le respondo en el mismo idioma, y me dicen “¡ah!, ¿eres español? ¿De dónde?”. Ellos son extremeños, y estan aquí construyendo la carretera por la que circulamos, con fondos del Banco Mundial; al parecer son a quienes tengo que agradecer esta parte de asfalto lisito en el que mi culo ya no sufre más. Antes de irse, como regalo de despedida, me dan algo increíble, algo que llevo tanto tiempo sin ver que ya no pensaba que fuese posible hallarlo en Mauritania: una botella de agua helada, ¡con un bloque de hielo dentro y todo! Tras la refrescante parada, puedo continuar hasta Rosso, treinta kilómetros más allá. Cada vez hay más verdor a mi alrededor, y en algunos puntos las plantas forman una muralla verde junto a la carretera. A mi derecha empiezo a ver campos de hierba, y, por primera vez, el verde le gana a la arena en el tono general del paisaje. Sin embargo, el ambiente sigue siendo muy seco, y la sombra de los árboles junto a la carretera no invita a sentarse sobre la árida arena que aún cubren. Por fin llego a la ciudad, muy cansado, casi al límite de mi energía. Muy cerca de la entrada a la población doy con el acceso al puesto fronterizo. En cuanto me acerco se me echan encima como chacales los “simpáticos guías que te ayudan a cruzar al otro lado”. Intento quitármelos de encima, pero son muy persistentes. Dudo si intentar pasar la frontera ahora o hacer noche aquí, y enseguida intentan convencerme, “no, cruza ahora, los hoteles son más baratos al otro lado”. Un truco barato que normalmente debería hacerme contestar, “vale, gracias por ayudarme a decidirme, me quedo aquí y ya mañana cruzo tranquilamente con la cabeza fría y las energías renovadas”, pero me puede el ansia de poder dormir esa noche por fin en Senegal. Al final decido cruzar ahora, tratando de defenderme de los timadores y sus argucias con las pocas energías que me quedan para minimizar el dinero que palmo en el cruce de la frontera. Finalmente consigo verme a bordo del transbordador que surca el ancho río Senegal. Cansado del desierto, agobiado por tener que encontrar un sitio para dormir antes de que caiga el sol y los mosquitos empiecen a campar a sus anchas, enrabietado contra mí mismo por haber cometido errores y haber caído en trucos que conozco de sobra, apenas me doy cuenta de que estoy atravesando el río Senegal, el primer río de verdad que encuentro desde antes de El-Aaiún, la mayor masa de agua dulce que veo en ya no sé ni cuánto tiempo. El lado senegalés es aún peor. En la cola, delante de mí, hay un hombre de origen senegalés, pero que ahora tiene nacionalidad española tras muchos años viviendo en Zaragoza. Está muy enfadado, no para de echar sapos y culebras por la boca. Viene con un convoy de ambulancias y ayuda humanitaria para Senegal, y no ha parado de encontrar problemas en cada frontera. Policías y funcionarios corruptos, tasas abusivas, timadores que tratan de aprovecharse. Echa pestes contra su propio país, que le impide la entrada a la tierra donde nació con material para ayudar: “todos ladrones, desde el presidente hasta el de más abajo, todos quieren vivir sin trabajar”. Lleva un día entero atrapado en esta frontera, y puede que tenga que pasar una segunda noche aquí; su humor es fácilmente comprensible. Por mi parte, yo caigo en manos de otro de esos que tratan por ti con los policías del puesto de aduanas. Me lleva a la tienda de un cambista, donde me dice que tengo que comprar al menos cincuenta mil francos (setenta y cinco euros) para obtener un certificado que diga que tengo esa cantidad para poder entrar al país, y que debo cambiar todo mi dinero mauritano o me lo requisarán en la aduana. Me ofrecen mil quinientos francos por cada mil ouguiyas, cuando la tasa normal es de mil novecientos o dos mil francos. Cambio una pequeña cantidad para tener algo de dinero senegalés, y le digo que con respecto al resto, ya trataré con los policías de la aduana. “Eso es muy arriesgado, ahora estás en África”, me dice. “Muy bien, pues me arriesgo”. Antes de dejarme ir me cobran el “impuesto comunitario”, que de todas formas ya me esperaba porque Saad me había avisado