Días de felicitaciones y descanso

¡Felicidades, Yoli! No podía empezar este post de otra manera después de recibir vuestras felicitaciones y vuestro regalo, y después de comprobar un dato curioso: las estadísticas de visitas a mi blog por país. La inmensa mayoría de visitas proceden, obviamente, de España. El segundo puesto debería ser para Marruecos, desde donde me conecto yo para escribir y para leer vuestros comentarios, pero no es así; el segundo país desde el que más se ha consultado mi blog es Costa Rica. Gracias a todos por seguir este viaje conmigo, y hoy especialmente a la cumpleañera :)

Hoy escribo desde Agadir, capital del turismo europeo, de las autocaravanas y camper vans, de las fresas, naranjas y limones, del aceite de argán y del surf. Me he tomado un día de descanso al que seguirán algunos más, incluyendo una pequeña “trampa” de unos doscientos kilómetros en autobús. Enseguida os explico por qué.

La última vez que escribí, desde Essaouira, terminé diciendo que el día duro y esforzado me había dejado con una buena sensación de confianza de cara a las largas etapas del desierto. Sin embargo, esa sensación cambió en cuanto terminé de escribir y me levanté de la silla. Después del largo rato sentado, descubrí que no podía estirar del todo la pierna derecha ni apoyarla en el suelo sin sentir un fuerte dolor en la rodilla. Tuve que cojear diez minutos hasta llegar al hotel. Una vez allí, me eché en la cama para descansar. Al cabo de un rato, el dolor había desaparecido y podía caminar normal, pero me había quedado preocupado, así que decidí no continuar al día siguiente y quedarme en Essaouira. A Matt le pareció bien porque le estaba gustando la ciudad. Por cierto, en esta ciudad me he fijado en dos cosas que no había visto hasta ahora: una mujer policía y un coche de autoescuela.

En mi cumpleaños, tocaba turisteo relajado. Lo primero que hicimos fue cambiar de hotel, que no terminaba de convencernos, y mudarnos al albergue Cloud9, atendido por Ichou, un marroquí que habla perfectamente castellano y vasco después de haber vivido unos años en San Sebastián. Es un albergue limpio y acogedor, poblado por un puñado de mochileros, donde Ichou me enseñó como curiosidad unos vídeos y documentales que habían grabado unos amigos suyos vascos, apasionados de la txalaparta (un instrumento de percusión, aquí podéis ver una muestra). En uno de los vídeos (podéis buscar “Nomadak TX 2006” en youtube) aparece él, que los acompañó al Sáhara como guía y traductor. Yo le conté que me dirijo al desierto y que me asustan un poco las enormes distancias para hacerlas en bici, y él me contestó con gesto de total despreocupación que no pasa nada, que si me canso puedo seguir a dedo, que ahí, a diferencia de otros lugares, siempre para alguien para ayudarte. Más tarde, me acompañó a un restaurante familiar que me había recomendado para cenar. Por el camino, le pregunté por su familia; se casó en el País Vasco, donde aún siguen su mujer y su hija de ocho años, a las que añora mucho, mientras que él prefirió volver a su país que ser un emigrante sin trabajo.

Dediqué el resto del día a descansar y pasear relajadamente por Essaouira. Su zoco tiene algunas callejas estrechas y agradables, sin el agobio de grandes ciudades como Tanger o Marrakesh. Vimos puestos de artesanía donde vendían objetos de cuero y de madera. En una tienda de especias, el dependiente nos invitó a Matt y a mí a un té, del que acabó vendiendo una gran bolsa a mi compañero. Bebimos rodeados de estanterías con cientos de botes con especias, remedios tradicionales, tintes, minerales… creo que ninguno era del mismo color que ningún otro. Las brujas serían felices de compras por el mercado de Essaouira. De vuelta a la calle principal, llamaban la atención los carros repletos de fresas, cientos de fresas enormes y rojas, venidas de Agadir. También las fruterías, los vendedores ambulantes de pan, leche y aceite de oliva y de argán, y los pescaderos, que al acabar la jornada arrojan los desperdicios a la calle, con lo que al caer la noche docenas de gaviotas invaden la calzada y convierten el paseo en una escena de “Los pájaros” de Hitchcock.

Al día siguiente, a Matt y a mí nos tocaba despedirnos, mutuamente y de Essaouira. Aún continuaríamos juntos unos cincuenta kilómetros hacia el sur, antes de que él tomara un desvío hacia la costa, a un pequeño pueblo de menos de veinte habitantes con un albergue, el Burro Verde, del que un surfero australiano nos había hablado muy bien en Tarifa. De todas formas, tardamos buena parte del día en hacer esa distancia, porque el cuidado que ponía en no forzar la rodilla y el viento en contra que nos encontramos al salir de la ciudad reducían nuestra velocidad a una miserable fracción de lo que suele ser. Sin embargo, cuando nos incorporamos a la carretera de Agadir y viramos hacia el sur, el viento ya no venía en contra. El paisaje pronto me recordó al de Ciudad Real y Córdoba: suaves lomas, carreteras ondulantes con alguna recta larguísima, y olivares infinitos e innumerables hasta donde alcanza la vista… solo que no eran olivos, sino árboles de argán. El sol brillaba con fuerza en el cielo despejado, y la brisa aliviaba el calor que producía. No teníamos la sensación de estar en mitad de un viaje, sino más bien de dar un tranquilo paseo un domingo cualquiera. Ya por la tarde, llegamos al desvío que Matt debía tomar. Nos dijimos algunas palabras de despedia, nos deseamos suerte, nos dimos un abrazo y continuamos en direcciones opuestas.

Después de un mes viajando, por primera vez me encuentro haciéndolo solo. A pesar de que he tenido buenos compañeros y de que he disfrutado con ellos y su conversación, ya tenía ganas de ir a mi aire. Me centré en las sensaciones, la paciencia en las subidas y la adrenalina en las bajadas, la pugna con las ráfagas de viento que venían desde mi izquierda, la belleza del paisaje desfilando ante mis ojos. Hay que poner toda la atención en cada curva, siendo consciente de que podría ser la última, porque si lo es, qué menos que disfrutarla al máximo, y porque si no se pone atención, realmente podría serlo; y no hablo solo de curvas, sino de amores, bizcochos, partidos de pádel, de vidas, viajes, pinceladas, vinos, de abrazos y de todo cuanto hacemos.

Y yo seguía subiendo y bajando cuestas. La rodilla iba respondiendo bien, pero dando avisos, reclamando ya su descanso. Pronto llegué a Tamanar, mi destino previsto para la jornada, y pude parar a comer. Lo malo es que después no encontré alojamiento en el pueblo, donde el único café no tenía habitaciones. Los taxistas me indicaron un albergue a unos diez kilómetros por 150 dirham la noche, pero a mí no me apetecía cubrir esa distancia y me había malacostumbrado a no pagar más de 80 dirham la noche. Por eso simplemente salí del pueblo y busqué un sitio para acampar en un campo de arganes. Escogí un pedregal al abrigo de una ruina de muro que protegiera la tienda de las fuertes ráfagas de viento. Mientras desincrustaba arduamente las piedras del suelo para despejar un espacio en el que dormir, me preguntaba por qué hacía aquello. Dí con una piedra demasiado grande, no podía desencajarla; estaba en medio del espacio llano que había elegido para montar la tienda. Miré alrededor; no había otro sitio llano, salvo lejos del muro, expuesto al viento. ¿Por qué no me iba al albegue? ¿Era porque no quería pagar el triple de lo que solían cobrarme últimamente, o porque no quería pedalear más y obligar a la rodilla a otro esfuerzo? ¿O porque quería acampar allí solo, y no irme a la solución cómoda y fácil? El sol ya se había puesto, y no me quedaría más de media hora de luz. Me volví hacia la piedra que me estorbaba, me puse a cavar con saña a su alrededor usando otra como azada, y al final pude desencajarla. Ya tenía sitio. Por suerte, el muro hizo bien su trabajo de parapeto contra el viento y pude montar la tienda sin problemas. La noche me trajo una temperatura agradable, un cielo repleto de estrellas, lejos de todas las ciudades y su contaminación lumínica, y una luna aún a una semana de estar llena pero que casi me permitía leer con su luz. Dormí muy bien cuando por fin me fui al saco.

A la mañana siguiente, seguía teniendo mis dudas acerca de la rodilla. Por eso, antes de ponerme en marcha, intenté hacer autostop para ver si me recogía algún camión o alguna furgoneta, pero sin suerte. Había muy poco tráfico, así que decidí que sería mejor seguir hasta la siguiente ciudad e intentarlo de nuevo. Me puse en marcha, y seguí atravesando paisajes similares a los del día anterior. Unas cuantas cabras pastaban encaramadas sobre la copa de unos árboles de argán, omnipresentes en esta zona. El terreno ondulaba suavemente, y el suelo entre los arganes estaba cubierto de hierba. El viaje seguía siendo un paseo agradable, pero los ascensos eran cada vez más frecuentes y prolongados, hasta llegar a un amplio zigzag que la carretera hacía para superar los montes más elevados de la zona. De pronto, me veo a 400 metros de altitud, estando a dos kilómetros de la costa. La altitud me permite disfrutar de paisajes como una impresionante garganta que se abre a mis pies, o el océano Atlántico, que asoma entre unas colinas; me pregunto a qué distancia está el horizonte azul que puedo otear desde esta altura. En algún momento paso por una zona más llana, donde verdes campos y pequeñas aldeas se extienden desde la carretera hasta el muro de montes cubiertos de argán.

