En Nouakchott

Empieza a apretar el sol, mucho, mucho. Creo que nunca lo había visto tan alto en el cielo al mediodía, desde luego no en esta época del año. Cae en vertical sobre el polvo de las calles, aplastante, cerrando con fuerza las puertas de los edificios de los que nadie quiere salir hasta que ha avanzado algo más la tarde. Y yo me refugio en el interior de un ciber desde el que escribo mi segundo y último post mauritano, para avisaros de que mañana salgo con rumbo a la frontera de Senegal.

Después de mi última entrada, volví al albergue, donde me he hecho amigo de otros viajeros: Staci, una australiana a la que le echo unos sesenta, que viaja sola; Rachele y Giobbe, una pareja de italianos más o menos de mi edad, que van con su autocaravana; Saad, un estadounidense de abuelos mauritanos y nacido en Casablanca, y Pawel, un motorista polaco que me adelantó hace un par de días en la carretera. Los primeros a los que conocí fueron los italianos, que pararon a la vez que yo en el control policial de entrada a Nouakchott. Son músicos, con rastas y ropa ligera y sencilla de algodón, con un aire algo hippie. También se dirigen a Senegal, es posible que me los vuelva a encontrar allí.

Después de echar un rato en el albergue, crucé al restaurante de enfrente, el Mama Africa, regentado por senegaleses, para cenar. Mientras lo hacía, estuve charlando un rato con Saliou, un chico senegalés que habla bastante inglés. Acababa de regresar del norte, de la frontera con Marruecos, donde le habían denegado la entrada. Ahora esperaba que un amigo le dejase algo de dinero para coger un avión en Nouakchott e intentarlo por vía aérea, que parece ser más sencillo (y más rentable para Royal Air Maroc). En la tele había un debate político en el que se alternaban el francés y el wolof, lo que me hacía imposible seguirlo. Saliou me explicó que hablaban de un asunto de corrupción política en su país; por lo visto, el hijo del anterior presidente ha sido encarcelado por robar cien millones de euros de dinero público. Saliou continuó hablando del tema, una de las lacras que lastran el desarrollo africano: la corrupción de sus líderes políticos, que diezman las riquezas de sus países o las malvenden a multinacionales para su propio beneficio, y luego sacan el dinero del país para disfrutar de un plácido retiro en el primer mundo. Me habla de  estos problemas y del racismo que tiene que soportar por parte de los árabes, o el que se encontró en Rusia, adonde emigró temporalmente para trabajar. Me hace notar que yo no he sufrido ninguna discriminación aquí en África por que mi color de piel sea distinto, casi echándomelo en cara, pero veo en sus ojos, a punto de echarse a llorar de indignación, que la rabia no va contra mí. Cuando hablamos de otros temas, su cara es alegre, sus ojos me miran con amistoso interés. Suele estar en el Mama Africa, he vuelto a verle por allí, y se ha cruzado al albergue para saludarme. A ver si esta noche charlo un rato con él, tengo pensado volver allí a cenar.

Al día siguiente fui a desayunar a un café marroquí. A mi lado se sienta una familia, un matrimonio con un hijo de unos ocho años cuyo aspecto me recuerda a mí mismo de pequeño. Entonces la mujer le dice algo, y me sorprendo al oírle hablar en castellano con acento andaluz. Les saludo y entablamos conversación. Son de Ronda, y llevan un par de años afincados aquí. Ante la situación económica en España, se vinieron a probar suerte en Mauritania. Ahora tienen un almacén de distribución de productos lácteos, una constructora y algunos otros negocios. Me cuentan que no son los únicos, que en Nouakchott hay establecida una comunidad de españoles de buen tamaño. Poco después lo compruebo, cuando cruzo la calle para ir a un supermercado que está junto a su almacén. Las estanterías están surtidas casi únicamente de productos importados de España. Entran varias personas, reconozco a varios compatriotas por el aspecto, y cuando hablan entre sí me lo confirman. Casi me parece estar en un Día o en un Mercadona, salvo por los precios, que se multiplican por dos o más para pagar el coste de la importación (por ejemplo, un paquete de queso rallado, cuatro o cinco euros).

Por la tarde, Staci, Rachele y Giobbe tienen pensado ir al puerto de pesca, una visita que les han recomendado, y me invitan a unirme. Yo acepto, más por entablar amistad que porque me apetezca en ese momento una salida turística, y tomo con ellos un taxi hasta la costa. Cuando llegamos, casi me arrepiento del mero hecho de habérseme pasado por la cabeza la idea de declinar la invitación. No me esperaba el espectáculo del puerto, que no creo ser capaz de describiros. El lugar es en realidad una playa, tan atestada de gente que nos cuesta avanzar. Debe de haber miles de personas. Gente que compra pescado, gente que lo vende. Trabajadores cargando con grandes cestos de peces recién capturados sobre sus cabezas, muchas especies de las que no conozco el nombre, otras que puedo nombrar pero que no resultan habituales, como rayas y peces martillo. Cuando llegamos a la orilla, vemos las barcas, cientos de barcas de pesca a menos de cien metros de la costa, llenas de pescadores faenando, y otras recién llegadas a la orilla, medio volcadas sobre la arena. Inmediatamente se abalanzan sobre ellas hombres que las despojan de su carga para llenar sus cestos y llevarlos de vuelta a la lonja, en lo alto de la playa. También hay muchachos que recogen algunos peces en pequeñas redes. El proceso parece caótico, nosotros nos preguntamos cómo se controla eso, cómo saben cuánto pescado ha salido de cada barca, quién se lo lleva y a dónde, cuándo pagan los vendedores el pescado que se han llevado y cómo llega el dinero a los pescadores por su trabajo. Por la playa también pasan algunos vendedores, de café touba, típico de Senegal, o de juguetes, para los niños de las familias que vienen a pasar un día de playa algunos cientos de metros más allá, donde no hay actividad pesquera y uno se puede sentar tranquilamente. Me fijo en que aquí, a diferencia del resto de la ciudad, apenas hay árabes, y prácticamente todas las personas que veo son negras. Mi momento favorito llega cuando vemos sacar una de las barcas del agua para dar por concluida su jornada de pesca. Es grande y pesada, el trabajo lo realizan unos treinta hombres. Pero el espectáculo que me sobrecoge es la manera en la que coordinan su tarea: mediante un cántico rítmico, que calificaría de ritual, de tribal, y que les sirve para acompasar sus esfuerzos a la hora de empujar el enorme peso de la barca playa arriba. Cerca de allí veo cientos de barcas, ya descansando sobre la arena, todas pintandas de varios colores, formando una imagen de singular belleza.

Pasamos allí la tarde, y volvemos tras disfrutar de la puesta de sol sobre el océano, más allá de los pescadores. Por el camino de vuelta se nos acercan varios hombres, curiosos, divertidos, quieren hacerse fotos con los extranjeros. Uno de ellos, un hombre de unos treinta, bajo y delgado, se queda cuando el resto se han ido. Habla buen inglés y lo aprovecha para seguir hablando con Staci y conmigo. Se llama Cheikh. Al principio la conversación es bastante insustancial, acaba en el fútbol y el Real Madrid, como suele pasar cuando digo de dónde soy. Pero eso cambia enteramente cuando comento el detalle en el que me he fijado, que aquí en el puerto no hay árabes. Entonces Cheikh empieza a explicarme algo de la historia y la realidad social de Mauritania. El gobierno y la riqueza están controlados por la minoría blanca (Cheikh se refiere a los árabes como blancos, para distinguirlos de los “árabes negros” o Haratin, una etnia negra que también habla en árabe). Mientras, las diversas etnias negras, como los pular (la suya), los wolof, los soninké, son discriminados y tienen que conformarse con los peores trabajos. Por eso no hay blancos en el puerto, porque no necesitan trabajar allí. La situación alcanza el extremo de que aún existe la esclavitud en Mauritania, en una forma en la que ya ha sido abolida prácticamente en todo el resto del mundo. Cheikh sigue hablándome de los problemas de pobreza, desigualdad y falta de acceso a la educación en su país, aunque él mismo ha podido estudiar en la Universidad (literatura inglesa, me cuenta). Se muestra esperanzado de que la gente cada vez está tomando más conciencia de estos problemas y empezando a organizarse, y cree que, con tiempo y esfuerzo, lograrán traer algún cambio en la situación. Se muestra encantado de poder hablar de todo esto con alguien, me dice que me va a echar mucho de menos cuando me vaya, quiere que le ayude a poder salir de Mauritania y venir a España, quiere poder completar sus estudios en Europa, o en Marruecos, donde sea que pueda ampliar sus horizontes. Pero no tiene dinero, se ha presentado a unas oposiciones, pero sin éxito; se queja de que la discriminación y el nepotismo hacen casi imposible acceder a un trabajo público. Quería poder seguir hablando conmigo, de modo que hemos intercambiado direcciones de email y facebook.

Tras el puerto hemos vuelto al albergue. He estado charlando un rato con Staci. Le gusta trabajar con las manos, es cocinera y su hobby es la artesanía. Tiene dos meses para recorrer África Occidental. Vino en avión hasta Casablanca, y a partir de ahí ha venido en tren y autobús hasta aquí. Ahora tiene pensado ir a Mali, continuar por el interior hasta Benin y después regresar hacia el oeste por la costa. Me muestra alguno de los abalorios de barro que ha hecho y ha traído consigo, y me regala un colgante hecho con uno de ellos y con una concha que ha recogido en el puerto. Me comenta que una de las razones de su viaje es compartir trabajo y conocimientos con artesanos de estos países. No es la única persona interesante con la que comparto albergue. Hay también un libio, de cuyo nombre ahora no me acuerdo, que viaja a pie. Lleva quince años haciéndolo. Su última aventura: venir desde África del Sur hasta aquí. Lo mío no es nada.

En fin, el resto del tiempo en Nouakchott lo he empleado en descansar, visitar la embajada de Senegal para asegurarme de que tengo la documentación necesaria para cruzar la frontera sin ningún problema, y en preparar a Safír, el equipaje y las provisiones para continuar pedaleando mañana. Si todo va según lo previsto, el próximo relato lo escribiré el viernes desde Saint Louis…

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Travesía del desierto

Ya he atravesado el corazón de este rincón occidental del Sáhara, ya he llegado a la última ciudad en el desierto: Nouakchott, la capital de Mauritania. Desde aquí ya me queda muy poco para llegar al Senegal, apenas doscientos kilómetros que espero recorrer en un par de días. ­¡Qué ganas tengo ya de llegar y dejar atrás el viento y la arena del desierto!

Salí hace una semana de Dakhla con la energía bien repuesta y las alforjas repletas de comida y agua para atravesar los trescientos setenta y cinco kilómetros que me separaban de la frontera, un trayecto en el que me habían advertido que no encontraría prácticamente nada. Había elegido para salir un día con una previsión de vientos suaves, que por fortuna se cumplió. Había menos controles policiales, supongo que porque ya había pasado todo lo relacionado con el foro internacional que se celebró aquí. La primera parte del trayecto transcurrió tranquilamente, sin nada de especial hasta que llegué al istmo de la península. Cuatro días atrás, lo había descrito como una llanura inacabable y perfecta de arena sin un solo rasgo destacado que se diferenciase del resto. Ahora, la marea había subido, y la orilla del océano, que días antes había estado a cuatro o cinco kilómetros de mí, estaba a cuatro o cinco metros de la carretera. Donde solo había visto arena, ahora solo veía agua.

Poco después ya había vuelto a la carretera principal y ponía de nuevo rumbo al sur. Llegué pronto a El Argoub, un pueblecito con varias tiendas y restaurantes junto a la carretera, y que en principio era mi posible parada del día. Paré a comer algo, y, como aún era temprano y no había gastado mucha energía, decidí continuar; se suponía que a menos de cincuenta kilómetros había un pueblo de nueva construcción, probablemente vacío, pero donde quizá habría un guarda nocturno junto al que acampar. Mi información resultó ser correcta, y llegué a ese pueblo poco antes del atardecer. Busqué un lugar entre los edificios, protegido del viento y no muy visible desde la carretera; saqué mis provisiones y me puse a prepararme un cuscús con verduras. Al poco tiempo se me acercó un coche de la gendarmería. “¿Qué, preparándote la cena? Si ahí, un kilómetro más adelante, tenías una estación de servicio con café y restaurante.” Y yo ahí, con mi cocina de gasoil y mis provisiones para sobrevivir varios días, y aún no he recorrido cincuenta kilómetros desde el último bar y ya llego a otro. “Pero, ¿qué mierda de desierto es este?”, pensé. El gendarme me dijo que preferiría que después de comer continuase hasta la estación de servicio para dormir allí, y me advirtiٍó del peligro de los perros salvajes. Yo solo había visto un perro merodear y me había parecido mucho más asustado de mí que yo de él, pero decidí aceptar el consejo y seguí hasta la gasolinera. Allí me dejaron dormir en una habitación cuadrada y desnuda, con una alfombra y una gran estera en el suelo. En la pared este había un mural en el que pude reconocer la frase “Allah es el más grande” escrita con caligrafía artística, por lo que supuse que era un lugar de oración. Mi suposición se confirmó más tarde cuando entró un negro (gradualmente se iba haciendo más común encontrármelos, sobre todo a partir del sur del Sáhara occidental; ahora, en Nouakchott, creo que ya igualan o superan a la población árabe) para hacer la última oración del día. Normalmente los musulmanes comienzan repitiendo ritualmente la frase “Allahu akbar” (Dios es el más grande) tres veces antes de recitar el resto del rezo; este lo hizo rápidamente y con desgana, “Allahakbarallahakbarallahakbar”, como una rutina que ya es poco más que eso, una rutina, en contraste con otras personas a las que he visto orar con mucho más fervor. Uno se encuentra por aquí con toda la gama entre los dos extremos. Después de entrar a la cafetería para tomar un té y una chocolatina de postre, pregunté al empleado de la gasolinera si ya podía cerrar por dentro la “capilla”, y me metí a dormir.

Al día siguiente me desperté muy temprano, pues el siguiente lugar habitado estaba a unos ciento sesenta kilómetros. Al poco de levantarme, ya entró un hombre a rezar. Yo salí afuera, vi el que probablemente era su coche, con el motor en marcha, y que seguramente solo había detenido para la oración. Junto al coche, me fijé en algo que me llamó mucho la atención: dos mujeres rezando. No las había visto orar hasta entonces, y llevaba el viaje entero preguntándome si no lo hacían o si solo podían hacerlo en la intimidad. Es una imagen que solo he vuelto a ver una vez más desde entonces, ya en Mauritania.

Comencé a pedalear pocos minutos después del amanecer. Ese día fue muy largo, y demostró ser lo que me habían advertido: ciento sesenta kilómetros de nada. Ni un pueblo, ni un restaurante, ni una gasolinera, ni una tienda. Nada. Solo desierto y más desierto. Por suerte, la carretera iba siempre cerca de la costa, y el viento y la temperatura eran suaves, así que se hizo muy largo, pero no demasiado duro. El momento más notable fue cuando pasé junto a un cartel que indicaba “Trٍópico de Cáncer”. Por primera vez en mi vida, estaba saliendo de la zona templada de la Tierra, de mi propia zona climática. No es que de repente haga más calor, pero durante un rato después de cruzar esa línea tuve una sensación especial, de estar llegando muy lejos.

El tráfico era cada vez más escaso. En ocasiones, pasaba más de un cuarto de hora entre cada vehículo que me adelantaba. Entonces pasé el rato más tenso de todo el viaje, en lo que a temer por mi integridad física se refiere. Justo después de cruzarme con un camión, en uno de esos ratos de soledad en los que no sabes cuánto vas a tardar en encontrarte con otro ser humano, salieron de la nada unos seis u ocho perros salvajes que empezaron a perseguirme. Corrían junto a la bici y por detrás de ella, me adelantaban y se cruzaban por delante, haciéndome temer que los atropellaría y me harían caer, sin dejar de ladrarme muy agresivos todo el tiempo. Traté de mantener la calma. No aceleré, consciente de que no podía ir más rápido que ellos y que sería un desperdicio de energía que solo serviría para hacerles creer que yo era una presa que huía, así que mantuve la velocidad. Giré la cara hacia el perro más cercano y le grité con todas mis fuerzas, para ver si lo intimidaba, pero no surtió ningún efecto. Por un momento empezó a entrarme miedo, pero le dije a mi miedo “no, ahora no me vienes bien, márchate”, y me obedeció. Me fijé en que, pese a su aparente agresividad, ningún perro se acercaba a menos de medio metro; pensé que estos animales suelen atacar las patas y el cuello de sus presas, y que, dado que Safír no tiene patas, y mi cuello quedaba bien lejos de su alcance, los perros debían de estar desconcertados sin saber por dónde hincar el diente. Finalmente, al cabo de unos cuantos cientos de metros, desistieron de su persecución, y pude ver por el retrovisor, con gran alvio, cómo quedaban atrás. Después, pensando sobre ello, llegué a la conclusión de que lo más probable es que solo estuvieran defendiendo su territorio, y que de todas formas no iban a atacarme si yo simplemente continuaba mi camino y me marchaba de su zona. De todas formas, no se ha vuelto a repetir nada parecido.

En el resto del día no volvió a ocurrir nada destacable. Durante el rato siguiente a lo de los perros, con la adrelanina, había avanzado muchos kilómetros a buen ritmo, pero por la tarde acusé el gasto extra de energía, y los últimos kilómetros se me hicieron eternos. De todas formas, llegué bien al último pueblo, Bir Gandús. A la entrada había una gran zona de servicio con dos hoteles acompañados por sendas gasolineras, restaurantes y tiendas, e incluso un ciber. De todas formas, no pude escribiros, porque la conexión a Internet estaba caída. Dediqué lo poco que quedaba de día a cenar y tomar un té en el restaurante, y me fui enseguida a la cama.