en el albergue en Nouakchott. “¿Y no tienes algo para un pobre viejo?”, me suelta el cambista. “Tú ya has hecho bastante negocio conmigo”, le respondo, y ya no insisten más. Salgo por fin del puesto fronterizo y entro en la ciudad. Voy muy agobiado, tanto por el cabreo con los timadores y conmigo mismo como por lo avanzado de la hora. Veo un albergue pero paso de largo; solo quiero salir cuanto antes de este lugar. Pregunto por la carretera de Ross Béthio, que es la que después continúa hasta Saint Louis, y abandono la ciudad. A la salida, hay un control de policía con el letrero “Aduanas”. Me detengo y se me acerca un hombre que parece trabajar allí, aunque no va de uniforme, y me saluda muy amistosamente. De pronto lo reconozco: ya habíamos hablado antes, en el restaurante Mama Africa, en Nouakchott. Se interesa por mí y por mi viaje, y finalmente me indica que continúe. Ningún policía me dice nada. Obviamente, lo de los cincuenta mil francos y la prohibición de introducir ouguiyas mauritanas en el país no era más que una patraña. Por fin me veo rodando sobre una carretera senegalesa. ¡Por fin! El cambio con respecto al desierto sigue teniendo lugar poco a poco. Casi todos los árboles son acacias, y sigue habiendo poca hierba y mucha arena, pero esta es más oscura, de aspecto menos árido. Y empiezan a aparecer a mi alrededor arrozales, campos encharcados, ¡llenos de agua entre la que asoman las verdes briznas del cereal! El viento es más suave, y ahora, más que estorbarme, lo único que hace es refrescarme. Empiezo a rodar con más facilidad, parece que he encontrado unas fuerzas que no sabía que tenía por ahí escondidas. Llego a plantearme el intentar llegar a Ross Béthio, la siguiente ciudad, a unos cincuenta kilómetros. Voy pedaleando, ahora más alegremente que en el lado mauritano, echando un vistazo de vez en cuando al sol cada vez más bajo y preguntándome si es sensato intentar llegar a la ciudad, algo que es casi seguro que no conseguiré con la luz del día. Finalmente, a treinta y cinco kilómetros de Ross Béthio, veo que un hombre se baja de un coche junto a una aldea. Me acerco, le saludo y le digo que estoy buscando un sitio donde dormir. Es un hombre de unos sesenta años, de cara y maneras apacibles, que sostiene un rosario en las manos. “Bueno, yo vengo aquí a la casa de un amigo mío”, me contesta, “si quieres te puedes quedar también”. Mi nuevo amigo se presenta como Alassane. Me conduce a un grupo de pequeñas casas de adobe y de paja, y me invita a plantar mi tienda en el patio de arena que las separa. Entre las casas hay un par de mujeres jóvenes y cerca de una decena de niños y niñas que corren, juegan y me miran con curiosidad. Poco después llega el dueño de la casa, Ousmane Bah (yo intento transcribir los nombres como puedo, espero no equivocarme mucho), un hombre de mediana edad, alto y de aspecto fuerte. Comparte un plato de arroz con pescado con su invitado Alassane, pero pronto se levanta y me ofrece ocupar su lugar para terminar la comida. Yo acepto agradecido y saco de mis provisiones la lata de sardinas que iba a ser mi cena, y la lata pronto va pasando de mano en mano. Mientras comemos, Ousmane me cuenta que desde que murió su padre es el cabeza de familia. En estas casas vive él con su hermano y su hermana pequeños, y los hijos de los tres. Cuatro de los pequeños son suyos, el resto son sus sobrinos. Se dedican al cultivo del arroz. Me explica que el gobierno de su país está tratando de poner a todo el que no tiene oficio ni beneficio a cultivar arroz, para reducir la delincuencia y la dependencia del arroz importado de fuera, así que ahora toda esa zona es de arrozales, como he venido viendo desde la bici. Mientras hablamos, varios de los niños están sentandos a nuestro alrededor sin quitarme el ojo de encima. Ousmane sonríe y me dice “normalmente después de cenar miramos la televisión –yo ya me he fijado en la antena que corona una de las casitas–, pero hoy su televisión es el tubaap (el blanco, en wolof)”. Me cuenta también que su padre, cuando veía pasar a un viajero por la carretera, siempre le hacía detenerse y le invitaba