Continué hasta parar a almorzar en Tamri, una pequeña ciudad, y la única que encontraría en un rato. Me gustó el café donde comí, atendido por mujeres, cosa rara aquí; casi siempre los camareros son hombres. Me gustó también la calle central de Tamri, con su ajetreo, sus tiendas, su colorido. Pero seguí carretera adelante, y volví a descender hasta la altura del mar. Ahora el paisaje era más desértico, seco y rocoso. La hierba daba paso a plantas y arbustos más duros, y a los primeros cactus en los que me fijo. Vi un rebaño de dromedarios pastando. El cansancio empezaba a hacer mella. Paré a ayudar a un turista inglés que había tenido un pinchazo, pero no pude hacer gran cosa; el gato estaba roto, y no podíamos levantar el coche. Un marroquí que pasaba en moto se ofreció a acercarse a buscar un mecánico al pueblo siguiente, y yo seguí mi camino.

Ahora me adelantaban continuamente autocaravanas y furgonetas, y pasé por varios complejos turísticos junto a la playa. Algunos tenían chiringuitos que me parecieron traídos del Mediterráneo español. Había resorts que se anunciaban con grandes letras como “Hotel, Yoga & Spa”. Me detuve al fin, bastante cansado tras un largo día en el que ya llevaba ochenta lentos kilómetros, en el pueblo de Taghazoute. Este parecía un pequeño refugio de surferos, con tiendas y escuelas de surf, albergues coloridos y niños occidentales rubios y de pelo largo jugando por la calle. Nada más llegar, me ofrecieron un apartamento por 250 dirham la noche. Después de comer en un restaurante, me sentía más descansado y me puse a pensar en las opciones que tenía.

Mi intención original era descansar varios días en Guelmim, doscientos kilómetros más al sur, a las puertas del desierto, para prepararme para esa etapa. El problema era que, si le daba varios días de descanso a la rodilla, empezaría a quedarme con el tiempo un poco justo para cruzar el Sahara dentro de mis fechas previstas y de las fechas de mi visado mauritano. Así que tenía que decidir. Quedarme unos días en el pueblecito surfero, que parecía un sitio agradable para relajarse y descansar, aunque luego me entrarían prisas. O continuar según mi ruta prevista, y dejar el descanso para más adelante, y confiar en que la rodilla no se resentiría. O tomar un autobús hasta Guelmim, para ganar tiempo y adelantar distancia, y quedarme allí varios días descansando, preparándome y aclimatándome a lo que me encontraré justo después. Esta última opción es la que más me apetecía, pero parece que, si hago eso, después no podré decir “fui hasta Senegal en bici” porque no pedaleé el recorrido entero; es como si la experiencia no fuese pura, como si hubiese una mancha en la línea trazada por las ruedas de mi bicicleta sobre la carretera. Cogí el vano orgullo, lo envolví con cuidado en un trocito de papel y lo tiré a la basura. Decidí coger ese autobús.

Los autobuses salen desde Inezgane, un pueblo vecino de Agadir medio engullido por la gran ciudad. Buscqué alojamiento en un cibercafé junto al restaurante donde había comido, y vi que en Agadir alguien recomendaba como opción barata el hotel Tamri. Tamri, como la ciudad que había pasado a mediodía y que me había gustado. Lo tomé como una buena señal y continué hasta Agadir. En total había hecho más de cien kilómetros en un día que se suponía iba a ser suave, pero como ya tenía tomada la decisión de descansar los siguientes días, no me preocupé demasiado. Llegué a Agadir ya de noche y encontré el Tamri, un pequeño hotel en cuya recepción hay recortes de periódico de los años sesenta, que recuerdan la evacuación total de Agadir cuando un terremoto aniquiló la ciudad; de hecho, la moderna Agadir fue construida de nuevo a partir de entonces, a dos kilómetros de la antigua ciudad. Pagué dos noches (180 dirham) y me instalé en mi habitación. Una habitación grande, con espacio de sobra para meter la bici. En la planta baja, de modo que no tuve que subir escaleras. Y con una cama de matrimonio, muy cómoda, sobre la que me dejé caer instantáneamente y gemí “es geniaaaaal”. Poco después estaba durmiendo muy bien.

Esta mañana he amanecido en Agadir. Es el Benidorm de Marruecos, con un camping lleno a reventar de caravanas, con muchos europeos en las terrazas de los restaurantes o importunando al marroquí que atiende el ciber porque no se apañan con el ordenador en francés (sí, eso está pasando ahora mismo en el ordenador de mi izquierda). Por la mañana he cogido un autobús a Inezgane para enterarme de los horarios y precios del autocar a Guelmim y para asegurarme de que no habrá problema para meter la bici; todo ha ido bien. Al llegar a la estación de autobuses, he visto que todos eran de Alsa y he sentido una punzadita de nostalgia. Después, he ido a hacer algunas compras a un hipermercado, algo que no hacía desde Tarifa. En Marruecos solo he comprado en pequeñas tiendas donde apenas cabe la persona que las atiende, o en los zocos de las medinas. La sensación ha sido irreal al entrar en un enorme espacio con aire acondicionado, con pop electrónico en los altavoces, y con mis sentidos bombardeados por estanterías repletas de productos con envoltorios de colores que me hacen pensar en una partida de tetris estando hasta las cejas de setas mágicas. Y que normalmente nos parezca algo gris y cotidiano… El caso es que me siento un poco en medio de toda la “comodidad europea”, y mañana voy a tomar un autobús a Guelmim, la Puerta del desierto, para preparar la próxima etapa.

Mientras tanto, seguiré aprovechando estos días para descansar y cuidarme. Esta segunda parte del viaje parece a punto de concluir, y ya estoy reuniendo fuerzas para la próxima, en cierto sentido la más especial. Os volveré a contar qué tal voy antes de emprenderla.

Hospitalidad marroquí

Queridas míos: tenéis razón en que me he saltado un aspecto importante, el de describir las personas que me voy encontrando por el camino. No son el único animal del que me olvido al sentarme ante el ordenador a escribir; hoy me he dado cuenta de que no he mencionado ni una vez a los burros, que me llaman la atención porque son tan escasos en España y aquí los veo continuamente pastando junto a la carretera o acarreando leña.

Voy a atender peticiones y a empezar hablando de Vytas y Matt. Los tres parecemos cortados un poco por el mismo patrón: veintimuchos años, altos, entre uno ochenta y uno ochenta y cinco, delgados y en forma de tanto pedalear, y barbudos con la “barba del viajero”, que va desde el rubio oscuro de Matt hasta el negro del que escribe, pasando por el castaño oscuro de Vytas.

El lituano es un tipo singular. Como ya dije, viaja más ligero que Matt y yo. Ni siquiera lleva tienda, supongo que le parecerá sencillo dormir al raso en estos países mediterráneos si está acostumbrado a los veinte bajo cero que hace en su tierra en invierno. No lleva casco cuando monta en bici, sino un gorro fino de lana. Su ropa es en buena parte de segunda mano, porque según él “es mejor llevar cosas baratas, así no te duele cuando las pierdes o se rompen”. Desde luego, no tiene pinta de turista rico, sino de aventurero que no lleva en el equipaje nada con que recortarse el pelo o la barba. No le he visto sonreír mucho, y mucho menos con medias sonrisas; le recuerdo o bien serio o bien riéndose abiertamente y con ganas. En algunos tramos, abandonaba la carretera para continuar por un sendero de tierra paralelo, porque sí, para disfrutar más de su bici de montaña. Le gusta la vida sencilla, sin lujos pero con libertad, y creo que nada le pegaría menos que una jaula con barrotes de oro.

Matt es más tranquilo. Al principio, nada más conocernos, me resultó tímido y reservado. Con el tiempo, se ha ido abriendo más y haciéndose más hablador. Siempre transmite una sensación de calma. No se apresura nunca al hablar, y a menudo, mientras busca las palabras para continuar con lo que está diciendo con su voz algo grave, su mirada de color azul ártico se pierde en el infinito. Casi siempre que hacemos alguna parada, para comer, recolocar equipaje o lo que sea, aprovecha algún rato para sentarse con los ojos cerrados y las manos en una especie de mudra (posición de las manos para meditar). Al igual que yo, es de los que achican los ojos al reírse, y espero que cuando sea viejo tenga unas bonitas patas de gallo de tanto hacerlo.

Y ahora que ya tenemos a los personajes, puedo continuar con el relato donde lo dejamos, en un hotel de Azemmour. Paseamos por la calle y desayunamos en un café después de comprar algunos bollos en una panadería que tiene la vitrina repleta de abejas. De hecho, la dependienta tiene que sacudir algún croisant antes de dármelo para que siga siendo un producto vegetariano. Y no, no me sorprende demasiado porque no es la primera vez que veo esto en Marruecos.

