Montañas, valles, viento y buena gente hospitalaria

Hoy no estoy tan concentrado en escribir esto, porque aprovecho para hacerlo mientras comparto una agradable velada con María, Antonio, María del Mar y Nerea. Sí, ahora os explico quiénes son, pero vamos por orden, primero voy a retomar el relato desde Ciudad Real.

Salimos de la ciudad a media mañana, con una etapa fácil en mente: cuarenta kilómetros hasta Puertollano. El paisaje era parecido a lo que habíamos encontrado el día anterior. Paramos a comer en un olivar, y allí descubrimos que habíamos perdido una pieza del hornillo. A mí me entró un poco de desesperación con el dichoso cacharro, pero María se fue a buscar una lata de cerveza tirada junto a la carretera, y con un abrelatas, unas tijeras y un poco de paciencia, pronto tuvimos un repuesto para la pieza perdida.

Por la tarde llegamos a Puertollano, y mi primera impresión fue una mezcla de feo y bonito. La ciudad está flanqueada por lomas rocosas tras las que pronto vimos ponerse el sol, y unas cuantas de sus casas se encaraman en ellas; pero no deja de ser una ciudad industrial en la que entramos entre naves y almacenes. Allí nos alojamos en casa de Gonzalo, un chico de nuestra edad que fue todo simpatía desde el momento de conocernos. En seguida conectamos y charlamos sin parar, desde su casa a las ferreterías a las que nos acompañó para buscar un repuesto para la pieza del hornillo, y de ahí al bar donde cenamos estupendamente solo con las tapas que ponían con las bebidas.

El miércoles salimos muy temprano, porque Gonzalo tenía que levantarse a las siete para ir a trabajar. Así nos cundió el día, y nos dio para adentrarnos bien dentro de Sierra Morena. Lo primero que hicimos fue coronar el puerto Pulido, tras el cual se abre de repente el precioso valle de Alcudia, donde las montañas boscosas dan paso a las dehesas y los prados que se extienden por todo el valle. Aquí y allá se veía una granja de blancas paredes, y junto a ellas

pastaban rebaños de ovejas y de vacas. Allí vimos también grandes grupos de grullas que levantaban el vuelo formando una gran algarabía con sus chillidos.

Al otro lado del valle volvimos a subir puertos, como el de Niefla, y entramos ya en la sierra. Vimos el último pueblo castellanomanchego, Fuencaliente, encaramado sobre una ladera, con todas sus casas pintadas de blanco, lo que me recordaba a los pueblos de la sierra de Málaga. Poco después entramos en Andalucía, y lo primero que vimos de ella fue lo mismo que lo último de Castilla-La Mancha: una piara de cerdos. Una a cada lado de la divisoria autonómica, los manchegos dándose un festín y sus hermanos del sur echando la siesta a la sombra de las encinas. No, no voy a hacer chistes fáciles sobre estereotipos regionales.

El caso que es que íbamos metiéndonos cada vez más en Sierra Morena, disfrutando de sus montes y valles, viendo cómo cambiaba el paisaje: las encinas y dehesas daban paso a pinos, robles, jaras y retamas. Dimos el día por concluido en Cardeña, donde montamos la tienda y sufrimos el fuerte contraste de las temperaturas en esta zona y en esta época del año: si a mediodía habíamos descansado a una sombra que era de agradecer, por la tarde, en cuanto se puso el sol, cenamos a toda prisa para meternos en el saco cuanto antes. En ese momento me alegré mucho de haberme molestado en buscar un buen saco.

A la mañana siguiente, tardamos mucho en arrancar, porque tuvimos que esperar a que se derritiera y se secara la escarcha que cubría las bicis y la tienda. Lo primero que hicimos fue pasar por el Parque de la Sierra de Cardeña y Montoro, hogar de linces y de buitres, como el que nos sobrevoló muy de cerca. El tiempo había cambiado y el sol no conseguía abrirse paso entre la neblina. Por eso, cuando empezamos a descender y a adentrarnos en un valle, pronto nos vimos rodeados de niebla. Las cimas de las colinas que teníamos enfrente se convertían en figuras fantasmagóricas de las que primero distinguíamos la forma, y solo al acercarnos, los colores. Tras ir perdiendo altura a una velocidad y con unas sensaciones que me hacían preguntarme por qué nadie querría pagar treinta euros para ir a un parque de atracciones pudiendo hacer esto, cruzamos el Guadalquivir y llegamos a Montoro. Parada en un par de bares para huir de la niebla y el frío y recuperar algo de fuerzas.

Ese día llegamos hasta el pueblo de Bujalance, donde preguntamos a un par de personas si conocían algún lugar donde pasar la noche a cubierto: un pórtico de iglesia, una cabaña de pastor, un almacén abandonado, cualquier cosa que parara la lluvia. Cuando ya nos íbamos a alejar del pueblo a buscar por nuestra cuenta, uno de los hombres a los que habíamos preguntado nos dijo que esperáramos y se fue a buscar a otro, un tal Juan, y este nos abrió una nave que usaban a veces como bar. En ella había una chimenea, y Juan nos trajo dos cajas repletas de leña. Poco después, apareció el hombre que le había avisado, junto con su mujer; nos traían bocadillos y fruta para la cena, que no pudimos aceptar porque ya teníamos más comida de la que necesitábamos y queríamos cargar. Con todo esto, pasamos otra muy buena noche gracias a la hospitalidad de la gente de Bujalance.