Al día siguiente me esperaba una etapa más corta, ya de solo ochenta y seis kilómetros hasta el puesto fronterizo de Guerguerat. Quería llegar pronto para darme una ducha y lavar mi ropa y tenerla seca para el día siguiente, así que me levanté temprano y le di bien a los pedales, pese al cansancio del día anterior. A medio camino vi lo que parecían ser las ruinas de un pueblo, medio devoradas por la arena, junto a algunos edificios que parecen más nuevos, y me detuve intrigado. Resultó ser una instalación militar, supongo que para controlar la cercana frontera; dos soldados guardaban la entrada. Uno de ellos me preguntó que de dónde era, y al escuchar la respuesta me dijo que si iba a ver “el clásico” (esta última palabra la pronunció en castellano), el Barça-Madrid que se jugaba esa noche. Me senté junto al muro para tomar un tentempié, y cuando terminé le pregunté al soldado si tenía ahí donde echar la basura; primero me dijo que lo poda tirar ahí mismo donde estaba, que es lo que me esperaba, pero luego se lo pensó mejor y cogió él mismo la botella vacía y el envoltorio y lo llevó dentro de la caseta de guardia.

Tras la breve parada llegué pronto al puesto fronterizo de Guerguerat. Una larga fila de coches y camiones, una gasolinera, una agencia de cambio de moneda cerrada por obras, dos hoteles a cual más inmundo, cuatro tiendas y el control de policía son todo lo que hay en este lugar. Me instalé en uno de los dos hoteles, el que me recomendó un gendarme. Era más caro que cualquier sitio donde me había alojado desde Tarifa, más incluso que mi último albergue en España, y, con mucho, el peor de todos. La habitación tenía el suelo de cemento, tapado con alfombras y esteras, y las “camas” eran un puñado de colchones con sábanas sucias. La ducha no funcionaba hasta la noche, porque la bomba y el calentador son eléctricos, y allí no llega la luz; hay que esperar al atardecer, cuando ponen en marcha el generador. De todas formas, en el retrete sí que había agua, así que llené un cubo y salí al patio a lavar y tender mi ropa. Después volví a entrar para comer y tomarme un necesitado descanso, después de los trescientos setenta y cinco kilómetros desde Dakhla y antes de entrar en Mauritania. Pasé la tarde tranquilamente tomando té, preguntando a algún viajero por las carreteras mauritanas, reponiendo provisiones en las tiendas. Hablé con un mauritano de mediana edad, de piel oscura, con un traje viejo también oscuro, que acaba de venir del otro lado; me dijo que el camino era seguro, que no tendría problemas. Todos los que me han dicho lo contrario son gente que no ha viajado recientemente por Mauritania, así que no vi problema en continuar.

Cuando oí el sonido de la tele dentro del hotel, supe que habían puesto el generador y que por fin podía darme una ducha que ya empezaba a apetecerme mucho. Le pedí la llave de la ducha al del hotel, que me dijo que eran veinte dirham (algo que no me había avisado antes ni lo pone en ningún letrero, como sí ocurre en otros hoteles marroquíes donde hay que pagar la ducha aparte). De todas formas, le pagué, me metí en la ducha y comprobé encantado que el agua salía bien calentita. Preparé mis cosas, me desnudé y… el agua paró de salir. Miré la bomba y vi encendido un piloto rojo junto al que ponía “Failure”. Me vestí, salí de la ducha, se lo dije al tipo y este se limitó a encogerse de hombros y devolverme los veinte dirham. Tenía demasiado trabajo en el café del restaurante, lleno a reventar de hombres para ver el Barça-Madrid. Me fui al otro hotel para preguntar si podía usar sus duchas, pero el dueño se negó, me dijo que eran solo para los clientes del hotel, así que tendría que coger una habitación allí (que era igual de caro que el otro). Me resigné a pasar otro día más, y no sabía cuántos más una vez cruzara la frontera, sin una buena ducha. Volví a mi hotel para recoger mis cosas y dejar el equipaje preparado para salir temprano, y para mi sorpresa, entre mi ropa tendida faltaban los calzoncillos. Registré el patio con mi linterna por si se hubieran volado con el viento, pero no. Entonces, no sé muy bien por qué, se me ocurrió mirar en la caseta del retrete, y allí estaban, en un rincón; alguien los había cogido de la cuerda y los había usado para limpiase después de hacer sus necesidades. Mi cabreo bestial es fácilmente imaginable, no solo por las razones obvias, sino también porque aquella mañana había hecho un esfuerzo físico considerable con Safír para llegar pronto y tener mi ropa lista para guardar por la noche. Volví a mi habitación y mi mala hostia la pagó una pobre cucaracha que pasaba por la pared y no tenía la culpa de nada. De todas formas seguí con el mismo humor toda la noche. Traté de serenarme, de ver la escena como si formara parte de una comedia de la tele. Conseguí reírme fugazmente de mi mismo y calmarme lo bastante para volver a lavar y tender los calzoncillos, pero no conseguí dejar de estar algo hosco con la gente del hotel. Así que me fui afuera para buscar mi cena en otra parte.

Entre los dos hoteles había una pequeña carnicería con una barbacoa. Le pedí al carnicero que me pesara treinta dirham de carne de ternera y me la cocinase. Me la sirvió en un plato con un pan que fue a buscar a la tienda de al lado. Cuando acabé de comer le pregunté cuánto era, pensando que debería cobrarme el pan y el trabajo, pero me respondió mirándome extrañado, como si fuera algo obvio: “Pues treinta dirham”. El tipo era un marroquí grandote, de unos cuarenta años, de ademanes tranquilos y me había tratado con amabilidad, así que consiguió reconciliarme un poco con el mundo. Volví al hotel, donde el café atestado de hombres era un gallinero diez veces más ruidoso que cualquier bar español durante un Madrid-Barça. Los marroquíes vociferaban, discutían, vivían cada jugada como si fuera el gol decisivo de la final de un mundial. El partido acabó con 2-1 para el Barcelona, y yo me alegré, no del resultado, que me daba igual, sino de que hubiera terminado para poder tener un poco de silencio para irme a la cama a descansar.

Al día siguiente, era el gran momento. Después de cuarenta días en Marruecos y sus colonias, por fin iba a cruzar una frontera y adentrarme en la para mí desconocida Mauritania…

Me acerco al gendarme del puesto de control para preguntarle si tengo que hacer con la bici la misma cola que los coches y camiones, pero antes de que termine la pregunta me indica que pase directamente. Un soldado me envía a la ventanilla del control de salida, donde relleno un impreso de Seguridad Nacional (parece que hay algo de todos los cuerpos de seguridad de Marruecos en el puesto fronterizo). El trámite va rápido y, tras un último control, me veo de repente en la famosa “tierra de nadie”, una franja de tres kilómetros que separa el puesto marroquí de la frontera mauritana, donde no hay gobierno ni ley. La realidad es que no es tan aterrador como suena. De hecho, más que otra cosa, fue divertido desde el punto de vista técnico, al tener que ir navegando las pistas de roca y arena con Safír, ya que el asfalto termina abruptamente nada más abandonar el territorio marroquí. Lo primero que ocurre es que se me acercan varios cambistas para ofrecerme uguiyas, la moneda mauritana, a cambio de mis dirham. El más rápido es un negro bajo y robusto, sin pelo y con grandes gafas de sol, que me ofrece treinta y tres uguiyas por dirham. Con la información que había buscado en Internet esperaba treinta o treinta y dos, de modo que acepto. Después de cambiar, es el turno de un guía que me ofrece, con poco o ningún entusiasmo, llevarme al otro lado; contagiado por su tono, rehúso la oferta con igual apocamiento, porque primero quiero probar por mí mismo, y el hombre no insiste más; ha sido el episodio de márketing menos agresivo que he visto en la vida.

Cuando ya empiezo a ponerme en marcha sobre la pista, se me acerca otro hombre, este un joven senegalés de piel de ébano, alto y delgado, que me parece demasiado abrigado para el calor que hace, con una fina bufanda de lana colgando laciamente de su cuello. Este no vende nada, solo parece querer hablar. Se llama Hadib, se dedica al cine, me cuenta que hace poco hizo en colaboración con unos franceses una película que transcurre entre Dakar, Marrakech y Saint Denis. Ahora está intentando regresar a Marruecos, pero le han denegado la entrada. Me explica que en teoría los senegaleses no necesitan visado, pero que en la práctica, si los gendarmes marroquíes no ven cincuenta euros entre las páginas del pasaporte, no les dejan entrar, y que a él ahora no le llega. Le pregunto que qué va a hacer, dice que no sabe, que de momento se queda ahí, en la frontera, con gente a la que ha conocido. Estoy a punto de continuar, pensando que me va a pedir dinero, pero no lo hace. Empezamos a despedirnos, y sigue sin pedirme nada; le digo “oye, mira, quizá te puedo ayudar”, calculo de cuánto dinero puedo prescindir para llegar bien a Nouakchott y le doy algo. Me dice “gracias, de todo corazón, he visto pasar muchos senegaleses, que me ven y no hacen nada, y tú, que ni me conoces…”; en ese punto se le quiebra la voz, y el resto de lo que dice es ininteligible. Dos líneas de azabache se trazan sobre el ébano.

Tras despedirme de Hadib, encaro por fin las pistas de la tierra de nadie. A lo lejos, se ve una antena de telefonía en el puesto mauritano, indicando la dirección que debo seguir. Las marcas de los coches sobre la arena son claras, así que parece difícil perderse. En unos cuantos lugares paso junto a los restos de coches que no consiguieron terminar el cruce, y que han sido desguazados para aprovechar las piezas hasta quedar reducidos al chasis. Al cabo de un rato, la pista desaparece, y las huellas de los coches se desperdigan en varias direcciones, por lo que tengo que elegir cuál sigo. Juraría que aquí se han rodado escenas de Mad Max. Dejo que un coche que viene detrás me adelante y después lo sigo. Cuando ya lo he perdido de vista, veo que la mayoría de los coches ahora van por otro camino, cien metros a mi izquierda. Yo termino metido en un arenal que me obliga a bajarme de Safír y empujarlo penosamente. Finalmente llego a una plataforma de roca que me permite regresar a la pista de la izquierda. Al cabo de poco rato, vuelven a aparecer más coches, pero estos van todos por la pista de la derecha, la que acabo de abandonar. Renuncio a intentar entenderlo y me limito a seguir huellas hacia el puesto mauritano, que ahora es entera y perfectamente visible.

En total, el cruce de la franja entre las dos fronteras ha sido rápido, relativamente sencillo, y solo algo trabajoso por tener que avanzar sobre una bici muy cargada por pistas irregulares y llenas de arena. Muestro mi pasaporte con el visado en el control de entrada, y ya estoy en Mauritania. Un policía toma mi fotografía y mis huellas dactilares. A los pocos minutos, ya estoy surcando mi primera carretera mauritana. El tráfico es muy escaso, como en la última parte del Sáhara Occidental. El paisaje aquí es más arenoso, con menos plantas y menos rocas, y empiezo a ver los primeros campos de grandes dunas, pero estos, sorprendentemente, se quedan siempre en la distancia; aunque la carretera parezca ir hacia ellos, nunca llega a atravesarlos, y yo debo conformarme con verlos a lo lejos. Los cuervos sustituyen aquí a las aves rapaces. Me sorprende empezar a ver los primeros árboles, acacias bajas y achaparradas, deformadas por el viento. Cruzo una vía férrea, por la que circula el tren más largo del mundo, que transporta hierro de las minas de Zouerat, en el interior, al puerto del Nouadhibou. La carretera se bifurca; un camino conduce a la ciudad costera, y el otro vira hacia el este, al interior. Yo tomo este último y voy paralelo a la vía durante muchos kilómetros, pero no tengo ocasión de ver pasar el famoso tren. Empiezo a ver los primeros asentamientos, formados por pequeñas cabañas de madera, apenas chabolas, dispersas sobre la arena. En algunos de ellos veo algo muy sorprendente: pequeños recintos vallados que albergan árboles verdes y frondosos, palmeras y acacias. Parecen una especie de viveros cuyo verdor llama la atención en medio del desierto como una luciérnaga en el suelo de un bosque por la noche. En cuanto a la carretera, está en buen estado, mejor que muchos tramos en el Sáhara Occidental. Esto quizá se explique porque aquí se trata de mantener una carretera de cuatrocientos setenta kilómetros que une las dos principales ciudades del país, mientras que en Marruecos se trata de mantener una carretera de dos mil trescientos kilómetros que recorre varias provincias periféricas. Sin embargo, tengo durante casi todo el día vientos en contra y laterales, que hacen que sea una jornada algo dura a pesar de la corta distancia.

A media tarde llego a mi destino de la jornada: Bou Lanouar. Lo veo desde lejos lleno de árboles y verdor, una visión tan sorprendente como reconfortante en medio del desierto. Es el único pueblo que aparece en el mapa en esta región, así que espero que tenga cierto tamaño y algunos servicios básicos. Al llegar me he dado cuenta de que, si allí tenemos el dicho de que África empieza en los Pirineos, desde este lado parece más bien que Europa empieza en Marruecos. En lo que a bienestar material se refiere, he notado mucho más el paso de Marruecos a Mauritania que de España a Marruecos. Nada más llegar a Bou Lannouar, veo las tiendas y el restaurante junto a la carretera. Son pequeñas casetas, muy precarias, de madera y trozos de chapa, o bien jaimas viejas. Están pobremente surtidas. Pregunto por el hotel del pueblo y me indican que siga un kilómetro más por la carretera. El hotel está frente al primer control de gendarmería, donde toman mis datos y comprueban que voy a pasar allí la noche. El hotel parece fuera de lugar: es de los pocos edificios grandes y bien construidos, las habitaciones son grandes y limpias, con televisión donde nuevamente puedo ver la Fox, y con baño (aunque sin agua caliente, pero dadas la temperatura y mis ganas de una ducha, no tiene importancia). El precio es más del doble de lo que me acostumbrado a pagar en Marruecos: siete mil uguiyas (unos veintiún euros). Después de instalarme y ducharme (¡por fin!), me voy a dar una vuelta por el pueblo. No hay nada asfaltado más que la carretera: ni el acceso, ni una sola calle, nada. Las calles del pueblo son de arena, son una continuación del desierto, con dunas y todo. Las cabras pasean como cualquier transeúnte. Veo poca gente, en comparación con los animados pueblos de Marruecos. Apenas hay negocios, casi todo son casas, muy pequeñas; me da la impresión de que cada familia debe hacer su vida –toda la familia, toda su vida– en un espacio de menos de diez metros cuadrados. Los hombres llevan el tradicional bubu mauritano, una especie de túnica abierta muy amplia y ligera, cuyos colores son siempre azul índigo, azul cielo, azul-casi-blanco y blanco. Las mujeres llevan prendas similares, solo que en su caso cubren también la cabeza y tienen otros colores, como el rosa y el morado.

A las afueras del pueblo se me acerca un soldado y me saluda con el típico “hola, ¿cómo estás?” en árabe. En cuanto le contesto confirma que soy extranjero, y me pregunta que qué hago ahí, que adónde me dirijo… Cuando le digo que ya he dado mis datos a la gendarmería y que me alojo en el hotel, me conmina a regresar allí y no salir más, que es la única zona segura. A mí el pueblo no me ha parecido nada peligroso y tengo la impresión de que sobreprotegen al turista extranjero, pero de todos modos obedezco. Por el camino me detengo en el “restaurante”, que no es más que una pequeña jaima desprovista de casi todo, donde una mujer prepara algo sentada en una estera en el suelo. Pregunto si puedo cenar allí y me responde que no. Regreso desconcertado al hotel. Allí pregunto si pueden prepararme algo de cenar, y también me responden que no. Empiezo a preguntarme si me moriré de hambre con la cartera llena de uguiyas. Me meto en mi habitación a descansar del paseo –he andado un buen rato peleando con el viento– y ver qué me hago de cenar con mis provisiones. En eso estoy cuando llaman a la puerta. Son los dos empleados del hotel, que me dicen que pueden hacerme pasta con pollo y verduras por dos mil quinientas uguiyas (unos siete u ocho euros), a lo que les respondo enseguida que sí. Mientras cocinan, salgo a la puerta del hotel, donde hay un hombre de unos cincuenta o sesenta años, con un bubu azul claro y no tan moreno como los mauritanos que he estado viendo hasta ahora. Habla conmigo en inglés, y resulta ser muy amistoso. La conversación es reconfortante tras el día de entrar en contacto con el desierto mauritano y la pobreza mauritana, todo a la vez. Me cuenta que vive en Rosso, al otro extremo del país, donde yo voy a cruzar la frontera con Senegal, pero que trabaja allí; cada dos semanas vuelve a casa. Le pregunto si está casado, y me responde que no, que divorciado. Pronto me dice que se tiene que ir, y me busca el canal de la Fox en inglés en la tele para que me entretenga mientras espero mi cena. Cuando esta llega, me llevo una grata sorpresa: es una fuente de pasta para tres personas, con medio pollo en el centro. No tengo mucha hambre porque he comido tarde, pero me obligo a acabarme hasta la última migaja para acumular energías para el día siguiente: ciento sesenta kilómetros hasta la Estación del Norte, una estación de autobuses a medio camino entre Nouakchott y Nouadhibou. Me voy temprano a la cama, otra curiosidad del hotel. Es una bonita cama de matrimonio, con su cabecero y su pie de madera, pero donde deberían estar las patas y el somier hay un gran bloque de cemento, alicatado por fuera. Una prolongación cúbica del bloque, junto al cabecero, y también cubierta de azulejos, hace las veces de mesilla. Un colchón colocado directamente sobre el cemento, sin sábanas pero con un bonito edredón y cojines a juego completa el conjunto.