a pasar la noche en su casa. Lleva la hospitalidad en la sangre. Después de compartir la cena y un té que me sabe a gloria, entramos adentro a mirar un rato la televisión. Es un programa informativo donde el director de la televisión entrevista al presidente de la federación de baloncesto. Ousmane me dice que es un canal público comprado por el cantante Youssou Ndour. La atención de los niños ahora pasa de mí a la pantalla, salvo la del más pequeño, un renacuajo de unos dos años que juguetea con una sábana sobre la cama, y se ha hecho un lío del que le cuesta salir. Yo me voy a la cama dentro de mi tienda, cansado pero contento de haber acabado en este lugar. Habría dormido mejor si no hubiera seguido rumiando mis problemas en la frontera, pero al fin y al cabo, si hubiera hecho las cosas de otra manera, seguramente no habría conocido a Alassane y a Ousmane y su familia. A la mañana siguiente, cuando me levanto, Ousmane ya se ha marchado a trabajar a los campos de arroz. Le pido a Alassane, que aún sigue por allí, que se despida de él y le agradezca su hospiladad de mi parte. El hombre me dice que se alegra de haberme conocido, que es la voluntad de Dios que nos hallamos encontrado en el momento que yo lo necesitaba. Él va de camino a Dakar, esperará junto a la carretera a que alguien le recoja. Yo me pongo en marcha ya un poco tarde, pero no demasiado; el sol aún no ha empezado a apretar de verdad. Al fin me siento de verdad en un lugar nuevo. Sigo rodando entre los campos de arroz, y a lo lejos, hacia el sur, veo la linde de un bosque. ¡Un bosque, nada menos! Ardo en deseos de seguir surcando kilómetros para verlo de cerca, para dejar atrás definitivamente el desierto y la sabana y sumergirme en un océano de verdor que tanto echo en falta. Los treinta y cinco kilómetros hasta Ross Béthio pasan rápidamente. Me encuento con una ciudad ajetreada, que se extiende a lo largo de la carretera que recorro. Aquí hay que circular con más cuidado, todo está lleno de gente. Cientos de personas caminan sobre la arena a ambos lados del asfalto, se llaman y se hablan a voces, entran o salen de las tiendas de teléfonos, de la gasolinera, de los puestos de frutas, todo ello bajo un sol tropical que ya empieza a derretirme. Ahora sí que me siento en África. Me paro para comprar una tarjeta senegalesa y de repente soy tan discreto como un vestido de Agatha Ruiz de la Prada en una reunión de amish. Todo el mundo, todas y cada una de los varios cientos de personas que hay en la concurrida carretera son de la misma raza. Excepto yo. Miro a mi alrededor, para ver si hay algún otro blanco, o un árabe, pero no lo hay. La sensación es curiosa, al principio un poco incómoda, pero pronto me acostumbro. Compro la tarjeta de teléfono y algo de agua fresca, y continúo mi camino. A partir de Ross Béthio, la carretera atraviesa muchos pequeños pueblos. Se puede ver la falta de medios, pero no es tan grave como en los primeros poblados que vi en Mauritania, que me parecieron mucho más pobres. Los niños gritan, todos ellos y casi sin excepción, “¡tubaap, tubaap!” al verme. Hay gente, normalmente mujeres, que acarrean agua o leña sobre la cabeza. Veo carros tirados por burros, y muchas veces por caballos, y sus conductores y yo nos saludamos siempre al cruzarnos. Desde que crucé la frontera no he vuelto a ver un solo dromedario, omnipresente en Mauritania, pero sigue habiendo cabras, el segundo animal que más he visto en el desierto. Y veo nuevas aves: una especie de cuervo con plumas blancas en el pecho, y unas pequeñas palomas de cuerpo cobrizo y alas azules, muy bonitas al volar. En muchos pueblos hay pintadas en las paredes que conmemoran la llegada del equipo local a la final de algún campeonato de fútbol. Entre dos pueblos paso junto a un canal donde algunas mujeres lavan ropa y unos niños se bañan. Estoy tentado de girar bruscamente el manillar y tirarme al agua con bici y todo. De repente, al atravesar uno de estos pueblos, un hombre me saluda desde el arcén. No es otro que el bueno de Alassane, al que han traído hasta allí, y que ahora espera coger otro vehículo para continuar hacia Dakar. Yo me detengo para charlar un rato con él, y entonces me pregunta “¿y tu casco?”