Ayer, viernes, dejamos este pueblo para otra jornada en teoría fácil, pero en realidad fue como subir puertos toda la mañana, porque nos enfrentamos a uno de los peores enemigos del cicloviajero: un viento horroroso e incesante, siempre lateral o en contra. No os puedo hablar mucho del paisaje porque pe(da)lear contra Eolo absorbía bastante mi atención, pero era casi todo suaves lomas cubiertas de olivos, olivos y olivos. Ah, y también había olivos. Y algún que otro olivo. Después de un rato que se nos hizo bastante largo, entramos en la campiña sur cordobesa, pasamos el pueblo de Espejo, que llevábamos viendo desde mucho antes, con sus casas blancas y su castillo rematando una alta colina, y llegamos a Montilla.

Y aquí seguimos, en Montilla. Nada más llegar nos recibieron en su casa Antonio y su familia, con quien había contactado a través de warmshowers.org. Antonio, su mujer María del Mar y su hija Nerea son muy buena gente, sencilla, muy hospitalaria y nos hicieron sentir en casa desde que entramos por la puerta y nos sentamos a la mesa (llegamos a la hora de comer). Enseguida nos insistieron para que nos quedáramos dos días, porque la previsión del tiempo era mala para salir con las bicis. No nos costó mucho aceptar, así que hoy ha sido nuestro primer día de descanso. Y aquí estamos, sentados en el salón de su casa alrededor de los vasos ya vacíos, los juegos de mesa usados hace un rato, la guitarra en brazos de Nerea… y Coco, un perrito de aguas blanco y negro, duerme hecho un ovillo en su cama. Yo ya tengo ganas de hacer lo mismo para reemprender mañana el viaje con fuerza, así que dejo aquí mi relato por ahora. Nos vemos de nuevo un poco más al sur.

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Primeros días

Escribo estas líneas desde una biblioteca pública de Ciudad Real, después de tres días de viaje. Por ahora todo va bien, estamos teniendo mucha suerte con la gente, con el tiempo y con las carreteras, y vamos disfrutando del viaje.

Salimos el sábado de Madrid, con intención de llegar hasta Aranjuez. La carretera que elegimos nos sacó pronto de la ciudad y resultó ser muy agradable, sin apenas tráfico y discurriendo enseguida entre campos al acercarnos a las vegas del sureste de Madrid. La primera sorpresa agradable fue un carril bici que no conocíamos y que nos llevó hasta San Martín de la Vega. Después vino el único tramo donde lo pasamos un poco peor, tan sólo unos ocho o nueve kilómetros con mucho tráfico entre Seseña y Aranjuez. Y mucho más temprano de lo que pensábamos, gracias a que el camino fue fácil y casi sin pendiente, nos plantamos en nuestro destino del día, donde paramos a comer y descansar a la vista del “resort turístico real” que se hizo construir Isabel II.

Después decidimos continuar algo más y buscar en las afueras un sitio donde acampar. La salida de Aranjuez fue algo más dura, con unas buenas cuestas. En una subida, a mitad de camino hacia Ciruelos, en Toledo, sugerí a María acampar en un descampado entre la carretera y un olivar protegido por un seto de cipreses. Ella vio a una persona entre los árboles, nos acercamos a preguntar si había algún problema con acampar allí, y nos dijo que ninguno, que podíamos pasar dentro de su finca y poner la tienda sobre el césped. Entramos en el olivar, y al otro lado estaba la casa de Héctor, que así se llama, y él nos dijo: “Podéis acampar en el césped, pero no sé, anoche hubo cuatro grados bajo cero, y me siento raro dejándoos aquí fuera cuando yo estoy solo en casa y tengo una habitación libre… ¿por qué no dormís dentro?”. Y así vimos solucionada nuestra primera noche, porque Héctor nos había visto pinta de buenas personas. Entramos en su casa, nos contó que era escultor, y vimos algunas de sus obras, en alambre de acero: torsos de mujer, un caballo que me recordó al Gernika de Picasso, una versión del Ángel Caído del Parque del Retiro… Compartimos las almedras y nueces de sus árboles (buenísimas, nos regaló una bolsa para el camino) y pasamos un largo rato de charla interesante al calor de su estufa de leña que alimentaba con ramas de olivo…

Al día siguiente, inmensamente agradecidos a Héctor, reemprendimos el camino con buen humor y Los Yébenes como objetivo. Tras coronar la cuesta que lleva a Ciruelos, nos esperaba un día de llanos y suaves cuestas muy agradables de subir y bajar en bicicleta, entre olivares que parecían no acabar nunca. Paramos a comer en Mora, sentados en un césped artificial, y junto a nosotros se sentó un grupo de niños y adultos marroquíes. Yo a veces intentaba poner la antena y tratar de pillar algo de lo que se decían en árabe para ir haciéndome el oído a lo que me encontraré en un par de semanas, pero creo que no conseguí entender más que una palabra, “arba” (significa “cuatro”, suponiendo que era eso lo que dijo el hombre), en mitad de todo el galimatías.