Buscamos, sin éxito, una tienda de bicis para comprar algún repuesto para Matt, y vamos a una tienda de teléfonos para que él se compre una tarjeta y yo recargue mis llamadas internacionales. Tenemos que esperar un rato larguísimo hasta que nos atiendan, pero aquí los ritmos son otros y esa espera ya nos resulta normal.

Con todo esto, acabamos saliendo bastante tarde de Azemmour, y nos detenemos a descansar en la cercana ciudad de El Jadida. Me llama la atención su zona portuaria fortificada. Sobre un arco de su muralla, un antiquísimo letrero de piedra me hace detenerme para leerlo mejor, porque me ha parecido ver que está escrito en latín o en castellano; al fijarme bien veo que es portugués, y relata cómo fueron los lusos los que levantaron esta fortaleza en el siglo XVI.

La parada de descanso se alarga un poco porque Matt sigue sin encontrarse bien. Al final decidimos no avanzar mucho más ese día, sino salir simplemente de la ciudad y buscar un lugar para acampar. Esta zona parece menos turística, al menos fuera de las ciudades, que la región de Casablanca. Nos detenemos junto a un campo de lo que creo que es alfalfa para hervir algo de arroz con verduras para comer. Pronto se nos acerca el dueño del campo, y cuando le explicamos nuestras intenciones nos dice sonriendo que bien, que no hay ningún problema y que podemos estar ahí para lo que necesitemos. Mientras hacemos la comida varios lugareños, que casi siempre pasan en moto, se detienen, curiosos, a saludar. Matt comenta que le gusta más esta zona, que la gente parece más amable, quizá porque no están tan acostumbrados a los turistas. Como para confirmar sus palabras, al poco rato se nos acerca un hombre mayor de rostro moreno y lleno de arrugas, con unos pantalones pesqueros, una vieja chaqueta de un azul aún muy vivo y un gorro calado hasta las orejas. “Salaam”, le saludo, y entonces él se detiene y me dice, mirándome muy serio con sus ojillos vivaces: “Salaam aleycum”. Cuando le contesto el consabido “aleycum salaam” con mi acento español, se parte de risa. Luego se acerca y nos regala un manojo de rabanitos que acaba de arrancar. Se marcha, y aún estamos comentando su amabilidad cuando vuelve para añadir una lechuguita. Y al poco tiemo regresa el dueño de la finca para aportar varias plantas de hinojo.

El arroz acaba siendo más completo de lo que habíamos esperado, y nos da fuerzas para continuar un trecho más. Al marcharnos vemos al lado de la carretera, trabajando juntos, al viejecillo y al dueño del campo, y se me ocurre que parecen padre e hijo. Alrededor de una hora después, Matt señala un edificio en construcción rodeado por un muro de cemento, y sugiere que acampemos dentro del muro para guarecernos del viento. Cuando nos acercamos, vemos que hay dos albañiles trabajando, un chico joven de piel muy morena, delgado y de aspecto ágil y flexible, que a decir de Matt parece estar colocado, y un hombre de más edad, bajo y con cara de persona tranquila y bondadosa. Les pregunto si hablan francés, pero me dicen que no. Como puedo les digo que mi amigo y yo viajamos en bicicleta y que nos gustaría parar a dormir ahí con nuestra tienda. Me dicen que sí, y el joven me muestra un rincón de la parcela con hierba y suficiente espacio para acampar. Matt y yo aún estamos buscando la mejor posición y despejándola de piedras cuando el chico vuelve y nos dice que hace mucho frío, que mejor durmamos dentro. Nos hace pasar y barre el polvo de una habitación amplia y desnuda para que podamos tender nuestras esterillas. Después se marcha y nos deja a solas con el otro hombre. Este esta sentado en una especie de camastro dentro de una habitación muy pequeña. Sobre el lecho hay algunas mantas, y por el suelo hay bolsas con comida, algunos recipientes y un hornillo con una bombona de gas, así que suponemos que vive aquí mientras hace el trabajo. La habitación no tiene ventanas, y la única iluminación procede de una vela sobre una mesita. El hombre nos hace señas para que nos sentemos junto a él, y cuando lo hacemos nos sirve dos vasos de té. Nos quedamos los tres sentados en silencio, a la luz de la vela. De pronto, el hombre se ríe de algo que le ha pasado por la cabeza. Le miro, él me mira a los ojos como a punto de contarme lo que le ha hecho reír. Al mismo tiempo, los dos nos damos cuenta de que no puede explicármelo porque yo no hablo árabe y él no habla otra cosa, y nos echamos a reír juntos de lo absurdo de la situación. Inmediatamente Matt se une a la risa, a una risa que no entiende de idiomas distintos sino de sentimientos compartidos.

Poco a poco, con ayuda de la guía de árabe y hablando por gestos, consigo alguna comunicación con él. Se llama Hossein. Lo que están construyendo va a ser un radar. Ha trabajado en España, hace tiempo, en la construcción y recogiendo naranjas. Su compañero volverá en un rato, con comida (pollo) para cenar.

Y así es. El muchacho joven regresa con un amigo. Lava los cacharros y se pone a pelar y trocear verduras y un pollo, a los que Matt y yo añadimos las verduras que nos sobraron al mediodía. Mientras todo se cuece en el hornillo de gas, algo que lleva largas horas, seguimos hablando con nuestros anfitriones. El chicho se llama Kamal, y su amigo, que sonríe mucho y habla un poco de francés, Sufian. Nos dice que Hossein es un Amazigh (un bereber, pero a ellos no les gusta esta palabra, que es extranjera, y prefieren su propio nombre, que significa “hombre libre”, según nos explicó Haziz en Rabat; al pensar en ello, me doy cuenta de que los rasgos de Hossein me recuerdan a los suyos), mientras que Sufian es árabe, y él mismo, un mestizo de ambos pueblos. La primera impresión que tuvo Matt de Kamal parece acertada: el joven fuma continuamente su pipa de kif (polen de marihuana). Saca una baraja española, con la que me enseña un truco de magia, y yo a él, otro. Cuando le digo que soy español, me suelta una de las típicas retahílas: “Barcelona zwiin, Messi, Messi, Xavi, Iniesta, Neymar,” etc. Me entero de que tiene 27 años y tres hijos de entre dos y siete. Hossein, por su parte, tiene siete hijos, y yo les cuento que también nosotros somos siete. Cuando la comida esta lista, la sirven en un gran plato del que comemos todos a la vez. Nuestros anfitriones no comen mucho, pero nos insisten para que nosotros sí lo hagamos; les explico que Matt está un poco enfermo, y él se excusa y se va pronto al saco. Yo sigo comiendo un poco más, hasta que les digo sinceramente que estaba muy bueno pero estoy lleno, y salgo afuera. Estamos junto a la zona industrial de Jorf Lasfar, que nos ha pillado por sorpresa en medio de tanto campo, y ahora, ya de noche, veo las gigantescas refinerías iluminando la oscuridad con sus millares de luces blancas, rojas y azules, como constelaciones que quisieran reflejar las del cielo, veladas por la bruma que las propias fábricas provocan. La imagen tiene una belleza fantasmagórica. Cuando vuelvo adentro para acostarme, veo a Hossein echando una manta por encima de Matt, que ya duerme.

Al día siguiente, cuando me levanto, Hossein ya está trabajando. Kamal y Sufian me invitan a sentarme a desayunar con ellos, té, pan y aceite de oliva. Les ofrezco mi ayuda para agradecer su hospitalidad, pero solo consigo llevar un saco de arena unos metros antes de que me lo quiten de las manos y no me dejen hacer más; su hospitalidad es un regalo y no requiere nada a cambio. Poco después, Matt y yo estamos preparados, nos despedimos y continuamos nuestro viaje.

Durante los dos días siguientes, la carretera va subiendo y bajando suavemente, elevándose por colinas muy próximas al mar. De vez en cuando, eso nos procura vistas espectaculares de algún acantilado. El paisaje es muy verde, con campos de hierba, cereal, coles, alfalfa… delimitados por muros bajos de piedra. Me cuesta creer que en menos de dos semanas estaré pedaleando en el desierto más grande de la Tierra. Muchos conductores que van en sentido contrario nos pitan y nos saludan con una sonrisa amplia tanto en los ojos como en la boca, los niños siempre se alborotan y nos gritan, corren junto a la bici, saludan con la mano o nos piden un bolígrafo o una chuchería. Otros sostienen en alto el producto típico de la zona para vendérnoslo: mejillones, conchas marinas, ramas de romero.

La primera noche tras la que pasamos con Hossein y sus compañeros dormimos en un hotel de Oualidia. Esta ciudad está construida sobre una loma junto a una laguna salina donde cultivan ostras. Matt y yo intentamos probar suerte, a ver si encontramos dónde comprarlas baratas, pero solo las tienen en el restaurante de un hotel medio de lujo a 195 dirham la docena; acabamos cenando tajine de carne (otro más).