A la mañana siguiente, salgo muy temprano, con el sol aún bajo en el cielo y la esperanza de que el viento esta vez me favorezca, ya que ayer me soplaba desde la izquierda y hoy la carretera gira hacia la derecha, por lo que pronto debería tenerlo a favor. Sin embargo, mis esperanzas se ven defraudadas, porque la carretera no gira tanto como esperaba, y porque el viento sí que lo hace, para pasar a soplar del este mientras que yo voy hacia el sureste. Me fuerzo a mí mismo a hacer la mitad del trayecto del día, ochenta kilómetros, casi sin descanso, en una mañana agotadora. Pero hay una nota positiva. En un punto del camino veo que un camión ha perdido parte de su carga en el arcén. Sin pensármelo dos veces, paro y empiezo a recogerla hasta atiborrarme los bolsillos y las alforjas. Al retomar el camino, me río para mí: súbitamente, la mitad de mis provisiones consiste en galletas con chocolate.

Cuando llego a la mitad de mi camino, donde había pensado descansar, hay un control de policía. Aprovecho la parada para dejarme caer al resguardo de una jaima y comer algo. El resto del día, ya no tengo el viento tan en contra porque ahora la carretera va más directamente hacia el sur, pero sigue viniendo muy de lado, aunque ya más suave. Cruzo un pueblo que no viene en el mapa, pero que es aparentemente mucho más grande y próspero que Bou Lanouar. Se llama Shami. A su paso por el pueblo, la carretera se ve flanqueada de repente por farolas, por un número de farolas que me resulta absurdo después de la falta de medios e infraestructuras que he venido viendo. Además, hay aceras, pero solo junto a la carretera; las calles entre las casas, mejor construidas pero igual de pequeñas que en Bou Lanouar, siguen siendo de arena. A la salida del pueblo veo que están construyendo una fábrica de acero, supongo que para aprovechar el hierro de las minas, una de las mayores riquezas naturales de Mauritania. Frente a la futura fábrica, hay un puesto de control de la policía. El oficial me dice que tendré que pasar la noche en el hotel de la Estación del Norte (lo que ya pensaba hacer de todas formas) porque no puede garantizar mi seguridad por la noche, las carreteras solo son seguras durante el día.

Llego a mi destino más tarde y cansado de lo que había previsto. Veo una estación de servicio con el nombre “Gare du Nord” (Estación del Norte) y pregunto al camarero del bar por el hotel o albergue. Me dice que no hay tal cosa, pero que puedo dormir en el “salon”; este es una sala llena de moscas, con el suelo alfombrado y sembrado de colchonetas viejas y sucias. Yo he visto un par de edificios más adelante en la carretera, y decido probar suerte allí. Pregunto a un hombre que hay en la gasolinera si alguno de aquellos edificios es un hotel y me responde que sí, que hay un albergue. Continúo y descubro que el mayor de los edificios es la estación de autobuses propiamente dicha. Por cierto, los autobuses mauritanos son muy pequeños, apenas algo mayores que una furgoneta. Frente a la estación hay algunos hombres trabajando. Les pregunto por el albergue y el capataz (mauritano árabe) de los obreros (negros senegaleses) me responde que me puede dejar dormir en una de las jaimas por cinco mil uguiyas (quince euros), con cena incluida. Dice que no hay otra cosa en veinticinco kilómetros. Le pregunto si me puedo duchar, y me dice que puedo coger agua y lavarme “allí” (señala una caseta). Le digo en francés “¿la ducha es aquella cosa azul?”; utilizo la palabra “cosa” porque no sé decir “caseta” en francés, pero el hombre me malinterpreta y responde “qué esperabas, esto es África”. Deshago el malentendido como puedo y me conduce a la caseta, que resulta ser la letrina, maloliente y tan pequeña que no podría moverme en su interior sin rozarme con las sucias paredes. Me planteo si seguir adelante hasta el siguiente edificio, para ver si es finalmente el hotel de la estación, del que me han dicho que existe tanto otro viajero como el gendarme del puesto anterior. Uno de los senegaleses, que me hace discretas señas de que siga adelante, me termina de decidir. Vuelvo a montar a Safír, avanzo otros pocos cientos de metros y llego a los últimos edificios, que son, por fin, un albergue y un control de gendarmería. El gendarme, un mauritano negro de unos cincuenta años, alto y con mirada y voz tranquilas, de persona experimentada y algo sabia, toma mis datos y me invita a pasar la noche con él y sus hombres en el puesto de gendarmería. Antes de aceptar su invitación, echo un vistazo al albergue y compruebo que no tiene nada mejor que ofrecerme (una habitación con colchonetas en el suelo y una ducha que sigue el mismo modelo que la de la jaima de los obreros). Regreso al puesto de gendarmería y me instalo allí. El puesto no es más que un bloque rectangular de cemento, dividido en tres habitaciones. Una es la del mariscal, el oficial al mando con el que he hablado; la segunda es la cocina, y la tercera, la más amplia, es donde viven los cinco gendarmes con los que voy a dormir esta noche. Me ofrecen la cocina, hornillo de gas incluido, para hacerme mi cena. Luego preparo mi cama –lona de plástico, colchón hinchable, esterilla y saco– en un rincón de la sala común y me tumbo a descansar. El mariscal entra y charla un rato conmigo. Se llama Mbodj Alassane. Me pregunta por mi viaje, yo le reconozco que es un regalo, una gran oportunidad que intento aprovechar para aprender. “Para aprender de la vida y del mundo”, completa él la frase. Le pregunto por la vida del gendarme en Mauritania. Me dice que no está mal, que es un país tranquilo. Viven todos los días, casi todo el año, en esa caseta de cemento. Solo van a la ciudad cuando piden un permiso de un mes. Le pregunto si tiene familia. Divorciado, como el otro al que pregunté. Van dos de dos, me pregunto si es muy común aquí o solo casualidad. Más tarde, antes de dormir, envío un mensaje de texto a Mónica. Oigo en la oscuridad a los gendarmes teclear en sus teléfonos móviles, y me pregunto si también ellos escriben a sus familias, a las que quizá llevan sin ver más tiempo que yo…

Al día siguiente me levanto muy temprano, pues tengo el ambicioso objetivo de hacer otros ciento cuarenta kilómetros pese al desgaste de la víspera. Así espero alcanzar la última población antes de Nouakchott, a menos de cien kilómetros de la capital. Me despido de Mbodj Alassane, con el que he intercambiado direcciones de correo electrónico, y me pongo en marcha. El viento sigue soplando del este, por lo que un día más voy a tenerlo de lado. El aire se va llenando de arena hasta que el horizonte adquiere un color púrpura sucio, y la visibilidad en la carretera no es mejor que en un día con niebla ligera. Tengo arena en las orejas, en los ojos… o mejor dicho, en la oreja izquierda y en el ojo izquierdo, que es de donde viene el viento. Cada vez que separo los labios un milímetro acabo masticando arena. A media mañana me refugio tras la caseta de un control de gendarmería para reponer fuerzas. Por suerte, el viento se tranquiliza un poco a mediodía, y la arena regresa al suelo. Ahora voy prestando cada vez menos atención al paisaje. Mi mente se evade cada vez más, con más frecuencia y durante ratos más largos, para poder soportar la dureza de estas etapas. Lo que sí puedo decir es que paso por una zona donde ya no hay plantas; las más cercanas son unas acacias que veo a lo lejos, en el horizonte. Todo lo demás es arena. Es la muerta imagen de la aridez. Pero este paisaje tampoco dura mucho, y pronto regresa la vegetación del desierto. De repente veo un campo de coles. Me quedo absolutamente alucinado: son coles de las que se dejan crecer hasta que desarrollan un tronco como de arbolito, muy frecuentes en Galicia. Es imposible que estén aquí. Paro a Safír y me acerco a verlas de cerca. Efectivamente, no son coles; las flores son completamente diferentes, ni siquiera pertenecen a la misma familia. Pero el tallo y las hojas son tan parecidos que no salgo de mi asombro.

El viento sigue drenando mis fuerzas, lo que, unido a que llego a una zona más irregular, con unas cuestas que normalmente serían pan comido pero que aquí me pillan algo justo de fuerzas, hace bajar mi ritmo y mi ánimo. Dos sucesos me ayudan a recuperarlos. Primero, mientras descanso tras una de las subidas, un coche se para, se baja un mauritano vestido con su bubu, se acerca y me da una botella de agua y una barra de pan. Puede no parecer mucho, pero para mí, que llevo casi cuatrocientos kilómetros sin ver una tienda que tenga una miserable barra de pan, es un regalo del cielo. Y poco después, unos trabajadores del servicio de mantenimiento de la carretera me hacen parar para entrar a su jaima a beber té y comer arroz con carne de camello. Uno de ellos trata de monopolizarme un poco, me dice que siempre ha querido ir a España, que es fan del Real Madrid y le gustaría ir a animar a su equipo. Se llama Thierno (pronunciado “Cherno”), es un negro joven y delgado, muy hablador y con la mirada algo perdida, inquieta. Me pregunta si yo podría ayudarle si va a España, para encontrar trabajo y un lugar donde vivir. Otro de los trabajadores lo abronca por molestar al viajero, y me dice que no le haga mucho caso, que siempre está así, que si yo fuese francés me diría que siempre ha querido ir a Francia… Pero realmente parece muy desesperado por marcharse a Europa. El resto de los hombres que hay en la jaima, alrededor de una docena, parecen más contentos y satisfechos con su vida allí. Uno de ellos me habla de sus amigos españoles que viven en Nouakchott (ahora le mandaré un email para ver si me los puede presentar) y me explica el rito de los tres tés mauritanos: siempre se beben tres vasos, el primero es para reunirse, el segundo para conversar y el tercero para hacer tiempo. Después de comer me ofrecen agua para beber; me aseguran que es natural y muy buena. Yo la pruebo, y me sabe a rocas, a musgo y a moho. Luego he tenido ocasión de probar el agua del grifo de Nouakchott, y tenía el mismo sabor. Les digo a los obreros que me dirijo a Tiwilit, el último pueblo antes de la capital, y me dicen que no está en la carretera, sino a cuatro o cinco kilómetros por una pista de tierra. En ese caso, más vale que me ponga en marcha.

Un rato después, daría por concluida la jornada en el siguiente puesto de control, tras renunciar a tomar el desvío al pueblo. El puesto está en la cima de una loma desde donde veo tanto las dunas del desierto como el océano a lo lejos. También hay un pequeño asentamiento con cuatro casas y una bolsa para el agua. En estos pequeños poblados mauritanos, almacenan agua en unas grandes bolsas de mil o dos mil litros, que un camión cisterna rellena periódicamente, y luego la van sacando de ahí. El gendarme me dice que puedo pasar la noche en el “albergue”, que no es más que una caseta de cemento con un suelo alfombrado y un par de cojines. De todos modos, está razonablemente limpio y tiene espacio suficiente para hacer entrar a Safír y prepararme una buena cama para la noche, así que pago las tres mil uguiyas (nueve euros) que me piden y me instalo allí. Primero sacan lo que hay dentro, una especie de tablillas de madera con textos grabados en árabe, por lo que supongo que el edificio tendrá normalmente un uso religioso. Al poco rato se me acerca una niña y me dice “donne-moi un cadeau” (“dame un regalo”). A mí se me ocurre darle uno de los paquetes de galletas que recogí de la carretera. Quienes habéis estado por estos países y me habíais avisado de que pasaría esto, ya sabéis lo que viene ahora. De repente salen niños de debajo de las piedras y me veo rodeado por un enjambre de pollitos piando “cadeau-cadeau-cadeau-cadeau”. Mi reserva de paquetes de galletas pasa de más de treinta a menos de diez en cuestión de minutos, y siempre piden más. Yo no puedo darles mucho más, de hecho tengo que comprar algunas provisiones más en el propio asentamiento para asegurarme de que llego bien a Nouakchott. No solo los niños se acercan a pedirme, también las mujeres jóvenes. Parece que solo las mujeres mayores y los hombres me dicen algo que no sea “cadeau”. De todas formas, una vez les digo que no tengo más, dejan de insistir rápidamente. Me he quedado algo apabullado. Desde una casa al otro lado de la carretera, una muchacha joven me llama “Monsieur”, para invitarme a tomar el té. Acepto la invitación y entro en su casa, donde me siento en el suelo junto a ella y sus padres. Pese a que la chica no parece tener más de dieciocho o veinte años, los padres parecen muy viejos. El hombre está recostado y apenas se mueve. Solo habla árabe, y la chica traduce cuando me dice algo. Está enfermo de los ojos, apenas ve. Su mujer no parece mucho mejor, sus ojos están casi vidriosos de cataratas. Está fumando algo en una extraña pipa que sostiene con una mano oscura y muy arrugada. La hija, en contraste, parece fuerte y lozana, y de hecho es muy guapa. Miro un poco a mi alrededor, y veo que estoy en lo que probablemente es su casa y su negocio, una tienda con una estantería donde se apilan solo cuatro o cinco productos diferentes. Es apenas una chabola precaria de madera, puedo ver los huecos entre las tablas por donde entran por igual el sol por el día, el frío por la noche y la arena a todas horas. La chica, que se llama Mata, coge una botella de agua de la estantería y me la da diciendo “cadeau”. Yo le compro algunas cosas de la tienda para comer por el camino. No habla mucho francés, no puede contarme muchas cosas. Que va a la escuela. Me pide que le regale un cuaderno y un boli. Otra muchacha se une a nosotros durante un rato. Me pide dos mil uguiyas para un vestido nuevo, señalando el suyo, viejo y sucio. Cuando me despido tras el té para retirarme a descansar, Mata me pide que le regale quinientas uguiyas.

Esa noche me como lo último que llevaba para cenar. Al día siguiente tengo que hacer cien kilómetros hasta Nouakchott, y solo llevo galletas y barritas de muesli. Empiezo a encontrarme muy cansado y necesitado de llegar a una ciudad donde descansar bien y reaprovisionarme.

Pero el viento es inclemente. En mi séptima jornada consecutiva de desierto, tras unos setecientos cuarenta kilómetros sin un día de descanso, sigue soplando con fuerza desde el este. La mañana empieza bien, porque he descansado mucho por la noche, pero las fuerzas no durarán mucho. Al cabo de una hora, veo en el arcén a un hombre tratando de cambiar una rueda de su furgoneta. A su alrededor está esparcida parte d la carga que transportaba, que ha sacado para poder realizar la reparación. Pero el vehículo sigue sobrecargado y desequilibrado, con el lado derecho medio hundido en la arena, y elevarlo lo suficiente para colocar la nueva rueda es una tarea casi imposible. Me detengo para ayudarle. Entre levantar la furgoneta, colocar la rueda (a la que le quedan tres de los cinco tornillos que deberían sujetarla, y uno podemos colocarlo a duras penas) y volver a guardar la carga, pasamos más de una hora esforzándonos en el desierto. Nadie más para. Al final, el hombre, agradecido por mi ayuda, me da una barra de pan.

Yo no podía hacer otra cosa, convencido como estoy de que debemos ayudarnos en el camino, pero esa hora de tiempo y esfuerzo extra luego me pasa factura. Cada vez me cuesta más luchar contra el viento. Lo peor es que días atrás había pensado que con un viento del norte, que aquí no es raro, el camino hasta Nouakchott sería un paseo. Pero en lugar de eso he tenido un viento desfavorable un día, y otro, y otro, y otro. Me duelen las dos rodillas, me duele el culo de estar sentado en el sillín, me duelen las manos de agarrar el manillar durante horas. La frustración se convierte en rabia, en una rabia animal e irracional que se escapa a mi control. Paro la bici en el arcén, me bajo, me giro hacia el viento y le grito “¡te odio, maldito hijo de puta!”. Su respuesta no se hace esperar: derriba a Safír por tierra. Yo respondo con más rabia y blasfemias. Luego intento serenarme. Levanto a Safír y vuelvo a la carretera, diciéndome a mí mismo “no soy humano, no conozco la rabia, ni el dolor, ni el odio. Soy una máquina, una máquina de pedalear, solo hago eso, solo siento eso, una pedalada, y otra, y otra”. Pero no es verdad. No soy una máquina. Soy un animal, un ser de músculo y emoción, y ahora mi emoción es la rabia. Soy rabia. Desearía que el viento fuese un enemigo tangible, un ser vivo con entrañas para poder arrancárselas y comérmelas crudas y aún palpitantes. Puede sonar horrible, pero en ese momento es lo que necesito para vencerle la partida. Saco fuerzas de la rabia y la adrenalina para seguir pedaleando. Voy más rápido, y meto un piñón más pequeño. Otro, y otro más. Voy a la misma velocidad que cuando no hay viento, o hay un poco a favor. No sé durante cuánto tiempo voy a poder aguantar ese ritmo, ni a qué precio, pero me da igual. Estoy rabioso y quiero ganarle al viento y al desierto.