Por la tarde continuamos hasta dejar atrás Los Yébenes y coger la carretera nacional hacia Ciudad Real. Nos salimos de la carretera por una pista y acampamos junto a un olivar. El sitio era precioso, con vistas de las suaves colinas que habíamos dejado atrás, y la llanura manchega ante nosotros, con las montañas de la sierra de Alcudia y la Sierra Madrona al fondo. Lo único malo fue el frío que empezó a hacer en cuanto bajó el sol y se metió detrás de una nube, sobre todo porque además hacía un poco de viento. Nos hicimos la cena (aún no me he hecho del todo con el hornillo de gasoil, la combustión es bastante sucia e ineficiente, pero bueno, los tallarines con verduras se hicieron), hechos un ovillo para soportar el viento, y en cuanto cenamos, recogimos un poco y nos metimos en la tienda. Al menos los sacos respondieron bastante bien y pudimos pasar una buena noche. A mitad de la noche nos despertamos, nos asomamos afuera y vimos una miríada de estrellas en un cielo limpio con la luna ya baja…

Ayer por la mañana nos pusimos en marcha sobre la llanura ciudadrealeña. La carretera, una nacional bien asfaltada, con el arcén ancho, rectas infinitas sin una curva ni un cambio de rasante, y el escaso tráfico sorprendentemente lento (la mayoría de la gente conduciría bastante más rápido por una carretera así). Seguíamos teniendo suerte, también con el tiempo, porque un sol algo más fuerte sobre un cielo sin una sola nube nos anunciaba un día más cálido. Los olivares fueron dando paso a los encinares, a algún pinar aislado, y finalmente alguna dehesa. Comimos bien a gusto sentados al sol, como los lagartos, en la plaza de Fuente el Fresno, y seguimos hacia Ciudad Real. Poco antes de llegar, un regalo inesperado: tras pasar Peralvillo, la carretera cruza el Guadiana por el embalse del Vicario, que más parece una laguna poblada por una multitud de plantas y aves acuáticas, un bello espectáculo de luz reflejada sobre el agua con el sol de la tarde ya bajo. Ese mismo sol que casi veíamos ponerse después sobre una colina entera e intensamente verde, como recién pintada, tentadora para acampar por la puesta de sol que habríamos visto, pero no tanto por el frío que sabíamos que pasaríamos después. Así que continuamos hasta la ciudad, donde pasamos una muy buena noche en la pensión Esteban (a pesar de tener justo al lado la catedral y su campanario, que por suerte descansa de once a ocho y media).

Esta mañana, porras con chocolate (no imagináis lo bien que sienta la comida rica después de casi 200 kilómetros en bici) y algunos recados, visita de María al taller de bicis para solucionar un problemilla, y yo aquí, en la biblioteca, escribiendo el blog. Esta noche esperamos pasarla en Puertollano, en casa de un compañero biciclero que aloja a viajeros como nosotros a través del portal warmshowers.org.

Por ahora, eso es todo. Vamos disfrutando mucho del viaje, del paisaje, de nuestra buena suerte y de la mutua compañía. Espero que siga así. Ya os contaré más cuando pueda. ¡Abrazos!

 

Día 0 del viaje

Las alforjas ya están llenas; la montura, preparada, probada, lista para comenzar; la ruta, trazada, y el viajero, nervioso, con sus ilusiones y sus dudas, sus miedos y su confianza. Mañana comienzo el gran viaje. No tengo ni idea de lo que me espera por delante, pero voy con los ojos y los brazos bien abiertos para disfrutar y aprender todo lo que pueda de lo que me depare esta aventura.

Prefiero ir pensando en el día a día. No me voy de viaje a Kafountine, en Senegal. No. Me voy de viaje a Aranjuez. Y pasado mañana me iré de viaje a algún pueblo de Toledo. Como le dije a un par de personas hace poco, no voy a hacer un gran viaje, sino cien pequeños viajes. Lo que pasa es que voy a hacerlos todos seguidos.

Y en la primera parte de todo ese largo recorrido, en los primeros pequeños viajes, al menos, no voy a estar solo. Me acompaña mi amiga María, voluntaria como yo en La Prada, en Burgos. La verdad es que agradezco mucho tan buena compañía, y creo que la voy a echar mucho en falta a partir de Tarifa.

No quiero terminar este primer post con el que estreno mi blog sin mencionar a los “papás” de mi bici, esas personas tan geniales que trabajan en el taller Fixi Dixi y que me han montado una máquina estupenda de devorar kilómetros sin dejar de disfrutarlos.

Para todas los que estáis leyendo estas líneas, os mando un abrazo muy fuerte. Volveremos a vernos pronto, y espero tener para entonces mucho que compartir y que contar.