La siguiente noche acampamos cerca de Safi, y desde ahí nos proponemos hacer una etapa larga: 105 kilómetros hasta llegar a Essaouira. Y eso es lo que hemos hecho hoy, lo que prueba que Matt ya está mejor y hace que ahora, en este preciso momento, me esté tomando el escribir este post como un agradable descanso. Hemos hecho los primeros 40 kilómetros antes de parar a descansar y comer algo de fruta y galletas. Después pretendíamos parar a comer un poco antes de Essaouira, pero no ha sido posible, porque no había restaurantes, ni cafés, ni nada, antes de llegar a la ciudad, de modo que nos hemos hecho 65 kilómetros del tirón. Justo antes de llegar hay una buena subida, un pequeño puerto para cruzar las colinas del inmenso bosque de tuyas (un árbol de la familia del ciprés) que rodea Essaouira por el norte. La subida ha tenido premio: unas amplias vistas hacia el oeste, para ver como las tuyas y sus lomas seguían ondulando muchos kilómetros tierra adentro, y al fondo, tenuemente dibujadas en el horizonte, las cumbres nevadas del Alto Atlas. En total ha sido un día físicamente durillo, pero me lo he tomado como un entrenamiento para cuando necesite hacer grandes distancias en el desierto, y el resultado me ha dejado con bastante confianza para afrontar esa próxima etapa.

Pero vamos poco a poco. Aún falta más de una semana para eso, y ahora estoy en Essaouira, el día que cumplo un mes de viaje. Y aquí me levantaré mañana, el día que cumplo treinta años de viaje. Es una forma curiosa de cumplir los treinta, en medio de una aventura como esta y a más de mil quinientos kilómetros de casa. Por cierto, ya he visto vuestro regalo al abrir mi correo. Os lo agradezco mucho, le daré un buen uso en forma de cuidarme y mimarme con algún capricho cuando más falta me haga a lo largo del viaje. Os quiero, y os sigo llevando conmigo.

PD: Alex, te tomo la palabra con lo de las migas y las torrijas. Pero eso sí, por favor, añade un buen queso curado manchego, que aquí por queso entienden la vaca que ríe

 

La costa turística y agrícola: ciudades grandes y pequeñas

Salam. Dejadas atrás las grandes ciudades, os escribo desde una mucho más pequeña y agradable llamada Azemmour. Hasta aquí he llegado con Matt tres días después de abandonar Rabat.

El último día en la capital comenzó madrugando de nuevo, esta vez para acompañar a Vytas (ese mismo día descubrí que su nombre se escribe con y griega, no con i latina). Él quería enviar su bici en tren a Marrakesh, ya que por lo visto las bicicletas no van junto a los viajeros, y me necesitaba como intérprete para asegurarse de que entendía dónde y cuándo tenía que recogerla.

Solucionado el trámite, regresamos al hotel para hacer el equipaje y despertar a Matt. Vamos a almorzar humus y falafel, una vez más, al puesto de Haziz, para despedirnos de él y compartir un último rato juntos. A lo largo de la mañana Vytas me ha estado contando cosas acerca de los lugares y las personas que ha conocido en su largo viaje, y también acerca de su país. Me lo pinta como un lugar un tanto salvaje, verde y boscoso, con menos habitantes que la ciudad de Madrid; el último país de Europa en cambiar el paganismo por la fe cristiana, algo que todavía se nota en el ambiente, en la proximidad espiritual entre su gente y la naturaleza. Hay una cierta diáspora de lituanos, Vytas se los ha ido encontrando por todos los países que ha visitado. Uno de los últimos, nos cuenta entre risas, solo tenía una mochila, su guitarra para ir sacando algo de dinero en las ciudades, 87 euros y un billete de avión a México. Solo de ida. “¿Pero conoces a alguien allí?”, le preguntó Vytas. “Sí, tengo un amigo en Guatemala”. El lituano se desternilla al contárnoslo. “¿Y cómo piensas volver?” “Cuando alguien me compre un billete”.

Terminados el almuerzo y la conversación, nos despedimos de Haziz, que nos ofrece su casa en Kenitra la próxima vez que vengamos, y nos vamos a la estación. Más despedidas, intercambio direcciones de correo con Vytas. Me ha gustado conocerle y compartir algo de tiempo con él, hablar sobre sus ideas, ver su forma de vivir y viajar. Va ligero, con mucho menos equipaje que Matt o yo. Se apaña con muy poco (“me basta con encontrar algo de arroz y verduras para comer”, el resto es complicarse), ha conocido lugares muy interesantes … me gustaría volver a encontrármelo y tener la ocasión de viajar y aprender un poco más con él.

Tras dejarle en la estación, Matt y yo nos preparamos para dejar Rabat. El tiempo ha empeorado, han caído varios aguaceros cortos de forma intermitente a lo largo de la mañana; el cielo no nos invita a continuar el viaje. Decidimos hacerlo, sin embargo, y pronto enfilamos la carretera de la costa hacia Mohamedia y Casablanca.

A partir de ese momento y hasta hoy, nos hemos encontrado con un paisaje costero repleto de complejos turísticos que parecen recién construidos o a medio construir, cientos de carteles vendiendo la felicidad de tener una casa junto al mar por 700.000 u 800.000 dirham (unos 70.000 euros), carteles que están siempre escritos en francés o a veces en inglés, pero nunca en árabe. “Es otra forma de colonización”, me comenta Matt. Yo me pregunto si todo este lujo está destinado a turistas europeos o a los marroquíes más ricos.

En contraste, casi todo el espacio que dejan las construcciones está ocupado por pastos donde algún pastor vigila un rebaño de ovejas o un par de vacas, y por verdes campos de cereales. Me choca ver a una señora apacentando dos vacas entre unas palmeras; son dos imágenes algo disociadas en mi cabeza.

Al poco de salir de Rabat, comienza un muro larguísimo que se extiende a lo largo de la carretera a nuestra derecha, entre nosotros y la costa. De vez en cuando, vemos un soldado patrullando. Varios cientos de metros después, me pregunto qué guardará ese muro, y al momento un cartel en francés me da la respuesta: “Palais Royal”. Me pregunto cuántas hectáreas tendrá el jardincito de Mohamed VI.

Ese día avanzamos hasta que nos parece conveniente no acercarnos más a Mohamedia, para evitar las zonas más densamente pobladas donde sería más difícil encontrar dónde acampar sin que nadie nos moleste. Tras buscar durante un rato, nos decidimos por un campo de hierba oculto de la carretera por algunos árboles y arbustos de enormes espinas. Plantamos la tienda, ponemos lentejas y arroz a cocer mientras compartimos unas mandarinas y unas pasas. Hablamos de meditación, los dos coincidimos en que es una práctica que deberíamos retomar; hablamos de unas cuantas cosas más y veo que tenemos puntos de vista muy similares sobre muchos temas. Sigue lloviendo a ratos, aunque ahora con muy poca intensidad, y el mal tiempo me baja un poco la moral; me apetece estar en una casa calentita y seca y limpia, y eso me hace pensar que soy un poco demasiado blando y acomodado. Pero en el rato que tardamos en terminar de preparar la cena y dar buena cuenta de ella, el viento barre el cielo y lo deja despejado para permitirnos disfrutar de cientos de constelaciones. Cuando por fin me meto en el saco, me parece el mejor lugar del mundo y me duermo enseguida, tras las tres noches de poco dormir y mucho madrugar en Rabat.

Al día siguiente, por la mañana, Matt se aleja un poco de la tienda para sentarse a meditar; parece que le ha hecho efecto nuestra conversación de anoche. Un rato después, mientras nos preparamos para levantar el campamento, se nos acerca un hombre de aspecto europeo, de unos sesenta años, con gafas oscuras y aspecto de no pasar precisamente hambre; le acompaña un marroquí. Pregunta si somos franceses, yo le respondo que hablo un poco de francés; pregunta atropellada y repetidamente, sin casi dejarme contestar, que de dónde es el otro. Luego, que allí no podemos estar sin autorización, que es un terreno agrícola. Me disculpo y le explico que no lo sabíamos, que solo estamos de viaje y que se nos echó la noche encima, pero él sigue insistiendo, y no se queda tranquilo y nos deja en paz hasta que le aseguro que nos marcharemos en pocos minutos. Qué diferente de los marroquíes con los que tuvimos encuentros parecidos las otras noches de acampada.

Pedaleamos toda la mañana, que no es muy larga porque nos hemos levantado bastante tarde, hasta llegar a Casablanca. Es una ciudad muy grande, unos cuantos kilómetros antes de llegar a ella ya la vemos rodearnos por el oeste y por el sur. A sus afueras pasamos por zonas de casas bajas de las que no sé muy bien qué pensar; muchas parecen poco más que chabolas, otras tantas tienen aspecto de ser pequeños chalets muy deteriorados, alguna parece pintada recientemente y con un jardincito bien cuidado. Nos acercamos al puerto y al centro, empieza a haber naves y grandes bloques, muchos concesionarios, talleres y tiendas de repuestos. Mucho tráfico, los pitidos son constantes, pero la carretera es lo bastante ancha para que Matt y yo tengamos nuestro espacio. Estas afueras me transmiten una sensación vaga de deterioro, de animal enfermo que agoniza fuera de su hábitat, de una ciudad que quiere ser europea en África.

Recorremos la carretera, que se convierte en largas avenidas. Un buen rato después conseguimos llegar al centro. Lo primero que me llama la atención es que es la primera ciudad marroquí por la que paso en la que los ruidos propios de una ciudad moderna serían capaces de imponerse a la llamada a la oración. Matt y yo estamos en una gran plaza en la que desembocan varios bulevares repletos de tiendas, hoteles y cafés; la escena podría tener lugar en cualquier gran ciudad de Europa. Por todas partes se ven grandes carteles con anuncios, casi siempre protagonizados por modelos blancos de pelo rubio y ojos azules.