El arreón me dura hasta que faltan veinticinco kilómetros para llegar. Me paro cansado, física, mental y emocionalmente. Cansado y vacío. Estoy vacío de rabia, y ahora me avergüenza haber tenido esa pataleta infantil contra algo tan natural e incontrolable como es el viento. Me siento junto a la carretera para descansar y comerme la barra de pan que me dio el tipo de la furgoneta junto con el último producto marroquí que me queda: medio bote de miel. Ese chute de azúcar me da la energía que me faltaba para llegar adonde ahora estoy: Nouakchott.

La entrada a la ciudad es un larguísimo acceso por la misma carretera que me ha traído hasta aquí. Desde este lado puedo adivinar una gran urbe. A los flancos de la carretera van apareciendo talleres, restaurantes, y otros negocios. Aquí el país no parece tan pobre, y se acerca mucho más al nivel de Marruecos. De todas formas, el asfalto sigue reservado a la carretera, y las calles entre los edificios son de arena. Por fin llego al albergue que me habían recomendado: el Sahara. Lo encuentro habitado por otros viajeros europeos. Tiene cocina y baños comunes, todo agradable y limpio. Mi habitación es grande, y la cama tiene mosquitera. Es justo lo que necesitaba para unos días de descanso que ya me reclamaban con fuerza tanto el cuerpo como la mente.

Después de ducharme, salgo a pasear por la ciudad. Pregunto al recepcionista si hay alguna zona peligrosa que deba evitar, pero me dice que no, que es una ciudad segura y tranquila. Detrás del albergue voy por calles de arena, sin asfalto, flanqueadas de casas que aun en España me parecerían de gente rica. Estoy en la zona de las embajadas, y debe de ser una buena zona. Pero las calles siguen siendo de arena. Solo las calles y avenidas principales están asfaltadas, y de estas, solo las más importantes tienen aceras. En el resto, hay arena también a los lados de la calle, entre la calzada y los edificios. Sin embargo, veo bastante actividad comercial. Entro a comer y tomar algo en un restaurante y un café, que me resultan mucho más europeos en su estilo, su carácter y su decoración que cualquier sitio de Marruecos. También veo los primeros puestos de fruta desde que dejé aquel país. La población es árabe y negra quizá a partes iguales. En una calle paso frente a varias tiendas de ropa, y a la puerta de cada una de ellas hay un hombre trabajando con una máquina de coser. Cuento cinco en veinte metros.

Ayer pasé aquí mi primera noche, y hoy he venido al centro en un taxi para buscar un ciber donde escribir todo esto. Llevo todo el día haciéndolo. A mediodía han cerrado, y yo he aprovechado para pasear por el zoco. El calor empieza a ser aplastante. He comprado algo de fruta y empanadillas y me he sentado a la sombra para comer. Mientras lo hacía, era la hora del rezo. He visto a centenares de hombres dirigirse en procesión hacia la mezquita. Aquí la gente parece muy religiosa. Nunca había visto que la llamada del almuédano atrajera a tantas personas. Después, han vuelto a abrir el ciber, y aquí estoy yo, desahogándome bien a gusto después de más de ochocientos kilómetros sin poder escribiros.

Ahora me esperan días de descanso en los que no voy a pensar en otra cosa que estar bien a gusto. Aún me quedan doce días de visado mauritano, y solo necesito dos para alcanzar la frontera de Senegal. Voy a disfrutar de mi albergue, de los cafés y restaurantes, de la gente que pueda conocer aquí, de los puestos de fruta, y cuando las fuerzas estén completamente restablecidas, atacaré los últimos doscientos kilómetros de desierto que me separan de mi destino en este viaje.

 

Fin del parón de la bici y comienzo del del blog

Parece que llegan días de viento algo más suave a la siempre azotada península de Dakhla. Además, ya he descansado bastante y Safír (mi bici) y yo estamos preparados para continuar, de modo que mañana saldré hacia El Argub. Este pueblo se encuentra al otro lado de la bahía, muy cerquita en línea recta, pero a más de ochenta kilómetros en bici por la carretera que sale de la península para volver a la ruta principal hacia Mauritania.

A partir de ahora, me esperan algo más de ochocientos kilómetros de desierto y pequeñas poblaciones, por lo que es probable que pasen casi dos semanas hasta que tenga la oportunidad de utilizar un ordenador con conexión a Internet. Eso significa que no leeré y contestaré vuestros comentarios, ni publicaré una nueva entrada en ese tiempo. Seguiré teniendo disponible el teléfono, aunque no sé cómo ira el roaming una vez cruce la frontera, dentro de algo menos de una semana; espero que bien, ya que la principal compañía telefónica de Mauritania es una filial de Maroc Télécom, la que yo utilizo aquí.

Mis últimos días aquí han sido de relax y descanso. He hecho algo de mantenimiento a Safír y a mí mismo, he visto una serie y un par de películas en los canales de la Fox en inglés que pilla la tele del hotel, he ido a cenar pizza de frutos del mar a la terraza cubierta del café Samarkanda (muy buena, y el “poulpe à la Gallega” no estaba mal, aunque no era del todo gallego… ¡ni siquiera tenía patatas!), he ido a beber zumo de aguacate a un café mientras miraba el Barça-Manchester City… No he hablado mucho con la gente de aquí, salvo con el personal del hotel. La mujer que se encarga de la limpieza, Aziza, siempre me saluda alegremente y me habla en árabe, con pocas palabras y sencillas, que repite las veces que haga falta para ayudarme a aprender. Andará por los cuarenta y algo o cincuenta, se ríe mucho y con fuerza, es muy expresiva. Hoy se ha negado a cobrarme por lavar mi ropa.

El resto del tiempo he paseado por la ciudad, he vuelto a ir a comer al restaurante donde tan bien trataron al mendigo. Da la impresión de ser un negocio familiar, lo atienden un par de hombres jóvenes, otro mayor y una mujer. Les noto en el trato y en la cara que son buena gente. De todas formas, en casi todos los sitios en los que he entrado para desayunar, comprar alguna cosa, comer o tomar algo, la gente me ha parecido acogedora y me han sonreído con simpatía al intentar decir algo en árabe, y se llevan la mano al pecho en un gesto típico pero elocuente al responder a mi “beslama” (“adiós”).

Ahora dedicaré el resto de la tarde a comprar provisiones, dejar todo preparado para salir temprano mañana, cenar prontito y charlar un rato con Aziza si está en el hotel cuando yo vuelva. La próxima vez que escriba tendré, seguramente, mucho que contaros. Hasta entonces, mil besos y abrazos.

La última ciudad del Sáhara Occidental

Saludos desde Dakhla, la ciudad en mitad del Sáhara, el último puerto en el que me detengo a descansar unos días, ya que no habrá más ciudades hasta Nouakchott, en el extremo sur del desierto. El viento me ha ayudado a recorrer rápidamente los trescientos cincuenta kilómetros que hay desde Boujdour.

Después de escribiros mi última entrada en aquella pequeña ciudad, volví a la calle principal para buscar un sitio donde comer.  Una vez allí, me encontré con que la mayoría de la clientela de las terrazas eran soldados. Quizá no son más numerosos aquí que en El-Aaiún, pero destacan mucho más porque se trata de una ciudad mucho más pequeña. Algo que me sorprende es que, a pesar de haberlos visto a cientos desde que entré en el Sáhara Occidental, aún no he visto a uno solo de ellos armado. Me siento en un restaurante frente a dos mesas ocupadas por civiles: en una de ellas hay cinco hombres y un niño pequeño, y en la de al lado, cinco mujeres y un niño pequeño. Las mujeres, todas cubiertas con pañuelos a cuál más colorido, que solo dejan descubiertos el rostro y las manos, teñidas estas últimas del naranja de la henna con más intensidad cuanto mayor es la edad de la mujer. En el resto de las mesas hay unos pocos soldados, que comen solos o de dos en dos.

Después de comer me dedico a hacer un poco de mantenimiento de la bici, hasta que vuelven a abrir los comercios. Entonces vuelvo al ciber que hay al lado de la casa de Brahim, para ver vuestros comentarios y con la esperanza de volver a encontrármelo de nuevo. Mientras estoy en el ordenador, vuelve a aparecer uno de los “pesados” del día anterior. Me saluda muy serio, quizá molesto porque ayer no les dí los dos dirham que me pedían aun después de pagar en el ciber y tener cambio, pero tiene una mirada torva que no me gusta un pelo. Se acerca a mi ordenador y me pide que abra el traductor de Google para hablar conmigo. Es bastante invasivo, pero a los pocos minutos me dice que tiene que irse a rezar a la mezquita, que está justo enfrente, así que me alegro de que me deje tranquilo. Sin embargo, vuelve al poco rato y me pregunta si quiero ver algo; le digo que ahora no, pero le da igual. Abre una ventana de Youtube para enseñarme un vídeo. Cuando carga la imagen, aparece un niño dentro de una celda, visto a través de los barrotes. Viste solo un pantalón naranja, estilo Guantánamo, y recita el Corán con voz desgarrada. Me entra un tremendo mal rollo. Entonces pone otro vídeo para mostrarme con orgullo a unos jóvenes neoyorquinos recitando también el Corán. Le digo que es inútil porque no puedo entender el árabe, para ver si así desiste, pero entonces me pone vídeos del Corán con subtítulos en inglés y en francés. Ya me planto con un “es suficiente, quiero hacer otras cosas”, pero el chico no hace caso hasta que llega su amigo, el mismo con el que estaba ayer, y al ver que me estoy poniendo serio le dice algo que parece ser un “déjalo ya, vámonos”, y se lo lleva de allí. Me he quedado con un poco de mal cuerpo y me marcho al poco tiempo, pensando que ha sido una mala idea volver allí, pero cambio de opinión al salir por la puerta y prácticamente chocar con Brahim, que justo en ese momento viene andando por la calle. El niño sonríe y me saluda. Nuevamente me acompaña de vuelta al hotel. Por el camino me invita a ir a su casa a comer cuscús al día siguiente. Me cita a la una de la tarde, y me pregunta por lo menos media docena de veces a lo largo del rato que está conmigo “pero vienes seguro, ¿no?”, “mañana sigues aquí en Boujdour, aún no te vas, ¿verdad?”, “mañana comes cuscús en mi casa, ¿sí?”, mirándome con expresión entre ilusionada y desconfiada. Es un niño al que se ve despierto e inteligente, algo menudo para su edad, de piel morena y grandes ojos marrones, y si tiene un ápice de maldad entonces yo no sé nada de leer la cara de las personas.

Después de cenar me despido de Brahim hasta el día siguiente y me voy a dormir. A la mañana siguiente me voy al otro ciber, el que está más lejos de la mezquita y lo atiende la chica super-amable (luego me dirá que se llama Bushra, que significa “buena noticia”), para seguir leyendo vuestros comentarios y para comprobar la previsión del viento. Mientras estoy allí, alguien le trae a la chica un cuenco de hsua, una sopa ligera de sémola de trigo, y ella me ofrece probar. Cuando termino con el ordenador, me quedo a charlar un rato. Entonces entra en la tienda una amiga suya, llamada Mariam, y dos niñas, una de las cuales es su hermana, me dice. Charlan animadamente conmigo, me hacen muchas preguntas (sobre todo la amiga, que no habla francés, mientras la chica del ciber se limita a traducir), hasta llegar a la parte que menos me apetece después de lo de ayer. Me pregunta Mariam:
–¿Eres musulmán?
–No.
–¿Por qué no?
–Porque en España, de donde vengo, esa no es la religión que hay.
–Allah te va a castigar.
–Sería peor si dijese que soy musulmán sin serlo realmente.
–Pero puedes aprender el Islam.
–…
Por suerte, pronto cambia de tercio:
–¿Nos llevas a España contigo?
–(Risa) Ahora no, voy hacia el sur, no de vuelta a España.
–¿Te puedes casar conmigo?
(Ahora nos reímos todas, sobre todo Bushra ante el desparpajo de su amiga). –No, no puedo, tengo a mi compañera en España, y además, no soy musulmán, seguro que tu familia no nos deja.
Las chicas aplauden mi respuesta y ya me dejan algo más tranquilo. De todas formas, se me está haciendo ya la hora de ir a casa de Brahim a comer. Antes de irme, me piden mi facebook; se lo doy, lo buscan en el ordenador y me dicen que salgo muy guapo en la foto de mi perfil. En ese momento oyen una voz en la calle que hace sobresaltarse a Mariam; mira afuera y se marcha corriendo, mientras se gira para decirme con una sonrisa traviesa “es mi padre”; seguramente a este no le parecerá bien que su hija esté ahí preguntándole al extranjero que si se casa con ella. Luego Bushra me muestra un perfil que le ha hecho a su hijo, un bebé de pocos meses, y veo las fotos del pequeño; me pilla un poco de sorpresa, porque ella parece muy joven. Después le digo sinceramente que estoy encantado de conocerla y haber charlado con ella y me marcho.

Cuando llego a casa de Brahim, no puedo evitar la impresión de que este ha olvidado decir a su familia que había invitado a alguien a comer. Vive con su padre, Abdellahi, y con sus tres hermanas, Hadiya, Nuhayla y Umayma. Su madre está en El-Aaiún, cuidando del abuelo, que está enfermo. Entro al salón, ocupado en su mayor parte por una gran alfombra cuadrada rodeada de cojines apoyados contra la pared; en el centro hay una mesita baja con un gran plato de tajine de carne, ya a medio comer, y una cesta con abundante pan. Abdellahi está sentado sobre los cojines, preparando té; es un hombre delgado, con un bigote entrecano y el pelo muy corto y aún negro. Me invita a entrar en castellano, indicándome que me descalce antes de pisar sobre la alfombra. “Coma, coma usted”, añade señalando la mesa. Yo me siento sobre la alfombra, junto a Brahim, y comemos. Somos los únicos que lo hacemos; me pregunto si las hermanas y el padre ya lo han hecho antes, y si Brahim me estaba esperando o solo come ahora un poco más por acompañarme. Le digo a Abdellahi que su hijo es muy buen chico, y él me agradece el comentario. No sé muy bien en qué idioma expresarme: parece que el padre no habla francés y los hijos no hablan castellano. De todas formas, cuando aún llevo poco tiempo allí, Brahim y sus hermanas tienen que irse a la escuela, y nos dejan solos a su padre y a mí. Veo a las chicas, que tendrán entre los nueve años de Hadiya y los diecisiete de Umayma, desaparecer por una puerta vestidas con su ropa de estar por casa, y reaparecer con el hiyab puesto. Es increíble el cambio de apariencia, todo lo que puede llegar a ocultar un pañuelo pese a dejar el rostro descubierto.

Charlo un poco con Abdellahi, le pregunto por su trabajo, pero me dice que no tiene, que viven del paro. Antes tenía una tienda. Él me pregunta:
–¿Está casado?
–No.
–Mejor.
–Tengo novia.
–¡Ah! Más mejor.
Sin embargo, la conversación decae rápidamente. Abdellahi ha puesto la televisión y se ha recostado sobre los cojines mirando hacia ella. Dan un documental sobre ataques de tiburones. Lo que hablamos se reduce a comentarios sobre el programa, y a lo que Abdellahi me traduce de lo que el narrador cuenta en árabe. Luego viene otro documental, sobre la historia de la guerra de Estados Unidos contra Al Qaeda. Me siento un poco decepcionado por la ausencia de Brahim y la apatía de mi anfitrión; había esperado algo más de interacción con la familia. A media tarde, Abdellahi me dice que va a salir, y yo le acompaño. O más bien me acompaña él a mí por el zoco, para hacer mis compras de provisiones para el desierto. Me lleva a los comercios que él frecuenta para comprar comida; de vez en cuando intercambio con los tenderos alguna de las pocas palabras en árabe que conozco, hasta que Abdellahi me dice “mejor no hablar árabe, es peligroso, por aquí hay gente peligrosa, de Al Qaeda”. Su consejo me deja totalmente desconcertado; por un lado, no hace más que aumentar las malas sensaciones que he tenido durante algunos momentos de mi estancia en Boujdour, y por otro, me resulta totalmente incomprensible, peregrino y descabellado. Poco después, ya caminando a solas de vuelta al hotel, se me ocurre que simplemente se estaba sintiendo importante y necesario por hacerme de guía y traductor en el zoco y le ha desagradado que pudiera no necesitarle, y se ha inventado cualquier excusa para que no use el poco árabe que sé. Además, me digo para terminar de alejar la preocupación, solo es una cosa absurda que me ha dicho un hombre que por lo que parece se pasa las tardes pegado a la televisión, escuchando las historias de miedo que pueblan los informativos. Volver al hotel, encontrarme con la amabilidad del chico que lo atiende, y cenar en la terraza de al lado, donde digo todo lo que puedo en árabe y me encuentro con la sonrisa sorprendida y enternecida del personal ante el esfuerzo del extranjero por pronunciar su idioma, termina de tranquilizarme. Por cierto, en la terraza pido la “tortille espagnole” que aparece en la carta, pero resulta ser una tortilla francesa especialmente plana con algunos trozos de patata medio guisada, espolvoreada con abundante comino y otras especias. “Perdón, olvidé ponerle el queso en la tortilla”, se excusa más tarde el hombre que atiende el restaurante. “No importa, estaba muy bien así”.