. Me llevo la mano a la cabeza y toco directamente mi pelo. Es verdad, no lo llevo puesto. No está colgado del manillar, miro por todas partes y no lo veo. Me paro a pensar un momento. Mi penúltima parada fue en Ross Béthio, y recuerdo perfectamente haberme puesto el casco al salir de allí. Después volví a parar en uno de los pueblos para descansar, y ahí sí que no recordaba qué había hecho con él. Habré hecho diez o quince kilómetros desde entonces, y me pregunto cómo es posible que no me haya dado cuenta. Supongo que estaba tan encantado con sentir la brisa en lugar de cocerme el cráneo que mi propio cuerpo decidió ocultarme el despiste para que no me diera cuenta y volviera a ponérmelo. Se lo cuento a Alassane y me sugiere que vuelva en autostop para recuperarlo, que él se queda allí vigilando mi bici. A mí me parece una tontería, estoy seguro de que el casco ya no estará donde lo dejé, de que se lo habrá llevado alguien, y que será mejor que intente comprar otro cuando llegue a Saint Louis, ya a menos de treinta kilómetros. Sin embargo, algo me dice que por qué no, que un acto de fe no está mal de vez en cuando, que después de todo el tiempo que me ha acompañado estaría feo abandonar al pequeño compañero que ha protegido siempre mi desastrosa cabeza. Así que le acepto el consejo a Alassane y me pongo a sacar el dedo al otro lado de la carretera. Lo malo es que no recuerdo el nombre del pueblo, solo la distancia aproximada y que me senté a la sombra, sobre un tronco junto a una empalizada de cañas. Con ayuda de Alassane, consigo una plaza en un pequeño autobús (más bien una furgoneta). Mi “plaza” consiste en ir detrás del vehículo, de pie sobre una plancha de madera sujeta a la parte posterior y agarrado a una escalerilla de hierro soldada a la baca. Comparto el lugar junto con otros tres o cuatro hombres. En los primeros kilómetros el bus hace varias paradas para recoger a más gente. Llega un momento en el que ya no tengo sitio para poner los dos pies en la plancha de madera, y tengo que dejar uno al aire; el tipo que está a mi izquierda lo tiene aún peor, en el borde y asomando por el lateral del vehículo. Me pongo a contar a los que viajamos de esta guisa, colgados de la furgoneta: somos ocho. Uno de nosotros es el responsable de cobrar a los viajeros y avisar al conductor para que pare; lo hace golpeando los cristales o la chapa con una moneda. Parece muy acostumbrado a viajar así, va de pie sobre el madero, con el cuerpo echado hacia atrás y sujeto de un reborde metálico del portón trasero con la punta de los dedos. Yo me agarro bien fuerte con ambas manos a la escalerilla de hierro y me pregunto cómo lo hace para no caerse. Al cabo de algo menos de diez kilómetros el bus se ha vaciado bastante de gente y ya podemos entrar todos y sentarnos dentro. Aprovecho para pagar el precio del viaje, doscientos francos (treinta céntimos de euro). Reconozco pronto el sitio donde había parado a descansar, pido que paren la furgoneta y me bajo. Ha sido toda una experiencia de transporte colectivo africano. El casco, como era de esperar, no está por ninguna parte, pero me acerco a un grupo de personas que hay sentadas enfrente y les pregunto si lo han visto. Uno de ellos me dice que lo ha cogido un chico que vive allí, y le pide a otro que vaya a buscarlo para que me traiga el casco. Mientras tanto, me siento a esperar con ellos, consciente de que aquí todo va despacio y el chaval puede tardar un buen rato en regresar. Charlo un poco con el que mejor habla francés, el resto conversan mientras entre ellos en wolof. Se interesa por mi viaje, me cuenta que tiene un hermano viviendo en España. Se presenta como Cheikh Ngome, vive en Saint Louis pero trabaja en el campo. Al fin vuelve el otro chico, con mi casco en las manos. La fe tiene premio. Les doy las gracias y me pongo a hacer autostop para volver en la otra dirección. Mientras tanto, veo como Cheikh Ngome está tratando de reparar un ciclomotor que no arranca. Cuando por fin lo consigue y lo pone en marcha, me