Nos sentamos a comer en una terraza, y después voy a comprar algunas cosas a una tienda. Casablanca tiene los precios más caros que hemos encontrado hasta ahora en Marruecos. En la tienda cometo el error de pagar con un billete grande antes de esperar a que me digan el precio; el cambio es mucho menos de lo que esperaba, incluso de lo que esperaría en Madrid. Estoy seguro de que me están timando, pero son menos de 5 euros, no quiero empezar a discutir y sé que el fallo ha sido mío. Sigo rumiándolo después, cuando me dirijo con Matt a buscar el albergue, y por ir distraído meto la rueda delantera de la bici en el raíl del tranvía y acabo en el suelo. Solo son unos raspones en las manos y la rodilla, y una pequeña abolladura en la botella de agua de acero, pero acabo de decidir que no me gusta Casablanca.

Mi humor mejora bastante un rato después, al comprobar que el albergue juvenil es un sitio agradable, al comer un trozo de chocolate que me ofrece Matt, y al darme una muy necesitada y placentera ducha caliente. En el albergue conocemos a Michael, un suizo recién llegado a Marruecos. También es un cicloviajero. Acaba de recorrer unos 20.000 kilómetros. Sí, veinte mil, no he puesto ningún cero de más. Salió hace once meses de su país para atravesar los Balcanes, Turquía, el Cáucaso, Irán, Asia Central, China y el sureste asiático, rematando su viaje en Tailandia. Desde ahí no quiso volver a Suiza ahora, en invierno, así que cogió un avión a Casablanca. Ahora planea regresar hacia el norte por el Atlas para después atravesar España, los Pirineos y el sur de Francia, y finalmente regresar a casa. Matt y yo alucinamos, no sin cierta sana envidia.

Después de limpiar la bici y a mí mismo, salgo del albergue para ir a cenar. Matt no me acompaña: no se encuentra bien de la tripa. Le doy algunas cápsulas de Loperamida de las que llevo antes de marcharme. Pregunto al recepcionista del albergue y me recomienda que vaya al restaurante de la esquina. Voy hacia allá pensando que me apetece algo con arroz y mi gran sorpresa es ver que en la carta hay paella. La decisión está tomada, y el resultado no es malo. Así concluye mi día en Casablanca.

A la mañana siguiente, vamos al Consulado de Senegal para asegurarme de que todo va bien con mi visado, porque al pedirlo cometí un error con las fechas. El funcionario me asegura que el error no es grave y que no tendré ningún problema para entrar en el país. Después del consulado, paramos en una farmacia donde Matt quiere comprar algunas medicinas. La farmacéutica pregunta si estamos de viaje allí porque nos hemos convertido o queremos convertirnos al Islam. Lo dice por las barbas. Le contesto que no, que son “barbas de viajero”. Ella me sigue hablando de las ventajas de un país musulmán, donde viven más en comunidad porque así lo manda el Corán, donde las familias permanecen más unidas y uno nunca abandona a sus mayores, por temor a Dios y porque obedecer o desobedecer a los padres es como hacer lo mismo con Dios. Yo no estoy de acuerdo del todo, pero recuerdo oportunamente que me desaconsejaron entrar en controversias religiosas en este país, y además queremos ponernos pronto en marcha. Nos despedimos de la farmacéutica y nos dirigimos a la carretera que sale de Casablanca por la costa.

Parece que nos encontramos en un barrio bastante rico, y esa impresión me la confirma una valla publicitaria en una plaza que anuncia un Jaguar por más de 60.000 euros. Sin embargo, son pocas las casas que tienen un aspecto impecable, sin desconchones o grietas en la pintura. Me llama la atención una zona por la que pasamos, con un amplio descampado donde pastan ovejas y enormes carneros; a pocos metros, chalets y casitas blancas que no desentonarían en muchas urbanizaciones de las costas europeas.

Abandonamos la gran urbe marroquí y avanzamos a buen ritmo, pero Matt necesita detenerse a descansar un par de veces. No se encuentra muy bien, aunque dice que tampoco muy mal, que podría ser peor. Cree que le está entrando algo de fiebre, pero se pone el termómetro y ve que no es así. Decidimos continuar, y, aunque es un poco temprano, me propone que busquemos pronto un lugar para acampar. Así lo hacemos, aunque esta vez sin mucha fortuna. Estamos rodeados de campos vallados y cultivados, ningún bosque, nada que nos parezca cómodo y escondido. Preguntamos a algunas personas, pero nos recomiendan continuar hasta la siguiente ciudad para buscar un hotel.

Nos animamos a intentarlo de nuevo en un pequeño prado junto a la carretera. Allí, un hombre nos pregunta, y yo trato de comunicarme con él con ayuda de la guía de frases que tan oportunamente me regaló Íñigo, mi amigo de La Prada. Al final, creo entender que me dice que está bien, que podemos acampar sobre la hierba, pero el hombre sigue empeñado en soltar largas parrafadas que mis “ma fthamsh” (no entiendo) y “ma kanahdarsh bil’arbiya” (no hablo árabe) no consiguen detener. Busco en la guía la frase “¿podemos acampar aquí?” y se la muestro, pero creo que no sabe leer, y avisa a dos o tres niños para que lo lean ellos. En medio de todo esto, de una calleja entre unas casas junto al prado salen unos perros que no paran de ladrarnos, creando una sensación de mal rollo que nos hace pensar en largarnos de allí. Sin embargo, los gestos del hombre y los niños y las pocas palabras que consigo comprender nos dan a entender que está bien, que podemos quedarnos. Acabamos siguiendo a los niños a través del prado. Ellos intentan comunicarse con nosotros, pero es difícil; consigo decirles de dónde somos y que me dirijo al Sahara. Ellos hacen gestos de dinero y comida. “Vale, quieren que les demos algo. Matt, ¿te queda algo de chocolate?”. Nos acaban conduciendo a un prado junto a la escuela, donde se les unen otros ocho o diez niños que se convierten en un enjambre a nuestro alrededor. El sitio no nos gusta, está totalmente expuesto a la carretera, a la vista de todos. Hacemos ademán de adentrarnos más en el campo, pero uno de los niños nos lo desaconseja. “No, allí no”, dice, y hace un gesto de golpear el puño contra la palma de la otra mano. “¿Eso qué quiere decir,” se pregunta Matt, “un puñetazo en la cara?” Finalmente, decidimos marcharnos y tratar de llegar a la siguiente ciudad para buscar un hotel barato. Por cierto, los gestos de los niños no querían decir que les diéramos comida o dinero (de hecho, no insistieron en pedir nada, y si señalaban algo de lo que llevábamos y se lo dábamos, nos lo devolvían), sino que simplemente nos indicaban que junto al lugar donde nos llevaban para acampar había una tienda donde comprar comida.

En cuanto decidimos marcharnos, y, tras mirar en la guía de árabe, les dije “carretera demasiado cerca”, se dispersaron y pudimos continuar tranquilamente. En ese momento me preguntaba si no habríamos sido demasiado desconfiados y si no podríamos simplemente haber hecho caso de los niños y quedarnos allí. Me doy cuenta de lo muchísimo que puede cambier uno de estos viajes el hecho de conocer bien el idioma. Pero el caso es que continuamos hasta la pequeña ciudad de Azemmour.

Seguimos siete u ocho kilómetros, cruzamos un puente sobre un río, subimos una pendiente hacia la ciudad y preguntamos por el hotel en un café. Nos envían directos a una calle principal, que encontramos repleta de gente, tiendas, restaurantes. Ambiente de tarde de verano, de vitalidad, de vacaciones. Entro en el hotel y pregunto el precio. Me dice que son 100 dirhams, menos de 10 euros, por la habitación doble. Le pido que me la enseñe y me muestra una habitación acogedora y limpia; al otro lado del pasillo están la ducha y la letrina, todo también limpio y en buen estado; mismo precio que el hotel de Rabat, condiciones enormemente mejores. Me doy una ducha caliente que disfruto mucho, y dejo a Matt descansando (espero que mañana se encuentre mejor) para salir a cenar. Voy por una calle llena de gente paseando, comprando, viviendo… solo es una ciudad pequeña un jueves por la tarde, pero parece la noche de un sábado en el centro de una gran ciudad, solo que sin agobios y aglomeraciones. Es una noche muy agradable. Compro un par de chuletas de ternera en una carnicería y entro con ellas en el restaurante de al lado, donde me las hacen a la parrilla y me las sirven con tomate, cebolla, especias, pan y un té a la menta.

Después de cenar pienso que me apetece mucho escribiros, y aquí me tenéis, en un ciber con media docena de ordenadores que parecen criaturitas de Frankenstein hechas con todo de segunda mano; de hecho, solo hay un monitor relativamente plano, el resto son de CRT (de los grandotes antiguos). Pero van perfectamente para lo que los quiero, para echar los dedos y los recuerdos de los últimos días a correr sobre el teclado y acercarme un poco a vosotros. Nos vemos en el próximo relato.