Al día siguiente me levanto muy temprano, para salir con las primeras luces del día. La bici va cargada con más de siete litros de agua, y suficiente comida para varios días. El pronóstico del viento es fuerte y del norte, y yo quiero aprovechar para cumplir un objetivo ambicioso: pasar la noche en un pueblo pesquero llamado Echtoucan según mi mapa y los foros de Internet (y llamado Oued Kraa según la realidad), a unos 180 kilómetros de Boujdour. Me pongo en marcha, pero los primeros kilómetros no pasan tan rápido como esperaba. El viento es bastante flojo y más bien del este, y tengo que parar a dar mis datos en un par de controles de policía. De todas formas, los pronósticos se acaban cumpliendo, y pronto me encuentro con una fuerza mágica que me hace volar sobre la carretera. La arena vuela por delante de mí a ras del asfalto, formando una especie de neblina que repta y ondula en una danza fascinante, como una niebla misteriosa sobre un río de un bosque de cuento. La magia se rompe cuando un camión que viene en la otra dirección me lanza un bofetón de esa misma arena contra la cara. Pica mucho.

Cuando hago mi parada acostumbrada al mediodía para comer algo de fruta y una barrita de muesli, estoy ya a más de cien kilómetros de Boujdour, y con toda la tarde por delante. Aprovecho para descansar un poco y fijarme en la vegetación del desierto. Es un lugar más vivo de lo que solemos pensar. Algunas de las plantas de las que ya he hablado, las que tienen las hojas casi cilíndricas llenas de agua salada, están en flor. Sus flores tienen una corola de innumerables pétalos blancos finos como hilos, que me recuerdan a anémonas. Otras plantas rastreras tienen flores pequeñitas muy simples, con cinco pétalos blancos de apenas un par de milímetros cada uno. Y hay otras matas más grandes, con unos ramilletes de flores que me parecen de lo más curioso: grupos de flores moradas, con pétalos que al tacto parecen de papel, encierran en su centro una única flor diferente, de color blanco. Pequeños arácnidos rojos y algunos insectos pululan entre las plantas, entrando y saliendo de las flores. Añadamos las águilas, las abubillas y todas las aves para las que no tengo un nombre, y todos los pequeños animales que no se dejan ver, los nómadas con sus cabras y dromedarios, y las cada vez más omnipresentes moscas, y el desierto resulta no estar tan vacío.

Después de otros cincuenta kilómetros, entro en una zona donde el paisaje cambia un poco. Ya no es tan llano; ahora está lleno de mesetas esculpidas por el viento, como si hace miles de años todo esto hubiera sido una llanura a más altitud de la actual, y se hubiera hundido por zonas. Aprovecho uno de los recovecos entre estas elevaciones para refugiarme del viento y hacer algo de comer: un cuscús con verduras. El resultado no está nada mal, pero aprendo de la dificultad y la necesidad de buscar un refugio contra el viento más perfecto que una simple ladera de piedras: al final no sé de qué he comido más granos, si de cuscús o de arena. Mientras estoy sentado comiendo tranquilamente bajo el suave sol de la tarde, un Mercedes gris oscuro se detiene en el borde de la carretera. Me tiene un poco intrigado, simplemente se para y no se baja nadie. Al cabo de unos minutos, del coche emergen dos gendarmes que se acercan a saludarme y a pedirme mis datos. “¿Profesión?” “Cocinero”, respondo como siempre, ya que de todas las cosas que podía haber contestado me quedé con esa la primera vez que me preguntaron. El gendarme se asoma a mi cazuela de cuscús y comenta “Es usted un buen cocinero”. Este policía andará por los sesenta, es menudo y con cara de buena persona, y me habla con amabilidad. El otro es más joven, menos simpático, y por alguna razón no me cuesta imaginármelo torturando activistas saharauis detenidos. En conjunto, me dan la impresión de representar un poco el papel de poli bueno-poli malo. Cuando han terminado de hablar conmigo y preguntarme dónde voy a pasar la noche, el “poli malo” me dice con pinta de estar fastidiado:
–Bueno, tendremos que esperarle y acompañarle.
–¿Por qué?
–Por su seguridad.
–¿Es que este lugar es peligroso?
–No, es seguro.
Bueno… de alguna manera sospecho que todo esto es parte de una comedia para alimentar la idea de “El Polisario es muy malo y muy peligroso”, “Marruecos es muy importante, es la única barrera contra Al Qaeda en el Magreb”. etc. De todas formas, no tengo manera de saber si mi impresión es acertada o no, ni tampoco tengo elección, así que acepto la inesperada escolta. Los dos gendarmes esperan en su coche a que termine de comer y recoger. Después me acompañan de una forma curiosa. Dejan el coche parado en el arcén hasta perderme de vista; luego me alcanzan, me adelantan, los pierdo de vista y vuelvo a alcanzarlos, de nuevo parados a un lado. La secuencia se repite varias veces en los veinte kilómetros que faltan para llegar a Oued Kraa. Cuando llegamos, los policías me indican que coja la carretera que baja hasta la playa, durante unos cinco kilómetros, y que acampe junto a las caravanas. “Por la mañana te irás a Dakhla”, me dice el “poli malo”; el tono no es de pregunta. La carretera que me han indicado desciende notablemente hasta el nivel del mar. Hace un giro de casi ciento ochenta grados que me pone el viento en contra, de modo que, pese a ir cuesta abajo, no llego a meter el plato grande. Espero que por la mañana el viento siga así para ayudarme a volver a la carretera principal. Cuando llego al pueblo, veo que es un recinto con pocas casas y un puesto de gendarmería. Al lado, un espacio despejado con media docena de autocaravanas, todas de franceses, y en frente, un mercado en construcción. Con las últimas luces de la tarde, planto la tienda junto al muro del mercado para protegerme del viento, ceno y me preparo para acostarme. Antes de hacerlo, disfruto del premio a la larga jornada en medio del Sáhara. A ciento setenta kilómetros de la ciudad más cercana, levanto la vista hacia un cielo con más estrellas de las que he visto jamás. Quizá podría ser aún mejor, si no quedasen un par de luces encendidas en el pueblo, pero el bello espectáculo es suficiente para hacer que todo el viaje merezca la pena solo para ver esto.

Por la mañana, recojo tranquilamente y me pongo en marcha. No se cumple mi deseo de la tarde anterior: ahora apenas hay viento y no me ayuda a subir la cuesta de vuelta a la carretera. A lo largo de la mañana compruebo lo que ya me esperaba: las previsiones del viento no son muy fiables más allá del día siguiente. De todas formas, aunque no me ayude, tampoco me estorba. El paisaje vuelve a irse allanando poco a poco. Un par de veces me sorprende algo que no esperaba: una zona encharcada junto a la carretera, llena de agua, donde las plantas aprovechan para medrar y formar matas veinte veces más grandes que en el resto de la zona. La carretera vuelve a acercase al mar, y ahora puedo ver a mi derecha unos enormes acantilados que caen prácticamente verticales durante decenas de metros. Es un paisaje impactante. Desde varios kilómetros hacia el este, el norte y el sur, el desierto es una inmensa llanura, a veces tan perfecta que me viene a la cabeza la idea de que en el campo de arena que hay a mi lado podrían aterrizar y despegar a la vez varios aviones de pasajeros sin ningún problema. Y, de repente, al llegar al océano, se acaba el mundo, la tierra hace un perfecto ángulo recto hacia abajo para precipitarse en las aguas azules.

Por la tarde, llego al último pueblo antes de Dakhla, un asentamiento de pescadores llamado Ntirift. Me acerco a dos hombres y les explico que estoy de viaje hacia Dakhla y que quiero pasar allí la noche. Resultan ser trabajadores de una empresa, GeoAtlas, que está haciendo prospecciones para el Gobierno marroquí; buscan agua potable. Me ofrecen pasar la noche con ellos en el edificio que utilizan como base de operaciones. Compartiré habitación con Mohammed, un hombre bajito, de unos cuarenta y algo, que lleva gafas de gruesa montura y habla un buen francés. Sube conmigo al piso de arriba -cojea de una pierna al ascender por las escaleras- para mostrarme la habitación. Es amplia, con un colchón a cada lado, uno para él y otro para mí. Un fuerte olor a podrido sale del cuarto de baño, que sin embargo parece limpio. La explicación me la daría Mohammed más tarde: el agua corriente del que disponen ahora en el lugar es tremendamente sulfurosa. Me instalo con mis cosas y volvemos a bajar.
Me ofrecen hacerme una tortilla para comer, y acepto agradecido. La “tortilla” son tres huevos a la plancha con un buen pedazo de queso y algunas aceitunas, y de postre un yogur. Cuando ya estoy lleno y descansado, Mohammed me explica su trabajo. Es topógrafo. “Mi hermana, también”, le comento. Me muestra en un mapa la zona que están prospectando cien kilómetros hacia el interior. Primero tienen que ir con el ejército, que despeja el área de trabajo de minas y obuses, restos de la guerra que mantuvieron aquí Marruecos y el Polisario en los años setenta y ochenta (no, no os preocupéis, hace mucho que ya no quedan minas en la costa, por donde voy yo). Luego realizan la prospección. Se muestra orgulloso de su trabajo, gracias al cual ahora hay numerosos pozos de agua potable en el Sáhara, lo que ahorra problemas a los pobladores locales y a los nómadas. Yo no dejo de ver el progreso notable que eso supone para la región, pero tampoco se me escapa un efecto paralelo: están convirtiendo un territorio en el que solo sus pobladores originales sabrían vivir en un lugar habitable para posibles inmigrantes -o colonos- que vengan del norte de Marruecos. Mohammed me parece una buena persona, y no dudo por un instante de que está sinceramente convencido de la bondad de su trabajo; pero al mismo tiempo me doy cuenta de la inmensa inversión de recursos que hace Marruecos en este territorio para justificar su ocupación, y comprendo que nunca lo abandonarán por su propia voluntad. He visto los soldados, he visto las infraestructuras, he visto la riqueza de bienes importados desde Agadir y Casablanca… visto desde este lado, la esperanza del Polisario parece tener una probabilidad entre un millón. Y, además, suponiendo que se independizara el Sáhara Occidental, ¿qué solución buscaríamos para los miles de marroquíes que ahora viven aquí, que llevan años aquí haciendo su vida y que probablemente necesitan una buena relación económica con el norte, y que son gente normal, alejada del poder que ha causado esta situación? Y sin embargo, obviamente, hay que atender a los derechos de los cientos de miles de saharauis a los que se les niega el poder vivir en su propio país, libre de la ocupación militar extranjera e ilegal. Hay que hacer justicia para los refugiados que llevan cuarenta años en el desierto…

Pero veo que me estoy embarrando en contar mis pensamientos sobre una situación complejísima cuyos detalles en realidad se me escapan de medio a medio. Mejor vuelvo al viaje, que seguramente es lo que vosotras querréis estar leyendo. Después de hablarme del trabajo que están haciendo, Mohammed me enseñó un montón de fotos en su ordenador. Fotos de su familia -tiene tres hijas y un hijo, de entre dos y quince años-; de una joven geóloga lionesa (precisamente de la única ciudad francesa que significa algo para mí) que hizo las prácticas con ellos y a la que acogió en su casa; del agua saliendo a chorros en un pozo recién abierto; de las nevadas en el Atlas; de algunas cosas que me esperan por delante, como Dakhla y Guerguerat, un pueblo fronterizo de menos de cincuenta habitantes que no tiene más que un puesto de aduanas, un hotel y un café. Allí pasaré mi última noche antes de entrar en Mauritania; al menos, el café tenía buena pinta, a juzgar por las fotos de Mohammed. Después de enseñarme las fotos, seguimos hablando un poco más. Lleva treinta años viviendo en El-Aaiún, aunque es de Yusufiya, una ciudad entre Marrakesh y Essaouira. Me habla del Islam, en un tono mucho más relajado que las últimas personas con las que lo he hecho; para él, un buen musulmán es alguien que hace el bien a los demás, sea cual sea su origen y su religión. Lo de la guerra santa y atacar al infiel no es el verdadero Islam; “el Profeta nunca mató a nadie”, me dice. Aunque probablemente no sea cierto (tengo entendido que Mahoma, además de iniciador de una religión, fue un importante caudillo militar), me gusta y comparto su forma de entender su religión.

Tras la conversación, Mohammed se marcha a Dakhla para cierto trabajo, y me dejan a mi aire, lo que aprovecho para salir a ver la puesta de sol y perseguir a una pareja de abubillas de precioso plumaje multicolor. Después vuelvo al edificio de los geólogos, con los que comparto su cena: crema de verduras y un gran pescado asado. La cocina hay que agradecérsela a otro Mohammed, un hombre joven que me trata con gran simpatía, y a Eddrahim, un bereber tranquilo y algo callado, pero que me inspira confianza. Después de cenar salgo a mirar las estrellas y hablar por teléfono. Cuando me acuesto, Mohammed aún no ha vuelto de Dakhla. Lo hace poco después, me medio despierta, me echa una manta por encima diciéndome que no me confíe, que por la noche hará bastante más frío, y le veo rezar antes de acostarse en su colchón, al otro lado de la habitación.

Al día siguiente, me dan de desayunar, le expreso mi agradecimiento y mi aprecio por su hospitalidad, y me pongo en marcha. Solo quedan sesenta y cinco kilómetros hasta Dakhla, poco más de la mitad de lo que hice el día anterior, por lo que espero un trayecto fácil y relajado. Es así mientras la carretera va hacia el sur y tengo el viento a favor. Dakhla no está junto a la carretera, sino en la punta de una península en la que se interna un ramal secundario, mientras el camino principal continúa hacia Mauritania. Cuarenta kilómetros antes de llegar hay un cruce, donde un control de policía hace detenerse a todos los vehículos. Miran mi pasaporte, toman mis datos y me preguntan si voy a la frontera o a la ciudad, y respondo que lo segundo. El gendarme me indica el camino y me desea buen viaje. Después de girar para tomar la nueva carretera, me encuentro con el viento viniendo de lado. Por suerte, no sopla muy fuerte, y además, el control del cruce hace que los vehículos que me siguen y me adelantan lleguen con cuentagotas. La carretera se adentra entre unas elevaciones para descender súbitamente hacia el istmo de la península de Dakhla y revelar otro paisaje espectacular. El camino cae desde lo alto de la meseta hasta el fondo de una depresión perfectamente llana. La carretera corta esta depresión en dos. A mi izquierda, arena y más arena, sin una planta, sin una roca, sin una duna. Un suelo infinitamente liso que debe de terminar en el brazo de océano que separa la península del resto del continente, pero desde la carretera no veo el agua: la arena parda alcanza hasta el horizonte. A mi derecha, el paisaje es similar, pero la arena es algo más clara, hay algunas -pocas- dunas, y en el horizonte se elevan las mesetas arenosas junto a las que iba pasando horas antes y que cierran la gigantesca cuenca por el norte. Frente a mí, se eleva, larga y rocosa, la península sobre la que los colonos españoles construyeron Villa Cisneros, la actual Dakhla. El viento lateral me hace avanzar lentamente, por lo que tardo un buen rato en terminar de cruzar los cinco kilómetros de istmo. Por el camino, veo un águila junto a la carretera; le paso muy cerca, pero parece que no quiere alzar el vuelo con este viento.

Cuando por fin llego a la parte principal de la península, la carretera sube un montículo para salir de la depresión. Al otro lado, vuelve a bajar, y ahora sí, por fin, veo la bahía. Forma una playa inmensa de aguas tranquilas y azules. Varias personas practican kitesurfing, y sus grandes cometas adornan el aire con su danza. En la parte final de la carretera vuelvo a tener el viento a favor, pero el camino se me hace largo. La ciudad está bien metida en la península. Varios controles más de policía me rompen el ritmo. Mientras voy hacia Dakhla, en dirección contraria me voy cruzando con grandes convoyes de coches de un cuerpo especial de policía, el de Seguridad Nacional. No los cuento, pero seguro que son varios cientos de vehículos en total. Supongo que han estado controlando la ciudad durante la celebración de un foro internacional que ha levantado gran polémica por celebrarse en un territorio ocupado, y que ahora se marchan tras concluir el congreso.

Una vez en Dakhla, paro a comer algo y a buscar un hotel. Mi primera sorpresa es que hay un aeropuerto en medio de la ciudad. Cierto que en una península tan estrecha no hay mucho espacio para construir, pero el ruido cada vez que un avión despega o aterriza es ensordecedor. Por suerte, eso no ocurre muy a menudo. Me pregunto si habrá vuelos civiles; por ahora solo he visto aviones militares. Paso junto a una larga muralla, posiblemente de lo más antiguo que hay en la ciudad, ahora convertida en recinto militar; sobre la puerta, un lema que ya he visto en más edificios: “Dios, patria, rey”. Sin embargo, por las calles veo menos soldados que en El-Aaiún o en Boujdour. Decido alejarme del aeropuerto y adentrarme más hacia el centro para buscar un hotel. Encuentro una habitación con baño, pero me piden 250 dirham. Digo que es muy caro, me pregunta cuánto quiero pagar y respondo que 120; el tipo dice que me la deja en 150. Le contesto que bueno, que tomo nota y voy a mirar otros hoteles. “No, no, está bien, 120; espere, que llamo a mi jefe.” Después de hablar por teléfono, me dice que me la puede dejar en 130. Realmente no esperaba salirme con la mía regateando por la habitación de un hotel, sino que sinceramente quería irme a ver otros hoteles; creo que cuando mejor regateo es cuando lo hago sin querer. A partir de entonces, el recepcionista ha sido todo el tiempo muy amable y simpático. Me ha acompañado por la noche a un café para que cenase y tomase algo, sin ocultarme que el café también pertenecía a su patrón; de todas formas el sitio me ha gustado, y esta mañana he vuelto para desayunar. Anoche el café estaba bastante lleno, por supuesto solo de hombres. Mirábamos el final del Milán-Fiorentina. Al menos fue un partido interesante, con remontada incluida en los últimos cinco minutos: el gol decisivo para la Fiore lo marcó Joaquín ante la portería defendida por Diego López. Fue una sensación curiosa ver un partido italiano en un café en medio del Sáhara con dos jugadores españoles como protagonistas. Cuando acabó el partido, cambiaron de canal y pusieron otro donde comenzaba el Swansea-Liverpool, pero eso ya era demasiado y me marché de allí.