ofrece llevarme. Me acomodo como puedo tras él y me preparo para otro curioso viaje de vuelta; al menos ahora llevo la cabeza protegida por mi recién recuperado casco, pero temo por el resto de mi cuerpo. Al final llegamos sin contratiempos adonde Alassane me espera con Safír. Le doy las gracias a Cheikh Ngome junto con algo de dinero para la gasolina, nos intercambiamos los teléfonos y nos despedimos. También me despido de Alassane, que va a tratar de continuar su viaje a Dakar. Yo aprovecho la parada para comer en un pequeño restaurante junto a la carretera. Le pido algo rápido a la chica joven que lo atiende, y me hace un revuelto de huevos con patatas y cebolla. Me cobra quinientos francos, es decir, unos setenta y cinco céntimos. Repuestas las fuerzas, encaro el último tramo hacia Saint Louis. Poco antes de llegar, cruzo un río, uno de los últimos afluentes del Senegal. A su alrededor crecen multitud de plantas acuáticas, cañas y carrizo, árboles que crecen más densamente de lo que he visto en miles de kilómetros, y en el suelo, junto a la carretera… ¡hay hierba verde! La cercanía del agua hace que el ambiente sea refrescante, y todo junto, el verdor, la hierba, el agua, me hace emocionarme… Y así es como por fin llego a Saint Louis. La ciudad va llegando poco a poco. Primero son algunas casas y locales junto a la carretera y un gran campus universitario. Va aumentando el tráfico poco a poco, hasta que llego a un cruce, ya rodeado de casas y de vorágine de coches y gente. Pregunto en una gasolinera por el camino hacia la Isla, que se encuentra entre dos brazos del río Senegal y es donde está la parte antigua y colonial de Saint Louis. Me dirijo hacia ella, y paso por la zona del mercado, llena de gente, de puestos, de vendedores con su mercancía sobre mantas en la calle, de un caos de tráfico atascado en una rotonda por donde una ambulancia trata inútilmente de abrirse paso. Finalmente accedo a la Isla cruzando un largo puente sobre el brazo mayor del río; es tan vasto que más bien parece un brazo del océano que se adentra en la tierra. Varios guías me ofrecen sus servicios, y algunos artesanos sus mercancías. Yo les respondo que estoy cansado y quiero ir al hotel, que quizá mañana, y me pongo a buscar el Siki, el “hotel de los españoles”, que regenta el también español Jay, un amigo de mi cuñado. Cuando llego me atiende en la recepción Mahmadou, un chico joven muy alto, de unos dos metros, y muy delgado, que habla algo de español. Jay le había avisado de mi llegada, y me ayuda a meter la bici dentro. Me empieza a preguntar por mi viaje: “¿y has venido en bici desde España? ¡Joodeeer! ¿Y cuántos kilómetros son?” “Unos tres mil seiscientos?” “¡Joodeeer! ¿Y cuánto tiempo llevas de viaje para eso?” “Algo más de dos meses”. “¡Joodeeer!” Cada exclamación va acompañada de gestos y aspavientos que me hacen mucha gracia. Mahmadou me trata con mucha amabilidad y simpatía y me da una buena acogida en el hotel. Después de descansar un buen rato y darme una larga ducha con la que me quito un kilo de arena del desierto, bajo a la recepción, y Mahmadou me dice que ha venido Jay y que le ha dicho que cuando bajara yo, si quería, que fuera a verle a una exposición de cuadros de una amiga española que había en una sala muy cerca del hotel. Me acerco y allí conozco finalmente a mi anfitrión y a otros españoles. Los cuadros representan escenas de la vida en Senegal. Mis favoritos son uno de unos pescadores en una barca en medio de una tempestad, que transmite mucha fuerza; otro de un mercado en el que los rostros de las vendedoras no tienen rasgos (¿no ocurre eso muchas veces cuando pasamos por un mercado?), y sobre todo uno que representa a una mujer fuerte, que carga con dos cubos llenos de agua, uno en cada brazo, y lleva a una niña sujeta con un pañuelo a la espalda; la mujer ocupa el centro del cuadro y realiza toda la acción, pero la niña, simplemente con su mirada, roba todo el protagonismo y la atención del espectador. Jay me da la bienvenida y me presenta a otros españoles. Uno de ellos está aquí trabajando precisamente en el programa del gobierno para impulsar