Un poquito más desde Rabat

Voy a aprovechar que sigo un día más en la ciudad para contar algo más, pero no os vayáis a acostumbrar a esto de dos días seguidos de posts :p

Esta mañana me he levantado a las cinco y media, tras leer ayer historias de colas de cuarenta personas a las 6.30 ante la embajada mauritana, de gente durmiendo a la puerta la noche anterior y de puertas cerradas a media mañana que dejaban sin visado a los menos madrugadores. El caso es que nada más levantarme he escuchado las llamadas de los almuédanos a la oración y me he arrepentido de poner el despertador tan pronto, porque he recordado que el recepcionista me había dicho que cerraba la puerta de noche hasta las seis. Al final, a las seis he tenido que despertarle yo para pedirle que me abriera.

He salido a la calle y he abandonado la medina cuando empezaba a clarear. Entre las personas que me iba cruzando me han llamado la atención los barrenderos, que no usan cepillo ni escoba, sino hojas de palmera, que por cierto parecen muy eficaces arrastrando la porquería; aunque parece que requieren una buena técnica de muñeca.

Un autobús y media hora más tarde he llegado a la embajada de Mauritania. La calle, tan desierta como el país cuya cancillería alberga. Ni una sola persona haciendo cola. Me he preparado para aburrirme durante un par de horas, pero diez minutos después se me ha unido una joven coreana que también había escuchado las historias para no dormir acerca de la cola de la oficina de visados. En seguida entablamos conversación; acaba de terminar sus estudios de Historia especializándose en relaciones diplomáticas entre China y Corea en la década de 1920. También viaja a Senegal, como yo, pero ella irá directamente de Rabat a Nuakchott en avión. Cuando un funcionario nos abre la puerta y nos da los formularios hacia las ocho, ya estamos la friolera de cinco personas en la cola. Relleno mi formulario mientras ayudo con el suyo a la coreana, que no sabe francés. Después de dejar la documentación, el funcionario nos cita para las dos de la tarde para recoger los pasaportes con los visados.

Aprovecho el resto de la mañana para visitar la embajada de Senegal, donde me dicen que los visados no son competencia suya y me remiten al consulado de Casablanca; para ir a desayunar, y para volver al hotel a descansar un rato, lavar algo de ropa y darme una ducha. A la una y media vuelvo a coger el mismo autobús para ir a la embajada, pero… ¡sorpresa! A mitad de camino se desvía por otra avenida distinta y me lleva a no sé qué barrio de Rabat. No entiendo qué ha pasado: estoy completamente seguro de haber comprobado el número del autobús; supongo que tendrá dos rutas distintas, pero no puedo saberlo porque los paneles de información solo están en árabe. Me bajo un par de paradas después, cuando ya no hay duda de que no nos dirigimos hacia donde pensaba, y pregunto al dependiente de una tienda para orientarme. Tras una buena caminata, llego a la embajada de Mauritania. Todo está en orden, y recibo mi pasaporte y el visado Mauritano con los datos y las fechas correctas. A la puerta hay un par de senegaleses, y uno de ellos se pone a hablar conmigo y me acompaña hasta la parada de autobús. Se llama Papiss y resulta que es de la Casamance, la misma región de Senegal a la que me dirijo. Me habla de Kafountine, el pueblo que es mi destimo final, y me lo pinta como un lugar muy agradable, en la costa, frente a numerosas islas. Es un buen sitio para la horticultura, y acude mucha gente de la capital regional, Ziguinchor, a comprar verduras porque allí son más baratas. Añadimos el pescado y tenemos un lugar donde parece que se come muy bien. Quizá por eso está lleno de españoles y belgas, según me asegura Papiss. No sé si creerle cuando me habla del precio de los taxis: para ir del pueblo a la ciudad, algo más de 300 francos senegaleses; es decir, medio euro. Le pregunto también por el peligro de cruzar Mauritania; me responde que sí es un lugar algo peligroso, pero que hay mucha policía y ya no ocurren incidentes como los de hace algunos años. Seguiré preguntando a más viajeros que me cruce para ir haciéndome una idea antes de llegar a la frontera y tener que decidir si entro o no.

Después de despedirme amistosamente de Papiss, vuelvo al centro y regreso al puesto de falafel y humus de Haziz, donde estuve ayer con Matt y Vitas. Haziz me invita a un té mientras espero a que me prepare la comida. Se toma su tiempo, tarda un rato largo en hacer el bocadillo de falafel y la cazuela de humus. Se le ve concentrado en su trabajo, lo hace con cuidado, y eso se nota en el resultado: jamás he probado un falafel ni un humus como los que me ha servido al fin. Me los como encantado mientras él pone en el televisor un vídeo de música de las Mahogany Sessions, concretamente la versión de Roxanne que toca Ayanna Witter-Johnson; os recomiendo echarle un ojo. Después, Haziz saca el tablero y echamos unas partidas; primero le doy una pequeña paliza al ajedrez, luego él hace lo mismo conmigo a las damas. Algunos amigos suyos se acercan a su puesto y enseguida se interesan por el viajero extranjero. Así he pasado la tarde, antes de volver al hotel para la última tarea pendiente de estos días de descanso: limpiar la bici, que ya era más marrón que azul.

Después he venido aquí, al ciber, para mandaros un último saludo desde Rabat. Mañana partimos: Vitas cogerá un tren a Marrakesh, desde donte tiene un avión a París en unos días. Desde allí pedaleará hasta Lituania para felicitarle el cumpleaños a su madre; después piensa volver a Tarifa, y ya me ha dejado caer que si paso por allí a mi vuelta podríamos hacernos un viaje juntos con su furgoneta. Matt y yo seguiremos pedaleando por la costa. Seguimos juntos hasta Essaouira, es decir, unos diez u once días. Próxima parada: Casablanca, insha Allah. Os seguiré contando.

 

Viaje al interior por la costa

Este es mi primer post en Marruecos, así que no voy a escribir todo lo que quisiera por varias razones, principalmente dos: una, que es mucho lo que me gustaría contar, y dos, que no puedo escribir rápidamente en esta merde de teclados franceses que tienen aquí, con media docena de letras fuera de su sitio y sin tildes ni eñes (las pongo con códigos ASCII).

Os escribo desde La Fortaleza, Rabat, capital de Marruecos y única de sus cuatro “ciudades imperiales” que visito en este viaje. Llegamos aquí ayer, tras cuatro días de pedaleo, el último muy intenso. Pero lo lo más intenso han sido las emociones y sus vaivenes, con subidas y bajadas mucho mayores que las que he tenido que superar con la bici; por eso antes de nada quiero agradeceros todos vuestros mensajes de cariño y apoyo. Y además advierto que he llevado los ojos más hacia adentro que hacia afuera, así que eso influye en lo que puedo contar de esta parte del viaje. Pero mejor voy por orden.

El miércoles, por fin, el puerto de Tarifa reanudaba su actividad tras el temporal de Levante. Matt y yo cogimos el ferry de mediodía. “¿Cómo te sientes?”, me preguntó mientras esperábamos nuestro turno en el control de pasaportes. “Mucho mejor que los dos últimos días, con la impaciencia y la frustración de no poder salir”, contesté, “pero también algo nervioso por la aventura que tenemos por delante”. “Sí, yo también me siento así”.

Ya en Tánger, ninguno de los dos quería pasar mucho tiempo en la ciudad, así que estuvimos lo justo para cambiar euros por dirhams y comprar una tarjeta de Maroc Telecom para mi móvil. Después de comer algo, enfilamos la carretera nacional 1, que recorre toda la fachada atlántica de Marruecos desde Tánger hasta la frontera con Mauritania. Tuvimos que recorrer una enorme avenida para salir de la ciudad; un puñado de hombres mayores miraban unas obras junto a un puente (¿a qué otro país me recuerda?). Al poco tiempo, mientras vamos pedaleando, escucho a alguien detrás de nosotros decirnos “hola”. Cuando me giro, descubro a otro barbudo sobre una bici cargada de equipaje. “¿De dónde estáis?”, añade. Yo le contesto en inglés: “Él de Nueva York, y yo, de Madrid”. El recién llegado se presenta como Vitas, es de Lituania y se une a nosotros para el viaje hacia Rabat; luego él continuará hacia el interior, hasta Marrakesh.

Ante la nueva situación, yo tengo emociones encontradas. Por una parte, me alegro de tener compañeros para el viaje justo en este momento (y seguro que vosotras os alegráis más que yo), me hace sentir más seguro para iniciar la aventura en un nuevo país y puedo conocer gente interesante de la que aprender y con la que compartir la experiencia, y además son buena gente y me caen bien; pero, por otra parte, también me apetecía viajar durante un tiempo yo solo, a mi rollo y a mi ritmo, para aprender de mí mismo y sobre mí mismo, y porque no me apetecía tener que adaptarme a una convivencia estrecha con desconocidos, especialmente justo después de separarme de María, con la que tan bien había conectado como persona y como compañera de viaje.