La impresión que me causó Dakhla es similar a la de las otras ciudades del Sáhara: un lugar muy vivo y animado por la noche, con numerosos comercios bien surtidos, muchos hombres en los cafés, agradable para pasear… Como me había quedado con hambre, entré en un restaurante de pescado para pedir una fritura. Un rato después entró un mendigo; entre una mujer que estaba en la mesa de al lado y yo, le dimos una buena ración de pescado con pan. No es la primera vez que veía esto desde que llegué a Marruecos, pero sí que el camarero se acercara al hombre, le invitara a sentarse en una mesa y después le trajera un cuenco de sopa caliente. Cálido me dejó el corazón esa escena, antes de volver al hotel a descansar.

Esta mañana he vuelto a pasear por Dakhla, mientras esperaba a que abrieran los ciber para venir a escribiros. Me quedo con un detalle que me ha hecho reír. Me he acercado al paseo marítimo a echar un vistazo a un restaurante que parece de algo más de nivel, con su pinta de nuevo y moderno y su terraza cubierta frente al mar. Al ver la carta, me ha sorprendido que, además de platos de carne y pescado con precios más o menos europeos, tenían platos marroquíes por el mismo precio que los restaurantes normales. Pero el detalle que me ha arrancado la carcajada, la exclamación de “¡No puede ser!” y la decisión de ir a cenar ahí esta noche ha sido leer en la sección de pescados y mariscos “Poulpe à la Gallega”. Ya os contaré qué tal, espero que salga mejor que la “tortille espagnole” de Boujdour. Lo sabréis cuando vuelva a escribir tras descansar dos o tres días aquí. Besos.

Altibajos en la llanura de El-Aaiún a Boujdour

Salam. Como dije ayer en un comentario, el Sáhara no parece tan terrible cuando no soplan vientos laterales de más de cincuenta kilómetros por hora. Los tres últimos días, el desierto me ha mostrado su cara más amable, y eso me ha permitido llegar en bici a Boujdour, una pequeña ciudad a unos doscientos kilómetros de El-Aaiún.

En mi segunda noche en aquella ciudad, después de escribir volví a la tienda de Hamid, parando por el camino en una pastelería para comprar unos dulces con los que agradecer su hospitalidad. Me invitó a tomar té mientras esperaba a que se hiciera la hora de cerrar, y comimos un par de bollos de los que había llevado. Tras recoger la tienda y quitar y guardar las bombillas que iluminan la entrada por fuera, para que no se las robaran durante la noche, fuimos a un restaurante de un amigo suyo para coger una pizza de atún y gambas. Me pregunta si bebo, para comprar algo, pero le digo que no; “haces bien, yo antes lo hacía, todas las noches, pero ahora ya no”. Por el camino, a través del centro de El-Aaiún, puedo ver una ciudad animada, con un zoco grande y lleno de gente, calles comerciales con numerosos cafés modernos y terrazas llenas de gente -más bien llenas de hombres- que dan a este lugar un aire de vacaciones, de ciudad turística en verano. Con la cena (la pizza y un zumo de mango que compramos en una tienda) en la mano, tomamos un taxi para ir a casa de Hamid, al otro lado de la ciudad. El taxista nos cobra seis dirham (Hamid me explica que es porque es de noche, que por el día el precio son cinco, es decir, menos de medio euro). La casa de Hamid es pequeña y sencilla; la entrada da a un patio con dos puertas; una es la vivienda, y la otra, el lavabo, separado del resto de la casa. También tiene un pequeño jardín, pero no puedo apreciarlo por la oscuridad. Entramos por la cocina, donde dejamos la cena, y pasamos al salón, amplio y bastante desnudo, con un par de sofás, una mesita baja ante ellos y una estantería con algunas fotos y trastos. Damos buena cuenta de la pizza y el zumo de mango, y luego Hamid se prepara su acostumbrado porro de antes de dormir. Llama por teléfono a una de “sus chicas” -“a black woman” me dice, con un gesto de la mano que podría traducir como “dinamita pura”-, pero no hay respuesta. Charlamos un rato, pero es un poco tarde para el horario al que me ido acostumbrando, y el humo del hashísh me adormece aún más. Hamid me trae una manta por si quiero dormir en el sofá. La verdad es que estoy muy agusto, y me apetece la idea de aceptar su hospitalidad, pero tengo todas mis cosas en el hotel, no he pasado por allí desde por la mañana, y aunque no debería suponer ningún problema, algo me dice que debería volver. Se lo digo a Hamid, que no insiste más y me pide que me pase por su tienda a saludarle por la mañana antes de dejar El-Aaiún.

Paseo por las calles frescas y medio desiertas, en las que sorprendentemente aún queda alguna tienda abierta. En una de ellas pregunto por la prefectura de policía, que está en la misma calle que mi hotel, para orientarme. Cuando llego al hotel, hay ruidos y un pequeño revuelo: el joven que se encarga del lugar está enfadado porque llevo todo el día desaparecido y he llegado a las tantas de la noche; me dice que han estado aporreando mi puerta y que incluso ha avisado a la policía. No entiendo muy bien a qué viene esto, pero me disculpo para calmarle, cosa que finalmente consigo cuando le pago el precio de esta segunda noche (en casi todos estos pequeños hoteles te cobran las noches por adelantado). Me meto finalmente en mi habitación para descansar, solo para comprobar que he cometido un error: cuando salí por la mañana, había dejado la ventana abierta para ventilar un poco, y así ha seguido todo el día hasta ahora. Varias docenas de moscan campan a sus anchas por las paredes y el techo. Intento echarlas, pero sin éxito; haga lo que haga, la habitación está infestada y así va a seguir toda la noche. Bueno, al menos parece que se conforman con las paredes y el techo, y no se acercan a la cama ni a mis cosas. Al final no me molestan y puedo dormir bien.

A la mañana siguiente recojo mis cosas y me voy a la tienda de Hamid. Paso allí casi toda la mañana, sin prisas, porque ese día solo tengo intención de ir hasta El Marsa, a unos veinticinco o treinta kilómetros. Hamid vuelve a invitarme a té mientras conversamos. Me cuenta cómo lleva ocho años con su tienda. Pasó los seis primeros viviendo en ella, trabajando de sol a sol siete días a la semana, hasta que reunió el dinero para comprarse su casa (doscientos cincuenta mil dirham, unos veintitrés mil euros). Aún sigue trabajando todos los días, que son siempre iguales: madrugar, abrir la tienda, trabajar hasta la noche, volver a casa, a veces llamar a una chica, beber y acostarse con ella, darle doscientos dirham (no es prostitución, me explica, es un detalle con la chica para que se compre lo que le haga falta), fumar un porro, dormir, vuelta a empezar. Solo descansa cuando se toma unas vacaciones: junta algo de dinero y se marcha un par de meses, siempre dentro de Marruecos. Le gustaría pasar dos semanas en España, pero la burocracia marroquí le complica la obtención de un visado hasta el punto de hacerle desistir. Ahora mismo está ahorrando para el verano, pero no para irse de vacaciones, sino para arreglar la casa y darle una buena mano de pintura por todas partes, que le hace buena falta. Me dice que si me quedase una noche más en El-Aaiún, podría pasarla en su casa y llamaríamos a dos chicas y compraríamos unas cervezas. Le acepto su hospitalidad para la próxima vez que venga, me dice que puedo venir con mi novia, con familia, como quiera, que tenemos su casa para el tiempo que haga falta. Le pregunto si le gustaría casarse y tener hijos, y me dice que sí, agregando con mirada soñadora que estaría bien hacerlo con una española. De Canarias, que está justo ahí al lado, por qué no. Al despedirnos, se fija en el mal pulso de mis manos, y me recomienda como remedio la miel de daghmús, una planta que según veo en internet es conocida en España como “melera” o “teticas de doncella”.

Al mediodía me marcho de El-Aaiún por la carretera de El Marsa, que es su puerto; es algo así como París y Le Havre. Los veinticinco kilómetros transcurren por una buena carretera, primero entre dunas de arena, y luego por un paisaje que no me abandonará hasta Boujdour, doscientos kilómetros después: infinitas llanuras arenosas salpicadas por pequeñas matas de plantas con hojas carnosas, llenas de agua para resistir la sequía. Al llegar a El Marsa, paso junto a las instalaciones de la mayor planta desalinizadora de África, según me dijo Hamid. Aquí la sensación de “ciudad vacacional” es aún mayor, con el mar al lado, restaurantes que sirven el pescado recién traído al puerto, el centro con sus terrazas y sus salas de billares y recreativas que me devuelven por un instante al Arroyo de la Miel de los agostos de mi niñez. Después de comer carne de camello (algo tremendamente graso, pero bienvenidas sean las calorías que voy quemando en la bici) con garbanzos, pregunto por un hotel, y el camarero me indica uno en la misma calle. Alucino con la habitación que obtengo por cien dirham, tan grande, nueva y limpia que cualquiera pagaría cuatro veces más por ella en Europa sin protestar. Por la tarde voy a pasear por el puerto, donde un policía me pide el pasaporte para tomar nota de mis datos y hacerme unas cuantas preguntas antes de dejarme entrar. El sol acaba de ponerse, pero aún queda un buen rato de luz. La mayoría de las barcas de pesca, pequeñas y todas pintadas de verde, están ya de vuelta en el puerto. Cuatro chavales juegan en la playa con una pelota grande enterrada en la arena, que usan a modo de cama elástica para dar saltos y volteretas.

Regreso del puerto ya de noche, y me encuentro con un ambientazo en las calles, con música a todo trapo saliendo de los billares, y multitud de hombres en las terrazas viendo el fútbol en grandes pantallas. Yo voy a pasear por el zoco, y me sorprendes los puestos con montañas enormes de naranjas, manzanas y otras frutas, aquí en mitad del desierto. Hay montones de tiendas de ropa y de teléfonos, droguerías bien surtidas, casi cualquier cosa que uno pueda necesitar. Me cuesta moverme entre la gente, en este mercado de una pequeña ciudad de menos de veinte mil habitantes. Luego voy a cenar pescado frito; el camarero me ofrece una fritura variada por veinticinco dirham, poco más de dos euros. Yo me siento y espero un plato con cuatro sardinas y algunos calamares, pero lo que me ponen por delante es una montaña de peces que a duras penas consigo acabarme un buen rato después. Cuando vuelvo a la habitación del hotel, resulta tentador quedarme unos días más aquí, pero el pronóstico del tiempo es bueno, con vientos muy suaves, y quiero aprovechar para intentar llegar a Boujdour en la bici.

Por eso me pongo en marcha al día siguiente. Lo que me espera son unos noventa kilómetros hasta el siguiente pueblo. Durante todo ese rato no paro de ver el mismo paisaje: llanuras de arena hacia la derecha, la izquierda, por delante y por detrás, hasta donde alcanza la vista. La carretera es perfectamente recta; a veces no veo la siguiente curva, ni la anterior por el retrovisor, ni ningún cambio de rasante. Además, el cielo está nublado, y el aire es cada vez más gris, lleno de polvo, y la luz no parece cambiar a lo largo de la mañana. Son noventa kilómetros en los que solo mi cansancio creciente demuestra que el tiempo sigue transcurriendo y que yo sigo avanzando. Hago un par de paradas para comer algo de fruta. El viento lo tengo en contra, viene del sur, pero por suerte sopla con mucha suavidad, es apenas una brisa. Parece que el Sáhara ha decidido darme una pequeña tregua. Me voy fijando en la vegetación: casi todo siguen siendo las mismas matas, pequeñas y bajas, con gruesas hojas llenas de agua, pero ahora van apareciendo también otras similares, pero aún más pequeñas y con hojas rojas que dan algo de color al terreno junto a la carretera. Cerca del pueblo donde he decidido pasar la noche, me sorprende una zona llena de hierba verde y plantas con flores violetas y amarillas; un oasis de vida, que algunas personas aprovechan para descansar en su camino, como atestiguan un par de jaimas con un jeep al lado.

Al mediodía llego a Lamsid. Un puñado de casas que parecen deshabitadas, un par de edificios oficiales con la bandera marroquí y una estación de servicio. Paro a comer, y mientras lo hago un par de personas hablan conmigo. Uno es un marroquí que me habla en castellano, con un fuerte acento que no deja lugar a dudas: ha aprendido a hablarlo en Canarias. Se llama Mbarek y me recomienda un hotel y un hammam en Boujdour, donde llegaré al día siguiente. El acento, el shesh azul puesto a modo de fular alrededor del cuello, los gestos de las manos le dan un cierto aire amanerado; me pregunto si en realidad querrá visitarme en el hotel y acompañarme al hammam. El otro hombre que habla conmigo es el trabajador de la gasolinera; me dice que tiene a la gendarmería al teléfono, y que quieren saber mis datos y si voy a pasar allí la noche. Yo le cojo el teléfono y hablo con el supuesto gendarme; la forma de hablar y el tono me recuerdan a otras veces que me han parado policías para tomar mis datos, y de todas formas no veo nada malo en darle los míos. Después me pongo a buscar un sitio donde acampar. Pruebo entre las casas vacías y junto al muro de uno de los edificios con bandera marroquí, pero un hombre que dice ser el guarda nocturno me dice que ahí no, que esa zona no está vigilada por la noche, y me conduce a una zona que parece ser un solar en construcción justo al lado de la estación de servicio. Me sienta un poco mal verme así dirigido, sin dejarme elegir yo mismo donde quiero pasar la noche, sobre todo cuando el tipo empieza a meterme prisa por llevar mis cosas allí; no me da buena espina. Empiezo a montar la tienda, el guarda se pone a ayudarme, pero resulta más bien un estorbo; el terreno es duro y cuesta meter bien las piquetas, y el hombre, en sus prisas por ayudarme, dobla un par de ellas; finalmente me guardo el resto y le digo que no tengo más, que la tienda está bien así y que puedo sujetar el resto de enganches con piedras. Finalmente consigo deshacerme de él, pero me ha puesto de bastante mal humor, sobre todo porque lo único que quería era sacarse unos dirham de cualquier manera; teniendo en cuenta que sabe dónde paso la noche y que se supone que es quien vigila el lugar, le pago el precio de un tajine en el restaurante de la estación de servicio. Me siento a relajarme un poco antes de terminar de montar el campamento y hacerme algo de cena.

En ese momento, mi ánimo es el más bajo desde hace tiempo. No me siento muy a gusto allí, pero sobre todo creo que me afecta algo físico, algo que no he mencionado hasta ahora. Desde que entré en el desierto, la sequedad del ambiente está haciendo mella con fuerza en un pequeño problema de salud que me acompaña desde hace años: los brotes de dermatitis en las manos. Tienen mala pinta, con varias pequeñas heridas que se abren y escuecen cuando extiendo o cuando cierro las manos. Cualquier tarea manual supone algo de dolor, y eso hace que todo me dé pereza, que tarde el triple en todas las tareas diarias, que montar y desmontar el campamento suponga más tiempo del que quiero tardar para aprovechar las mejores horas del día para rodar. Y eso me drena las fuerzas y el ánimo, la confianza y las ganas de continuar. Me siento junto a la tienda, sintiendo que lo único que me apetece en ese momento es ver la cara de un ser querido, de cualquiera de los que tengo, y no pasar la noche acampado en un pueblucho del desierto. Pensando en eso, añorando, me pongo a cenar sin ganas, pero sabiendo que lo necesito. El bocadillo de salchichón, del penúltimo pedazo del que me dieron Charo y Carlos, sabe a casa.

Pese a todo, conseguí pasar una noche razonablemente buena. Pude comprobar que se duerme bien sobre la estera que compré en El-Aaiún. Soñé con antiguas novias. Luego me levanté temprano y me preparé para marchar, deseando llegar a la siguiente ciudad, Boujdour, a casi ochenta kilómetros de allí. Por lo que he contado, no conseguí ponerme en marcha hasta pasadas las diez de la mañana. Sin embargo, una vez empecé a rodar, mi humor mejoró increíblemente. Bien descansado, con todo un nuevo día por delante, con el desierto mostrándome su mejor cara en forma de temperaturas agradables y un viento que ahora sopla del norte, empujándome suavemente, los fantasmas de la noche anterior se alejan. Las manos apenas duelen porque lo único que tienen que hacer es sujetar el manillar en una posición constante, sin manipular nada complejo. La mañana transcurre igual que el día anterior, con los mismos paisajes eternos. Paro a hacer el tentempié de media mañana junto a una torre de telefonía. Los ladridos de un perro al detenerme hacen salir al guarda de la torre, un hombre algo mayor, con una chilaba parda, sandalias gastadas y una profusa barba rizada; en conjunto, tiene aspecto de ermitaño, y el hecho de que viva en esa caseta en medio del desierto refuerza la impresión. Se presenta como saharaui, pero solo habla hassaniya, un dialecto del árabe algo distinto al de Marruecos, y no conseguimos entendernos demasiado. Es una lástima, porque es la primera persona que conozco que me dice enseguida “soy saharaui”, y además parece bastante amable. Cuando comprueba que no necesito nada, pues llevo comida y agua conmigo, vuelve al interior de su caseta. Mientras estoy allí sentado, comiendo una manzana en medio de la infinita llanura arenosa, se acerca un gallo y empieza a cantar; la escena me resulta absolutamente surrealista, y espero despertarme en cualquier momento en el interior de mi tienda. Supongo que el hombre tendrá gallinas dentro del recinto de la torre y las deja salir por el día, pero la imagen no deja de chocarme.