el cultivo de arroz con el fin de lograr la autosuficiencia alimentaria. Me explica que es muy difícil de lograr, porque todo ese arroz se cultiva en el valle del Senegal, y es un cultivo de subsistencia, del que el treinta por ciento se queda para alimentar a las familias. El setenta por ciento restante se malvende en mercados locales, por falta de medios logísticos para llevarlo al resto del país, que sigue comiendo arroz importado de Tailandia. Las perspectivas no parecen invitar al optimismo. Me despido pronto y me voy a buscar algo de cenar y al hotel a dormir, muy necesitado de un buen descanso. Por la mañana intento cambiar mis ouguiyas mauritanas, pero me ofrecen lo mismo que los estafadores de la frontera. Tendré que esperar a llegar a Dakar y sus bancos, a ver si allí tengo más suerte. La parte colonial tiene su encanto, pero es demasiado turística, y hay demasiados guías, vendedores y cazadores de blancos. Me siento objeto de un racismo a la inversa, me siento visto como un símbolo de dólar con patas. No puedo culparles, pero tampoco puedo evitar molestarme. Al final decido volver a cruzar el puente y pasar a la otra parte de la ciudad. A diferencia de la Isla, aquí no hay ningún blanco más que yo. Camino otra vez por el mercado atestado de gente que ayer crucé con Safír. Como por arte de magia, aquí nadie me acosa, nadie me saluda ni se pone a hablar conmigo; los que tienen ese oficio se quedan donde hay más peces que pescar. Encuentro un restaurante popular, de los que frecuenta la gente local, y como hasta hartarme por una sexta parte de lo que cobran en la Isla. Y habría pagado ese precio con gusto, el problema no es el dinero, sino esa sensación que he dicho de “símbolo de dólar con patas”. Después de comer, vuelta a la Isla y al ciber para continuar esta historia. Yo ya estoy más descansado, y más que lo voy a estar después de una segunda noche en el Siki, de modo que mañana es el turno de Safír. Le haré una buena limpieza y le echaré un vistazo a ese pedalier que me lleva haciendo un extraño ruidito desde poco después de pasar la frontera. Espero que no sea nada del eje, porque con las herramientas y los conocimientos que tengo no me daría para repararlo yo mismo, y por aquí no he encontrado ninguna tienda o taller de bicis. De todas formas Safír es un campeón y se ha portado estupendamente hasta ahora, confío en que aguante al menos hasta Dakar, son solo doscientos sesenta kilómetros en llano (una nadería en comparación con lo que llevamos). No me gustaría acabar este post sin una exclamación más alegre, de las de abrir botella de champán. ¡YA ESTOY EN SENEGAL! Y se puede cruzar un desierto en bici, y el noventa y nueve por ciento de la gente es buena y te ayuda, y si quieres hacer algo y te regalan la oportunidad, entonces puedes hacerlo, por difícil que parezca, y la mejor de las excusas para no hacerlo no es más que una pobre mentira. Porque mi rodilla en Essaouira me decía que no podría llegar hasta aquí, pero aquí estoy. Y el viento en Tan Tan me decía que era imposible seguir en bici, pero aquí esta Safír, con otros mil setecientos kilómetros de desierto bajo sus ruedas. Y mi cabeza en Tánger, y en Rabat, y en El-Aaiún, y en el desierto, y en muchas otras ocasiones, se daba la vuelta para mirar hacia atrás en vez de hacia adelante, pero seguí adelante y aquí estoy. Y lo mejor de todo es que eso no es extraordinario. No lo es, porque en el ser humano lo ordinario es tener esa fuerza y ser capaz de todo eso y de mucho más. Solo hacen falta dos cosas: creérselo y que alguien te dé la oportunidad de hacerlo. Lo primero lo he hecho yo solito, pero lo segundo es algo que depende de la suerte, y yo tengo mucha, y es algo que tengo que agradeceros a quienes me queréis y me habéis dado todo lo que tengo. Y ahora solo me queda pediros una cosa más: que me creáis cuando digo que esto no tiene nada de extraordinario ni de admirable, a pesar de lo que muchas veces decís en vuestros comentarios al blog, y que cualquiera de vosotras sería capaz de lo mismo solo con proponérselo, si se le ofreciera una oportunidad tan estupenda como a mí.