El caso es que aquel primer día pedaleamos hasta Asilah, una pequeña ciudad costera bastante tranquila. Nada más entrar nos cazan unos “guías” que se ofrecen a conducirnos a una casa de huéspedes dentro de la medina (el casco antiguo, por así decirlo, aunque no es del todo comparable a otros países). Algo cansados y recién llegados al país, nos dejamos llevar y acabamos en una habitación bastante pequeña, pero aceptable, en casa de una señora que solo habla árabe y una docena de palabras en castellano. Por el camino, disfrutamos de la medina peculiar de Asilah, que se transforma todos los años durante el festival de música y grafitti que le da un nuevo look a sus antiguas paredes. Los “guías” nos piden 350 dirhams (unos 32 euros) por la habitación; el lituano, que parece un poco más buscavidas y curtido en estos viajes que nosotros, lleva el regateo y conseguimos dejarlo en 270; luego se marchan, no sin antes tratar de redondear el negocio ofreciéndonos hachís, que rechazamos. Más tarde y a solas, la señora nos da un papel con su dirección para que la próxima vez vayamos directamente y evitemos la comisión (una de esas doce palabras españolas que conoce) de 100 dirhams que se llevan los listillos.

Tras una buena noche de descanso, nos preparamos para marcharnos. Matt y Vitas quieren tomar un café con otro huésped de la casa, un chico de París, pero yo no tenía ganas, veía el sol ya alto en el cielo y quería subirme cuanto antes en la bici, y además me apetecía estar solo por las razones que dije antes. Así que les dije que yo saldría antes y que ya me alcanzarían por la carretera, ya que ellos van más rápido porque son ciclistas más experimentados y además llevan pedales automáticos. A Matt le preocupaba que luego no nos encontráramos, pero Vitas parecía más despreocupado y más seguro de que no podíamos perdernos por una sola carretera, así que lo hicimos como yo proponía.

Una vez me vi solo y pedaleando hacia Larache, empecé a sentirme mejor. Había estado preocupado por cómo me afectaba el compartir el viaje con otros, que quizá tenían otros ritmos, otros hábitos, otras expectativas. Me sentía liberado de cierta presión. Aquella mañana me había sentido mal, como un niño torpe, por hacerles esperar mientras terminaba de prepararme para salir (soy así por las mañanas), y me daba cuenta, una vez más y por mucha rabia que me dé, de cuánto pesa en mí la imagen que los demás tienen –tenéis– de mí. A lo mejor es un poco por esto por lo que estoy aquí, por lo que sentí la necesidad de marcharme; para alejarme de esa imagen y esas expectativas y sentimientos que siempre temo defraudar; para aprender a mirarme en un solo espejo, el de mis propios ojos, sin orgullo ni vergüenza; para ser más yo, sin más. Y sin embargo, cuanto más me alejaba con cada pedalada de las personas que me quieren, más y más fuertes eran las ganas de tenerlas cerca.

Se puso a llover. La noche anterior también había llovido algo, y eso me había bajado mucho el ánimo, por la razón tan rematadamente tonta de que mi bici se estaba mojando y había tendido algo de ropa y no la tendría seca para poder cambiarme al día siguiente; con las emociones a flor de piel, esas tonterías cotidianas afectan bastante. Sin embargo, ahora, en la carretera, mojándonos la ropa, la bici y yo, la preocupación desapareció de repente; no hay nada tan vivificante como correr, pedalear, escalar, nadar o lo que sea contra la lluvia y el viento, sentir tu propia fuerza en acción en medio de los elementos. Pero también llovía por dentro de mí.

Al pasar bajo un puente, me detuve a esperar que escampara. Me senté junto a la carretera y miré hacia ambos lados. El paisaje era el mismo, suaves colinas verdes con algunos burros y ovejas pastando, pero yo veía cosas muy diferentes. Hacia mi izquierda estaba Tánger, con sus barcos de vuelta a España, adonde habría podido llegar esa misma noche. A mi derecha, más de tres mil kilómetros de aventura, de momentos de soledad, de dificultades y de aprendizaje. Era como jugar al ajedrez contra un adversario que es mejor que tú; si estás casi a su nivel, será una gran partida de la que aprenderás mucho, pero si hay demasiada diferencia, te perderás y no entenderás nada. Y yo me preguntaba: “¿Estoy preparado para esta partida?” Volví a mirar atrás, volví a mirar adelante. Seguía lloviendo, así que tuve tiempo de relajarme y centrarme en mis sensaciones. Poco a poco, me fui dando cuenta de que mis problemas y mis límites son los que yo quiera inventarme. Mi cuerpo está bien, bien de fuerza, bien de salud, y esa sensación va antes a más que a menos, y si me centro en ella, mi mente también se relaja y se despreocupa. Y si eso cambia en algún momento, será entonces cuando deba dar la vuelta, y no ante temores imaginarios. Volví a mirar adelante, a todo lo que puedo aprender y ganar, y en cuando la lluvia paró un poco, continué pedaleando hacia el sur.

A media tarde llegué a Larache, que es donde empezó toda esta historia. Me fijé en un pequeño local muy sencillo, junto a la carretera; donde había algunos marroquíes comiendo. Dejé la bici en la acera y entré para comer. Un plato de judías blancas y una ración de sardinas, con abundante pan. Al pedir la cuenta, el hombre que me atiende me dice “20 dirham” (algo menos de dos euros). Le doy esa cantidad, pero su mujer, que es la que cocina, intercambia unas palabras en árabe con él y me devuelven cinco dirham; le digo que no, que se los quede. Yo continúo y me siento a reposar la comida en un pequeño parque semiabandonado. Algo sorprendido de que Matt y Vitas no me hayan alcanzado aún, los llamo por teléfono y descubro que acaban de comer al otro extremo de la ciudad; “espéranos donde estás”, me dice Vitas, “que llegaremos en media hora”. Mientras espero, un marroquí joven y algo loco, quizá por demasiados porros, se acerca y entabla conversación conmigo. Habla inglés, castellano y francés, así que la comunicación es fácil. Ha vivido en España y en Inglaterra. Va con un par de muletas porque el verano pasado le atropelló el hijo de un terrateniente de la zona, y se queja de que en Europa tendría media vida solucionada con la indemnización, pero que en Marruecos, con la corrupción, nadie va a tocar al rico para ayudarle a él. Cuando le digo dónde he comido, me explica que es un lugar muy popular en Larache al que llaman el restaurante del “hermano Ahmed”. Me dice que se ha parado a hablar conmigo porque sabe lo que es estar en un país extranjero y que se agradece que alguien te hable por la compañía, sin ningún otro interés.

Así pasa una hora desde que hablé por teléfono con Vitas. Aún no han aparecido, el sol no está tan alto en el cielo y tengo que buscar dónde dormir. Intento llamar a Vitas, pero su móvil no está operativo; decido continuar por mi cuenta. Me despido del joven marroquí y de Larache. Salgo de nuevo a la carretera, y al cabo de un rato me detengo porque no estoy seguro de no haberme saltado un desvío que quería tomar. Mientras miro el mapa, ahora sí, al fin, mis compañeros me dan alcance. Me explican que no lo hicieron durante la mañana porque cuando empezó a llover segían en Asilah, y no salieron hasta que paró la lluvia.

Esta vez, tras haber tenido el día a solas que necesitaba, me alegro del reencuentro y de poder buscar juntos dónde pasar la noche. La tónica de ir cambiando de querer viajar solo a disfrutar de su compañía, de desear coger un avión a Madrid a sentirme con fuerzas para llegar a Ciudad del Cabo, ha sido constante estos cinco días. Yo voy mirándome bien en cada momento, por fuera y por dentro, para cuidarme y para aprender.

Aquella noche decidimos acampar en medio de un campo, cerca de un pueblo. Vitas se fue pronto a la cama y Matt y yo nos quedamos fuera de las tiendas, cenando. Al cabo de un rato se nos acercaron tres marroquíes, uno de ellos con un palo bien gordo en la mano; hablan muy poco francés, parecen preguntarnos que qué hacemos ahí. La situación es algo tensa hasta que entienden que solo somos viajeros que quieren dormir tranquilos esa noche. El ambiente se relaja y nos hacen entender como pueden que el campo es de uno de ellos y que al vernos allí se habían acercado a comprobar qué pasaba. Entre risas, el que lleva el palo nos lo da indicando por gestos que lo usemos si alguien se acerca a molestarnos, pero nos dicen que el lugar es tranquilo y que no habrá problemas. Tras preguntarnos si tenemos alcohol o hachís que compartir con ellos, se despiden y se van.

Al día siguiente continuamos por la carretera de Moulay Bousselham. Yo había leído en Internet comentarios muy negativos sobre esa carretera por el pésimo estado del asfalto, así que tenía preparada una ruta alternativa, pero Vitas se empeñó en probar la carretera y abandonarla más adelante si no nos gustaba. Yo no estaba muy convencido, pero acabé cediendo. Al final tenía razón él: en bicicleta no se iba mal, esquivando baches y “divirtiéndonos” en los abundantes tramos donde el asfalto había desaparecido; los coches, por el contrario, preferían tomar la autopista paralela, y la mayoría de los que nos cruzamos se salían al arcén de tierra para dejarnos el escaso asfalto disponible a nosotros.