Repuestas las fuerzas, enfilo los últimos cuarenta kilómetros hasta Boujdour. Paso un control de la gendarmería, donde uno de los policías me dice: “¿Iván?”, de lo que deduzco que son los que llamaron ayer, cuando les di mis datos. Le contesto afirmativamente, me pregunta si todo va bien y me deja continuar sin más. El resto del trayecto va sobre un tramo nuevo de carretera recientemente asfaltado, con el viento a favor cada vez más fuerte, por lo que no tardo en llegar a la ciudad. Durante un trecho, me escoltan dos curiosos pájaros, que revolotean junto a la carretera, un poco por delante de la bici. De vez en cuando se detienen, aprovechando las corrientes de aire para quedarse suspendidos hasta que la bici pasa ante ellos; entonces me pían y vuelven a volar carretera adelante, antes de repetir el rito unos metros después. Consiguen hacerme reír, y me enamoro de la risa. Al poco tiempo, llego a Boujdour. Es pequeña, pero con un centro muy animado, con un gran zoco que me recuerda al de El Marsa, un puñado de hoteles y muchos restaurantes y cafés. Pasado el centro, una zona de edificios oficiales, un barrio donde hay poco más que casas y un par de tiendas, y enseguida vuelta al desierto. Me siento a comer en un restaurante, donde algunos hombres sentados en las mesas de al lado hablan conmigo. Uno de ellos me resulta bastante atípico como marroquí. Para empezar, lleva rastas, cuando los hombres que he visto desde que llegué a Tanger que tienen el pelo más largo que yo se pueden contar con los dedos de una mano (incluyendo a Vytas). Además, lleva pantalones cortos y camiseta, cuando aquí para estar frescos lo que hacen es llevar manga larga para no exponer la piel al sol. Por último, cuando habla, lo hace con voz suave, mientras que los marroquíes en general suelen ser bastante gritones. Me cuenta que estuvo en España hace un mes. Trató de cruzar con cuatro amigos en un bote de Nador a Almería, pero los cazó la Guardia Civil. Vuelta a Marruecos. Le pregunto si volverá a intentarlo, y me dice que sí; tiene a su novia en España.

Después de comer y encontrar un hotel, bajo a pasear por el zoco y buscar un ciber para leer vuestros mensajes y relajarme un poco. Un niño de doce años, Brahim, a quien le pregunto cómo llegar al ciber, me acompaña hasta allí. Al sentarme ante el ordenador, se me cae una moneda; Brahim la recoge y le digo que puede quedársela, pero la rehúsa y me la devuelve. Luego, se queda a mi lado, mirando lo que hago en el ordenador, enseñándome sus fotos y de su familia en el Facebook (me enseña una foto de su hermano mayor, que está en Madrid). Otros dos jóvenes se acercan a curiosear, pero son más ruidosos y molestos; cuando no le ven, Brahim pone mala cara y me dice en francés “están mal de la cabeza”. Los dos muchachos van y vienen, me insisten para que les dé dos dirham (“lo siento, no tengo suelto hasta que pague el ciber”), se marchan, vuelven con un paquete de droga para ofrecerme, no paran de molestar preguntándome por lo que hago en el ordenador y pretendiendo enseñarme alguna página. No es el rato relajante que había buscado, así que me marcho. El pequeño Brahim se viene conmigo.

Cruzamos el zoco, y por la calle, entre el gentío, me vuelvo a cruzar por casualidad con Mbarek, el que me saludó el día anterior en el restaurante de Lamsid. Me da su teléfono, por si necesito cualquier cosa mientras estoy en Boujdour. Yo sigo caminando de vuelta al hotel, con el niño aún a mi lado. Cuando le digo que quiero ir a cenar, me invita a su casa, pero ya estamos enfrente de mi hotel, y a mí solo me apetece comer algo rápido en un lugar cercano y marcharme a dormir cuanto antes; estoy bastante cansado. Se lo digo, y que mejor le visito al día siguiente, si quiere. Entonces Brahim me dice “entra en ese sitio, son amigos míos”. Le hago caso y acabo cenando harira, la típica sopa marroquí, con dos huevos cocidos y un puñado de dátiles, por menos de un euro. Le ofrezco los dátiles a Brahim, pero me dice que no, que los coma yo. El espera pacientemente a que acabe y luego me acompaña a la puerta del hotel, donde me pregunta, como para asegurarse, si seguiré allí al día siguiente. Le digo que sí, nos despedimos, y me voy a dormir.

Hoy me he levantado con más fuerzas y ánimo que ayer. Las manos van mejorando, gracias al tratamiento intensivo de aloe vera y aceite de argán que les voy dando, pero aún les queda bastante para estar bien del todo. He venido al ciber para escribiros y tomar nota detallada del pronóstico del viento para las próximos días entre Boujdour y Dakhla, la siguiente ciudad. Tengo que planear esa etapa con cuidado, porque son trescientos cuarenta kilómetros sin apenas poblaciones, donde dependeré de las torres de telefonía vigiladas, los puestos de la gendarmería y algún pueblo de pescadores para descansar y reponer agua y comida. De todas formas, tengo casi toda la tarde, y puede que algún día más (en función de lo que decida al estudiar el pronóstico del viento, los mapas y mis notas) para pensarlo y decidir cómo y cuándo emprendo el camino hasta Dakhla, una ciudad algo más grande, y la última por la que voy a pasar en bastante tiempo. De momento, toca descansar en Boujdour, donde, quién sabe, quizá me encuentre otra vez y comparta algún rato con Brahim o con Mbarek.

Mientras escribo este post, la amable chica que atiende el ciber y un niño de unos trece o catorce años me miran, hablan entre sí y se ríen. El chico me da un par de galletas del paquete que está comiendo, y me preguntan por lo que estoy haciendo, por el blog, por el viaje. El muchacho me pide que le mencione en la historia, y me escribe su nombre en un papel: Abdelwahab. Con esto me despido del post, del blog y de vosotros hasta el próximo relato. Abrazos.

El desierto, como lo había imaginado, pero no como lo había imaginado

Sahara: Hola, Iván. Bienvenido a mi casa.
Iván: Ah, hola. Gracias.
Sahara: Ven, mira. Quiero presentarte a uno de los habitantes más importantes de mi hogar.
Iván: ¿Ah, sí? ¿Y de quién se trata?
Sahara: Del viento.
Iván: Ah, el viento. Pero si ya nos conocemos.
Sahara: Oh, no, tú no lo conoces. Todavía no…

Saludos desde El-Aaiún. No, no me ha traído hasta aquí el viento, o bueno, quizá en parte sí… Lo que está claro es que no he venido pedaleando, obviamente no iba a hacer 430 kilómetros en dos días. Pero volvamos a donde dejamos el relato, en Guelmim.

Finalmente no hubo cena con el tal Mohammed Salim. En lugar de eso volví a la joyería frente al hotel Salam a tomar el té, y allí me encontré, una vez más, con el dueño, Ali, y con Abdelaziz, al que siempre veo por el lugar. Este último es un mauritano joven, de complexión muy ligera y piel oscura, con el shesh siempre puesto, tranquilo al hablar y de sonrisa fácil, y con una mirada viva e inteligente en sus pequeños ojos marrones. Habla bien inglés y aun mejor francés, y chapurrea algo de castellano; al hablar con él, parece una persona culta. Ali, en contraste, es más robusto y de piel más clara, con el rostro más rollizo y mejor afeitado que Abdelaziz. Me cuesta mucho más entenderle con su fuerte acento árabe, y suele tener el típico deje de comerciante marroquí cuando está regateando. Es miembro de una asociación para la promoción del turismo en Guelmim. En relación con esto, me dice que conoce a ese Mohammed Salim, que ya han tenido algún problema con él y que es un tipo un poco raro. De todas formas, cuando le he llamado por teléfono para quedar, no me lo ha cogido.

De modo que me he quedado en la tienda de Ali, tomando el té y charlando con ellos. Me han estado hablando del desierto, de lo buena que es la gente de Mali, especialmente las mujeres para casarse con ellas, porque tienen un “corazón limpio”. De hecho, me comentan que cuando un hombre toma varias esposas, cuando es viejo suele casarse con una maliense para que lo cuide. Me advierten contra la magia negra de Senegal, el “grigri”, y me recomiendan que me lleve el dichoso “algatran” para protegerme también contra ese otro peligro. Yo les escucho escéptico y divertido, pero se lo acabo comprando porque encaja con la descripción que he encontrado en Internet del aceite de cade, un producto del enebro que se usa como repelente de serpientes. Intento regatearle el precio a Ali, porque me parece que me lo está cobrando entre cinco y diez veces más caro de lo que es, pero el insiste en que el precio es fijo: cien dirham. Al final no le doy importancia, porque total, no son ni diez euros, y realmente no me parece que quieran embaucarme, sino que realmente su ofrecimiento de hospitalidad, conversación, té y amistad es sincero y de corazón, y yo he estado a gusto con ellos. Otra cosa es que de paso aprovechen para ganar unos cuantos dirham a costa de la visita del turista extranjero, pero eso, al fin y al cabo, forma parte de su modo de vida, y tampoco es que me hayan sacado una fortuna. Si el precio es el que me aseguraban, bien; y si me han timado, pues bueno, espero que se lo gasten en un par de tajines y que les sienten muy bien.

Al día siguiente salí de Guelmim con el objetivo de alcanzar Ras Oumlil, a unos setenta kilómetros. La carretera es llana, y el viento, suave, por lo que avanzo con facilidad y a buen ritmo. Se supone que estoy entrando en el Sahara, pero esto aún no tiene pinta de desierto, sino más bien de un valle no demasiado árido y lleno de campos de trigo, y de unas flores moradas que tiñen la falda de los montes como si a un gigante se le hubiese caído un enorme cubo de pintura violeta. Lo que sí voy notando es que empiezan a alargarse poco a poco las distancias entre casas, cafés y otras estructuras. La rodilla aún da pequeños avisos, pero nada demasiado serio, y no me impide llegar temprano a Ras Oumlil, como me había propuesto. A la una y cuarto ya me he detenido en el pequeño pueblo, que tiene un par de cafés y poco más, para comer. El camarero me comenta que el día anterior pasó por allí una pareja de ciclistas franceses que se dirigían a Tan Tan, como yo. Bueno, quizá los alcance en los próximos días.

Después de comer, decido continuar un poco más, porque es temprano y me siento con fuerzas, y así al día siguiente puedo tener una etapa más corta y fácil. El camarero del café donde he comido me dice que cerca, a unos doce kilómetros, hay un lugar popular para acampar, con muchos turistas. Yo me pongo en marcha, y a unos nueve o diez kilómetros del pueblo, alcanzo unos montes, probablemente los últimos en lo que me queda de viaje. Tras coronar la subida me detengo a descansar, y veo aparcada una autocaravana. Me acerco a preguntar a la pareja de alemanes que la habita si les suena el lugar del que me han hablado en el pueblo; que ellos sepan, no hay nada así hasta la playa de Tan Tan. Eso no está a unos doce kilómetros de Ras Oumlil, sino a ochenta y cinco. Veo claro que me va a tocar buscarme la vida por mi cuenta, y vuelvo a ponerme en marcha sin más demora. Al poco tiempo, veo a mi derecha una pista de tierra y piedras que lleva a las ruinas de una casa. Decido probar suerte allí.

Antes de llegar a la casa, se me une otro cicloviajero, que venía por la carretera en dirección contraria, de Tan Tan a Guelmim, y que al verme se ha metido detrás de mí por la pista. Me pregunta si quiero compartir algo de té y conversación, y se viene conmigo hasta la casa. Se llama Dawid y es polaco. Es un tipo menudo, con poco pelo, ropa gastada, mirada de buena gente, puede que algunos, pero no muchos, años más que yo. Lleva una bici barata del Decathlon, con el cambio trasero recién roto y con las alforjas medio descosidas; se le están acabando el dinero para el viaje y el tiempo del visado. Estupendo, se le acaba todo a la vez, la bici, la ropa, el dinero, el visado… así sabe que tiene que dar por concluido el viaje y no lamentar que una circunstancia concreta le obligue a hacerlo. Nos refugiamos del viento, que empieza a ser cada vez más fuerte, entre los muros de lo que un día debió de ser una especie de patio de entrada. Dawid se pone a preparar el té en su hornillo, y después, un cuscús con mermelada de higos. Por cierto, es el único cuscús que he comido en todo Marruecos. En todos los sitios donde he parado a comer siempre había tajine, tajine y más tajine, pero nunca cuscús. En Agadir entré a cenar en un sitio donde anunciaban “cuscús con leben todos los viernes”. Era viernes por la noche. “Lo siento, se nos ha terminado al mediodía”.

En fin, que yo aporto algo de chocolate y de fruta para compartir con Dawid mientras me cuenta que él va dando la vuelta a Marruecos en el sentido de las agujas del reloj, según se mira el mapa. Comenzó por Tetuán y Chefchaouen, cruzó las montañas y recorrió el desértico sureste del país hasta llegar a El-Aaiún, ya en el Sahara Occidental, desde donde regresó hacia el norte por la costa. Me cuenta que al ir hacia El-Aaiún desde Esmara, en el interior, la policía marroquí le detuvo un largo rato para hacerle muchas preguntas; no les gusta que los europeos nos acerquemos tanto al territorio controlado por el Polisario, el grupo que reclama la independencia del Sahara Occidental. Dawid me habla mientras manipula su hornillo de gasolina; al mirar cómo lo hace, me fijo en que le faltan dos dedos y medio. Sigue contándome que ahora volverá a Gandía, donde ya ha estado otras veces y un amigo suyo le busca trabajillos puntuales, como podar unos árboles. Si esta vez no encuentra trabajo en una semana, se volverá a Polonia.

Acabados el té y el cuscús, nos despedimos; él está algo enfadado porque la avería de su bici le ha obligado a estar parado casi todo el día y quiere hacer algunos kilómetros más. Yo me quedo a solas en la ruina, y dedico el resto de la tarde a montar el campamento en una especie de corral con buenos muros de piedra y un suelo llano y casi sin piedras, y a estirar y masajearme las piernas. También embadurno los bordes de la tienda con el potingue de Ali, por si acaso fuese bueno y por si hay bichas entre las piedras de los muros. Estoy en una zona alta, lejos de cualquier población importante y en el borde del desierto del Sahara. Todo ello me hace esperar ver un espectáculo de estrellas en el cielo despejado, pero no es así. En lugar de eso, lo que veo es una luna llena majestuosa enseñoreándose del cielo para no dejar brillar a nadie más. Me meto en la tienda temprano para poder salir con las primeras luces. Por la noche, el viento va haciéndose cada vez más y más fuerte. En una ocasión me despierta bruscamente; horas más tarde, al levantarme, comprobaría que lo que me había despertado había sido el golpe de la bici contra el suelo al caer derribada por el viento junto a la tienda. Por momentos temo que el vendaval deshaga media tienda, pero no es así. La buena noticia es que parece bien hecha para resistir el viento: por la mañana, ni una piqueta, ni una varilla, ni un enganche se han movido un milímetro de su sitio.

Al amanecer, lo primero que hago es recoger la tienda, limpiarla de la arena que ha entrado dentro aun estando cerrada, y guardarla como puedo. Me meto a desayunar en una de las tres habitaciones que quedan en pie dentro de la casa. Me preparo para empezar el día y me coloco el shesh, pero el viento no tarda en deshacérmelo. Lo intento un par de veces más, pero pierdo la paciencia y quiero ponerme ya en marcha, así que lo vuelvo a guardar y me monto en la bici. Quiero llegar pronto a El Ouatia, la playa de Tan Tan, para descansar bien antes de emprender las tres etapas siguientes, de casi cien kilómetros al día. Tengo el viento en contra desde la casa hasta la carretera, así que me lleva un buen rato alcanzarla. Pero cuando por fin estoy sobre el asfalto y pongo rumbo a Tan Tan, es peor aún: ahora el viento me azota desde un lateral y me obliga a grandes esfuerzos no solo para avanzar, sino para mantener el equilibrio. Cada vez que un camión o un autobús me adelanta o se cruza conmigo, me provoca unas turbulencias que se traducen en un baile sinuoso hasta que consigo recuperar un trazado recto. Finalmente, no consigo mantener la dirección y me salgo de la carretera; clavo los frenos y logro evitar la caída. Decido bajarme de la bici y continuar un rato a pie por el… llamésmole arcén, aunque no está asfaltado y es solo una franja de terreno de arena y piedras al mismo nivel que la calzada. Veo que el paisaje va cambiando: los montes a mi derecha, que me presentan su cara sur, están medio enterrados en arena, y solo muestran algo de roca desnuda, sin nada de vegetación. Aparte de la carretera, no veo ningún signo de civilización, aunque también es cierto que al estar entre montes tampoco veo muy a lo lejos. Con este paisaje y con el viento anunciándome un trayecto duro e inhóspito, tengo por fin la impresión de estar entrando en el desierto.

Me detengo un momento y espero a que no haya nada de tráfico a la vista. Vuelvo a subirme a la bici, para intentarlo de nuevo, pero se me medio cae una bolsa del portaequipajes; lanzo un gran grito de rabia contra el viento, me paro a recolocar la bolsa y continúo. Al cabo de un par de kilómetros vuelvo a salirme del asfalto. Decido dejarlo por ahora, porque la tercera salida podría significar acabar rodando ladera abajo o entre las ruedas de un camión. Vuelvo a empujar la bici por el carril pedregoso, lo que supone avanzar penosamente, parando cada pocos minutos para sujetar mi montura e impedir que el viento la tire por el terraplén que hay a mi derecha. Faltan unos treinta kilómetros para llegar a Tan Tan. En condiciones normales, no tengo ningún problema en caminar esa distancia, pero ahora… la única esperanza es que el viento amaine y pueda volver a montar, pero no creo realmente que eso ocurra. Así que solo veo una solución. Cuando miro atrás y veo un gran camión rojo a punto de alcanzarme, saco el dedo. Me habían dicho que en esta región siempre puedo esperar que alguien me ayude en la carretera, que la gente que pasa es hospitalaria y solidaria. Lo que no esperaba era que mi primer intento de hacer autostop fuera a tener éxito en menos de treinta segundos.

El camión rojo se detiene a mi lado, y yo abro la puerta del acompañante, adornada con una gran pegatina con el escudo del Real Madrid. Pregunto al conductor si me puede llevar a Tan Tan, y el responde con una pregunta en árabe que no entiendo, pero sus gestos me hacen interpretarla como “cuál es el problema”. Le digo en francés que hay demasiado viento, y él me indica con un gesto que cierre la puerta y espere. Él avanza y saca el camión al arcén. Se baja para ayudarme a cargar la bici sobre la mercancía que transporta (tubos de riego y unas cajas cuyo contenido no veo) y para meter mi equipaje. Durante el proceso, el viento se lleva mi esterilla. Cuando lo veo, suelto lo que tengo en las manos para salir corriendo tras ella, pero no doy ni tres zancadas antes de detenerme al comprender que es imposible alcanzarla. Miro cómo el viento se lleva la esterilla junto con la absurda fantasía de que es posible planificar y controlar lo que va a ir sucediendo cada día de viaje.

Me subo al camión y le doy las gracias a mi rescatador. Se está muy a gusto dentro de la cabina, viendo pasar los kilómetros tranquilamente. El camionero solamente habla árabe, así que me paso el trayecto con la guía de ese idioma en la mano. Se llama Abdelghani y se dirige a Dakhla, a casi mil kilómetros de distancia. En un primer momento pienso en pedirle que me deje en El Ouatia, 25 kilómetros después de Tan Tan, para dormir donde había pensado hacerlo esa noche y después seguir por mi cuenta. Pero se está tan agusto en el camión de Abdelghani, sobre todo después de la bofetada de realidad que acabo de llevarme… que cedo ante el confort que me reclama mi cuerpo y le digo que voy a El-Aaiún. Y de esa manera he llegado hasta aquí. He visto por fin el desierto, el de verdad, con sus distancias larguísimas sin ver a nadie más que a los otros conductores, con sus campos de arena, que en dos o tres puntos invadían la calzada y hacían botar violentamente el camión. Aves rapaces suspendidas contra las fuertes corrientes de viento vigilaban las matas de arbustos adaptados a vivir con poca agua, y un rebaño de camellos pacía tranquilamente entre esos arbustos. Hemos cruzado un puente sobre un ancho río, que para mi sorpresa llevaba bastante agua -supongo que no será así el resto del año-. Lo he visto todo rápidamente y desde un camión, escuchando música marroquí, no avanzando sobre mi bicicleta como había planeado. Pero tampoco importa. Porque aún me quedan más de mil kilómetros de desierto por delante, si es que aún quiero descubrirlo. Porque era lo que necesitaba en ese momento. Porque he venido a encontrarme, no a perderme del todo en una cuneta. Porque ahora he ganado tres días que puedo gastar en viajar más relajado, por ejemplo para quedarme en un sitio hasta que el pronóstico del viento sea más favorable. Y también porque nunca había viajado en camión, y ahora he compartido un pequeñísimo trocito de la vida de Abdelghani, que deja a su mujer y sus tres hijos en la hermosa El Jadida para ganarse la vida llevando un camión a mil quinientos kilómetros. He visto cómo se cambia una rueda de uno de estos bicharracos. Me ha invitado a un delicioso tajine de cordero en un bar de carretera, y yo he compartido su preocupación al llegar a cada control. En el primero no ha habido ningún problema, en el segundo ha tenido que untar a la policía para que nos dejaran irnos sin demasiadas preguntas, por lo raro que resulta ver a un camionero marroquí llevando a un europeo. Después de eso, le he dicho que podía dejarme en el siguiente pueblo. Al llegar allí, el se ha detenido y me ha mirado inquisitivamente, como preguntándome qué quería. Yo le he respondido “yo quiero El-Aaiún, pero no quiero policía…”, señalándole a él para darle a entender que no quería causarle más problemas en los controles. Abdelghani se ha encongido de hombros, ha sonreído y ha vuelto a ponernos en marcha. En el siguiente control, nos han parado, y ha intercambiado unas pocas palabras con el policía. Nos dejan pasar, y Abdelghani me explica desternillándose de risa, con esa risa de dientes al aire y ojos achicados de la gente sencilla, lo que le ha dicho para que nos dejara pasar, como si yo pudiera entenderle. Me ofrece un yogur y él se come otro; cuando termina, limpia la cucharilla, sus manos y su boca con una toalla que lleva junto al asiento. Me pregunta si rezo; le digo que no, y que porqué lo pregunta, y señala con gestos mi barba. Le digo que no, y por añadir algo busco en la guía de árabe y le digo que no llevo cuchilla. Él me ofrece usar su maquinilla, que lleva guardada junto a la cucharilla, un cuchillo, papeles viejos, una cajita de bastoncillos para las orejas, un bote de colonia… Miro detrás de los asientos y veo el colchón con la manta, ahora enterrados bajo mis cosas. En el salpicadero hay pegadas letras y números de colores, quizá de un juego de sus hijos. Retazos de la vida de otro que la pasa en la carretera, aunque este sin el inmenso privilegio de hacerlo porque, donde y cuando quiere. Le pregunto si le gusta su trabajo, y responde muy seguro que sí. Otro control de policía. En este veo a Abdelghani discutir un largo rato con los agentes. Finalmente vuelve a subir al camión con el gesto sombrío. Me muestra una multa de 300 dirham. Cuando le pregunto por qué, señala al cielo y dice “Allah”. Allah lo quiere, o Allah lo sabe. O más bien lo quiere y lo sabe otro que se dedica a ejercer el poder, pero de uniforme. En el siguiente control veo a Abdelghani meter un billete entre los papeles que muestra al policía y pasamos sin problemas. En los dos últimos, ya entrando en El-Aaiún, me dice por gestos que no les mire, que agache la cabeza; yo obedezco y me hago el dormido. Tampoco nos paran.

Por fin llegamos a la capital del Sahara Occidental. Es una ciudad mucho más grande de lo que había esperado. Abdelghani me ayuda a descargar mis cosas. Al final, le doy tres billetes de 200 dirham. Los coge, me devuelve uno y nos despedimos. Me veo solo en la ciudad y empiezo a buscar un hotel. Doy una calle de puestos callejeros, cafés con terrazas, tiendas con un diminuto corral lleno de gallinas y pavos, donde venden huevos. Pregunto en un hotel y me dicen que está completo, que pruebe en el de enfrente. Este también lo está, me dice un joven que ha entrado a preguntar, pero me acompaña a buscar otro. Por el camino me explica que normalmente es así, que los hoteles (que son muchos y muy pequeños, según observo al pasar por la calle) están siempre llenos de soldados marroquís. Se dirigen a la frontera, a mantenerla vigilada contra el Polisario, y El-Aaiún es donde se detienen a hacer noche y descansar. Finalmente llegamos a otro hotel donde me dice que hay una habitación, pero que es doble, y que tendré que pagar el precio de dos personas: 60 dirham (cinco euros y medio). Me imagino lo peor, pero es tarde y solo quiero un sitio para dormir, ya encontraré mañana otra cosa. Al final, no es para tanto; la habitación es pequeña, con dos camas y una mesita porque no cabe nada más, pero al menos está limpia. Me quedo, salgo a cenar algo y me voy a dormir. Entretanto, me cruzo con algunos otros huéspedes, todos de uniforme militar. Eso y los dos o tres vehículos de la ONU son los únicos signos obvios de que acabo de entrar en un territorio ocupado. Por lo demás, El-Aaiún parece una ciudad normal, con sus zonas comerciales, su zoco, sus plazas, sus hoteles… Algunos comercios aún tienen un nombre español, como La Paloma Blanca, Las Dunas, o el gran hotel Parador, vestigio del pasado colonial de esta zona.

En la habitación me pongo a pensar en lo que voy a hacer. Se me pasa un poco de todo por la cabeza. Yo no puedo enfrentarme a ese viento en la bici; quizá otro ciclista más experimentado que yo sí que pueda, pero eso no es para mí. De repente se me habían quitado las ganas de seguir adelante. He pensado en volver en autobús a Agadir y venderle la bici a Brahim, el que me invitó a comer con su familia en Abayno y que se había mostrado interesado en comprármela, y a partir de ahí seguir el viaje en bus y a dedo. Suena un poco absurdo, deshacer más de seiscientos kilómetros para volver a hacerlos en pocos días, y por una idea tan peregrina como ir a buscar a ese tipo y venderle la bici, pero al pensar en ello vi cosas interesantes dentro de mí. Vi los fallos de mi planteamiento, el intento de obligarme a mí mismo a hacer cosas que a lo mejor no puedo; el ponerme presión con las fechas, los visados, el verano en el desierto, las “hazañas” kilométricas. Me vi sin bici y con mi equipaje reducido a una mochila, y me sentí más libre, y comprendí la frase de que “lo que posees te acaba poseyendo”, que hasta entonces para mí no habían sido más que palabras bonitas. Vi el placer de hacer algo absurdo, solo porque puedo, y porque dejar esa bici en manos de una persona que la quiere y que me ofreció su hospitalidad a cambio de nada no es salir perdiendo, aunque me pague una cuarta parte de su valor; es dejar que las cosas fluyan, es escribir la bonita historia de una bici azul que habían hecho para un soñador en Madrid y que pasó a manos del humilde coserje de un edificio de Agadir para después… Y me vi en El-Aaiún, en la capital del Sahara Occidental, a dos mil kilómetros de todo lo que conozco, con la posibilidad de hacer lo que quiera y de ir donde quiera. Y de repente, al sentirme tan libre, volvieron las ganas de coger la bici y seguir pedaleando, al menos un poco más, al menos hasta la siguiente ciudad. El pronóstico del viento es mejor para los dos próximos días. Podría aprovecharlo. O podría quedarme aquí unos días, quizá tenga un buen sitio (ahora os cuento). Lo consultaré con la almohada. Pero después de pensar en ello, me fui a la cama más tranquilo y a gusto.

Por la noche me despierto y empiezo a oír los despertadores en las habitaciones contiguas. Me pregunto a qué hora se estarán levantando los soldados para ponerse en marcha. Miro mi reloj, a ver si aprovecho y me levanto yo también; ni de coña, aún no son las cuatro y media. Vuelvo a dormir. El día siguiente, es decir, hoy, lo he aprovechado para pasear, encontrar el zoco de frutas y verduras, justo junto al hotel, y el de ropa, colchones y alfombras, donde he comprado una esterilla que reemplace la que he perdido (aunque esta no es del tipo aislante de camping, sino una de estera, de toda la vida). Luego he ido a comer. El sitio era pequeño, he tenido que compartir la mesa con un tal Hamid. Habla inglés, francés y castellano. Entablamos conversación. Se llama Hamid. Tiene una tienda cerca, donde vende artículos de limpieza y para bebés. Le pregunto si está casado, y responde que no, que tiene “muchas chicas”. “I call them, come to my home, fuck-fuck-fuck, and go. No stories, no problems”. Me echo a reír. Me pregunta si yo estoy casado, y le digo que no, pero que yo no tengo muchas chicas, solo dos o tres. Hamid hace algo que no había visto hacer a nadie aquí: coge un poco de pollo de su plato y se lo da al inevitable gato que se ha acercado a mendigar a la mesa. Me cae bien el tipo. Además me ha ofrecido quedarme en su casa todo el tiempo que quiera. De momento he aceptado acercarme a su tienda y acompañarle después a su casa a la hora de cenar. Hemos salido del restaurante, he recogido mi estera de la tienda de alfombras, y me ha mostrado dónde está su tienda para poder ir después. Al ver el género, le he comentado que la mayoría de su clientela serían mujeres. “Yes, and sometimes we talk, give the phone number, I call them and fuck-fuck-fuck” (las que no sabéis inglés, perdonad que no lo traduzca, pero si no lo pongo tal cual lo dice Hamid pierde gracia).

Después de eso, me he venido al ciber a escribiros. Me he tirado un rato bien largo, se ha puesto el sol, el zoco estará en su momento álgido y yo voy a buscar a Hamid y mi cena. Ya os contaré qué decido y hacia donde tiro.

Adiós, Guelmim; hola, Sahara

Me preparo para una nueva etapa del viaje. Mañana voy a dejar Guelmim para poner rumbo a Tan Tan, la primera ciudad del desierto. Ayer, como había dicho, fui en bici hasta el pueblo de Abayno para probar la rodilla y aprovechar para bañarme algo más en sus aguas termales. El caso es que la prueba no me sirvió de mucho: podía pedalear sin problemas, pero después la rodilla ha seguido doliéndome, solo un poco. Es perfectamente soportable y no me hace temer una lesión grave, pero no termina de desaparecer. El caso es que no puedo concluir nada, y a ratos preferiría que el dolor fuese atroz e incapacitante para por lo menos dejarme claro que no tengo otra opción que dejar la bici y seguir en autobús. Así que he decidido hacer una prueba algo más seria que los treinta kilómetros de la ida y vuelta hasta Abayno: voy a tratar de continuar hasta la siguiente ciudad importante, El Aaiún, capital del Sahara Occidental, a unos cinco días de viaje o 430 kilómetros de aquí. Si la rodilla me permite llegar hasta allí sin problemas, continúo; si no, desmonto la bici, la empaqueto junto con sus accesorios y la envío por correo a España desde El Aaiún, y yo sigo en autobús y autostop hasta Senegal. No me desagradaría la idea de continuar el viaje como mochilero en lugar de biciclero, pero me exige un esfuerzo considerable para aceptar que el viaje no será lo que había planeado, que las experiencias que viviré no serán todas las que había venido a buscar sino otras. Pero también es importante aprender a adaptarse a las circunstancias, aprovechar para disfrutar y aprender de lo que ocurra aunque no sea lo que esperábamos. De momento, voy a darme esta semana hasta llegar a El Aaiún y tener que tomar una decisión allí.

Por lo demás, sigo tranquilamente en Guelmim. Me han vuelto a invitar a tomar el té en la joyería del otro día, donde me han seguido dando consejos para el Sahara: llevar tabaco para intercambiarlo con los pescadores de los pueblos, que lo valoran más que un dinero que tendrán poca ocasión de gastar en sus aldeas, mientras que los cigarrillos les ahorrarán el viaje a la ciudad para comprarlos; llevar alqatraan, una especie de alquitrán vegetal para mantener a escorpiones y serpientes alejados de mi tienda cuando acampe, y tratar de subir a un camión en Dakhla, la última ciudad de cierta importancia en territorio de Marruecos, porque después hay más de doscientos kilómetros de nada donde además es difícil hacer autostop. Ya de paso, intentan venderme una cajetilla de cigarrillos y un botecito de alqatraan a mil euros el litro, pero yo rehúso ambas cosas; ya las buscaré por mi cuenta.

Esta mañana he redistribuido el equipaje de las alforjas y he enviado la ropa de más abrigo (de aquí en adelante me esperan temperaturas mínimas próximas a los veinte grados) a mi madre. Eso me deja hueco para cargar más agua y comida. De paso, he ido a ver si encontraba tabaco más barato que el que me ofrecieron ayer, para poner a prueba el consejo que me dieron, y así ha sido. Además, el tipo que me lo ha vendido (Mohamed Salim, medio marroquí y medio mauritano, alto y delgado, de tez morena, vestido con una chilaba blanca impecable y gafas de sol estilo Rayban) me ha llevado a su casa a tomar té y a ofrecerme un montón de cosas: un shesh nuevo y a buen precio, a once dirham el metro, así que me lo deja en sesenta dirham (la multiplicación me parece de lo más curioso cuando veo que el shesh mide unos cuatro metros; gracias, pero ya tengo un shesh); un remedio natural para el temblor de la mano (gracias, pero llevo media vida con él, ya ni me molesta); más alqatran contra los bichos venenosos, y té para añadir al tabaco como producto de trueque en el desierto. Esto último sí se lo acepto, y me llevo una cajita, y una invitación a cenar con él y su familia esta noche.

Así que ahora, para hacer tiempo, voy a terminar de comprar provisiones para los próximos días, en los que, por lo que sé, voy a encontrar de media una población cada sesenta kilómetros. Luego iré a comer y volveré al hotel para dejar la bici y el equipaje bien preparados para salir mañana temprano, y me acercaré a la joyería donde pretendían venderme el repelente para serpientes a precio de oro para ver si se lo saco, aunque sea, a precio de argán. Y luego iré a cenar a casa de Mohamed Salim, antes de volver al hotel para acostarme temprano y salir mañana con calma, con tiempo de sobra para hacer los 75 kilómetros que me separan de la próxima parada: el pueblo de Ras Oumlil, a medio camino entre Guelmin y la playa de Tan Tan. Hasta pronto.