Atravesamos muchos pequeños pueblos. Atraíamos una nube de niños en cada uno de ellos. Algunos corrían tras las bicis, todos aprovechaban para practicar francés, en algunos casos para pedirnos un “shocolá” o un bolígrafo. Uno de ellos enganchó la esterilla que llevo en la parte trasera de la bici y la hizo caer; cuando me di cuenta, paré, y uno de los niños me devolvió la esterilla, pero eso no les libró de que un adulto se acercara a repartir latigazos con una rama para apartarlos de los turistas. “Vámonos ya”, me dijo Vitas, incómodo ante una situación violenta que le parecía que habíamos causado nosotros.

El día se acercaba a su fin, y decidimos acampar en un eucaliptal junto a un gran pantano. Mientras Vitas y yo íbamos a buscar leña para una hoguera, Matt, que es mecánico de bicis, se puso a arreglar el cambio trasero de la mía, que tenía un pequeño problema con la funda del cable. Cuando oscureció, se repitió la escena de la noche anterior: el dueño de la casa vecina se acercó con otros dos hombres para comprobar qué éramos, y después se marchó tranquilamente.

Concluimos la jornada sentados alrededor del fuego, charlando. Ese día fui más abierto con ellos, consciente de que no había estado muy comunicativo antes. Al contarle parte de mis sentimientos con respecto al viaje, Vitas me respondió que ante un viaje así era normal al principio pasar por fases de echar de menos a mi gente, de preocuparme ante el mínimo problema que amenazara mi salud o la de la bici, pero que tenía que darme tiempo para aprender a gestionarlo. Supongo que tiene razón.

El día siguiente fue el más largo, en lo que a pedalear se refiere. A lo largo de la mañana cubrimos los cerca de cuarenta kilómetros que nos faltaban para llegar a Kenitra. Paramos a comer, comprar algo de provisiones y buscar por Internet un posible alojamiento, allí o en Rabat, otros cuarenta kilómetros más adelante. Al final damos con un hotel barato, menos de cinco euros por cabeza, en Rabat, y decidimos continuar. El problema es que se nos ha hecho algo tarde y tenemos que cubrir la distancia en menos de dos horas para llegar antes de que anochezca. Ellos me preguntan si puedo hacerlo o si tratamos de acampar ya; yo contesto que no lo sabré hasta que lo intente. Decidimos hacerlo.

Al poco de salir de Kenitra, de repente, tenemos que ralentizar la marcha porque la carretera nacional está llena de gente. Cientos de puestos de todo tipo de cosas, muchos de ellos humeantes con la comida que están preparando, forman el mercado al aire libre más grande que hemos visto hasta ahora en el viaje. “Qué pena no haber pasado por aquí con más tiempo”. “Sí, yo estaba pensando lo mismo”, me responde Matt.

Los cuarenta kilómetros a Rabat pasan a toda velocidad bajo nuestras ruedas. Para mí es bastante esfuerzo, pero lo disfruto mucho. Sin embargo, no conseguimos llegar de día. Ya ha anochecido cuando llegamos a Salé, la ciudad vecina de Rabat. Tan solo las separa un río; si este no estuviera ahí, serían uno de esos casos en los que una capital se traga a la población de al lado hasta que no se sabe dónde empieza una y acaba la otra, aunque curiosamente Salé tiene más habitantes que Rabat, Wikipedia dixit.

El tramo de Salé no es muy largo, pero aún menos agradable. Empieza a haber mucho tráfico, pitidos, tensión. Al llegar al río, nos separamos: Vitas se empeña en cruzar por el puente grande pese a la señal de “prohibido bicis”, mientras que Matt y yo preferimos dar un rodeo para cruzar por el puente más pequeño. Al llegar al él, nos encontramos con la agradable sorpresa de que tiene un carril bici, que después continúa hacia el interior de la ciudad. La sorpresa desagradable es un gran bache después del puente que hace reventar el neumático trasero de Matt. Le echo una mano para cambiarlo y así le devuelvo en parte el favor de repararme el cambio.

En la dirección donde suponíamos que estaba el hotel nos reencontramos con Vitas, pero no con el hotel; Google pierde mucha fiabilidad cuando estás en Marruecos. Tras investigar un poco, damos con la dirección correcta. Atravesamos el centro de la ciudad, con aspecto moderno y europeo, y nos adentramos en la medina, con tanta gente que nos cuesta avanzar con las bicis. Las estrechas calles están repletas de puestos de ropa y comida. Nos asaltan mil olores y sonidos, pero yo estoy demasiado cansado para prestar atención a algo que no sea abrirme paso hasta el hotel. Este está a la altura de su precio: bastante cutre y sucio, pero al menos las camas están bien de tamaño y consistencia del colchón, que era lo que más necesitaba. Creo que habría preferido pagar algo más por un sitio mejor, pero sabía que ellos no querían o no podían o no les convenía, y preferí quedarme con el grupo. Igual soy un poco demasiado refinado para su estilo de viaje ;)

Y aquí estamos ahora, en la capital de Marruecos. Es una ciudad muy grande, con un contraste bastante fuerte entre la medina y el centro de la parte moderna, de estilo tan europeo que cuando me entra la morriña me basta con salir de la zona antigua para sentirme un poco más en casa. Me ha costado casi toda la mañana encontrar la zona pija, donde están las embajadas, junto a un bosque urbano de eucaliptos. Ya tengo localizada la de Mauritania, así que mañana me toca madrugón para ir a pedir el visado. Por la tarde, paseo por el centro, veo el inmenso cementerio al final de la medina, asomado en terrazas sobre el océano, voy con Vitas y Matt al puesto de humus y falafel con cuyo dueño han hecho amistad, compartimos té y dulces y juego una partida de ajedrez con Vitas. Ahora, después de escribir este largo post, toca irse a descansar para poder madrugar mañana.

Hasta la próxima ciudad donde pare a descansar. Os mando besos y abrazos con todo mi cariño.

Se marcha el viento, se lleva las nubes

Un día más en Tarifa, relajado, sin mucho que hacer. Llueve toda la mañana, y aprovecho para quedarme en el albergue estudiando algo de francés con un diccionario que encuentro entre las revistas del salón. Veo algo de tele, navego un poco para leer las noticias, me entero de que existe un idioma artificial llamado Toki Pona con solo14 sonidos y 120 palabras para expresar conceptos simples y universales… después de comer ha salido el sol y he aprovechado para pasear por la ciudad.

Mis pasos me han llevado al casco antiguo, y de ahí al puerto, donde me he enterado de que está previsto restablecer el servicio mañana por la mañana. Así que parece que por fin voy a cruzar a Tánger. He seguido paseando, luchando a ratos contra el fuerte Levante y tratando de imaginar cómo sería hacerlo a lomos de la bici: imposible, seguro. He vuelto al albergue, he hecho algo de ejercicio, yoga y estiramientos en la habitación. El tiempo pasaba lentamente. He vuelto a salir para mirar la puesta de sol, mientras el viento hacía volar las nubes por encima de mi cabeza; la imagen me ha sugerido poesía acerca de la memoria de las nubes.

Después he vuelto al albergue para reservar desde la recepción los billetes para el ferry de mañana. He rematado el día cenando con Matt y con dos personas más que están aquí en el albergue: un chico australiano y Rocío, una chica de Córdoba. Vino blanco de Rueda y conversación de sobremesa, una buena cena, un rato agradable. Al final me retiro para escribir algo y para dedicarme a un pequeño pasatiempo, desentrañar las matemáticas que hay detrás de Dobble, un juego de cartas que descubrí en casa de los “warmshowers” que nos acogieron, aunque al final me han parecido algo complejas y decido dejarlo para más adelante.

Antes de irme a la cama, quizá por última vez en España durante los próximos meses, le pido prestado su ordenador a Rocío para mandaros unas líneas y deciros “hasta luego”, hasta que pueda poner mis manos sobre algún ordenador en Marruecos. Besos y abrazos.

Soy una nube
que el viento lleva al sur.
Recuerdo el lago que se evaporó
y el río que fui
y el mar donde dejé la sal atrás
para ser vapor.
Cuántas veces habré llovido ya,
cuántas nubes distintas he sido
y cuántas formas he tenido.
“¡Parece un dragón!”,
habéis gritado al verme,
y me visteis con forma de conejo,
con sus orejas y todo,
y se lo hicisteis ver a un niño que rió.
Y habéis visto una casa y un león
y un avión
de alas deshilachadas.
Pero siempre era yo.
¿Visteis la nube llorar cuando se deshacía,
y la oísteis rugir de alegría,
roja de sol
al amanecer?
Pero siempre era yo,
la nube que fue río y fue lago y fue mar,
que lloviendo se devolverá
al río y al lago y al mar que serán.
La nube que el viento lleva hacia el sur.

Un día más en Tarifa

El viento mantiene a los barcos amarrados en el puerto. Hoy no van a salir hacia Tánger, y probablemente no lo hagan, si tenemos suerte, hasta mañana por la tarde. Así que Matt y yo tenemos por delante un día de relax y no mucho que hacer en un albergue de Tarifa. Voy a salir al supermercado a buscar algo que preparar en la cocina del albergue, a volver a limpiar la cadena de la bici, que se ha llenado de arena por el viento, y a tomármelo con paciencia. Ya os diré si hay alguna novedad, aunque esta vez espero hacerlo desde Marruecos.